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Colombia la estrella que le falta en la bandera de Estados Unidos

Colombia la estrella que le falta en la bandera de Estados Unidos
 

Para Ediciones desde abajo

 

Cordial saludo.

 

Mi nombre es Eusebio Santa Cruz. Fui el abogado del doctor Augusto Trujillo Botero quien falleció de un fulminante ataque cardiaco el 24 de septiembre de 2005. En su portátil encontré un archivo etiquetado irónicamente: “El cuento del doctor Trujillo”. Hoy en Colombia cuando comienza a existir la voluntad de conocer la génesis del conflicto armado, sus cambios y vicisitudes, este testimonio es un documento que contribuye a esa tarea. Sugiero el siguiente título: “Colombia la estrella que falta en la bandera de Estados Unidos”. El lector captará el sentido del título en el curso de la lectura. A ese respecto simplemente afirmo que el doctor Trujillo fue especialmente lúcido en la valoración del alcance que iba a tener para nuestra política el acontecimiento del 11 de septiembre de 2001. Espero que ustedes publiquen este valioso testimonio.

 

Atentamente

 

Eusebio Santa Cruz

 

Cédula: 23.456.712

 

 

El enfermero diagnosticó: la herida está fea pero no parece grave. Yo esperaba el atentado pero creí que nunca lo ejecutarían. Lo que me sucedió lo he rumiado una y otra vez y por eso puedo contarlo con cierta nitidez.

Todo comenzó cuando me encarcelaron. Estudié derecho, me sedujo la misión trascendental del jurista y especialmente los ritos de autoridad que acompañan los actos en donde el profesional del derecho pone en juego las majestuosas decisiones de la justicia. La práctica del derecho fue una experiencia poco sublime. Se trataba de resolver el dilema de quebrantar la ley sin padecer la carga de la pena. Me enriquecí defendiendo a la mafia y pensé que la ley nunca me caería encima. Sin embargo, no siempre es posible controlar los negocios. En el narcotráfico se mueve mucho billete y son inevitables fechorías leves y graves.

Las consecuencias se van acumulando y quedan como congeladas en el olvido pero de repente nos cae todo el peso de lo hecho y comienza entonces la tarea de tapar e impedir a toda costa que la ley nos atrape. Esa era ya mi situación y la del cartel cuando resultó el gran negocio de elegir un presidente de nuestra entera confianza.

Muchos políticos locales y regionales fueron fichas nuestras pero elegir un presidente nunca pasó por nuestras cabezas. Lo imposible sucedió. En diciembre de 1994 nos llegó un pedido clandestino de recursos de última hora para inclinar la balanza a favor de uno de los candidatos.

En las elecciones los ‘hermanos’ Escobar Gacha siempre ayudaron financieramente las campañas de los candidatos con opción de ganar la presidencia. Pero esas ayudas no alcanzaban a generar compromisos de gobierno. En esta ocasión el asunto era totalmente distinto.

Yo fui de los más entusiastas con esta oportunidad como caída de la mano de dios. Tener un presidente agradecido por el favorcito, nos garantizaba seguridad jurídica y poder para borrar las consecuencias de nuestros delitos leves y graves. El acto de clausura de nuestra delirante empresa fue el pacto de palabra que celebramos en el restaurante La Mezquita en Madrid con el jefe de finanzas de la campaña ocho días antes de las elecciones.

Se dice que la ambición rompe el saco y así fue. Un negocio de esa magnitud se vuelve inmanejable; se involucra demasiada gente. Eso nos pasó: hasta la DEA se enteró. Quedamos entrampados en un delito electoral que al final obligó al presidente a llevarnos a la cárcel. La decisión que tomaron los ‘hermanos’ Escobar Gacha fue la de negar de modo rotundo la financiación y mantener desde la cárcel una posición negociadora con el presidente.

Yo caí en una redada general que hizo la policía y el ejército. Todavía no me acostumbraba a la celda cuando hubo un alboroto en el patio donde estamos los presos que pagamos las comodidades necesarias para que la cárcel sea una pena simulada.

El Escorpión gritaba: ¡detuvieron a Salinas!

Yo estaba conversando con el mayor de los ‘hermanos’ Escobar Gacha. Me preguntó a quemarropa: ¿doctor Trujillo, usted qué creé que va a pasar?
Le dije sin vacilar: nada, señor.

Pues yo espero lo peor. El doctor Salinas nunca se comprometió del todo con nosotros. Ese hombre cuenta lo que sabe.

Hablamos sobre la situación política. Bueno realmente él no hablaba, yo hablaba sin parar. ¿Qué otra cosa podía hacer? Ya no podía rumiar con tranquilidad las justificaciones de la traición que estaba armando. Cálmate, me decía, es necesario no perder los estribos: ¡a lo mejor Salinas no confiesa!
Mientras yo seguía con mi bla bla bla un guardián se le acercó respetuoso y le susurró algo al oído.

