En 1963 Hannah Arendt publicó el libro, “Eichmann en Jerusalén: Un informe sobre la banalidad del mal”. En él reflexionó sobre cómo el mal se banaliza debido a obligaciones ideológicas, instrumentales, burocráticas y existenciales de ciertos individuos obnubilados por la obediencia y sumisos a las órdenes de sus superiores. Esa deshumanización, llevada a cabo por regímenes autoritarios, la analizó también en su libro de 1951, Los orígenes del totalitarismo, donde expone cómo estos regímenes logran aniquilar, tanto a sus opositores, como la capacidad de análisis y de crítica de los ciudadanos, normalizando el mal y su accionar.
En 1961, con el juicio al nazi Adolf Eichmann, quien había organizado toda la logística de muerte del holocausto, y quien, desde su puesto de mando, planeó el engranaje de trenes que conducían a los campos de concentración a los prisioneros, Arendt estructuró este concepto, sobre todo, ante la inquietante respuesta de Eichmann al ser interrogado: “Yo sólo seguía órdenes”. No había en él ningún monstruo, ni un asesino intencional, ni un fanático, ni su cara manifestaba odio, sólo banalidad, mediocridad. Era un hombre sin autonomía crítica, sin conciencia de sus actos; un personaje anclado a la máquina, sin interrogarse, sin dudas, sin más preocupaciones que la de cumplir con eficiencia las órdenes que le habían sido dadas. “La incapacidad de pensar es lo que hizo posible el mal”, argumenta Arendt.
Verdugo y víctima del sistema totalitario, Eichmann glorificaba, veneraba, la obediencia a la gran totalidad. El castigo y la culpa de no cumplir las órdenes lo atormentaban. Kafka ya lo había consignado en sus cuentos y novelas. Un no al pensamiento individual, un sí al cumplimiento del deber sacrifical. Responsabilidad ante la orden del poderío en detrimento de su propia dignidad. No otra cosa es la banalidad del mal: indiferencia ante los otros, sumisión ante la ley del poderoso, obediencia total sin medir ni importar sus consecuencias, imposición de una obediencia burocratizada y mediocre; derrota del pensamiento crítico, analítico, creativo. “Eichmann era un hombre que no pensaba”, escribe Arendt en su libro.
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