¿Ha muerto el keynesianismo?
El escritor y filósofo Bertrand Russell, John Maynard Keynes y el escritor Lytton Strachey, del círculo de Bloomsbury, en 1915 Wikimedia

¿Ha muerto el keynesianismo?, se pregunta Andy Haldane, ex economista jefe del Banco de Inglaterra, en un artículo publicado en el Financial Times.La respuesta de Haldane es: “El keynesianismo, si no está muerto, podría estar en desuso”.

¿Qué quiere decir con eso y por qué plantea esta pregunta? En resumen, Haldane considera que la teoría keynesiana (es decir, que las crisis económicas o el estancamiento se pueden superar aumentando el gasto público, lo que “podría reavivar el espíritu animal del sector privado y, con él, el crecimiento”) ya no funciona. La razón es que “cuando la deuda es la enfermedad, la medicina fiscal puede ser tan perjudicial como curativa”, ya que hace subir los rendimientos de los bonos y, por lo tanto, aumenta el coste de financiación para el sector privado.

Entonces, ¿Cuál es la solución? Haldane dice que, en lugar de gastar más, los gobiernos tienen que ahorrar más, es decir, recortando el gasto y/o subiendo los impuestos para que el sector privado pueda expandirse. En esencia, Haldane está planteando un nuevo (o viejo) argumento a favor de la austeridad: recortar los servicios públicos, excepto en defensa (suponiendo que consideres la defensa como un servicio público), y subir los impuestos para que la mayoría de nosotros paguemos la deuda creciente.

Hay tantas cosas que fallan en esta llamada “consolidación expansionista”, como la llama Haldane (la idea de que recortar la deuda pública puede, de hecho, fomentar el gasto privado y la confianza), que cuesta saber por dónde empezar.

En primer lugar, ¿por qué son tan altos los niveles de deuda pública en las principales economías capitalistas? ¿Se debe al gasto desmesurado de los gobiernos en servicios públicos, prestaciones sociales, infraestructuras y pensiones? Esto es, sencillamente, falso.

En la OCDE, el gasto público social representaba menos del 10 % del PIB en 1960, pero desde entonces se ha más que duplicado hasta situarse, de media, en algo más del 20 % en toda la OCDE. Pero dos tercios de este gasto se destinan a pensiones y servicios sanitarios, ya que la población de las principales economías está envejeciendo. El resto del gasto social es una mezcla de ayudas a los ingresos para la población en edad de trabajar y servicios sociales distintos de la sanidad. No supera, de media, el 6,5 % del PIB. Las ayudas a los ingresos, que representan el 1,6 % del PIB, corresponden a prestaciones en efectivo por enfermedad y discapacidad; el 1,1 %, a prestaciones familiares en efectivo; y el 0,6  %, a prestaciones por desempleo. Este gasto es minúsculo comparado con las ayudas públicas a la industria (1,5 %, ahora en su nivel más alto desde la crisis financiera mundial de 2008) y a la defensa (que ahora ronda de media el 2,0-2,5 % y se prevé que suba al 3,0-5,0 % del PIB para finales de esta década).

Basta con fijarse en el Reino Unido. El grupo de expertos Resolution Foundation calcula que el gasto total en seguridad social o asistencia social en Gran Bretaña en 2025-26 será del 10,8 % del PIB. Esto supone un 0,8 % del PIB más que en vísperas de la crisis financiera mundial de 2007-08. Pero en comparación con 2012-13 (el punto álgido de la recesión posterior a la crisis financiera global), el gasto total en asistencia social ha disminuido un 1,2 % del PIB. Además, se prevé que el gasto en asistencia social solo aumente un 0,1 % del PIB hasta 2029-30.

Así que cuando Haldane habla de la necesidad de poner fin al “estímulo fiscal” al estilo keynesiano debido a la deuda pública excesiva, esto no se puede achacar al gasto en bienestar social.

Además, Haldane no explica por qué los niveles de deuda pública han aumentado tanto en las principales economías. Pero si se observa la serie temporal de la deuda pública en relación con el PIB, se ve claramente que los aumentos más bruscos y discontinuos se produjeron coincidiendo con las crisis financieras y las recesiones de la economía capitalista. Fueron estas las que obligaron a los gobiernos a rescatar a los bancos y otras instituciones financieras en 2008-2009 y a financiar a los empresarios y las empresas durante la caída provocada por la pandemia de la COVID. Tanto antes, como entre estos dos acontecimientos, los niveles de deuda pública apenas subieron.

