La guerra entre Pakistán y Afganistán ahonda el caos causado por EEUU en Asia tras el 11-S
Un soldado en la localidad pakistaní de Chaman.REUTERS/Abdul Khaliq Achakzai

El choque entre ambas naciones bebe en la caótica huella que dejaron los estadounidenses en Kabul y amenaza con agravar su rivalidad con China, Rusia e Irán en la región. 

27/02/2026. Las raíces de la actual confrontación entre Pakistán y Afganistán son muy profundas y en ellas se refleja la pugna entre potencias regionales, como India, Irán y China, y la injerencia de los países que en algún momento trataron de subyugar militarmente el territorio afgano, como Rusia, Reino Unido y más recientemente Estados Unidos. Durante casi medio siglo, pero sobre todo en los últimos 25 años, tras la invasión de Afganistán en 2001, Washington hizo y deshizo a su antojo alianzas en la región para sacar adelante sus intereses geopolíticos y finalmente dejar en el poder en Kabul a un régimen que había combatido, el talibán, sustentado por el opio y un tribalismo modelado en el radicalismo islámico sin fronteras.  

Ahora, este crisol de tensiones geoestratégicas revienta con toda la virulencia de décadas pasadas entre Pakistán y Afganistán, a lo largo de esa línea Durand de 2.430 kilómetros, que hace de frontera entre los dos países y que fue impuesta en 1893 como marca del colonialismo de Londres para proteger sus posesiones de la India, cuando Pakistán formaba parte de este imperio oriental británico hasta su independencia en 1947.  

La porosidad de esta línea fronteriza para los grupos tribales facilitó en el pasado la llegada de los talibanes al poder y ahora ha alimentado la acogida y apoyo en Afganistán del grupo Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP), los llamados talibanes pakistaníes, muy cercanos en su sectarismo religioso a los que gobiernan Kabul y responsables de la desestabilización que vive también Pakistán desde la salida de los estadounidenses de Kabul. 

Una guerra abierta   

La semana de crecientes choques armados entre los dos países, tras los intentos de Pakistán de acabar a bombazos con los campamentos de los insurgentes del TTP en territorio afgano, culminó este jueves y viernes con ataques afganos a gran escala en la zona fronteriza y finalmente con el bombardeo por Pakistán de Kabul. Puede haber centenares de muertos entre ambos bandos y el riesgo de que se desate un conflicto a gran escala es muy alto. Este viernes el ministro pakistaní de Defensa, Khawaha Asif, lo dejó muy claro: esto es ya “una guerra abierta” entre los dos países y todo es posible.  

Pakistán posee un ejército de más de 600.000 efectivos, con más de 400 aviones de combate y además pertrechado con armas nucleares. Afganistán no supera en el mejor de los casos los 200.000 combatientes, pero tiene decenas y decenas de años de experiencia bélica, y además poseen un moderno arsenal bélico que dejó EEUU en su salida precipitada de Kabul. 

En realidad, esta inestabilidad se remonta a la época colonial, en el siglo XIX, cuando Reino Unido dominaba Pakistán como parte de sus posesiones en el subcontinente indio y Afganistán era el tablero del gran juego de desafíos entre los imperios británico y ruso. La ocupación soviética de Afganistán en los años ochenta del siglo pasado, la resistencia y victoria de los guerrilleros muyahidín ante Moscú apoyados por EEUU y Pakistán (una debacle que ayudó a la caída de la URSS en 1991), y la llegada a Kabul de los fundamentalistas talibanes formados en las escuelas coránicas paquistaníes terminaron de preparar una mezcla explosiva que estallaría con la invasión estadounidense de 2001 como venganza por los ataques en EEUU de Al Qaeda, aliada del régimen talibán.  

Cuando finalmente las fuerzas estadounidenses se retiraron de Kabul en agosto de 2021, dejando al Gobierno, instituciones y población afganas a merced del revanchismo talibán, Washington abrió las puertas para que países como Irán, China y el propio Pakistán trataran de implantar su influencia en la nueva Administración islamista, ávida de vender los recursos minerales afganos al mejor postor y no solo depender del tráfico del opio y el mercado negro armamentístico. 

El Gran Juego de nuevo en marcha   

La conflagración, con su pico en el bombardeo de Kabul, corta los últimos lazos de los talibanes con el Gobierno pakistaní, tejidos tras el fin de la invasión soviética de Afganistán en 1989. A principios de los años noventa surgió ese movimiento islamista entre los refugiados afganos formados en las “madrasas” coránicas paquistaníes. Apoyados militarmente por Islamabad y con dinero de EEUU (siempre empeñado en un doble juego), los talibanes se hicieron con el control de Afganistán en 1996 e implantaron un Emirato Islámico. Este sería finalmente derrocado por la invasión de EEUU a fines de 2001 bajo el pretexto de eliminar las bases en territorio afgano del grupo terrorista Al Qaeda, tras sus ataques del 11 de septiembre de ese año con aviones civiles en Nueva York y Washington. 

Una de las razones enmascaradas en esa invasión de Afganistán residía en los planes de EEUU para impulsar una red de gasoductos y oleoductos desde los yacimientos del Caspio hacia los puertos del océano Índico. En las dos décadas de frágil presencia militar estadounidense en Afganistán, pronto se tuvo conciencia de la inviabilidad de esos planes para convertir a Afganistán en terreno de paso de los hidrocarburos hacia el sur de Asia.  

