Reflexiones sobre la consulta del Pacto Histórico

La Consulta del Pacto fue, sin duda, histórica. Sin embargo, los datos traen consigo realidades y escenarios que deben revisarse, ya no al calor del resultado, sino en clave estratégica para aprovechar el momentum con miras al 2026. El texto plantea lecturas sobre el ejercicio democrático, junto a algunas claves para pensar colectivamente lo que sigue para el progresismo colombiano.

El proceso concebido para elegir al candidato presidencial y ordenar las listas al Congreso fue previsto como dispositivo de democracia interna, pero también como termómetro del progresismo tras tres años de gobierno. En la edición anterior de desdeabajo* reflexionaba sobre los umbrales de participación, y los 2,7 millones de votos ubicaron a la Consulta en la categoría “alta”, reflejando una base movilizada, otorgando legitimidad a Iván Cepeda de cara a la consulta interpartidista y la parlamentaria de marzo.

Contra todo –incluso errores propios–, la aprobación presidencial supera el 40 por ciento; el Pacto mantiene la mayor identificación partidaria y el resultado de la consulta confirma un piso electoral que en términos del censo puede parecer menor, pero es significativo para una interna sin otra concurrente, dejando al oficialismo bien perfilado para el 2026. Revisemos lo ocurrido, para luego cerrar con unas reflexiones sobre lo que viene.

Sobre la presidencial, sus resultados y derivaciones

2.753.738 personas, 6,7 por ciento del censo electoral, participaron en la consulta que escogió a Iván Cepeda como candidato presidencial del Pacto Histórico para la primaria de marzo de 2026, superando las expectativas del propio movimiento e igualando el resultado de Senado en 2022.

El porcentaje de participación puede parecer bajo respecto a las 41,2 millones de personas habilitadas, pero es importante en comparación con otras consultas: primero, es la de mayor participación en «fecha fría», duplicando a la siguiente (Liberal en 2009); segundo, es la tercera partidaria abierta más votada (tras Liberal de 1990 y Verde de 2014); tercero, es la octava más votada entre las 16 realizadas; y cuarto, es la de mayor promedio de votos por mesa habilitada, con 139,1 en cada una de las 19.796 dispuestas (la del Pacto en 2022 tuvo un promedio de 56,96 en más de 102 mil mesas).

Según el último boletín, Cepeda se impuso con 65,13 por ciento de los votos válidos, mientras que Carolina Corcho quedó segunda con 28,7 por ciento. Sin embargo, los votos no válidos junto a las preferencias por Daniel Quintero –que se bajó a última hora– llegan a 19,4 por ciento, dato relevante que no puede pasarse por alto. El promedio de votos no válidos en consultas anteriores fue de 10,94 por ciento.

Esta cifra se compone de 145.558 votos por Quintero (6,15 por ciento de los válidos, 5,29 por ciento del total), 249.415 no marcados (9,06 por ciento del total) y 139.412 nulos (5,06 por ciento). Esta cifra puede deberse, en parte, a los obstáculos que enfrentó la Consulta, así como a falencias de la campaña, falta de pedagogía, una cierta inconformidad con las candidaturas, o a una interpelación al gobierno por parte de quienes quisieran un ritmo más acelerado de transformaciones. A su vez, la baja a última hora de Quintero incidió en la participación, puesto que de haber participado plenamente pudo haber sido aun mayor.

Los resultados deben ser interpretados como un respaldo al petrismo y como demostración de su capacidad de movilización, lo cual fue reconocido incluso por figuras críticas al gobierno, como Angélica Lozano y Mauricio Cárdenas; otras, por supuesto, cuestionaron la disminución respecto de 2022, lo cual, como se ha señalado, no tiene sentido por no ser directamente comparables. (Ver tabla 1. Consultas presidenciales (1990-2025).)

El mensaje fue claro: el progresismo sigue vivo y fuerte para el 2026. No obstante, y a pesar del buen resultado, persisten desafíos internos en términos de liderazgo y cohesión que deben discutirse.

