Para emprender la búsqueda de trabajo toca revisar todas las páginas de empleo que existen. Estando en ellas, primero buscas aquello relacionado con tu profesión u oficio, para terminar buscando cualquier oferta que se encuentre disponible, a la cual se pueda aplicar con la leve esperanza de ser llamado, porque ante todo te impera la necesidad de tener algún ingreso para poder cubrir los gastos o por lo menos sobrevivir, puesto que la presión financiera que se experimenta no da la posibilidad de elegir empleo, sino que se debe tomar lo primero que salga. Al final, no eres tan libre cuando intentas no morir completamente desahuciado, como nos lo han hecho creer. La libertad es sólo una promesa sin fundamento material.
Después de aplicar a infinidad de trabajos, con la ansiedad de salir del alto porcentaje de sin empleo que registra el país, sólo queda esperar que te contacten de alguna de las partes a las cuales enviaste la hoja de vida. Pasan los días, repites la rutina, pero no recibes ningún correo o llamada, la ansiedad no se disipa y la frustración va llenando tu cerebro con cada uno de esos silencios. Dudas de ti mismo, te preguntas si eres suficiente o qué es aquello que falla en ti para no ser seleccionado. Tu autoestima se ve profundamente afectada y tu ser se disuelve entre la multitud de desempleadxs, una cifra más entre las personas que engrosan los índices de desempleo e informalidad laboral.
Pasan los días y nada que suena el teléfono o que llega algún mensaje al correo. La desazón cubre todo tu ser y te sientes alguien sin valor, sin capacidades efectivas, así lo confirma el mercado laboral que parece decirte, ¿quieres ser alguien?, ¡se competitivo! ¿Quieres algún reconocimiento?, ¡sobresale por sobre los demás!, ¡no esperes solidaridad alguna, los demás son competencia! Mucho menos intentes apoyo mutuo, tu problema lo resuelve la “mano invisible” del mercado laboral.
La competitividad, ahora sientes en tu ser esa palabra tan repetida en el mercado laboral, la cual conlleva un estímulo narcisista bajo el cual no admitimos la posibilidad del fracaso, dado que este está situado como una afección psicopatológia, que implica desconocer que en toda competencia hay derrota y fracaso, el mismo que dentro de la norma social de la competencia y rendimiento es imposible reconocerlo porque significaría poner en entredicho sus fundamentos ideológicos, y en último término su eficiencia económica1.
Esa angustia de la constante derrota/desempleo que debe llevarse con vergüenza, por ende oculta, se suspende cuando eres recomendado por algún amigx o conocidx para un trabajo. Solicitar el anhelado puesto, con carta de recomendación por delante, es la mejor forma para que esa mano invisible sea benevolente contigo. Te presentas a la entrevista y confirman que es un contrato por prestación de servicios por tres meses, los más afortunados lo pueden tener por 6 meses e incluso 9, pero son casos excepcionales. Aceptas porque no hay otra alternativa, y ante todo debes sobrevivir.
En este nuevo panorama debes proyectar el pago de tus deudas y gastos y de ser posible ahorrar para amortiguar el próximo período de desempleo; es una realidad, la constatas: te impide planear el futuro. La inseguridad laboral que experimentas genera una profunda incertidumbre y la imposibilidad de planear la vida más allá del día a día. Estás ante la realidad laboral que hoy es norma y con la cual lo más que alcanzas a hacer es sobrevivir: pasar cada día a gatas.
Es una dura realidad, pero es la real realidad. Sin trabajo fijo no hay acceso a diversidad de derechos, entre ellos vivienda propia. No es fortuito. El informe publicado por el Bbva Research sobre la situación inmobiliaria señala que Colombia pasó de ser un país de propietarixs a arrendatarixs: el 40 por ciento de los hogares viven en arriendo, mientras el promedio de ese porcentaje en la región alcanza al 212. Este es uno de los tantos ejemplos que plasman la imposibilidad de proyectarse más allá de lo inmediato.
Ahora sientes algo de esperanza. Firmas el contrato para iniciar labores, tienes como firme propósito dar todo de ti para que te renueven el contrato, incluso caes en la trampa de la flexibilidad laboral y te encuentras en completa disposición 24/7. Sucumbes en la lógica de la auto-explotación para poder rendir y así dejar de ser ese don Nadie, que te han hecho creer que eres. Estás todo el día en función de conservar tu empleo y ya no tienes tiempo para cultivar los vínculos y las relaciones sociales. Tu atención se encuentra asediada por el mandato económico, reducido a un despiadado ejecutor, un autómata programadamente obediente.
Pasan los días y llega el final del mes y sin nada en el bolsillo te percatas que toca salir a buscar quién te preste para poder pagar la seguridad social y la pensión, sino no lo haces, es imposible que te paguen. Es así como compruebas, en carne propia, uno de los tantos resultados de los técnicos que propusieron la flexibilización laboral en 1990, aprovechando el cambio del modelo económico del país y dando la puerta de entrada a la neoliberalización de la sociedad colombiana, siendo el contrato de prestación de servicios uno de sus tantos éxitos.