Está en la Fiscalía contando todo, me dijo.

No puede ser, respondí sin convicción.

Se fija, doctor, y usted aquí echándome el cuento de que no iba a pasar nada.

 

Las versiones de lo sucedido eran totalmente incoherentes. ¿Qué Salinas no estaba en la Fiscalía sino en el Departamento Administrativo de Seguridad? ¿Qué el abogado de Salinas era amigo del ministro del interior y estaban asistiéndolo para que no la embarrara? ¿Qué no era cierto, que Salinas había pedido un abogado de oficio porque ya no confiaba en el Presidente, ni en el ministro y estaba decidido a cantar?

En los periódicos que tengo el costoso privilegio de recibir a primera hora, la detención de Salinas era noticia de primera página. “Salinas prendió el ventilador”, tituló El Heraldo. “Acusa Salinas”, decía El Espectador. “Salinas se destapa” puso, El Tiempo. Hacia las 6 p.m de ese día, llegó Salinas a nuestro patio.

Al otro día me reuní con los hermanos Escobar Gacha y sus más cercanos colaboradores: Bernal y Herrera. Se trataba de tomar una decisión frente a la confesión de Salinas. Lo sorprendente de la situación era tener ahí, en las manos de los Escobar, la indagatoria completa de Salinas. El mayor dirigió formalmente la reunión pero quien orientó la discusión fue Alfonso.

¡Oigan esto!, dijo. Leyó apartes del expediente en los que Salinas declaraba: mi familia nunca tuvo problemas económicos. Mi madre heredó tierras muy fértiles. Puedo decir que soy una persona de bien. Nunca he tenido enredos con la justicia y tengo amigos en las más altas esferas de la vida social. Los expresidentes Romero, Ayala, y Rico pueden dar fe de mi honorabilidad. Yo no pertenezco a las clases humildes de la sociedad, no me pueden considerar un criminal cualquiera. Alfonso siguió leyendo con tono monótono apartes de la confesión en donde Salinas detallaba la llegada de la plata a la campaña del presidente, su monto y el modo como se distribuyó el dinero entre los dirigentes del partido.

Al terminar nos miró y comentó: ¿Qué tal el angelito? y agregó: la confesión de Salinas no tiene sino dos puntos preocupantes. El primero tiene que ver con el pacto de la Mezquita en Madrid. Ese temita le queda muy difícil comprobarlo, dice que se lo escuchó al periodista Jaime Peláez. Simplemente negamos la existencia de tal acuerdo.

 

El segundo punto, dijo, es el central: nuestro aporte a la campaña presidencial. En ese asunto mantenemos nuestro punto de vista. Somos empresarios y con nuestro dinero hacemos lo que estimamos conveniente. Sobre los chismes y las especulaciones debemos mantener silencio como siempre lo hemos hecho.

¿Qué piensa doctor Trujillo?

Su interpelación me tomó de sorpresa. Estaba pensando en cómo diablos habían obtenido el expediente; quise preguntar cómo lo habían hecho pero no fui capaz. Respondí simplemente: estoy de acuerdo con usted, señor.

Herrera molesto, gritó: yo creo que ese tipo no debe hablar más.

El mayor de los Escobar Gacha mirando hacia el vacío respondió: lo de Salinas es grave pero controlable.

Herrera no pudo contenerse e insistió: hay que darle, eso no se puede quedar así.

No vale la pena, le replicó. Finalmente dijo: nosotros somos gente responsable, no una banda terrorista.

Herrera se calló y Bernal comenzó una conversación sobre el mundial de fútbol. En ese momento sentí que Herrera tenía razón y quise fervientemente que a Salinas le dieran un tiro en la nuca.

Esa reunión me dejó exhausto. Los días siguientes fueron de calma chicha.

De Salinas me sorprendió la fácil manera que tenía de hablar con las personas a pesar del deterioro físico que estaba sufriendo. Salinas perdía el conocimiento con frecuencia y estuvo en cuidados intensivos en dos ocasiones. La cárcel le había agravado un viejo problema renal.

Un día Salinas como si fuera a vivir mil años, me tomó del brazo y me dijo: doctor Trujillo le salí adelante, ya terminé mi libro. ¿Entiendo que usted también está escribiendo algo para publicar? Sin esperar respuesta dijo: mi libro se llamará “La Verdad de las Mentiras”. Está por salir y yo también. Mi abogado consiguió que me dieran la casa por cárcel debido a la enfermedad. Espero que lo lea.

Con gusto, fue lo único que acerté a decir.

