El valor de cambio de los productos medido por las horas de trabajo humano surge cuando las relaciones salariales y la búsqueda de la mercantilización total de la sociedad fue trazada como la meta última del capital. Una realidad que con el paso del tiempo, y ante la crisis sistémica que hoy afronta la humanidad, indica que una visión biocéntrica debe negarse a la mercantilización de la naturaleza, y el uso justificador para estos propósitos, de técnicas como la inteligencia artificial, ha resultado ser tan sólo sofistería legitimadora.
El sicoanalista francés Jaques Lacan, en una entrevista que daba en 1974 al periodista Emilio Granzotto, ante la pregunta por la reiterada afirmación en auge de la obsolescencia del pensamiento de Sigmund Freud, contestaba: “¿Cómo puede decirse que está obsoleto si aún no lo hemos entendido a cabalidad?”. Esta respuesta puede hacerse extensiva al trabajo de Marx, y no porque lo escrito por estos dos “genios de la sospecha” sea omnicomprensivo o incontrovertible, sino porque el sentido más general de su trabajo parece ser lo primero que olvidan quienes abogan por enviarlos al cajón de lo desechable.



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