El fantasma en la máquina y los trabajadores del mundo hoy 

Vivimos en una época que se presenta a sí misma como el apogeo del progreso tecnológico. Un toque en la pantalla y la comida llega en minutos; un clic y un producto cruza continentes hasta nuestra puerta. Sin embargo, detrás de esta aparente inmediatez y fluidez, se esconde una realidad mucho menos visible: una vasta y creciente fuerza de trabajo global, fragmentada, precarizada y, en gran medida, invisibilizada.

La idea de que habitamos una economía “posindustrial” o “digital” resulta, en este sentido, profundamente engañosa. Lejos de desaparecer, el trabajo manual se ha expandido a escala mundial. La clase trabajadora global no solo no ha disminuido, sino que ha crecido de manera extraordinaria: entre 1990 y 2016, pasó de aproximadamente 1.5 mil millones a más de 3 mil millones de personas. Este crecimiento no ha producido una homogeneización de las condiciones laborales, como algunos pensaban, sino una diversificación y fragmentación profundas.

Lo que ha cambiado no es la centralidad del trabajo, sino su visibilidad.

La economía invisible

Hoy somos, en gran medida, “ciegos al trabajo”. Consumimos productos sin ver las cadenas globales de producción que los hacen posibles. Una camiseta barata no remite a las trabajadoras textiles en Bangladesh, ni a quienes recolectan algodón en Asia Central, ni a quienes transportan mercancías en puertos globales. Esta desconexión entre producción y consumo no es casual: es una condición estructural del capitalismo contemporáneo.

El sistema económico global separa deliberadamente al consumidor del productor. Nos invita a actuar como consumidores antes que como ciudadanos. En ese proceso, se borra el trabajo humano, o se reduce a una abstracción sin rostro. El resultado es un modelo que puede sostenerse sobre salarios bajos, condiciones precarias y la erosión de derechos laborales sin generar una respuesta social proporcional.

Pero esta invisibilidad tiene límites. La creciente precarización del trabajo, incluso en sectores antes considerados estables, está haciendo visible lo que antes permanecía oculto.

El fin de la división Norte-Sur

Durante décadas, se sostuvo una narrativa relativamente simple: el trabajo duro, mal pagado y explotado ocurría “allá” –en el Sur Global– mientras que en el Norte predominaban empleos estables y protegidos. Esa frontera se ha desdibujado.

Las dinámicas que caracterizaron durante mucho tiempo al trabajo en el Sur –informalidad, inseguridad, bajos salarios, debilitamiento sindical– se han extendido al Norte. La “gigificación” del trabajo, la gestión algorítmica y la fragmentación del empleo son ahora fenómenos globales. Un trabajador de almacén en Estados Unidos, un repartidor en Europa o un moderador de contenidos en África enfrentan presiones estructuralmente similares.

Esto no significa que las desigualdades hayan desaparecido; por el contrario, siguen siendo profundas. Pero sí implica que la experiencia del trabajo se está globalizando en nuevas formas. La “carrera hacia el fondo” ya no es un proceso localizado, sino sistémico.

Tecnología y control

Uno de los relatos más influyentes de nuestro tiempo sostiene que la automatización y la inteligencia artificial están sustituyendo el trabajo humano. Sin embargo, la realidad es más compleja. En muchos casos, la tecnología no reemplaza a los trabajadores, sino que intensifica su explotación.

Desde las “granjas de clics” que entrenan sistemas de inteligencia artificial hasta los sistemas logísticos que monitorizan cada segundo de la jornada laboral, la tecnología se utiliza para disciplinar, controlar y optimizar el trabajo humano. En lugar de liberar a las personas del trabajo duro, muchas innovaciones tecnológicas lo reorganizan en formas más intensivas y menos visibles.

En este sentido, la economía digital puede entenderse como una versión sofisticada del viejo taller de explotación: descentralizado, globalizado y mediado por plataformas, pero igualmente dependiente del trabajo humano.

Interdependencia y fragilidad

La precarización del trabajo no es un problema aislado ni sectorial. Tiene consecuencias sistémicas. Cuando miles de millones de trabajadores viven en condiciones de inseguridad, el conjunto de la economía global se vuelve más inestable.

La migración masiva, el auge de movimientos políticos disruptivos y la volatilidad económica están profundamente vinculados a estas transformaciones del trabajo. La economía global se vuelve más frágil: una interrupción en una cadena de suministro, una huelga en un puerto clave o una crisis política en un país estratégico puede tener efectos inmediatos en la vida cotidiana en cualquier parte del mundo.

Esto revela una verdad fundamental: estamos conectados a través del trabajo de otros. Ignorar las condiciones del trabajo global es ignorar las bases materiales de nuestras propias vidas.

¿Dónde está la clase trabajadora?

Frente a este panorama, surge una pregunta clásica: ¿qué ha pasado con la consigna “trabajadores del mundo, uníos”? En el siglo XIX, esta idea emergió en un contexto donde la clase trabajadora industrial comenzaba a reconocerse como sujeto colectivo. Hoy, la situación es más compleja.