En cuanto a los déficits presupuestarios anuales, de nuevo los mayores déficits se registraron durante el periodo de las dos crisis económicas, ya que los gobiernos destinaron más fondos al desempleo y otras prestaciones, al tiempo que recibían menos ingresos fiscales.

En los periodos de crecimiento relativamente más rápido (1991-2007), los déficits presupuestarios anuales se situaron de media en el 3 % del PIB, al igual que entre 2014 y 2019. Los déficits anuales han sido más elevados desde el final de la recesión provocada por la pandemia, lo cual se debe al aumento de los costes por intereses a medida que se acumulaba la deuda y subían los tipos de interés, junto con un crecimiento económico muy débil en la mayoría de las principales economías. A lo largo de los periodos de austeridad, mientras que la mayoría de la gente se enfrentaba a impuestos más altos, otros se beneficiaron de recortes en el impuesto sobre la renta (sobre todo los grupos con rentas más altas) y en el impuesto de sociedades. Eso significó que los ingresos fiscales del gobierno, como porcentaje del PIB, se mantuvieron estables en torno al 36 % del PIB, lo que garantizó un aumento de los déficits presupuestarios anuales.

Haldane sostiene que las políticas keynesianas de gestión macroeconómica (es decir, el aumento del gasto público y la reducción de los impuestos para impulsar el crecimiento económico) han “quedado obsoletas” en el mundo actual de elevada deuda pública, ya que las medidas keynesianas harán que aumente la deuda, no el crecimiento. Haldane considera que esto significa que el famoso “multiplicador” keynesiano ya no funciona. El multiplicador keynesiano sostiene que el aumento del gasto público impulsa el consumo y la inversión, lo que a su vez conduce a un mayor crecimiento del PIB real. Ese crecimiento del PIB real superará el gasto adicional y la deuda pública, por lo que se autofinanciará.

Lo que yo planteo aquí es que el problema del multiplicador no es que no funcione en un contexto de elevada deuda pública, sino que no funciona en una economía capitalista si la rentabilidad del capital no aumenta gracias al gasto público.  Como Guglielmo Carchedi y yo ya explicamos allá por 2013, la diferencia entre el multiplicador keynesiano (la relación entre la variación del gasto público y el crecimiento) y el multiplicador marxista (es decir, la relación entre la variación de los beneficios y el crecimiento) es que “en el multiplicador keynesiano, … la rentabilidad juega un papel secundario y los efectos (del gasto público) sobre la economía son siempre aparentemente positivos. En el multiplicador marxista, la rentabilidad es fundamental… La cuestión es si n rondas de inversiones sucesivas generan una tasa de ganancia superior, inferior o igual a la tasa media de ganancia original”. Como explicamos en nuestro artículo, lo que importa en una economía capitalista no es la evolución de la “demanda agregada”, sino la evolución de la rentabilidad del capital. El multiplicador keynesiano es un motor de crecimiento débil en comparación con el multiplicador marxista de la rentabilidad (véase World in Crisis, p. 26, gráfico 1.10).

Tras el fin de la Gran Recesión, hay pocas pruebas de que los países que registraron déficits presupuestarios más elevados y, por lo tanto, aumentaron la deuda del sector público, se recuperaran más rápido y aumentaran más el PIB que los que no lo hicieron. Varios estudios muestran que el llamado multiplicador keynesiano (la relación entre el crecimiento real del PIB y el aumento del gasto público o del déficit presupuestario) está poco correlacionado con la recuperación económica tras 2009. La Comisión Europea constató que el multiplicador keynesiano se situó muy por debajo de 1 en el periodo posterior a la Gran Recesión. El coste medio en términos de producción de un ajuste fiscal equivalente al 1 % del PIB no superó el 0,5 % del PIB para la UE en su conjunto.

El argumento de Haldane contra el multiplicador keynesiano es diferente. Afirma que el aumento del gasto público, incluso si se destina a inversión pública en lugar de a “bienestar” o servicios públicos, en realidad frenará el crecimiento. “En un estudio de 44 países, Ilzetzki, Mendoza y Végh encuentran pruebas de que el estímulo fiscal frena el crecimiento (un multiplicador fiscal negativo) cuando la deuda pública de los países supera el 60 % del PIB. Dado que todos los países del G7 tienen ratios de deuda por encima de este umbral, ¿podríamos estar entrando ahora en la zona gris de las políticas keynesianas?”