 

La rutina de la cárcel me estaba atontando cuando reventó lo inesperado: Bernal y Herrera se fugaron. El asunto debió suceder a la hora del desayuno. La operación fue perfecta. Los dos salieron escondidos en los tarros de la basura. Entonces comprendí el sentido de una serie de detalles. Un día Bernal me preguntó qué pensaba de la caída del presidente y de cómo eso afectaría la política de extradición. No quise contestarle. Yo ya tenía claras hipótesis acerca de la nueva situación desencadenada por la confesión de Salinas pero a Bernal nunca le hubiera comentado nada. Ese hombre sólo hablaba de fútbol. Me pareció sospechoso su interés en el tema.

La situación de Herrera era distinta. Herrera estaba totalmente convencido de la caída del Presidente. No mandó a matar a Salinas porque los ‘hermanos’ Escobar Gacha lo amenazaron. Siempre decía, nos jodimos, más temprano que tarde vamos a ir a parar a una cárcel gringa y yo no me mamo eso.

Lo de Herrera y Bernal era gravísimo. A esta situación se sumó el libro de Salinas. Me lo entregaron a la hora del almuerzo. Salinas había cumplido, cuando lo recibí recordé al psicópata norteamericano que enviaba libros bombas: el unabomber. Esta serie de acontecimientos rápidamente los sepultó en el olvido la rutina carcelaria.

Una noche estábamos en el salón de la televisión viendo una telenovela y en lugar de los cortes publicitarios pasaron un avance informativo del noticiero de las 9:30. Las tomas de primer plano mostraban un cuerpo cubierto con una sábana. La presentadora con el retrato al fondo de Herrera, informaba que un operativo de los organismos de inteligencia había copado el restaurante donde estaba acompañado de unas modelos. No quiso entregarse y salió disparando.

La cosa fue absurda. No hubo la más mínima alteración de la situación; seguimos frente al televisor disfrutando de la telenovela. Sentado ahí, tratando de asimilar la muerte de Herrera, no pude resistir la necesidad de hablar.

Fui donde el mayor de los Escobar Gacha y cuando lo tuve al frente no supe qué decir. Se me ocurrió, entonces, preguntarle por Bernal. Me sentí estúpido. ¿Qué mierda podía interesar Bernal cuando el muerto era Herrera uno de los hombres más cercano a los ‘hermanos’ Escobar? Dijo, sin mirarme, con un tono seco: Bernal negoció con la DEA. Estuve deprimido: una semana, dos, tres, ¿no sé?

Salinas murió durante mi depresión. Lo llevaron de urgencias al hospital y falleció cuando lo intervenían quirúrgicamente. La manera como vivimos la muerte de Salinas fue extrañísima, cuando lo de Herrera sólo silencio y con Salinas se habló, se charló animadamente como en un velorio.

El Escorpión, en uno de los corrillos que se armó, dijo: el doctor Salinas sí no se llevó ningún secreto a la tumba. Todos se rieron. Yo sentí un desasosiego total.
En esa semana hubo una ola de especulaciones sobre la caída del presidente. Se decía que estaba en marcha un golpe de estado. Mi abogado el doctor Santa Cruz, me trajo un documento, un galimatías jurídico que pretendía justificar el derrocamiento del presidente.

En tono confidente me contó que el cerebro de la acción era el doctor Álvaro Gómez Hurtado el dirigente histórico de la derecha colombiana. No pude creerle.
Le dije a Santa Cruz: Álvaro Gómez no se va a enredar en un golpe tan mal diseñado, su inteligencia se lo impedirá. Cuando hice este comentario, Santa Cruz me replicó contundente: los militares respaldan el golpe y tu amigo el senador Alberto Carrasquilla también está comprometido.

Al otro día de la visita de Santa Cruz atentaron contra uno de los consejeros del presidente. Se salvó de milagro pero mataron al chofer y a dos guardaespaldas. El hecho sucedió a media cuadra del palacio presidencial.

Fue un tiempo donde dormí poco. Una mañana, después de una noche en vela y contra todo pronóstico razonable, me levanté aliviado, fresco. Estuve bromeando con el Escorpión durante el desayuno; luego caminé y silbé.

Vi a los ‘hermanos’ Escobar Gacha juntos y los abordé sin la más mínima prevención; siguieron caminando como si yo hubiera estado allí desde siempre. En ese estado de gracia, solté esta pregunta: ¿y qué nos pasará si tumban al presidente?

Yo no creo que el presidente se caiga, respondió Alfonso.

¿Tu qué piensas?, le preguntó al hermano mayor.

Hasta el momento, nada es seguro, dijo.

Insistí: ¡pero ustedes están actuando!

Se quedaron en silencio. El mayor le guiñó un ojo a Alfonso y dijo: doctor Trujillo, quienes están actuando son algunos generales y remató sonriendo: creo que el presidente también conspira. Hasta ahí me duró la seguridad y la euforia. Sí, sí, balbuceé.

