
A cincuenta años del levantamiento conocido como Mayo de 1968, una revisión de los movimientos sociales nacidos en Latinoamérica, inmediatamente antes, en medio de tales jornadas o pocos años después de las mismas, nos permiten constatar que la acción mancomunada de miles de miles en toda nuestra región es el factor fundamental para enfrentar con éxito, y en algunos casos superar, el empobrecimiento inducido por las políticas en boga en los países dirigidos por las oligarquías de siempre. El paso del individualismo a lo colectivo, y de la indiferencia a la solidaridad en acción, son factores fundamentales para enfrentar el llamado “destino manifiesto”. Aquí, en los apartes transcritos del libro Los desbordes desde abajo. 1968 en América Latina, de Raúl Zibechi, novedad de Ediciones Desde Abajo, encontramos lecciones tejidas por miles de manos, las mismas que diseñan las puntadas a tejer en pro de otra sociedad posible.
La camada de movimientos que nacen en el proceso en torno a la revolución de 1968, pueden agruparse en tres sectores sociales: campesinos, indígenas y sectores populares de las periferias urbanas. Entre los primeros, además de la Anuc colombiana, deben incluirse el MST de Brasil tanto por la masividad del movimiento como por la realización de una vasta reforma agraria desde abajo. Movimientos campesinos importantes existen en Perú, donde las rondas campesinas tienen una historia y un presente muy destacado en la resistencia a la minera a cielo abierto; en Colombia, donde los agrarios desde 2013 enseñan la potencia que mantiene el campesinado pese a cinco décadas de guerra; y en Paraguay, donde son los principales protagonistas sociales desde la rearticulación del Movimiento Campesino Paraguayo (MCP) en 1980.
Entre los indígenas, creo necesario destacar los procesos organizativos en Ecuador, donde la Conaie ha sido capaz de aglutinar movimientos de la sierra, la selva y la costa; en Bolivia, con un fuerte protagonismo de cocaleros y de aymaras urbanos; en Colombia, donde los nasa y misak del Cauca están en la primera línea de las resistencias y las alternativas; en Chile, donde el pueblo mapuche sostiene un proyecto de sociedad diferente de larga duración; y en Guatemala, donde los pueblos mayas resisten el modelo extractivo en condiciones muy adversas. El zapatismo, como he mencionado, merece un trato aparte.
En cuanto a las periferias urbanas, México, Perú y Argentina son los escenarios privilegiados, ya que Chile vivió una completa contra-reforma urbana con la dictadura de Augusto Pinochet. En todo caso, las ciudades también son centro de cambios que tienen a los migrantes indígenas y a los campesinos como las puntas de lanza de la construcción de mundos nuevos.
+ He optado por mencionar sólo un movimiento por país, aunque en el caso de México deberían mencionarse dos. Las FLN no deben ser consideradas como una guerrilla clásica porque, si bien realizaban acciones armadas, se distancian claramente del vanguardismo, rechazan el protagonismo del grupo de militantes para dedicarse de lleno a impulsar la organización de los pueblos. Por eso rechazan la lógica de hacer secuestros, asaltos y acciones espectaculares y no trabajan para imponer las ideas propias sino para “escuchar, aprender, convencer, crecer” con el objetivo de construir “el calendario de abajo” (1). Las FLN se esforzaron en la formación de “aprendices aplicados” en vez de dirigentes, una cultura política que ha ido a contracorriente de las vanguardias armadas latinoamericanas y que explica el éxito que han tenido en la organización de pueblos en Chiapas.
En cuanto al movimiento popular urbano, creo necesario destacar las ocupaciones masivas en Monterrey desde 1971, estrechamente vinculadas al movimiento estudiantil de 1968. Ese año nacen las colonias Mártires de San Cosme y Mártires de Tlatelolco, y al año siguiente la colonia Genaro Vázquez Rojas, apenas unos días después del asesinato del líder guerrillero por el ejército. En 1973 se funda la colonia Tierra y Libertad con apoyo de los estudiantes de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Se trata de una nueva generación de militantes que rechazan el estilo de trabajo clientelar y autoritario del partido de Estado PRI.