Al tiempo, la presencia de esos minerales críticos atrajo la atención de China, uno de los principales socios extranjeros del actual Kabul talibán y actor principal en el nuevo Gran Juego de intereses geopolíticos y económicos en el Asia Occidental. 

Y aunque asimismo avivó la atención de Irán, con buenas relaciones con el régimen talibán, en cambio emponzoñó las relaciones con Pakistán, a cuyos dirigentes y servicios de inteligencia los talibanes conocían muy bien, así como sus ambiciones para convertir de facto a Afganistán en su provincia más occidental gracias a los lazos de sangre y religiosos entre los pashtunes afganos y algunos de los enclaves tribales más levantiscos del norte pakistaní. Lo que ocurrió fue que, en lugar de atraer de nuevo a los talibanes afganos hacia Islamabad, Afganistán se convirtió en santuario para los islamistas pakistaníes rebeldes. 

La expulsión de Pakistán de casi un millón de refugiados afganos desde octubre de 2023 a principios de 2025 condujo en Afganistán a una nueva desestabilización y a la multiplicación de la crisis humanitaria que ya afectaba al país tras décadas de guerra. Pakistán ganaba todas las bazas para ser el enemigo de donde venían todos los males. 

El punto de inflexión que hace sonar la alarma en Asia   

Tras muchas escaramuzas, en octubre pasado se llegó a la firma de un acuerdo de seguridad en Catar, pero solo fue un consenso superficial. Los talibanes, a cambio de que los paquistaníes pararan sus ataques aéreos y bombardeos en la frontera afgana, se comprometieron a desactivar a los grupos islamistas pakistaníes contrarios al Gobierno de Islamabad. En vano, pues la idea de tales milicias es replicar en Pakistán el modelo afgano, con la sharia islámica y el integrismo como banderas. 

La semana pasada Pakistán redobló sus ataques con misiles y aviones contra los campamentos del TTP en Afganistán y los talibanes se enfadaron mucho, especialmente porque los bombardeos pakistaníes habían matado a decenas de civiles. Esa ira de Afganistán creció hasta el punto de comenzar este jueves su propia ofensiva con ataques muy preparados y sostenidos con artillería pesada, destruyendo en Pakistán bases y puestos militares con centenares de soldados muertos, según sus informaciones. 

La respuesta de Islamabad fue el bombardeo de Kabul este viernes, así como las provincias de Paktia y Kandahar, santuario talibán por excelencia, abriendo así una espita de violencia que puede ser muy difícil cerrar de nuevo. Ya los Gobiernos de Irán, China y la India han llamado a la detención de los combates. En el caso de Nueva Delhi culpando a Pakistán de esta crisis, lo que podría desatar una nueva confrontación en la región, esta mucho más peligrosa, pues ambos países son potencias nucleares. 

Tras el bombardeo de Kabul, el Gobierno talibán indicó que estaba dispuesto al diálogo, aunque pocas horas después volvió a golpear las posiciones pakistaníes. Pakistán ha tomado nota de la peligrosidad real de su enemigo, de sus engaños y del riesgo de tenerlo ahí, intacto, en caso de que las tensiones con la India se agudicen o si se produce una guerra en la vecina Irán.  

Los intereses de China e Irán y su confrontación con los de EEUU   

Entre quienes han manifestado su voluntad de hacer de mediadores está Teherán, bajo amenaza directa de un ataque masivo de EEUU por sus discrepancias en torno a su programa nuclear y por la presión israelí para desmantelar la cúpula de poder de los ayatolás.  

Si el choque entre afganos y pakistaníes se agudiza y a la vez comienza una ofensiva a gran escala por parte de EEUU contra Teherán, Irán podría tener que afrontar revueltas azuzadas por Washington, por ejemplo, en el este, en la parte iraní de Baluchistán (donde convergen Irán, Afganistán y Pakistán), un escenario bélico que sí podría llevar a la desestabilización del régimen islámico. En el Baluchistán pakistaní hay personal estadounidense participando aparentemente en la extracción de petróleo. 

China es otro de los países atentos a lo que está ocurriendo en Afganistán e igualmente se ha ofrecido para intermediar con Pakistán. Con más de 10.000 millones de dólares de inversiones chinas previstas para explotar las reservas de litio afganas, entre las mayores del mundo, así como las ricas minas de cobre, Afganistán es una de las prioridades estratégicas chinas en Asia.  

Este acercamiento entre afganos y chinos no es en absoluto del gusto de Washington, empeñado, si cabe con más denuedo que nunca con Trump en la Casa Blanca, en retirar a Pekín el acceso a fuentes de riqueza claves para su desarrollo.  

Lo ha hecho EEUU en Venezuela, uno de los mayores suministradores de crudo a China; lo está intentando con el petróleo y gas que importan las empresas chinas de Rusia, y podría apretar las tuercas y mucho a Pekín si hay una guerra en Irán y se corta el abastecimiento de crudo hacia el gigante asiático procedente del país persa, su mayor fuente abastecedora de petróleo. Y ahora aparece este problema en Afganistán, que puede dar al traste con una de las mayores apuestas chinas para expandir su economía. Y como siempre, están las manos estadounidenses detrás.

Información adicional

Autor/a: Juan Antonio Sanz
País:
Región: Asia
Fuente: Público

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