Primero, el quinterismo perdió espacio en la izquierda. A pesar de los guiños del Presidente, las candidaturas y bases del Pacto mostraron su rechazo, e incluso se bajaron 6 precandidaturas para impedir su triunfo. Asimismo, días antes de la consulta circularon encuestas que lo ubicaron en tercer lugar, tras lo cual –sin sugerir causalidad– se retiró presuntamente para no inhabilitarse para el Frente Amplio. No obstante, lo hizo fuera de plazo –por eso apareció en el tarjetón– y sin personería jurídica, quedando supeditado a lo que resuelva el CNE respecto a su posible inhabilidad por haberse inscrito en la Consulta. De hecho, la Registraduría ya rechazó su solicitud de inscribir su comité de firmas, quedando en entredicho su participación en las elecciones.

Segundo, la disputa por la cabeza de lista del Senado evidenció diferencias que deben resolverse con miras a las elecciones y para garantizar gobernabilidad desde 2026. Carolina Corcho se aferró a un acuerdo previo que garantizaba el espacio para quien quedara segundo en la Consulta, mientras que María José Pizarro hizo lo propio respecto al acuerdo para bajar las candidaturas en favor de Cepeda; ambas han demostrado liderazgo y merecen su espacio en lo que viene para el progresismo.

Finalmente, Pizarro desistió de su reclamo en un «nuevo gesto de unidad», recordando que ya había depuesto su opción presidencial –hecho que también influyó en la votación de Corcho– y asumió la jefatura de debate de la campaña de Cepeda, desde donde trabajará, además, para construir el Frente Amplio y responder al llamado presidencial para la constituyente popular.

En tercer lugar, Cepeda no puede confiarse del buen resultado: debe consolidar su liderazgo con y sin Petro, demostrando capacidad para heredar las banderas del proyecto e ir más allá, dentro y fuera del Pacto. Para ello, los roles de Pizarro y Corcho son decisivos, pero también el candidato debe conducir y organizar la casa alrededor de sus«tres revoluciones» como eje de cohesión, tanto para convencidos como para distanciados y críticos internos del movimiento. En sus primeros días como candidato ya ha debido enfrentar lo que viene desde afuera: amenazas, tergiversación y polarización por parte de una oposición cada vez más radical, mientras persisten las incógnitas sobre la consulta del Frente Amplio –si se hará, con quiénes, y si podrá participar en ella.

Estas y otras situaciones, por supuesto, dependen también de su liderazgo y la campaña, primero para prevenir el desgaste de aquí a marzo/mayo, así como para demostrar que es capaz de inspirar confianza de gobierno a la mayoría del país, siguiendo las palabras que dijo tras su victoria: «Tenemos todos los ingredientes para construir un segundo gobierno progresista».

De las consultas al Congreso y los desafíos que siguen

En paralelo, la consulta legislativa dejó una distribución territorial que anticipa fortalezas y debilidades en determinadas regiones que exigirán micro-campañas diferenciadas para mejorar los resultados nacionales respecto a elecciones anteriores; alinear incentivos entre listas cerradas y la campaña presidencial es condición sine qua non para traducir la movilización de octubre en escaños reales.

En total, 2.737.620 participaron en la consulta de Senado, de los cuales 2.338.358 fueron votos válidos, diferencia del 14,59 por ciento debido a no marcados y nulos. En Cámara fueron 2.724.485 personas, con 2.256.018 votos correctamente emitidos; 17,19 por ciento menos por no marcados y nulos.

Respecto a las proyecciones, el Pacto prevé cuatro escenarios para Cámara: pesimista, si se repite la votación de la consulta para obtener 22 curules, cinco menos que las actuales; los otros son medio, optimista y muy optimista, multiplicando los resultados del 26 por 1,5, 2 y hasta 3 veces, logrando 37, 48 y 70 escaños, respectivamente.

Siguiendo con las lecturas en Cámara, hubo 739 municipios donde la votación por el Pacto aumentó, reflejando la conservación de fuerza pero con un patrón electoral diferente, menos urbano y más rural, probablemente debido al énfasis de desconcentración del Estado que ha impulsado este gobierno. Sin embargo, no todo son cuentas alegres, porque a pesar del buen resultado, las votaciones en cinco ciudades principales (Bogotá, Cali, Medellín, Barranquilla y Cartagena) son una alerta: como conjunto representan una disminución de 756.417 votos, equivalentes al 94,12 por ciento de la baja respecto al resultado de Cámara en 2022, o bien al 24,75 por ciento de los sufragios logrados en dicha votación.