Entre 1973 y 1980 se fundan 40 colonias en Monterrey que crean órganos de poder y autodefensa de la comunidad. Las colonias tienen un patrón común: la asamblea como órgano máximo de decisión, elección de delegados de manzana rotativos, administración de justicia propia, cooperativas de producción, comercio y transporte, construcción de la escuela primaria administrada por la comunidad, así como los servicios de agua, electricidad y drenaje. Fue el mayor y más pujante movimiento urbano de América Latina y llegó a contar con 100 mil ocupantes (2). Como luego veremos, este patrón de ocupación del espacio y de auto-organización se repite en todas las periferias urbanas del continente, sin que haya contacto directo entre las diversas experiencias.
+ En Colombia la organización del campesinado en la Anuc condujo a la creación de la primera organización indígena, el Consejo Regional Indígena del Cauca (Cric) en 1971. Fue parte del proceso de lucha contra la terrajería3, iniciado en la década de 1960, de recuperación de tierras y ampliación de los resguardos (territorios propios) y de las autoridades que los gobiernan, denominadas cabildos. El Cric incluye 115 cabildos reconocidos y once agrupaciones de cabildos, donde llevan adelante sus propios proyectos de salud, educación, programas para jóvenes y mujeres.
En los resguardos funcionan escuelas bilingües y se forman docentes en las escuelas comunitarias, así como promotoras de salud. En el terreno económico cuentan con empresas y tiendas comunitarias. Levantaron un proyecto jurídico alrededor de la “justicia propia”, un Centro de Educación, Capacitación e Investigación (Cecidic) y la Universidad Autónoma Indígena Intercultural, para la formación de jóvenes en la cosmovisión indígena.
Una de las creaciones más notables del movimiento es la Guardia Indígena, para la protección de las comunidades de enemigos externos y para mantener el orden interno. La guardia depende de la autoridad del cabildo y de la comunidad, que establecen reglas de control y hacen la selección de las personas con base en las propuestas de cada vereda. El servicio de guardia es por uno o dos años, y es rotativo ya que todos los comuneros deben prestar este servicio.
Cada vereda elige en asamblea diez guardias y un coordinador; luego se elige un coordinador por resguardo y otro para toda la región. En la zona del Norte del Cauca hay alrededor de 3.500 guardias correspondientes a los 18 cabildos, integrados básicamente por jóvenes y mujeres de 12 hasta 50 años. Con los años, el Cric se convirtió en la principal referencia política, en particular desde la Minga de 2008 (marcha a pie desde el Cauca hasta Bogotá).
+ El MST de Brasil es el movimiento campesino más importante del continente y probablemente del mundo. Han recuperado 25 millones de hectáreas, donde crearon 5.000 asentamientos habitados por dos millones de personas. En su creación jugaron un papel decisivo la Comisión Pastoral de la Tierra, las comunidades eclesiales de base y la teología de la liberación. Retoma la historia de las Ligas Campesinas desarticuladas por el golpe de Estado de 1964 y organiza a los pequeños campesinos perjudicados por la modernización y mecanización de los cultivos en el marco de la revolución verde.
La primera ocupación de esta nueva etapa que conduce a la formación del MST, la realizan 110 familias la noche del 6 de setiembre de 1979, al ingresar a la hacienda Macali, en Rio Grande del Sur. Formalmente, el MST nace en 1984 luego de varios encuentros regionales de asentados, acampados y colectivos en proceso de organización, en medio de una fuerte movilización nacional contra la dictadura miliar (1964-1985). En poco más de dos décadas, las 350.000 familias asentadas ligadas al MST contaban con 1.900 asociaciones de producción, comercialización y servicios, 100 cooperativas de producción agropecuaria, cooperativas regionales de crédito y comercio, y 100 agroindustrias (4).
