Son fuertes los vientos imperiales que recorren nuestro planeta. Por todos sus puntos cardinales, países aliados y contradictores, cuando no enemigos, sienten el arrebato imperial estadounidense.
Sin reparar en razones de justicia ni de normatividad jurídica, acordadas por la comunidad internacional en tiempos no tan lejanos, como antídoto contra el hegemonismo y el militarismo, y por su vía para aminorar el eco de los tambores de guerra, emplaza su potente armada frente a costas de un país u otro, eleva aranceles a manos llenas como mecanismo para obtener ventajas comparativas en el comercio bilateral y negociar la compra-venta de mercancías con ventaja igualmente comparativa para sus multinacionales; amaga con bombardear a quien no se acoja a sus demandas, incursiona en operaciones secretas y secuestra a quien valore como su enemigo irreconciliable; sanciona con diversidad de medidas a renuentes de su política hegemónica, confiscando sus dineros, barcos y todo aquello con lo que considera les ablanda; bloquea, en el más amplio sentido de esta palabra, con ánimo de ahogar en sus dificultades a quien se distancia de su dominio global; infiltra, sabotea, destruye, erosiona, al país que decida desgastar, estimulando con ello alzamientos sociales. Y sobre aquel que doblega, aplica un modelo de protectorado de hecho, como es evidente hoy en Venezuela.
Si otrora controlaba por medio de ocupaciones militares, ya no es así. Si décadas atrás garantizaba sus intereses por medio de golpes de Estado encabezados por militares, ahora no acude a ellos. Son otros tiempos, y otros procederes.
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Por los caminos imperiales


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