La escuela patas arriba

Desde hace algún tiempo asistimos a una situación recurrente en materia de educación, a escala nacional, por no decir mundial: el tránsito de un modelo donde la palabra del profesor rara vez se cuestionaba, a un modelo de padres alcahuetas que buscan allanar el camino de sus hijos, eliminando cualquier obstáculo, frustración o consecuencia negativa. Muchos padres acuden al colegio con una preocupación malentendida, asumiendo que su hijo no miente y que cualquier amonestación o llamado de atención por parte del profesor no es una corrección pedagógica, sino una fijación personal, “porque se la tiene montada”. Desde la psicología social, esto se conoce como transferencia de culpa, que significa que, para un padre o una madre, aceptar que su hijo tiene comportamientos disruptivos implica, de forma indirecta, que ha fracasado en su rol de crianza; es ver la espiga en el ojo ajeno y no en el propio. Y sucede porque, ante la angustia o la culpa que esta situación genera, el mecanismo de defensa psicológico es la proyección. Sucede porque es más fácil exteriorizar la culpabilidad y señalar al colegio, bajo la argumentación de que esto sucede porque el profesor le tiene fobia al hijo, porque las clases son aburridas o, sencillamente, porque el colegio no sabe manejar la inclusión, en lugar de asumir su falta de poner límites en el hogar.

Esto trae como consecuencia el efecto espejo: cuando un alumno presencia a sus padres desautorizar, gritar o agredir a un profesor, el daño pedagógico es casi irreversible. Es preocupante observar cómo ha ganado terreno, impunemente, la implantación de una conducta nefasta: que el alumno, por sus actos disruptivos, no tenga consecuencias reales porque sus padres lo justificarán y la ley permitirá, en su afán de introducir –con buenas intenciones, aunque con errores garrafales a la hora de su implementación– una justicia restaurativa escolar sin una justicia punitiva; es decir, sin sancionar, solo aconsejando o sugiriendo algunos mecanismos de cambio por parte del infractor.

En formación ciudadana y cultura de paz, combinar ambas justicias es un imperativo si se quiere lograr que la escuela sea “un territorio de paz”, porque, como lo establece la ciencia social, si el infractor no repara el daño infringido y garantiza que no habrá repetición, debe saber que tendrá una sanción ejemplar. Está demostrado que los seres humanos no cambian de actitud si no hay mecanismos de disuasión que lo ayuden a hacerlo.

Lo que está sucediendo en escuelas y colegios del país es digno para el montaje de una obra de teatro del absurdo, de cómo funciona el mundo al revés. Como dijo Eduardo Galeano en la “Escuela del mundo al revés”: “Hace ciento treinta años, después de visitar al país de las maravillas, Alicia se metió en un espejo para descubrir el mundo al revés. Si Alicia renaciera en nuestros días, no necesitaría atravesar ningún espejo: le bastaría con asomarse a la ventana”.

Si hacemos un retrato de lo que sucede en la vida cotidiana escolar, tendríamos las siguientes escenas:

Primera escena: El uso desmedido y evasivo de la tecnología, que hace que los alumnos, por estar jugando, viendo vídeos o chateando en redes sociales con sus celulares o dispositivos, generen una desconexión total con el entorno inmediato.

Segunda escena: El hablar de forma persistente mientras el profesor u otros compañeros exponen, hacer ruidos fuertes, como gritos y aullidos.

Tercera escena: Levantarse del puesto sin autorización o lanzar objetos voladores no identificados —OVNIS—.

Cuarta escena: Desafío sistemático a la autoridad, como cuestionamiento a las normas del manual de convivencia de manera hostil; negarse a cumplir con las actividades propuestas o responder con sarcasmos e irreverencia a los profesores.

Quinta escena: Los casos de bullying y ciberacoso, que se traducen en falta de empatía, exclusión intencional, burla por el aspecto físico, la orientación sexual o el rendimiento académico.

Sexta escena: Incapacidad de resolver o manejar conflictos pacíficamente, que pasan por los gritos, los insultos o la violencia física, como primer recurso ante un desacuerdo, en lugar del diálogo, la mediación o el arbitraje escolar.

Séptima escena: Dificultades para el manejo de la frustración, con reacciones desproporcionadas, rabietas, portazos o llanto ante una mala nota.

Todo esto sucede mientras los funcionarios del Ministerio y las Secretarías de Educación viven de espasmos burocráticos, emitiendo decretos, directivas, comunicados, orientaciones, etc., tan ingeniosos y sabios que distan de la realidad. Alguna vez le propuse a la Secretaría de Educación Distrital que abriéramos un pilotaje de convivencia escolar basado en escenas como las mencionadas arriba, para hacer modificabilidad simbólica, como hacíamos en un posgrado con profesores, y los funcionarios se miraron disimuladamente con mueca burlona. Para ellos, los profesores somos obreros de sus sabias decisiones, y nada más.

Si el sistema de educación no se conecta con la comunidad educativa, seguiremos fracasando y los profesores estaremos expuestos a terminar en clínicas de reposo, brillando baldosas o cazando mariposas.

Información adicional

Alonso Ramírez Campo
Autor/a: Alonso Ramírez Campo
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Alonso Ramírez Campo

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