El aspecto más notable del movimiento es el trabajo educativo que los llevó a poner en pie 2.000 escuelas en los asentamientos, a las que acuden 200 mil niños y niñas, donde se alfabetizaron 50.000 adultos. Además el movimiento auspicia cien cursos en acuerdo con universidades del país donde estudian dos mil sin tierra. Además cuenta con la Escuela Florestán Fernandes, espacio de formación de militantes de toda América Latina. El MST ha desarrollado una pedagogía de la tierra, que considera al “movimiento social como principio educativo”, lo que supone desbordar el rol tradicional de la escuela y del docente, bajo el principio de “transformarse transformando” (5). Se trata de una propuesta emancipatoria en la que deja de haber un espacio educativo especializado, para que todos los espacios, todas las acciones y todas las personas, se conviertan en espacio-tiempos y sujetos pedagógicos.

+ La masiva ocupación de Lima por los migrantes andinos es un hecho sin precedentes por su magnitud. La toma de predios urbanos es la contracara de la lucha por la reforma agraria en el campo. Los tres mapas adjuntos representan la ciudad en 1957, en 1981 y en 2004. Lima pasó de 1,2 millones de habitantes en 1957, con un 9,5 por ciento de la población viviendo en barriadas, a 4,5 millones con el 32 por ciento en barriadas en 1981. Para 2002, los islotes que conformaban las barriadas se han convertido en tres grandes “conos” que incluyen al 60 por ciento de la población de la ciudad.
Lo que sucedió fue un fenomenal “desborde popular”, término acuñado por el antropólogo peruano José Matos Mar, que se convirtió pronto en “inundación” (6). Los millones de migrantes no tuvieron otro camino que tomar la solución de sus problemas en sus manos y se organizaron para eso. En su opinión, los migrantes tienen una actitud contestataria, practican otra economía que el sistema denomina “informal” y desarrollan estructuras paralelas a partir de una cultura diferente a la de las elites limeñas.
Ausente la autoridad y bloqueados los canales institucionales, las masas generan bolsones semiautónomos de poder, basados en patrones asimétricos de reciprocidad rural adaptados a la situación urbana. Prescinden del Estado y se oponen a él. Este se ve gradualmente obligado a oscilar, de manera arbitraria, entre resignarse a un papel nominal a responder con una descontrolada reacción represiva (7) (énfasis míos).
La ocupación por miles de familias de un arenal desierto en la periferia sur de Lima, en abril de 1971, es el caso más emblemático de este desborde. El barrio fue bautizado por sus pobladores como Villa El Salvador y con los años se convirtió en un distrito de la ciudad con 350.000 habitantes. Al principio no había partidos y todo se construyó con base al principio andino de reciprocidad y minga o trabajo colectivo. De ese modo lo construyeron todo: las viviendas, las calles, los servicios de agua, luz, educación y salud; montaron mercados, espacios productivos y servicios de transporte.
La organización también fue novedosa: “El embrión de una nueva organización urbana, única en la historia del país, fue la asamblea de manzana” (8). Cada manzana contaba con secretarios de salud, educación, producción, comercialización y vigilancia, alcanzando niveles de autogestión que sólo se conocían en las zonas rurales. En contra de la tesis del gobierno militar “progresista” de la época y de los partidos de izquierda que lo apoyaban, que proponían crear una cooperativa, la primera convención de la ocupación, celebrada en julio de 1973, decide nombrarse Comunidad Urbana Autogestionaria de Villa El Salvador (Cuaves).
La organización administraba en los primeros años los grifos comunales de agua, la caja y la ferretería comunal, las empresas comunales de confecciones, de bloques, carpintería y la farmacia. La Cuaves tuvo un plan para que los ocupantes construyeran sus casas, crearan fuentes de trabajo, no perdieran su dinero en el comercio capitalista, se prestaran dinero con intereses muy bajos, dirigieran sus empresas y asambleas y, de ese modo, socializaran el poder. Años después, el antropólogo Rodrigo Montoya reflexiona con amargura lo que fue el derrotero de la mayoría de las experiencias nacidas al influjo de la revolución de 1968:
Se trataba de ir contra el viento, de navegar río arriba. A unos pocos socialistas imaginativos y libertarios nos interesaba este proyecto. A los comunistas pro soviéticos y maoístas les interesaba capturar las direcciones de las organizaciones populares, de los sindicatos, sustituir a los dirigentes de base por los cuadros militantes de sus partidos. Para ellos toda la lucha se centraba en la conquista, captura y uso del poder político (9).
