29/07/2026
Si el pueblo decide vivir
el destino ha de obedecer
Y la oscuridad ha de disiparse
y los grilletes han de romperse
Abu-Al-kasem Asshabi
[Cuando las autoridades libanesas acaban de firmar un acuerdo con el Estado colonial de Israel, pisoteando la soberanía libanesa y el derecho a la resistencia de Hezbolá, más de 300 intelectuales árabes unen sus voces para reafirmar la unidad árabe contra la normalización con Israel, el apoyo a los movimientos de resistencia que luchan contra el colonialismo israelí y el derecho a la autodeterminación de los pueblos árabes. Este manifiesto, que reúne a destacados académicos, periodistas y líderes políticos de todos los rincones del mundo árabe, supone una intervención política de gran importancia.]
Nosotros, intelectuales, académicos, artistas y activistas del mundo árabe y de la diáspora, alzamos la voz.
Lo hacemos hoy, en un momento en el que la sangre de nuestro pueblo corre a raudales bajo las bombas israelíes y occidentales, porque se está librando otra guerra contra él, más silenciosa pero igual de mortal: la de la normalización con el enemigo Estado de Israel, que está corrompiendo nuestra región, impuesta por líderes corruptos en contra de la voluntad de sus pueblos, en contra de su memoria y en contra de su sangre derramada. Desde los Acuerdos de Abraham hasta el acuerdo marco firmado entre el Líbano e Israel en Washington el 26 de junio de 2026: la traición se ha convertido en algo habitual. Lo denunciamos con la mayor firmeza.
Tenemos que llamar a las cosas por su nombre: este texto de acuerdo no es un tratado de paz entre iguales, es la formalización de una relación de sumisión que desprecia totalmente los sacrificios del pueblo libanés por la conquista de su tierra y su dignidad. Mientras los responsables oficiales se daban la mano ante las cámaras estadounidenses, el Ejército israelí volvía a atacar el territorio libanés el mismo día de la firma. Una contradicción que, por sí sola, lo dice todo sobre la verdadera naturaleza del texto firmado: una capitulación disfrazada con el lenguaje de la soberanía. Los dirigentes israelíes lo dicen sin rodeos: su proyecto va más allá de Hezbolá y de la frontera sur del Líbano. Lo que está en juego es algo más antiguo. Se trata del Gran Israel, que traspasa las fronteras de 1948 hasta el Líbano, Jordania y Siria. Un Gran Israel que reaviva el sueño de Jabotinsky de convertir el proyecto sionista en una potencia regional que intimide a sus vecinos, acapare sus recursos y redibuje las fronteras a su antojo. Y en cada etapa, vuelve a aparecer la misma palabra para disfrazar esta expansión: legítima defensa. Como si conquistar pudiera ir de la mano de defenderse.
La sucesión de guerras que azotan la región –Palestina, Líbano, Irak, Sudán, Libia, Siria, etc.– no es una serie de crisis independientes entre sí.
Se inscribe en esa larga historia colonial: desde el Congreso de Berlín (1878) hasta los acuerdos Sykes-Picot (1916) y la Declaración de Balfour (1917), pasando por la apropiación de las revoluciones árabes de 2011, siempre ha estado en marcha la misma lógica imperialista: entregar nuestras tierras y nuestros derechos a los voraces apetitos de las potencias occidentales. Hoy en día sigue siendo cuestión de dividir para dominar. Hoy en día sigue estando en juego nuestra aniquilación. Normalizar no es paz, es decidir nuestro aplastamiento.
En este proyecto de aniquilación, Israel desempeña un papel estratégico de primer orden. Se sitúa en la encrucijada de un imperialismo que, forjado a lo largo de ese largo siglo XIX, está transformándose con la complicidad de algunos de nuestros Estados. Los Acuerdos de Abraham, que han normalizado las relaciones de cinco países árabes con Israel, forman parte de este nuevo momento imperial que, bajo el pretexto de la integración económica, busca a toda costa mantener la ventaja hegemónica de EE UU en la región.