Aquí Haldane recurre a la desacreditada teoría de Rogoff y Reinhart, quienes argumentaban en su malogrado libro, Esta vez es diferente, que las economías con altos ratios de deuda pública (ellos proponían un umbral del 90 % del PIB) tendrían un crecimiento menor y, finalmente, sufrirían una crisis financiera. El estudio empírico en el que se basaba esta afirmación quedó posteriormente en evidencia por estar plagado de errores de codificación y estadísticos. Es cierto que otros estudios, como el que cita Haldane, muestran una correlación entre una elevada deuda pública y un menor crecimiento. Pero, ¿implica eso que es la elevada deuda pública la que frena el crecimiento o es al revés: que la ralentización del crecimiento o las recesiones propiamente dichas provocan un aumento de la deuda pública? Es claramente lo segundo, como demuestran los datos anteriores.

Y si buscamos en el aumento de la deuda la causa del menor crecimiento y de las crisis financieras, la deuda del sector privado (en particular, la deuda corporativa excesiva y la deuda financiera, es decir, lo que Marx llamaba capital ficticio) es una culpable mucho más probable que la deuda pública. El aumento de la deuda privada empezó a superar a la deuda pública en relación con el PIB en el llamado periodo neoliberal y se mantuvo mayor que la deuda pública hasta la crisis financiera mundial de 2008-2009.

Y como señaló recientemente la OCDE: “Desde 2008, la emisión de bonos corporativos ha crecido significativamente por encima de la tendencia, mientras que la inversión empresarial no lo ha hecho. La emisión acumulada de bonos por parte de empresas no financieras entre 2009 y 2023 fue 12,9 billones de dólares superior a la tendencia anterior a 2008, mientras que la inversión empresarial fue 8,4 billones de dólares inferior. En lugar de destinarse a la inversión productiva, gran parte de la deuda de los últimos años se ha utilizado para financiar operaciones financieras como refinanciaciones y repartos de dividendos a los accionistas. Esto sugiere que es poco probable que la deuda existente se amortice por sí sola a través de los rendimientos de la inversión productiva”.

Para Haldane, la consolidación fiscal (es decir, la austeridad) ayudará a impulsar el crecimiento. Para los keynesianos, el “estímulo fiscal” (el gasto público) impulsará el crecimiento. En mi opinión, ambos se equivocan. Lo que impulsa el crecimiento es la inversión en los sectores productivos (que crean valor) de la economía, y lo que impulsa la inversión productiva es el aumento de la rentabilidad del sector capitalista, que aporta entre el 15 % y el 18 % del PIB en inversión, frente a la inversión pública, que representa menos del 3 % del PIB. Mientras se mantenga esa proporción, serán las voces de los capitalistas las que prevalezcan. Y dirán que una deuda pública elevada provoca recesiones, por lo que la única forma de recuperar el crecimiento es reducir la deuda mediante la austeridad. Y, sin embargo, está claro que son precisamente la deuda excesiva y las posteriores crisis del sector capitalista las que llevan a una deuda pública elevada.

Hay varias formas de reducir la carga de la ratio de deuda: una mayor inflación, que reduce el valor real de la deuda y aumenta el PIB nominal. Esta solución traslada las pérdidas a los tenedores de la deuda, por eso el sector financiero se opone con tanta vehemencia a la inflación. Pero también traslada la carga a la mayoría de los trabajadores a través del aumento del coste de la vida. 

La otra forma de reducir la ratio de deuda es aumentar el crecimiento del PIB real mediante una mayor inversión. Pero eso no va a pasar mientras la inversión dependa de las expectativas de rentabilidad (“espíritus animales”) del sector capitalista. Y ningún gobierno actual está dispuesto a nacionalizar los sectores estratégicos de la economía capitalista (bancos y grandes empresas) para permitir una expansión de la inversión del sector público. Así que la “consolidación fiscal expansionista” (Haldane) o lo que antes se llamaba austeridad fiscal seguirá siendo la política de los gobiernos procapitalistas.

Michael Roberts es un economista marxista británico afincado en la City de Londres, que habitualmente publica en su blog The Next Recession.

TeNetxRecession

Traducción: viento sur

Información adicional

Autor/a: Michael Roberts
País: Inglaterra
Región: Europa
Fuente: Viento Sur

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