+ De la derrota y dispersión de la clase obrera de Argentina nació una ronda de mujeres que reclamaban por la aparición de sus hijos e hijas. Madres de Plaza de Mayo nace en abril de 1977, desafiando el terror militar en la calle, denunciando, exigiendo. Madres es un grupo relativamente pequeño pero su influencia ha sido notable. Es un viraje profundo en la historia de los movimientos antisistémicos de América Latina y del mundo. Es una comunidad de mujeres-madres con una profunda relación político-afectiva; son autónomas del Estado y de los partidos políticos; ocupan el espacio público de forma permanente, cuyo aspecto más visible son las rondas de los jueves en la Plaza de Mayo. No buscan crecer ni “acumular fuerzas”, como la izquierda clásica, porque el concepto de crecimiento es interior, de autoestima, y de legitimidad ante los demás (10).
Madres fue un ejemplo para varias generaciones: de decisión y firmeza, de entrega a una causa, de coherencia, de no claudicar ni venderse. Por el espacio de Madres pasaron miles de jóvenes, y no tan jóvenes, que luego jugarían un papel importante en las luchas sociales, en particular en el ciclo de luchas del movimiento de desocupados, o piquetero, que culmina con el levantamiento del 19 y 20 de diciembre de 2001. Tuvieron un papel decisivo, aunque indirecto, en el nacimiento de Hijos (Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio), que nace a mediados de la década de 1990 formado por hijos de desaparecidos.
Una de las enseñanzas más notables de Madres, que educa a varias generaciones de movimientos, es que no importan cuántas personas participan sino la intensidad de las acciones. Hay muchos ejemplos, pero el más notables es el de Olga Márquez de Arédez, cuyo esposo Luis fue desaparecido en Ledesma (hoy General San Martín), una pequeña ciudad de Jujuy y feudo de la familia oligárquica Blaquier, una de las más ricas y poderosas del país y propietaria de un ingenio de azúcar. Durante años Olga daba vueltas a la plaza de Ledesma, con su pañuelo blanco y la foto de su esposo, sola ante la indiferencia de los vecinos que, con los años, se fueron sumando a la demanda de aparición con vida de los cientos de desaparecidos por los militares en connivencia con los dueños del ingenio.
En Argentina existen muchos colectivos que aún siendo muy pequeños, se enfrentan a poderosas multinacionales mineras y soyeras. Las decenas de agrupaciones que se coordinan en la Unión de Asambleas Ciudadanas (UAC), las que se agrupan en la campaña Paren de Fumigarnos, las Madres de Ituzaingó (Córdoba) que luchan contra la contaminación por glifosato y los vecinos de Malvinas Argentinas, que paralizaron una gran planta de Monsanto (también en Córdoba), son pequeños colectivos que siguen la huella de Madres. Entre muchísimos otros. En 2016 comenzaron a organizarse los Hijos e Hijas de Genocidas, quienes denuncian y repudian a sus padres en una experiencia única en el mundo.
+ En junio de 1972 nace Ecuarunari (siglas de “Ecuador Runakunapak Rikcharimuy”, Movimiento de los Indígenas del Ecuador), agrupando a los quichuas de la sierra ecuatoriana, como síntesis de un proceso que comienza en la década de 1960 impulsado por sectores progresistas de la iglesia católica y por la frustración que generó la tibia reforma agraria impulsada por el gobierno militar en 1964, que no benefició a los indígenas. Los problemas que enfrentan los quichuas de la sierra son similares a los de toda la región andina: una educación extraña en la lengua del colonizador; pérdida de autonomía de las comunidades al obligarlas a elegir cabildos que sustituyen a las autoridades tradicionales; necesidad de más tierras ante el crecimiento demográfico, lo que agudiza la pobreza, entre otras.
El trasfondo de la creación de la primera gran organización indígena ecuatoriana, que culmina con la creación de la Conaie (Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador) en 1980, es la intensificación de la lucha por la tierra en la década de 1960. Las tomas de grandes haciendas fueron frecuentes y las movilizaciones contra terratenientes y militares cada vez más masivas. En 1962 comuneros quichuas de las provincias de Cotopaxi, Tungurahua y Chimborazo (la zona más caliente en la lucha agraria), atacan a los miembros de la Misión Andina y a los funcionarios del Censo Agropecuario para impedir la encuesta (11).