Este cambio de modelo económico, que ha implicado una crisis, que en palabras de Franco Berardi3 ha derivado en parte de una crisis de motivaciones, de una caída artificiosa de la euforia neoliberal noventera, que se ha traducido en la difusión de la tristeza, la depresión, del pánico y de la desmotivación, que ha funcionado como estimulante del consumo, puesto que comprar es una suspensión artificiosa de la angustia. Son emociones que experimentas y te hacen susceptible de dejarte atrapar por la productividad, la disciplina del trabajo y el consumismo, todo lo cual se regula con fármacos o sobre-estímulos para no caer en la explosión suicida o la parálisis corporal/productiva.
De excepción a norma
El contrato por prestación de servicios pasó de ser una excepción del mercado laboral, a la constituirse en la forma dominante de contratación: en 2007 sólo un 20 por ciento de quienes fueron contratados lo hicieron bajo esta modalidad, la misma que en el 2017 ya cubría al 70 por ciento4. Modelo de contratación, expresión nítida de la informalidad laboral, la cual según la Gran encuesta integrada de hogares (Geih) para el 2023 cubría al 56 por ciento de quienes tenían trabajo. Mientras tanto, y pese a ello, se anunció con bombos y platillos que el desempleo en abril del 2025 se redujo al 8,8 por ciento. Un dato que no significa una disminución efectiva en la informalidad laboral o en la generación de condiciones dignas para generar seguridad laboral para la población en edad de trabajar.
Dura es la realidad. La informalidad laboral es un problema que el Estado asume como un “mal menor”, en la medida que pueda presentar las estadísticas de desempleo con un solo dígito, y como un “mal necesario” por parte del empresariado para poder aumentar las ganancias. Existe un pacto implícito entre el empresariado y el Estado por sostener este mecanismo de subsistencia, dado que por las condiciones mismas de esta forma de vida es poco probable que exista una respuesta contundente y organizada para exigir condiciones de seguridad laboral, y quienes podrían exigir o luchar de forma organizada para transformar estas condiciones (los sindicatos), no han asumida esta como una lucha su interés, como un propósito principal en su diario hacer.
El reto está planteado para millones de sobrevivientes del final de mes, para millones de nadies: para romper la inestabilidad, para no estar luchando en contra de nuestros pares, toca construir redes de solidaridad y apoyo mutuo que sostengan y cuiden la vida de forma colectiva, desatando al mismo tiempo la capacidad creativa y transformadora de esos millones de personas sometidas a un modelo socioeconómico que te muele, que te agarra como una mercancía más: fuerza de trabajo, profesionalización/precarización, con capacidad creativa, con potencial laboral, pero que por ahora sin evidencia de capacidad organizativa y de conspirar con aquellas personas que se encuentran en las mismas condiciones para subvertir este orden de miseria y precariedad. Solo con la esperanza que un día, que un mágico día la suerte deje de caer a gotas y sea a cantaros.
Además de laborar como esquizofrénicos, no es imperativo crear, ingeniar, para que resistir/sobrevivir no sea solo aguante sino un paso hacia un futuro diferente.
1. Berardi (Bifo.), F. (2003). La fábrica de la infelicidad: Nuevas formas de trabajo y movimiento global. Traficantes de Sueños.
2. García Mahecha, C. A. (2025, mayo 4). ¿Colombia, país de arrendatarios? Esto revela un informe del Bbva Research sobre esa situación en Latinoamérica. El Tiempo. https://www.eltiempo.com/economia/sectores/colombia-pais-de-arrendatarios-esto-revela-un-informe-del-bbva-research-sobre-esa-situacion-en-latinoamerica-3450448. “Si bien son muchos los factores que han implicado la imposibilidad de las personas para comprar casa en Colombia, como la especulación inmobiliaria, la gentrificación de las ciudades, la ausencia de una política social para adquirir viviendas de interés social. La posibilidad de adquirir una deuda a largo aliento para comprar una casa, ha sido la forma como muchas personas han podido comprar el lugar para pasar su vejez, pero la imposibilidad de tener estabilidad laboral, hace imposible acceder a créditos hipotecarios. Si bien el ideal, sería la posibilidad de adquirir viviendas dignas sin que esto dependiera de la capacidad de endeudamiento, en las condiciones actuales, ni siquiera la promesa liberal se cumple”.
3. Berardi (Bifo.), F. (2003). La fábrica…, op. cit.
4. Contratos por prestación de servicios afectan el empleo. (2019). https://www.uniandes.edu.co/es/noticias/gobierno-y-politica/contratos-por-prestacion-de-servicios-si-afectan-la-calidad-del-empleo-publico
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