A 200 años de la primera independencia

Alejandro Petión en Haití dio la clave. Su desprendimiento y su ayuda económica, con embarcaciones, armas y una imprenta, así como conocer por parte de Bolívar aquella revolución, y entender y rectificar frente a la necesidad de la libertad de los negros, así como presenciar los logros de un pueblo de esclavos que no condicionaba la libertad y los derechos al poder económico de cada uno de sus integrantes, fue condición sine qua non para cumplir su juramento del Monte Aventino y trastocar el curso de los sucesos en la Venezuela que lo vio nacer y en todas las demás patrias que lo adoptaron.
 
Era un tiempo de contradicción en el cual el blanco criollo y el mantuano luchaban por más poder y más fortuna, el indio y los mestizos por la igualdad y su identidad, y el esclavo por su libertad. Sólo el genio de Bolívar pudo comprender esa condición fundamental para vencer en la guerra. Renunciar a la esclavitud, avanzar hacia la hermandad de todos y todas, brindaron a la guerra de independencia la masa, la fuerza y el carácter y la marca social, necesarias para sobreponerse a los Boves y Morillos que, a nombre del rey, el orden y la tradición asolaban el virreinato de la Nueva Granada, su Capitanía en Caracas y la Real Audiencia de Quito en el territorio que es hoy de Colombia y Panamá, Venezuela, Ecuador, Perú, y Alto Perú o Bolivia.
 
Entonces, ya se hacía evidente que no sólo la fuerza es necesaria para derrotar al contrario. Ya en aquellos años se hacía axioma que la legitimidad procede de la justeza de la causa defendida, pero también de la manera como ésta se irradia entre todos aquellos a quienes pretende reivindicar. El sujeto se hace llama y con su energía transforma el entorno que lo rodea. Fue así como un pueblo se levantó, no sólo para dejar atrás al Rey –representación de Dios en la Tierra– sino asimismo para abrazar la igualdad, la libertad y la fraternidad, propósito sobre el cual sembraron las bases de la nación que aún pretendemos ser.
 
Son ellos, campesinos, indios y negros, zambos, mulatos y mestizos, y una porción de criollos con vergüenza ante el poder injusto, hombres y mujeres, quienes hacen posible el sueño bolivariano. Son sus brazos los que acopian abastos y cabildos, portan las lanzas o disparan los arcabuces y cañones que rompen la tradición y la sumisión. Es su energía, insuflada por el proyecto bolivariano, y el brío que derrotó unos ejércitos mejor dotados y formados.
 
Debemos preguntarnos hoy, transcurrido este doble centenar de años: ¿Qué impidió que finalmente se concretara ese anhelo de igualdad, de fraternidad, de justicia? ¿Por qué, a pesar de la derrota de las tropas monárquicas, la libertad no cubre a los negros, la mita no se elimina, y la tierra no se entrega a manos llenas a quienes con su dedicación propician que la misma brinde sus frutos?
 
Todos conocemos las respuestas. Y precisamente son esos intereses económicos y políticos dominantes, conservados, enconchados, enquistados desde entonces, lo que no permite que, 200 años después, el proyecto bolivariano se haga realidad, pero además, y muy por el contrario, la “República señorial” que emanó de esa lucha libertaria se extienda con graves consecuencias para las mayorías sociales, hasta nuestros días.
 
Son esos intereses lo que ha propiciado y permitido que se prolongue hasta nuestros días y se ahonde la concentración de la tierra, la desigualdad social, el clientelismo, la violencia como factor de control social; que sobreviva la desintegración de la región andina, y se abandone y renuncie, incluso, el ‘santo’ y obligado derecho de la soberanía nacional.
 
Razones, causas, sucesos, intereses, realidad, que deben ser examinadas, conocidas, reinterpretadas, para poder comprender a cabalidad el porqué de nuestro ser social, el porqué de la incapacidad para poner en marcha un proyecto de desarrollo propio pero también el porqué de nuestro signo trágico en la región que integramos.
 
La descolonización del continente americano, y con él de nuestro país, encontró soporte en la muerte de un sistema político a manos de la revolución industrial. La novísima revolución de la electrónica y las comunicaciones –con todas las transformaciones en la producción y las relaciones sociales que propicia– crea hoy los factores para la muerte del sistema político que ha impedido, a pesar de la abundancia creada, la realización plena del ser humano.
 
Bolívar no alcanzó, quiso llevar su bandera contra el español a Cuba y Puerto Rico que aún espera su derecho de nación. En la mayor de las Antillas tras la caída de José Martí, su independencia condicionada, intervenida, por una Enmienda Platt del senado de los Estados Unidos junto con la intromisión militar, tardó hasta 1902, o mejor hasta 1932, cuando la enmienda con excepción de la Base de Guantánamo se derogó. Hoy todavía, la deuda colonial y de sometimientos del reino español tiene ancestrales y actuales saldos: en el Sahara Oriental –donde con una resolución de la Onu, bregan el Frente Polisario y la República Árabe Saharahui–, en Canarias; y en el País Vasco, Galicia y Cataluña con sus lenguas que no mueren y su lucha por la Independencia uno y la Autonomía verdadera, nacional, las otras.
 
El Bicentenario es oportunidad para reencauzar la práctica de la juventud y los actores sociales, que, abrumados por la institucionalización de muchas de las expresiones comunitarias y los efectos de las transformaciones sociales, propiciadas por la revolución técnico-científica en marcha, pierden el faro de su potencial.
 
A todos ellos, hombres y mujeres, les extendemos la invitación para que a través de una amena y participativa labor en el centro de estudio, en su sitio de vivienda, en los lugares de trabajo o en los espacios para el parche y la diversión, comparta con sus iguales estas reflexiones acercándose con dedicación a lo que es su país, su continente y el mundo, imaginando lo que cada uno de estos territorios deberían ser. 

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