En 1968 se ocupan haciendas en Loja con un saldo de 8 indígenas muertos, en 1970 se levanta la comuna Iltus en Chimborazo y en 1971 se sublevan en Guano, Cubijíes y Guamote (12). Los terratenientes responden creando “escuadrones de la muerte” para frenar las ocupaciones de haciendas, apoyados por los militares. En junio de 1972 unos 200 delegados de cooperativas, cabildos y organizaciones campesinas crean la Ecuarunari en la comuna Tepeyac en Chimborazo, que se define como una organización indígena aunque en ese momento no toman distancia de la iglesia como quería una parte de los dirigentes (13).
En los años siguientes, como sucedió en muchas organizaciones, se agudizan las diferencias entre asesores externos y dirigentes, que abren un largo período de crisis política e ideológica. Recién en 1979 con el V Congreso, Ecuarunari establece un rumbo claro y define que “el problema indígena tiene una doble dimensión: la étnica y la de clase”, y concreta una alianza con el movimiento obrero (14). En ese período y con el retorno de la democracia formal se multiplican las organizaciones populares e indígenas. En 1980 las organizaciones de la sierra, la costa y la selva crean la Conaie.
Aunque la propuesta de luchar por un Estado Plurinacional no estuvo presente en la creación de la Conaie, el levantamiento del Inti Raymi, en mayo y junio de 1990, que coloca al movimiento indio en el centro del escenario político, la convierte en la demanda más importante y en el núcleo de su estrategia.
Entre 1980 y 1990 el movimiento indio incorpora algunos cambios notables: de definirse como “etnias” pasan a hacerlo como “nacionalidades indígenas”, en gran medida por la necesidad de los pueblos amazónicos de definir y defender sus espacios relativamente homogéneos ante la presión colonizadora; incorporan la idea de “territorio” como el espacio necesario para el desarrollo de su cultura; y formulan la propuesta de plurinacionalidad y, en concreto, de Estado Plurinacional15. Luis Macas, el principal dirigente del levantamiento de 1990, explica los objetivos de esa definición:
El derecho que demandamos a la autodeterminación, consiste en crear un régimen (autogobierno) que nos permita tener competencia legal sobre la administración de los asuntos internos de nuestras comunidades, en el marco del Estado nacional […] Los indígenas luchamos porque nuestra propuesta de Estado Plurinacional cree una sociedad nueva, con un nuevo modelo de Estado, y que se constituya en una auténtica nación, donde estemos representados todos (16).
En los años siguientes la Conaie apoya la creación de una organización para incursionar en el terreno electoral, el Movimiento de Unidad Plurinacional Pachakutik, que es el corolario del proceso para reformar el Estado que implícitamente defiende la propuesta de un Estado Plurinacional. Se convierte así en una de las referencias principales, junto a los movimientos bolivianos aliados del MAS, de esta corriente que busca la “refundación del Estado” a través de negociaciones con los gobiernos o mediante el acceso al aparato estatal a través de elecciones.
A mi modo de ver, la Conaie y la Ecuarunari se dotaron de una estructura organizativa y de una cultura política casi idéntica a la que presentan los viejos movimientos antisistémicos, en particular el sindicalismo. Consumen demasiadas energías en las cuestiones internas vinculadas a la lucha por cargos y a tareas burocráticas, mantienen una relación muy cercana con el Estado y dependen de las agendas impuestas por las instituciones. Después de la participación de sus principales dirigentes en cargos ministeriales durante el gobierno de Lucio Gutiérrez, “predomina el sentimiento de que el movimiento se extravió en los juegos en la cima del poder”, lo que se tradujo en “desconcierto, divisiones internas y en la indiferencia de gran parte de sus bases” (17).