La clase trabajadora global es más grande que nunca, pero también más fragmentada. Está dividida por género, etnia, nacionalidad, estatus migratorio y posición en el mercado laboral. Además, muchos trabajadores no se identifican principalmente como “clase”, sino a través de otras formas de identidad como, en primer lugar, el género.

Esto no significa que la unidad sea imposible, sino que no puede darse por supuesta. Como muestra la historia del movimiento obrero, la solidaridad siempre ha sido un proyecto político, no una condición natural.

El retorno del internacionalismo

A pesar de estas dificultades, hay indicios de un resurgimiento del internacionalismo laboral. Desde finales del siglo XX, han emergido nuevas formas de organización transnacional, impulsadas tanto por sindicatos como por movimientos sociales.

Las campañas contra las condiciones laborales en cadenas globales de producción, las redes de solidaridad entre trabajadores de plataformas y las alianzas entre sindicatos y organizaciones de la sociedad civil son ejemplos de esta tendencia. Estas iniciativas no reproducen el modelo clásico de internacionalismo, centrado en grandes estructuras formales, sino que operan de manera más flexible y diversa.

En este contexto, resulta útil recuperar la idea de Karl Polanyi de un “doble movimiento”: frente a la expansión del mercado, emergen fuerzas sociales que buscan proteger a la sociedad de sus efectos destructivos. Hoy, este contramovimiento tiene un carácter global, aunque desigual y fragmentado.

América Latina:
laboratorio de alternativas

Desde América Latina, estas dinámicas adquieren una particular relevancia. La región ha sido históricamente un espacio de experimentación en materia de organización laboral y social, en contextos de alta informalidad y desigualdad.

Aquí, el sindicalismo no puede limitarse al modelo tradicional basado en el empleo formal. La realidad del trabajo exige formas de organización más amplias, capaces de incluir a trabajadores informales, precarios y autónomos. Esto ha dado lugar a experiencias de “sindicalismo de movimiento social”, donde los sindicatos se articulan con organizaciones comunitarias, feministas, indígenas y de economía popular.

Estas formas de organización reconocen que la lucha laboral no puede separarse de otras luchas por la justicia social. La clase trabajadora no es homogénea, y su unidad requiere construir puentes entre distintas experiencias y demandas.

Estrategias para el presente

En este escenario, los sindicatos enfrentan el desafío de reinventarse. Esto implica, al menos, cinco líneas de acción.

Primero, ampliar su base social. Organizar a quienes históricamente han quedado fuera del sindicalismo –trabajadores informales, migrantes, mujeres– es una condición para cualquier proyecto de revitalización.

Segundo, adoptar una perspectiva multiescalar. La acción sindical debe operar simultáneamente a nivel local, nacional y global, aprovechando las oportunidades que ofrece la interconexión contemporánea.

Tercero, intervenir en la relación entre producción y consumo. Las campañas que vinculan las condiciones laborales con las decisiones de consumo han demostrado ser herramientas eficaces para presionar a empresas globales.

Cuarto, desarrollar nuevas formas de organización para el trabajo digital. Las plataformas no eliminan la posibilidad de organización colectiva, pero requieren estrategias innovadoras.

Quinto, disputar el terreno de las ideas. El neoliberalismo no es solo un modelo económico, sino un sentido común. Construir alternativas implica también construir narrativas que cuestionen su aparente inevitabilidad.

Una encrucijada histórica

Nos encontramos en un momento de transición. El modelo actual de globalización ha generado una enorme concentración de riqueza y poder, al tiempo que ha precarizado las condiciones de vida de amplios sectores de la población. Esta situación no es sostenible a largo plazo.

La historia del movimiento obrero muestra que las transformaciones sociales profundas no ocurren de manera automática. Requieren organización, lucha y, sobre todo, imaginación política.

La consigna “otro mundo es posible” sigue vigente, pero necesita ser concretada en prácticas y estrategias capaces de articular las múltiples dimensiones del trabajo contemporáneo.

Escuchar a los “fantasmas”

Los trabajadores invisibles de la economía global –los “fantasmas en la máquina”– están empezando a hacerse oír. Sus luchas, aunque a menudo fragmentadas, apuntan hacia la posibilidad de un nuevo internacionalismo, más inclusivo, más diverso y más adaptado a las realidades del siglo XXI.

Escucharlos implica reconocer que el trabajo sigue siendo el fundamento de nuestras sociedades. Implica también aceptar que las formas actuales de organización son insuficientes, y que es necesario construir nuevas.

Desde América Latina, con su historia de insurgencia y creatividad política, existe una oportunidad para contribuir a este proceso. No se trata de repetir viejas fórmulas, sino de imaginar nuevas formas de solidaridad que respondan a un mundo en transformación.

La pregunta ya no es si los trabajadores del mundo pueden unirse, sino cómo —y sobre qué bases— esa unidad puede construirse en las condiciones actuales.

La respuesta está abierta. Pero una cosa es clara: el futuro del trabajo, y en buena medida el futuro de nuestras sociedades dependerá de ello. 

Información adicional

Hacia un nuevo internacionalismo desde el Sur
Autor/a: Ronaldo Munck
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Fuente: Periódico desdeabajo Nº335, mayo 19 - junio 19 de 2026

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