En eso mismo trabaja también el proyecto IMEC –Corredor Económico India-Oriente Medio-Europa–, anunciado en la cumbre del G20 de Nueva Delhi en septiembre de 2023: consolidar la normalización de las relaciones entre Israel y los países del Golfo y ofrecer una alternativa a la Ruta de la Seda china. Israel es, por tanto, el nodo geográfico indispensable del corredor: la normalización no es un fin en sí misma, sino la condición infraestructural de la hegemonía estadounidense en la región. Genocidio o normalización, dos caminos hacia el mismo objetivo: convertir la región árabe en un mercado libre de mercancías e identidades.
Ante esta realidad, solo hay una conclusión posible: los Estados-nación de la región no solo comparten una lengua, una cultura y una historia, sino, sobre todo, un destino común estructurado por los mismos mecanismos de sometimiento y las mismas aspiraciones de liberación nacional. El lema tunecino “”únez libre y su capital, Jerusalén” o los manifestantes y manifestantes egipcios y marroquíes que corean “Palestina es una causa nacional” lo dejan claro: la situación palestina es la situación de todos los pueblos de la región, en distintos grados.
Quienes firmamos este texto, conscientes de la amenaza existencial que supone el proyecto imperialista del Gran Israel para toda la región árabe, nos negamos a que el agotamiento de nuestros pueblos, provocado por dos siglos de guerra constante, bloqueos y destrucción, sea presentado como una elección libre por parte de regímenes árabes traidores, al servicio de sus amos occidentales. Nos negamos a que una relación de fuerzas basada en el genocidio y el aplastamiento de toda resistencia se celebre como paz.
Nosotros, los firmantes de este texto, herederas y herederos de una larga historia de resistencia de los pueblos árabes contra el colonialismo y el sionismo, afirmamos en este manifiesto:
En primer lugar: el rechazo a una paz ficticia y a cualquier forma de normalización con el Estado enemigo de Israel
Los acuerdos de Oslo nos han enseñado esta lección: una paz negociada bajo coacción militar y económica, en la que una de las partes impone a la otra el calendario, las condiciones y las garantías de su propia seguridad, no es paz. Es una rendición disfrazada con vocabulario diplomático; es, en la práctica, la garantía de una mayor fragmentación y de una colonización israelí consolidada. Denunciamos la complicidad de parte de las élites políticas, económicas e intelectuales árabes con el régimen de sumisión impuesto por el imperialismo occidental, sin tener en cuenta los sacrificios de los pueblos de la región. Nos dirigimos especialmente a las dirigentes y dirigentes árabes que, bajo el pretexto de la realpolitik, han elegido el camino de la sumisión en lugar del de la dignidad. Exigimos la ruptura de todos los acuerdos de normalización. Recordamos que la legitimidad popular de cualquier poder en nuestra región se mide también por su capacidad para no traicionar, mediante concesiones diplomáticas, los principios que proclama. Desde las luchas anticoloniales hasta las revoluciones árabes, una misma lección se ha grabado en el ADN de la región: ningún régimen colaboracionista sobrevive si desprecia las aspiraciones de emancipación de su pueblo.
Segundo: la denuncia del proyecto del Gran Israel
Tomamos nota de las declaraciones oficiales israelíes que anuncian abiertamente la ambición depredadora y expansionista del proyecto colonialista israelí. Cuando un ministro israelí dice que el río Litani debe convertirse en la nueva frontera con el Líbano, cuando otro reivindica planes de colonización para el sur del Líbano, no se trata de deslizamientos: es la confesión de una doctrina. Denunciamos con la mayor firmeza estas ambiciones expansionistas y recordamos que ningún acuerdo puede ser viable mientras no se elimine de forma explícita y duradera esta máquina de guerra genocida. No se puede llegar a ningún acuerdo sin liberar todo el territorio ocupado y sin afirmar el derecho al retorno de todas las personas refugiadas palestinas de 1948 y 1967.