+ Emitido en Bolivia, el Manifiesto de Tiwanaku (1973) es un documento central en el pensamiento indígena del continente, aunque es muy poco conocido fuera de ese país. Lo firman cuatro organizaciones integradas principalmente por aymaras de La Paz: el Centro de Coordinación y Promoción Campesina Mink’a, Centro Campesino Túpac Katari, la Asociación de Estudiantes Campesinos de Bolivia y la Asociación Nacional de Profesores Campesinos. El documento es una reflexión sobre los impactos de la revolución de 1952 y la reforma agraria, elaborado por la generación de pensadores formados en ese proceso. Según el historiador aymara Roberto Choque, “el Manifiesto es parte fundamental del proceso de descolonización” (18).
La revolución de 1952 promovió una reforma agraria que se apoyó en la creación de sindicatos agrarios verticales (20.000 sindicatos con medio millón de afiliados) que se superpuso a la organización comunitaria tradicional, lo que hizo que la cuestión étnica fuera eclipsada por la de clase (19). La subordinación del campesinado al Estado pos 1952, se plasmó en el pacto militar-campesino rubricado en 1966. La masiva migración aymara a las ciudades en la década de 1970 (la mitad de la población de La Paz es aymara), facilitó el acceso a la educación media y superior, algo que nunca antes había sucedido de forma masiva.
A mediados de la década de 1960 un grupo de jóvenes crean el Movimiento 15 de Noviembre (fecha del asesinato de Túpac Katari), en 1968 se forma el Muja (Movimiento Universitario Julián Apaza) (20), en 1969 el Centro Mink’a y en 1971 el Centro Campesino Túpac Katari, todos ellos integrados por aymaras residentes en La Paz que mantienen relaciones fluidas con sus comunidades. La estrecha relación entre esta generación producto de la reforma agraria y los sindicalistas de base del altiplano, se concreta en la erección el 15 de noviembre de 1970, de un monumento a Túpac Katari en Ayo-Ayo, pueblo donde fue descuartizado (21). En este período nace un nuevo liderazgo campesino y una nueva intelectualidad india urbana expresada en lo que hoy conocemos como katarismo, que tiene una primera expresión en el Manifiesto de Tiwanaku.
El katarismo se extiende rápidamente por el altiplano, hasta conquistar la mayoría en la central campesina en 1979, apenas seis años después de la publicación del Manifiesto. No fue sencillo nuestralizar la influencia de un Estado legitimado por nacionalizaciones y reformas profundas. El pacto militar-campesino se rompió con la “masacre del valle”, en 1974, cuando el régimen de Bánzer atacó con artillería y aviación un bloqueo de 20.000 campesinos en Cochabamba, con un saldo de por lo menos 80 muertos. La dictadura militar “despojó al campesinado cochabambino de estas nuevas utopías generadas por la revolución de 1952, y quebró el sustento ideológico de la subordinación campesina al Estado” (22).
El sindicalismo agrario fue minado por dentro, desde las comunidades indígenas-campesinas. La hegemonía ideológica del katarismo se traduce pronto en mayorías en las organizaciones provinciales y nacionales, hasta que en 1979 la COB (Central Obrera Boliviana) convoca un congreso en el que se funda la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (Csutcb). Se produce lo que Silvia Rivera denomina como “indianización del sindicalismo obrero”, cuyos dirigentes son obligados a hablar en aymara en los congresos y concentraciones. Actitudes que forman parte del proceso de “descolonización” del cual el Manifiesto de Tiwanaku es una pieza central.
Combinando su análisis sobre las relaciones entre la memoria larga y la corta, Rivera sintetiza lo sucedido en el altiplano:
El surgimiento y consolidación del movimiento, en sus dimensiones cultural, política y sindical, no se explicaría sin el influjo de las percepciones del aymara urbano, que aporta una visión más sistemática de un largo pasado indio, y elabora ideología en base a las frustraciones de su experiencia urbana. De otro lado, el arraigo rural del katarismo y su capacidad de minar por dentro las estructuras del sindicalismo paraestatal no hubieran sido posibles sin la incorporación y elaboración de la memoria de 1952 (23).
En adelante el campesinado será un actor fundamental en las luchas y el katarismo –dividido en varias corrientes cuando se vuelve fuerza mayoritaria– se convierte en una corriente cultural que domina la política boliviana hasta el día de hoy. Fruto de la impronta del katarismo, se crea la Federación Nacional de Mujeres Campesinas-Bartolina Sisa (24), en 1980. Es una organización única en América Latina, que nace por presión de las bases que en diversos congresos campesinos, sobre todo en La Paz en 1977, expresan su voluntad de organizarse (25).