 

 

En la tarde sucedió algo que nunca creí pudiera pasar. Estaba escuchando boleros en mi transistor cuando un boletín de última hora informó del asesinato del senador Alberto Carrasquilla, mi amigo de infancia. Me había visitado después que Santa Cruz me contó lo del golpe de estado. Su presencia fue una sorpresa. Visitar a un abogado de narcotraficantes era un riesgo demasiado grande para un senador.

Carrasquilla siempre me pasó al teléfono y escuchó mis difíciles peticiones de colaboración pero nunca las atendió. Sentí un gran placer al verlo. Estuvo como siempre cáustico y divertido. Son muy extraños los lazos que unen a los amigos de infancia.

Le pregunté por el golpe de estado. Confirmó lo que Santa Cruz había dicho y, entonces, agregó impasible: el golpe fracasó. Asumió una pose doctoral, me llamó por el diminutivo (Trujillito) y soltó lo que llamó su ecuación a cinco bandas. Primera, hay militares que necesitan el golpe para encubrir sus vínculos con el narcotráfico. Segunda, el presidente tiene el respaldo de la policía pero debe evitar que éstos golpeen a los militares comprometidos. Tercera, los ‘hermanos’ Escobar Gacha amenazan al Presidente con un silencio a punto de derrumbarse. Cuarta, los norteamericanos están felices con ese equilibrio precario que les permite presionar al presidente desde todos los frentes. Quinta, Álvaro Gómez Hurtado tenía en sus manos todo el entramado y podía modificarlo con un simple gesto de voluntad. Entonces agregó sonriendo: un hombre que piensa demasiado es un pésimo político. Fracasado el golpe, concluyó, Álvaro Gómez Hurtado tiene que ser eliminado.

No puede ser, no van a tocar a un hombre como Gómez Hurtado: hijo de presidente, jefe histórico de la derecha, uno de los artífices de la constitución de 1991 y, además, un hombre de ochenta años. Tú estás loco, le dije.

¡Ya verás!, contestó.

Conversamos de otras cosas y cuando se iba a despedir, comencé a burlarme de su ecuación a cinco bandas. Sin perder su aplomo, me dijo: Trujillito tu eres un imbécil profundo.

Le repliqué: me parece que tú estás demasiado enterado. Efectivamente, respondió.

Eso es muy peligroso Carrasquilla, le dije. Me replicó: al contrario, gracias a que soy un hombre enterado, soy un intocable.

Sin pensarlo, le dije: mira, yo creo todo lo contrario. A ti te pueden matar por saber tanto. Me replicó, no Trujillito, tú te has vuelto muy sonso.

La conversación era tan frívola que le insistí con un dejo cariñoso: ¡te van a matar!

Dijo, bueno Trujillito, te voy a reconocer algo ya que insistes en tu pendejada ¡si me matan me joden!

Asesinado Carrasquilla el siguiente era Álvaro Gómez Hurtado. Esa lógica implacable se me imponía como una alucinación. Aunque no lo podía imaginar comenzaba a saber que Gómez Hurtado era hombre muerto. Le hicieron el atentado cuando salía de dictar una conferencia en la Universidad del Santísimo Rosario. No alcanzó a llegar al hospital.

Las noticias de los diarios no informaban nada. Los titulares de prensa eran verdaderos jeroglíficos. El domingo me visitó el abogado Santa Cruz. Trajo una carta firmada por un supuesto comando patriótico en la que insultaban y sentenciaban a muerte al senador Carrasquilla, a Álvaro Gómez Hurtado, a dirigentes gremiales y políticos y lo más sorprendente: yo estaba en la lista.

 

Santa Cruz trató de explicar con argumentos absolutamente ridículos por qué mi nombre aparecía. Sostuvo que debido a mi vieja amistad con Carrasquilla, se suponía que desde la cárcel formaba parte de los golpistas para beneficiar a los ‘hermanos’ Escobar Gacha.

Santa Cruz me decía: la situación es muy complicada doctor Trujillo. Ya mataron al senador Carrasquilla y acaban de asesinar al doctor Gómez Hurtado y, me recalcaba, usted sabe doctor que en esta cárcel ya hubo varios ajustes de cuentas. Mire, tenga mucho cuidado porque se dice que quienes están detrás del tal comando patriótico son de la inteligencia. Gente muy peligrosa.

Contesté: brutos es lo que son.

Nos soltamos a reír enloquecidos como dos cómplices que celebran una fechoría perfectamente ejecutada. Cuando Santa Cruz se despidió comprendí que el azar me ponía en la mira de los asesinos.

Lo que me sorprendió fue cómo el asesinato de Gómez Hurtado cambió todo. El hecho me hizo evocar el artículo 64 de nuestro código civil: “Se llama fuerza mayor o caso fortuito el imprevisto al que no es posible resistirse como un naufragio, un terremoto, el apresamiento de enemigos, los autos de autoridad ejercidos por un funcionario público, etc…”.