Particularmente, Bogotá redujo su caudal en 525 mil votos en comparación con 2022, lo cual se puede deber en parte a las bajas de Bolívar, Muhamad y Pizarro, cuya plaza fuerte es la capital, pero también a la estrategia de campaña, repitiendo el mal resultado de la elección de alcaldes de 2023, cuando el progresismo quedó en tercer lugar. La estrategia en Bogotá debe replantearse si se quiere lograr al menos el escenario medio proyectado por el movimiento.

Otro aspecto que también cambió fue la conformación de las listas. Algunas personas hoy en el Congreso o que hicieron parte del gobierno quedaron en segundo plano y con pocas posibilidades de ser electas. Quienes obtuvieron mejores resultados fueron los y las que lideraron las reformas en el Congreso, candidaturas apoyadas por maquinarias (que en parte explican el incremento de 526 mil votos en la Costa Caribe, equivalente a la caída de Bogotá), e influencers y líderes de opinión, quienes lograron traducir visibilidad en votos, por sobre los cuestionamientos que recibieron en campaña.

Todo lo anterior corresponde a fenómenos irrefrenables con los cuales la izquierda debe aprender a interactuar para sostener su fuerza electoral, sobre todo en una sociedad en constante cambio y que ya hoy en día no comprende, o al menos no se compromete con formas colectivas de militancia, sino más bien prefiere otras modalidades más individuales de representación.

Esta conformación novedosa supone dos desafíos o incógnitas interesantes de cara a lo que puede ser la conformación del próximo Congreso por dos motivos: primero, por el posible retorno de Álvaro Uribe y de otras figuras de peso o de sus delegados; y segundo, por el rol constituyente que quiere imprimirle Petro a contar del 20 de julio. Esto permite prever una campaña centrada en ejes de «refundación vs. restauración», lo cual se traducirá en una polarización que debe ser bien conducida por cada una de las campañas, para prevenir una posible fatiga electoral o el alejamiento del votante blando.

Algunas consideraciones finales

1. Persiste la incertidumbre sobre la fusión del Pacto en el CNE, en tanto los partidos deben subsanar los reparos antes de diciembre, y también si Cepeda podrá participar en la consulta interpartidista de marzo y qué partidos concurrirán al llamado a participar de este. El buen resultado en la Consulta augura un caudal votante importante que puede garantizar el paso a segunda vuelta; el Partido de La U ya anunció que no participará de esta instancia.

2. La democracia abierta y participativa demostró ser una forma efectiva para reactivar redes territoriales, populares y organizaciones alrededor del proyecto político. Esto también convoca maquinarias político-electorales, activistas digitales e influencers con los cuales, como se dijo, hay que interactuar. Además, el Pacto no debe conformarse con el resultado, sino salir a ampliar su base electoral si quiere consolidar las transformaciones en un segundo gobierno.

3. Las experiencias internacionales no se pueden ignorar: Primero, «lo constituyente» debe abordarse estratégicamente para prevenir resultados regresivos o desconectados del pueblo, como pasó en Chile; segundo, no conviene anticipar triunfos, porque el resultado de una elección no asegura el siguiente, como pasó en Argentina; y tercero, las coaliciones permiten ganar elecciones para frenar fascistas, pero no hay que coaligarse a cualquier costo, siendo crucial el mantener el balance entre polarización y proyecto de país, como hizo Lula en Brasil.

4. La victoria de Zohran Mamdani en Nueva York pone en evidencia la necesidad de sacar las campañas de las redes sociales y de la tibieza programática, pues, en la calle y con un discurso claro y diferenciable se puede ganar una elección. Ir al Frente Amplio no es diluir la propuesta, sino ver cómo construir con otros gobernabilidad para transformar el país.

5. Por último, para ganar no basta con presentar un programa robusto, sino que también debe haber atrevimiento, seducción, método y estrategia para vencer. La consulta resultó bastante bien, pero con organización habría sido aún mejor. Mientras la derecha crece y se aglutina por oportunismo, el progresismo solo es competitivo cuando se ordena alrededor del cumplimiento de compromisos y convierte esperanza en resultados tangibles. 

* En la edición Nº329 de este periódico se habló de 14 consultas, cuando en rigor fueron 15; faltó contabilizar la del Partido Alianza Verde en 2014.

* Magíster en políticas públicas e ingeniero constructor. Analista y asesor político.

Información adicional

Autor/a: Simón Rubiños Cea
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo Nº330, noviembre 19 - diciembre 19 de 2025

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