Las mujeres jugaron un papel muy destacado en los bloqueos y marchas en las décadas de 1990 y 2000, así como en el levantamiento de octubre de 2003 que derribó al gobierno neoliberal de Gonzalo Sánchez de Lozada. Siempre vinculadas a la Csutcb pero con una presencia propia y masiva en todas las coyunturas decisivas. La estructura de las Bartolinas es, sin embargo, jerárquica, ya que reproduce exactamente la jerarquía sindical de la organización campesina, lo que puede traducirse en una reproducción parcial del patriarcado.
+ Podrían citarse otras experiencias del mismo período, como la Federación Uruguaya de Cooperativas de Vivienda por Ayuda Mutua (Fucvam), nacida en 1970, que tiene el enorme valor de recoger y sistematizar una tradición de la cultura popular (como la ayuda mutua o gauchada (26)) y convertirla en el eje del movimiento. En el mismo sentido, la creación del Movimiento Campesino Paraguayo (MCP) en 1980, supone la rearticulación de las Ligas Agrarias dispersadas por la represión del régimen de Stroessner. Aunque se ramifican en varias organizaciones, el movimiento campesino es el principal sujeto colectivo y el movimiento más dinámico, durante más de tres décadas. Los principales sucesos políticos del país siguen pautados por la dinámica campesina.
El 15 de octubre de 1999, coincidiendo con el Día Mundial de la Mujer Rural, nace en Asunción la Coordinadora Nacional de Mujeres Campesinas e Indígenas (Conamuri), que está presente en todo el país y cuenta con más de cien comités de mujeres de diversas organizaciones y comunidades.
También deben ser mencionados los movimientos centroamericanos, en particular los de Guatemala. Hacia comienzos de la década de 1970 grupos de campesinos y sacerdotes católicos trabajan juntos en alfabetización y en derechos humanos. El Comité de Unidad Campesina (CUC) se crea en 1978 en Chimaltenango, pero dio sus primeros pasos de 1972, siendo “la primera organización nacional de Guatemala donde hombre y mujeres indígenas y ladinos pobres caminamos juntos”27. Meses después se produjo la masacre de Panzós, donde el ejército asesinó a cien campesinos que protestaban por las condiciones de trabajo. En esos años más de 70 mil campesinos fueron obligados a vivir en “aldeas modelo” que eran cárceles controladas por los militares y 440 aldeas campesinas fueron arrasadas.
En 1980 el CUC ocupa junto a otros grupos la embajada de España para llamar la atención al mundo acerca de los crímenes que cometía la dictadura militar. La policía invadió la embajada y asesinó a 38 campesinos, sindicalistas y activistas solidarios incendiándolos con fósforo blanco. Ese año el CUC impulsó la huelga más grande de la historia de Guatemala, en la que 80.000 campesinos y trabajadores agrícolas tomaron y paralizaron durante una semana los principales ingenios azucareros de la Costa Sur logrando un importante aumento salarial.
***
Los rasgos comunes de esta nueva generación de movimientos pueden sintetizarse, por un lado, en el tránsito de la asociación a la comunidad; del individuo como núcleo de los partidos, sindicatos y guerrillas, a la familia como centro de las nuevas organizaciones. Por lo tanto, el papel de las mujeres cambia radicalmente en esta etapa. La diferencia entre movimientos basados en individuos y movimientos de familias o de pueblos, parecen obvias y tienen repercusiones hondas en el carácter de los mismos.
En paralelo, observamos la superación de las estrategias de los viejos movimientos antisistémicos. No se trata, inicialmente, de una ruptura radical y completa, sino de inflexiones hacia nuevos modos, como hemos observado en casi todas las ocupaciones urbanas donde los pobladores dedican esfuerzos a construir no sólo sus viviendas sino los equipamientos colectivos que los Estados no les ofrecían. Lo fundamental, empero, es que los nuevos rumbos no fueron decididos como consecuencia de un debate entre dirigentes que definan nuevas estrategias sino, por lo menos en las etapas iniciales, por el imperio de la necesidad.