El presidente para enfrentar la situación creada con el magnicidio declaró turbado el orden público. Aprovechó así el fracaso de la conspiración y el asesinato como un caso fortuito para recuperar la gobernabilidad. En las nuevas condiciones pudo terminar su mandato y entregarle el mando con la ritualidad del caso al nuevo presidente; éste decidió extraditar a los ‘hermanos’ Escobar Gacha para marcar una diferencia tajante con su antecesor.

Sentí que la providencia trabajaba a mi favor; centré, entonces, todas las energías en la búsqueda de un arreglo con la Fiscalía. Hice con mucho cuidado algunos contactos y organicé con el doctor Santa Cruz, una estrategia de negociación para obtener beneficios que me permitieran salir de la cárcel en un tiempo razonable. Nunca más volvería a trabajar para narcos.

Me alegraba la expectativa de un futuro nuevo pero mi ánimo era melancólico. Sucedió, entonces, el atentado. Fue un día de fiesta, el patio estaba lleno de visitantes. Vi un adolescente fornido caminando rápido, mirando a ninguna parte pero directo donde yo estaba. Me pareció extraño pero no sospeché nada; cuando lo tuve cerca supe que era hombre muerto. Traté de correr y caí al suelo. Me miro y disparó. Recibí un fogonazo abajo del hombro; me desvanecí y desperté en la enfermería.

En la cama del hospital pensaba: mi asesinato es inevitable y esto puede sonar banal pero escuchaba la voz de mi amigo Carrasquilla decir ¡si me matan me joden!
Pero nada es definitivo mientras uno no esté muerto. Meses después del atentado me visitaron unos abogados. Vinieron a nombre de las Autodefensas Unidas de Colombia. Querían disculparse por el atentado. Me dijeron: fue un error de juicio de un jefe militar que les hacía inteligencia. Acepté las disculpas. Uno de los abogados me preguntó por la negociación que el nuevo gobierno estaba adelantando con la guerrilla. Le dije que la negociación fracasaría porque ese grupo se había montado en un cuento inviable: se llamaban ejército del pueblo y se creían un estado. Esas convicciones, le dije, conducían a un callejón donde la única salida era la guerra de nuevo.

A la semana me llegó una carta proponiéndome que los asesorara y acompañara en un proyecto que tenían acordado con el exgobernador de Antioquia para organizar un movimiento de oposición a las negociaciones del gobierno con las guerrillas. No respondí pero insistieron. Les mandé un memorando reiterándoles la tesis del fracaso inevitable de la negociación y sobre esa base les exponía mi escepticismo sobre el valor político de un movimiento que se oponía a un proceso que iba fracasar sin necesidad de ayuda.

Me dediqué a preparar mi defensa y a organizar una agenda tentativa para cuando saliera de la cárcel. En un lapso relativamente breve logré arreglar mis cuentas con la justicia con la valiosísima ayuda de mi abogado, el Doctor Santa Cruz. Mi salida, la planeamos de tal manera que se hiciera en el más riguroso sigilo. No me interesaba que se filtrara a los medios y se convirtiera en una especie de chiva periodística de mal gusto. Estaba decidido a disfrutar plenamente de mi condición de persona de bien, sin cargos de conciencia y sin cuentas con la justicia. En mi euforia alucinatoria comenzaba a paladear el placer de un yo totalmente renovado. Comenzar de nuevo a mis casi cincuenta años era una experiencia deliciosa.

Sucedió, entonces, lo del 11 de septiembre de 2001. Esa mañana estaba en la oficina del doctor Santa Cruz cuando explotó la noticia, en una salita de juntas muy bien equipada estuvimos mirando en la televisión lo que iba sucediendo. Que un grupo imaginase un ataque de esa magnitud y pudiese armar un equipo capaz de sacrificar las vidas de todos sus integrantes para sacar adelante el proyecto, era un acontecimiento que me recordó la voluntad apocalíptica de Pablo Escobar. En el curso de esos minutos se me instaló en la mente un sentimiento extrañísimo de omnipotencia e invulnerabilidad. Dije en voz alta: Santa Cruz, la política norteamericana va a cambiar radicalmente, es una gran oportunidad para nosotros.

Santa Cruz me miró asombrado y me replicó: no le entiendo doctor Trujillo, se supone que usted no vuelve a la actividad política.

Le repliqué: me iba a retirar pero ahora tengo una intuición, un sueño. Vamos a organizarnos doctor San Cruz y lo primero es contratar una traductora para que nos resuma el registro del ataque por la prensa norteamericana. Mañana nos reunimos y hacemos un primer análisis de las medidas tomadas por Bush. En esos días nos sumergimos en un océano de especulaciones, plegarias, maldiciones y amenazas: un coro humano planetario sobrecogedor.

