La escasez
Una mujer probando un dispositivo de realidad virtual durante la feria Smart City Expo Santiago. Foto Xinhua

El planteamiento convencional de la teoría económica se centra en la existencia de recursos limitados para satisfacer las necesidades humanas ilimitadas. La cuestión se plantea como un entorno de opciones que se toman de manera racional. El problema esencial apunta a la escasez. Esto implica enfrentar el llamado costo de oportunidad: el beneficio económico, personal o colectivo al que se renuncia al elegir una opción en lugar de otra. 

Las decisiones económicas abarcan: qué producir, cómo hacerlo y para quién. Dicho de otra manera: cómo es que lo que se produce, lo que equivale al ingreso generado, se divide entre los llamados factores de la producción y son: las rentas, los salarios, los intereses y las utilidades. Este es el asunto comprendido por la distribución. 

Todo esto cambia radicalmente en una situación en la que la escasez no sea determinante. Este es el escenario que ofrece la transformación digital de la economía en la forma de inteligencia artificial (IA). 

En un entorno en el que los costos de producción, incluyendo los costos laborales, tienden a cero, desaparece la relación determinante en el mercado entre la oferta y la demanda como forma de fijar los precios. Se anula el mercado como el medio predominante para establecer las relaciones sociales, incluyendo el dinero y las deudas. 

Esto lleva a una reformulación del problema esencial de la distribución, o sea, cómo se dividen entre la población, la producción, el ingreso y la riqueza que se genera. 

El paradigma de la escasez está en cuestionamiento y con eso se abre un espacio de incertidumbre acerca de cómo se desenvolverá el escenario tecnológico prevaleciente que aspira a una productividad inmensa. 

En un entorno de final de la escasez como la que se propone a partir del impacto productivo esperado de la IA, desaparecería el problema de quién puede pagar por los bienes y servicios producidos, pues estarían disponibles para todos. Pero eso no significa necesariamente que se eliminaría la cuestión de cómo determinar las formas de acceso, delimitar las cuestiones relativas a la equidad de la distribución y los límites de la estructura social. Vaya, que la eliminación de la escasez no conlleva por necesidad una sociedad igualitaria y sin clases. 

En el extremo, el fin de la escasez no significa un entorno equitativo, sino un replanteamiento de las formas de posicionamiento social y del acceso a los satisfactores. Piénsese, por ejemplo, en los denominados bienes no replicables, como pueden ser las localidades especiales, los bienes escasos por naturaleza. En particular está el poder de controlar el acceso asociado con ciertos procesos tecnológicos claves como son el acopio de datos, los algoritmos y conectividad. Estos son, precisamente, los activos controlados por las empresas tecnológicas y desarrolladores de la IA. Es ingenuo y, además, riesgoso, pensar que quienes dominan la industria de la IA en todas sus vertientes cederán el control de su fuente de poder. Lo mismo se puede decirse de otras estructuras de control existentes. 

En una reciente y muy comentada entrevista con la revista The Economist (23 de julio pasado), Musk predijo que la IA y los robots humanoides crearán tan altos niveles de abundancia económica que el dinero perderá su significado para 2036. Además, estimó que tal cambio hará del trabajo una actividad opcional. 

De modo incongruente él, que pisa a fondo el pedal de la IA, dice que esa tecnología hará a los seres humanos impotentes en muy poco tiempo. El tipo más rico del mundo asevera que el dinero dejará de ser relevante, pero está en la competencia por el dominio económico y político derivado de sus empresas. Dice que aboga por las personas comunes, pero se alinea con la extrema derecha en los temas políticos. Ha dicho que la IA superará la inteligencia combinada de la humanidad en unos pocos años. Dice que se aproxima una era de asombrosa abundancia. 

Es, hoy, nebuloso aun el escenario del fin de la escasez que se ofrece tanto en términos materiales como sociales. Habría que considerar que hay limitaciones físicas y ambientales, un caso en cuestión es el de los centros de datos que cada vez requieren de una mayor cantidad de microprocesadores, tierras raras, electricidad, agua y espacio para ubicarse. 

En el asunto de la escasez debe notarse que se desprende también de las estructuras sociales prevalecientes. La escasez se crea artificialmente por medio de regulaciones del mercado, del control monopólico en diversos sectores o la existencia de derechos de propiedad y la dinámica misma del ejercicio del poder. En todo caso, las formas de reproducción social prevalecientes habrán de adecuarse a un nuevo entorno de abundancia derivada del cambio tecnológico. Se trata del modo de aprovisionamiento social. 

En todo caso, prevalece una loca carrera de las empresas tecnológicas para asegurarse un lugar preponderante en un mundo dominado por la IA y los robots. Lo que anuncia es el fin de la era industrial y el principio de la era de la inteligencia. En ese empeño, las potenciales consecuencias sociales, políticas y ecológicas; es decir, humanas en esencia, se arrumban en un rincón de la historia. 

Si lo que se piensa es que se transitará de un entorno de escasez a un modo institucional para administrar el acceso a los productos con una mayor equidad, entonces falta mucho trabajo político para concebir ese nuevo territorio. Tal cosa no pasará de manera automática y la alineación de los poderes relativos una sociedad de la inteligencia no tiene por qué ser tersa.

03 de agosto de 2026

Información adicional

Autor/a: León Bendesky
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Fuente: La Jornada

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