Sociología del taxista

A menudo se afirma que el gremio de los taxistas constituye uno de los sectores populares más inclinados hacia posiciones conservadoras y autoritarias. La observación no carece de fundamento, aunque exige una explicación menos moralista y más sociológica. Conviene, precisamente, asumir aquella máxima de Baruch Spinoza enunciada en su Tratado político como principio metodológico para el análisis de la vida social: Non ridere, non lugere, neque detestari, sed intelligere (No reírse, no lamentarse ni maldecir, sino comprender). La cuestión, por tanto, no consiste en atribuir una supuesta “naturaleza reaccionaria” a quienes conducen un taxi, sino en comprender las condiciones materiales, culturales y afectivas que configuran determinadas disposiciones políticas.

El taxista habita cotidianamente un mundo atravesado por la incertidumbre. Su jornada transcurre en una exposición constante al peligro, al robo, al accidente, a la agresión física y al conflicto urbano. La ciudad aparece para él no como espacio asociado al ejercicio de la ciudadanía, sino como territorio hostil donde la supervivencia depende de la desconfianza permanente y de la capacidad de anticipar amenazas. En esas condiciones, la sensibilidad política tiende a organizarse alrededor de la demanda de orden, castigo y seguridad. Cuando la experiencia diaria está marcada por el miedo, ciertamente las narrativas autoritarias encuentran un terreno fértil. Esto también lo señaló Spinoza con agudeza en su Tratado teológico-político.

Sin embargo, el asunto no puede reducirse únicamente a la inseguridad. Existe otra dimensión cultural decisiva. El taxista pasa buena parte de su tiempo acompañado por emisoras radiales que operan como dispositivos de modelación ideológica. Cadenas como Blu Radio, Olímpica Stereo o Tropicana producen diariamente una mezcla de entretenimiento popular, opinión política y sentido común moralizante que termina configurando percepciones muy específicas sobre el país. Bajo una apariencia coloquial y cercana, dichas emisoras difunden lecturas profundamente conservadoras de la realidad social, afines a la reproducción de privilegios oligárquicos. Olímpica, por ejemplo, forma parte del emporio de los Char.

En estos medios el crimen se presenta como resultado exclusivo de la degeneración moral individual, la protesta social como amenaza al orden público y la desigualdad como consecuencia natural del mérito o del esfuerzo personal. Ese mecanismo resulta particularmente eficaz porque no adopta la forma solemne de la propaganda doctrinaria. Su poder reside precisamente en la informalidad. Entre chistes, canciones de despecho, comentarios deportivos y noticias policiales, se va sedimentando una visión del mundo donde las élites económicas desaparecen como responsables de la violencia estructural y donde los sectores populares terminan interpretando sus propios padecimientos a través de categorías prefabricadas.

A ello se añade otro elemento menos discutido pero igualmente importante. La experiencia cotidiana del taxista se halla signada por una sensación persistente de vulnerabilidad y contingencia. La posibilidad permanente del atraco, del accidente fatal o de la ruina económica produce un horizonte subjetivo marcado por la ansiedad y la necesidad de protección simbólica. En un oficio profundamente individualizado, donde cada conductor enfrenta en soledad los riesgos de la ciudad y carece muchas veces de formas estables de organización colectiva, no resulta extraño que proliferen diversas formas de pensamiento mágico y religiosidad compensatoria. Amuletos colgados del retrovisor, estampas de santos, rituales de protección, cadenas de oración o fórmulas supersticiosas conviven cotidianamente con prácticas de devoción popular y con la adhesión creciente a iglesias neopentecostales. Estas últimas ofrecen algo que el mercado y el Estado niegan sistemáticamente: un relato capaz de proporcionar sentido, una comunidad afectiva y la promesa de que el sacrificio individual será recompensado.

No hablamos simplemente de “ignorancia” o “fanatismo”, como suele afirmarse desde algunas perspectivas ilustradas reduccionistas. Más bien, estas creencias cumplen una función social precisa frente a la precariedad estructural. En la medida en que los espacios públicos o comunitarios desaparecen y el trabajo cotidiano se experimenta como una lucha solitaria contra fuerzas incontrolables, la religión y la superstición funcionan como mecanismos de estabilización emocional. El problema es que muchas de esas formas religiosas, particularmente ciertas variantes neopentecostales, suelen articularse con discursos profundamente conservadores sobre la autoridad, la obediencia, la familia heteropatriarcal y el éxito individual, reforzando así disposiciones políticas ya previamente forjadas por la inseguridad y la competencia social.

El universo simbólico que rodea al automóvil posee además, en sí mismo, un marcado carácter heteropatriarcal. La mecánica, la velocidad, el dominio técnico de la máquina y la agresividad vial forman parte de una socialización masculina tradicionalmente asociada con ideales de dureza, competencia y control. En muchos casos, el carro funciona como extensión de la subjetividad viril. No es casual que en ciertos espacios de conductores proliferen discursos homofóbicos, burlas misóginas o fantasías de violencia punitiva. El tránsito urbano se convierte entonces en escenario donde se dramatiza una masculinidad permanentemente amenazada y obligada a reafirmarse.

Todo ello no significa que los taxistas constituyan un bloque homogéneo ni que estén condenados inevitablemente a adoptar posiciones de derecha. Existen experiencias sindicales, cooperativas y comunitarias que muestran trayectorias distintas. Pero sí permite entender por qué determinados discursos conservadores logran arraigarse con tanta fuerza en ese sector. La política no surge únicamente de las ideas abstractas, se produce también en los trayectos cotidianos, en los miedos acumulados, en las voces que acompañan la jornada laboral y en las formas concretas mediante las cuales los sujetos aprenden a habitar la ciudad.

El problema de fondo acaso sea más amplio. Una sociedad que expone a millones de personas a la precariedad, al miedo y a la competencia permanente termina produciendo subjetividades defensivas, resentidas y autoritarias. En ese sentido, el taxista no constituye una anomalía sociológica. Por el contrario, aparece como una expresión particularmente visible de una cultura política moldeada por la inseguridad material, la manipulación mediática, las formas violentas de construcción de masculinidad y la búsqueda desesperada de certezas simbólicas en un mundo social atravesado por la incertidumbre, cual estado hobbesiano de naturaleza. 

Pero ni “el hombre es lobo para el hombre”, ni los lobos son como los pintan. Siempre hay lugar para la esperanza afincada en una mejor comprensión de nuestras relaciones y modos de existencia singulares y colectivos. Tenemos la tarea de superar conjuntamente las condiciones características de la sociología del taxista. Al fin y al cabo, hoy por hoy todo el mundo se enfrenta a la realidad como si manejara o viajara en un taxi. 

*Doctor en filosofía y politólogo. Profesor universitario. 

Información adicional

Autor/a: Iván Darío Ávila Gaitán*
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente:

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