El 14 de septiembre Bush hizo pública la proclama 7463 en la que declaró el Estado Nacional de emergencia. Ese documento le entregaba al presidente recursos extraordinarios para ejercer un poder sin antecedentes en la historia de los Estados Unidos. El 18 de septiembre se promulgó la Ley de autorización para el uso de la fuerza militar. Luego hubo una pausa de casi un mes en la labor normativa del gobierno. El 13 de noviembre se expidió la Orden Militar relativa a la detención, tratamiento y enjuiciamiento de extranjeros en la guerra contra el terrorismo. La lectura de ese documento aclaró mi intuición. Los parágrafos d) y f) de esa Orden Militar proclamaban lo que yo medio sabía pero no podía decir. Leamos:

d) La capacidad de Estados Unidos para protegerse a sí mismos y a sus ciudadanos de futuros ataques terroristas, y para ayudar a sus aliados y a otras naciones cooperantes a fin de protegerse a sí mismas y a sus ciudadanos de dichos futuros ataques terroristas, depende en gran medida del uso de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos: para identificar a los terroristas y los que los apoyan, interrumpir sus actividades, así como para eliminar su capacidad para llevar a cabo o apoyar tales ataques.
f) Dado el peligro que supone para la seguridad de Estados Unidos la naturaleza del terrorismo internacional, y dada la amplitud y el alcance de la presente orden, considero no contradictorio con la sección 836 del título 10 del Código de Estados Unidos que en virtud de esta orden no sean aplicables los principios legales y las reglas probatorias de los casos criminales en los Tribunales de Distrito de los Estados Unidos.
Ahora se trataba de asumir las consecuencias de esas decisiones. Elaboré un memorando para el jefe de las autodefensas unidas de Colombia. En esta ocasión, lo felicité por el proyecto político y le presenté un plan de decisiones tendientes a desligar el aparato militar de todo vínculo con el narcotráfico y con las acciones terroristas del pasado. Luego le propuse un conjunto de tesis políticas de lo que sería un nuevo gobierno para que el candidato pasara de plantear un proyecto de oposición a formular un proyecto de gobierno, un proyecto que llamé de Refundación de la Patria.

Recibí a los pocos días una nota acusando recibo de mi memorando y un cheque con una cifra generosa. Me gustó ese modo simple de evaluar mi trabajo. Pensé que pronto me contactarían pero no, hubo un silencio de semanas. Creí que mis recomendaciones habían sido archivadas. Esa situación me disgustó profundamente. Se estaba perdiendo un tiempo precioso para actuar. En política el tiempo oportuno de la decisión es fundamental. El kayros de los griegos.

 

Estaba equivocado. En noviembre comenzó la ofensiva mediática. Castaño, el jefe militar de las autodefensas apareció en noticieros, en programas de opinión argumentado operativamente lo que les propuse en mis tesis. En diciembre salió un libro reportaje en donde planteaba extensamente el nuevo proyecto, tomaba mis ideas y las ponía en sus propios términos. En una respuesta al periodista sobre la amenaza de extradición para ellos, respondió Castaño: “Nosotros ya rompimos con el narcotráfico y hemos suspendido toda acción que se pueda etiquetar de terrorista. Creo que el gobierno norteamericano es consciente de que las Autodefensas no son un grupo terrorista, ni una amenaza internacional de ninguna clase. Los discursos que respaldan la actuación de la comunidad internacional después de los atentados en los Estados Unidos, fundan su validez en la legítima defensa. Es un discurso de autodefensa aplicado a la comunidad internacional, y eso al mismo tiempo que valida nuestras tesis, nos exige más y más a la hora de ajustar nuestra actuación a las exigencias del nuevo contexto mundial.”

Esas declaraciones me sabían a gloria, eran mis tesis vueltas realidad política. Pero también entendí que yo estaba obnubilado asumiendo que mis conclusiones eran sólo mías. Castaño proclamó en el libro reportaje que él y las autodefensas tenían un sanedrín de notables que los asesoraba. Quienes llegamos a las mismas conclusiones sobre el impacto del 11 de septiembre fuimos muchos. La mesa estaba servida y los comensales de primer rango estábamos ya sentados. Pero comencé a sentir la vieja desazón. ¿Qué significaba hacer pública la asesoría de los notables? ¡Una amenaza¡ Eso pensé y sé que cuando se amenaza, los arreglos siempre son precarios. A pesar de esas aprehensiones lo sucedido fue impactante. El proyecto que había intuido se estaba transformando en proceso político.