Tercero: la afirmación del derecho de los pueblos árabes a la autodeterminación como principio inalienable
Recordamos aquí el respeto a este derecho, consagrado en la Carta de las Naciones Unidas y en el derecho internacional, que reconoce la legitimidad de la lucha armada en un contexto de dominación colonial y ocupación extranjera. Este derecho está ligado a la dignidad de los pueblos colonizados que luchan por su supervivencia. Ningún acuerdo geopolítico puede menoscabarlo. Ninguna relación de fuerzas que, hoy como ayer, nos sea desfavorable, podría mermarlo. Reafirmamos aquí este derecho para el pueblo palestino, para el pueblo libanés y para todos los pueblos árabes que se enfrentan a la misma disyuntiva entre el genocidio y la dignidad. Aplaudimos el valor de quienes, con dignidad, han elegido resistir y plantar cara directamente a la maquinaria de destrucción israelí-occidental. Pedimos la liberación de todas y todos los presos políticos palestinos y libaneses, así como de todas las personas condenadas en los países árabes por haber mostrado su solidaridad con la causa palestina.
Cuarto: el rechazo a la solidaridad internacional puramente simbólica
La solidaridad internacional actual se ha reducido en gran medida, sobre todo a nivel gubernamental, a formas que no cuestan nada y no comprometen a nada: condenas diplomáticas sin consecuencias, ayuda humanitaria que alivia el sufrimiento sin abordar nunca sus causas estructurales, campañas de sensibilización que informan sin transformar. Estas acciones no son inútiles, pero permiten a los Estados y a la opinión pública quitarse un peso de encima sin cuestionar nunca el orden imperialista que genera la opresión. Apoyar a un pueblo ocupado solo de formas que no molesten a nadie es apoyar su sufrimiento, no su liberación. Es aceptar que los oprimidos esperen, aguanten y negocien indefinidamente con quienes los oprimen, mientras el mundo mira con simpatía sin estar nunca dispuesto a pagar el precio político de un apoyo real a su emancipación por los medios que ellos consideren necesarios.
Quinto: la responsabilidad de los intelectuales árabes
acemos nuestra la exigencia formulada por Ghassan Kanafani o Bassel Al-Araj: los intelectuales y las intelectuales procedentes de sociedades colonizadas o dominadas no pueden refugiarse en una neutralidad de fachada que, en la práctica, siempre sirve a los intereses de la parte más fuerte. Nuestro papel no es traducir la revuelta de nuestros pueblos a un lenguaje aceptable para los verdugos. No se trata de suavizar, edulcorar o hacer presentable lo que debe seguir siendo una insurrección. Nuestro papel es llevarla adelante, defenderla, con todas las herramientas de las que disponemos y, ante todo, rechazando cualquier tipo de normalización, ya sea intelectual, cultural o política. Denunciamos la guerra imperialista permanente que azota esta región. Apoyamos, sin reservas, todas las formas de resistencia que se oponen a ella. Lo que queremos no es un armisticio disfrazado de paz, una pacificación que nos despoje en silencio. Lo que queremos es la liberación total y la soberanía plena y absoluta: sobre nuestras tierras, nuestros recursos y nuestros modos de producción. Nada menos.
Firmamos este manifiesto como intelectuales y activistas árabes, conscientes de que el silencio, en un momento en el que se está decidiendo el futuro de toda una región, es en sí mismo una forma de rendición. Elegimos no callarnos. Hacemos un llamamiento para acabar de una vez por todas con las negociaciones indignas y los compromisos vergonzosos, que legitiman lo inaceptable, y para identificar claramente la amenaza principal: la del proyecto expansionista del Gran Israel, que constituye el nudo estratégico del imperialismo occidental. Adoptamos la postura de rechazo radical que muestran las diferentes formas de resistencia en el mundo árabe, la única capaz de garantizar la dignidad individual y colectiva de los pueblos de la región a “distancia cero” de la máquina de destrucción, justo donde la aniquilación es más intensa.
Argelia ha vencido, Palestina vencerá
Firmantes
Siguen decenas de firmas


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