La incapacidad de los Estados y del capital para resolver los problemas de los sectores populares, fue lo que los llevó a ocupar tierras y construir en ellas los servicios que necesitaban para poder vivir. Con el tiempo, esta actitud fue reflexionada, pasando de las iniciativas para la sobrevivencia (como las ollas populares) a la formulación de una economía popular; de la tierra al territorio; de la autonomía defensiva a la autonomía como estrategia.
* Apartes del libro: Los desbordes de desde abajo. 1968 en América Latina, Capítulo 3, Ediciones desdeabajo, abril 2018.
1 Marcos, subcomandante insurgente (2006) “palabras en la casa Museo del Doctor Margil A.C.”, en Contrahistorias Nº20, México, pp.43-48.
2 Castells, Manuel (1986), La ciudad y las masas, Alianza Madrid, pp. 274-279. Moctezuma Barragán, Pedro (1999) Despertares. Comunidad y organización urbano popular en México 1970-1994, Universidad Iberoamericana, México, pp. 71-73.
3 Renta que se pagaba al patrón trabajando gratuitamente a cambio de un terreno concedido por el hacendado.
4 Morisawa, Mitsue, GLoria (2003), A história da luta pela terra e o MST, Expressão Popular, São Paulo p. 67 y MST.
5 Salete Caldart, Roseli (2000), Pedagogia do Movimento Sem Terra, Vozes, Petrópolis, p. 204.
6 Matos Mar, José (2004) Desborde popular y crisis del Estado, Congreso del Perú, Lima (edición original, 1984).
7 Montoya Rojas, Rodrigo (2010), Porvenir de la cultura quechua en Perú, CAOI/Conacami/PDTG/UNMSM, Lima, p. 26.
8 Ibíd., pp. 38-39.
9 Zibechi, Raúl (2003) Genealogía de la revuelta, Letras Libres, Buenos Aires.
10 Ibíd., p. 105.
11 Conaie (1989) Las nacionalidades indígenas en el Ecuador. Nuestro proceso organizativo, Tincui/Abya Yala, Quito.
12 Ibíd., p. 303.
13 Ibíd., p. 215.
14 Ibíd., p. 223.
15 Guerrero, Fernando y Ospina Pablo (2003), El poder de la comunidad: ajuste estructural y movimiento indígena en los Andes ecuatorianos, Clacso, Buenos Aires, pp. 177-192.
16 Macas, Luis (1991) “El levantamiento indígena visto por sus protagonistas”, en AAVV, Indios. Una reflexión sobre el levantamiento indígena de 1990, Ildis, Quito, pp. 25-26.
17 Le Bot, Yvon (2013) La gran revuelta indígena, Océano, México, p. 159.
18 Choque, Roberto (2010) “El Manifiesto de Tiwanaku y el inicio de la descolonización”, Revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional, Vol. 4 Nº.11, La Paz, diciembre, p. 11.
19 Rivera Cusicanqui, Silvia (1983), Luchas campesinas contemporáneas en Bolivia: el movimiento katarista, 1970-1980, en Bolivia, hoy, Zavaleta. Mercado, René (comp.), Siglo XXI, México. Hurtado, Javier (1986), El Katarismo, Hisbol, La Paz.
20 Julián Apaza es el nombre de nacimiento de Túpac Katari.
21 Rivera Cusicanqui, Silvia (1983), Luchas campesinas contemporáneas en Bolivia: el movimiento katarista, 1970-1980, en Bolivia, hoy, Zavaleta. Mercado, René (comp.), Siglo XXI, México, p. 140.
22 Ibíd. p. 146.
23 Ibíd., p. 167.
24 Esposa de Túpac Katari.
25 García, Álvaro (2004) Sociología de los movimientos sociales en Bolivia, Diakonía/Oxfam, La Paz.
26 De gaucho, campesino de las llanuras del Cono Sur. 27 CUC-Comité de Unidad Campesina (2007) “Lucha, resistencia e historia”, Rukemik Na’ojil, Guatemala, p. 25.



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