La noticia que le dio el acabado final a este ciclo fue la ruptura de las negociaciones con la guerrilla. El miércoles 20 de febrero el presidente de la república anunció el fracaso de las negociaciones. Mi pronóstico se había cumplido aunque el modo como sucedió ni siquiera lo imaginé. Los desencuentros se acumularon vertiginosamente a un ritmo frenético; la negociación que cuajó después de varios años de intentos fallidos, se hizo añicos en horas. Volvimos a la guerra como lo anuncié.

Tenía que sacarle beneficio a mi perspicacia, haría valer mi reforzada autoridad como consejero. Me reuní con Santa Cruz para hacer un ejercicio de persuasión. Le expuse una pauta de acción para las nuevas circunstancias. Estaba tenso pero entusiasmado. Hizo dos observaciones de detalle. Había que escribir un nuevo memorando. El núcleo de toda la argumentación era que el candidato debía pasar a la ofensiva y toda la campaña volcarse al electorado con la confianza absoluta en el triunfo. Así lo hice.

Ya no puedo decir que los abogados de las autodefensas me visitaron, vinieron pero no como personas que aparecen sino como invitados, mejor dicho cómplices en una obra común. Discutimos como viejos conocidos y propusimos compromisos de trabajo a cumplir. La nueva reunión que se programó, les dije, tenía que contar con Castaño. Y así fue.

La campaña de nuestro candidato se transformó radicalmente, quien hablaba era el futuro presidente de la República de Colombia. Esa convicción se hizo evidente en todas las reuniones, manifestaciones, entrevistas. Las encuestas registraron la nueva situación política. Los otros candidatos y especialmente el candidato del partido liberal, doctor Horacio Esparza quien se había perfilado como ganador, parecía un náufrago chapoteando inútilmente antes del desastre final.

Mi situación cambió por un pedido de Castaño, me integré a uno de los equipos fundamentales de la campaña: la sala de la victoria. Allí conocí al primito de Pablo Escobar. Un tipo bajito, contrahecho y avispadísimo. Era uno de los personajes inevitables en las sesiones de trabajo. Aunque no me gustó, hice buenas migas sociales con él. La experiencia de la campaña fue alucinante. Aunque sabíamos que estábamos ganando cada instante, cada hora, cada día sucedían pequeños episodios que alteraban el curso de los acontecimientos a nuestro favor. La Fortuna con mayúscula nos favorecía: un don divino. Lo digo sin ironía. En la cúpula de la campaña, se instaló una retórica mística. Nunca imaginé que unos políticos curtidos en el clientelismo, la picaresca electoral, el aprovechamiento de los recursos públicos en beneficio propio, echaran camándula para agradecer la buena voluntad del Sagrado Corazón de Jesús.

Los de la autodefensa no se aparecían en las sedes centrales pero hacían un trabajo efectivísimo en las regiones, los departamentos y los municipios. Castaño me invitó a una reunión en el departamento de Córdoba y allí estuve con su séquito de bandidos. Fue una sesión operativa, no se discutió nada. Todo estaba sobreentendido. Me gustó al principio pero luego me comenzó la desazón.

Mis dudas eternas socavaban el entusiasmo del momento. ¿Sí tendrá futuro esta junta de bandidos, tan distintos todos? Un sentido de la realidad me ponía alerta. Lo mismo le ocurría a Castaño. En el libro reportaje al caracterizar el acuerdo de las Autodefensas, dijo con una clarividencia que me desconcertó lo siguiente: “Yo creo que algunos están aquí por fortalecer su patrimonio económico, otros quieren salir de la cárcel detenidos por causas ajenas a la causa o de la causa. Otros quieren evitar llegar a la cárcel por conductas de la causa y fuera de ella. Algunos quieren prioritariamente destruir la subversión, otros quieren además poder político y algunos quieren ganar la guerra como sea y pase lo que pase. Para otros es simplemente un modus vivendi y para algunos es causa de patria”. Dónde me ubicaría a mí este bandido. Elaboramos mentalmente nuestra experiencia en esa ondulante imprecisión, en esa incertidumbre del juicio ajeno que nos fija en el lugar indicado de una taxonomía atemporal. Pero esas especulaciones se desvanecían al golpe de los incidentes, los sucesos, los acontecimientos. Y el gran acontecimiento fue la victoria. Ganamos la presidencia. Nuestro candidato quedó ungido. Ahora era el Señor Presidente.

En el balance íntimo de esta empresa magnífica, imaginé un premio: embajador en los Estados Unidos. Sabía que no era posible pero era mi premio. De todos modos podría alcanzar que me ubicaran en la burocracia de la embajada. El jolgorio de celebración de la victoria fue breve. Era indispensable asumir la administración del Estado, tomar medidas, consolidar un equipo, proponer un plan de desarrollo, darles confianza a los banqueros, refrenar apetitos burocráticos desmedidos como el mío. En fin, gobernar. Lo imposible se había materializado. Hasta miedo me dio.

El nuevo presidente tenía el sentido de la minucia administrativa y de los ritos de la cultura política de la élite. Lo hacía de un modo desmañado pero cumplía bien la tarea. Me recordó uno de los presidentes del antiguo régimen político: el Frente Nacional. El viejo Turbay. Le quedaba grotesco el frac, su organismo lo rechazaba pero lo usaba como lleva la ropa un gordo del pintor Botero. La nueva era política comenzaba bien y de nuevo la fortuna nos favoreció.

El gobierno norteamericano inició una ofensiva mediática contra Hussein, el presidente de Irak. Luego de la guerra del padre de Bush contra Hussein en 1991 por su invasión a Kuwait, su hijo parecía preparar el terreno para una nueva intervención. Las intenciones nunca fueron explícitas y estaban envueltas en falsas imputaciones: una gran mentira. Los embustes denunciaban una amenaza química y biológica (armas de destrucción masiva). El ciclo pudo empezar a principio de 2002 pero se fue agudizando y un año después el clima de guerra hacía previsible una intervención. Ésta era una oportunidad de oro para sellar una alianza definitiva con el Estado norteamericano y consolidar nuestro proyecto de refundación de la patria.

Había que respaldar al presidente Bush en su decisión sin importar lo que las cancillerías de los otros países plantearan. Conversé con el primito, nombrado primer consejero del presidente, y le expuse mis argumentos. Me escuchó con frialdad, con distancia pero me reconoció que era acertada la decisión de respaldar al presidente Bush. Me atreví a ir más allá y le solté un deseo íntimo, le dije: hay que hacerle saber a Bush que esta alianza puede desembocar en un hecho que cambie la historia de toda la América, hay que decirle que Colombia puede ser la estrella que falta en la bandera de la Unión.

El 19 de marzo la guerra se declaró. El desenlace fue meteórico: en menos de cuatro meses el ejército norteamericano derrotó a Hussein y comenzó la tarea de democratización de la sociedad iraquí y de construcción de un estado en correspondencia. Esta victoria, la sentí como propia pero me molestaba la ignorancia en que me mantenía el primito de Escobar respecto a qué pensaba el presidente Uribe de mi propuesta de convertirnos en estado de la unión.

 

 

Estaba de nuevo asediado por la incertidumbre que mata. ¿Qué pasaba realmente? Especulaba, imaginaba escenarios con opciones variadas para mí y los otros hasta que alcancé la siguiente evidencia: me habían sacado del círculo donde el presidente tomaba las decisiones fundamentales. Es decir yo, Castaño y sus paramilitares. En una de las reuniones periódicas del grupo decisorio de las autodefensas, tratábamos pormenores del proceso de negociación con el gobierno. No recuerdo con precisión qué desencadenó una discusión airada entre quienes estábamos allí. Pero un abogado caldense de apellido Páez le dijo a Castaño: Comandante en jefe, estamos rodeados de amigos desleales. Castaño le replicó seco: ¡No jodas¡ Eso no es cierto.

Esa sonora sentencia me dejó frío. Era la confirmación de mi propia conclusión pero nunca hubiera podido decirla de ese modo tan afortunado. A Castaño lo asesinaron el 16 de abril de 2004. Esa noticia la mantuvieron oculta y solo se conoció a principio de 2005. Supe, entonces, que necesitaba pasar al lado de la gente de bien. De algún modo debía ingresar a uno de los círculos cercanos al presidente.

La única opción que tenía era la de contactar al primito. No me gustaba pero la necesidad nos impone deberes estratégicos. No obtuve mucho al principio porque el primito se mantuvo distante aunque cordial. Nuestras conversaciones las dirigí siempre hacia una finalidad que califiqué de suprema: el futuro histórico. Insistía siempre que era indispensable trascender la coyuntura sin perder la sintonía con ella. Pero no podíamos enredarnos en lo inmediato, refundar la patria implicaba pensar los ciclos largos de la historia. La estrategia que hasta el momento nos había llevado hasta la presidencia y permitía enfrentar los primeros años de gobierno, era insuficiente. Había que crear una doctrina. Una retórica política que trabajando lo inmediato hiciera inteligible el proceso de refundación. Había que desmontar la retórica enemiga que deslegitimaba nuestra democracia. Había que desmontar los silogismos del terrorismo. Necesitábamos un centro de pensamiento que elaborara la doctrina de un patriotismo renovado. Y simultáneamente iríamos resolviendo un asuntico operativo: la reelección de Uribe en el 2006.

El asunto comenzó a surtir efecto a mediados de 2005, pasamos de las argumentaciones al diseño de propuestas. Ahora en septiembre tendremos reuniones definitivas. Esta perspectiva me tiene, de nuevo, confiado. Aunque no hay que bajar la guardia, hay que mantenerse siempre alerta.

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