En mi adolescencia, un amigo de mi padre me prestaba una revista que se llamaba Más Allá, cuyos cuentos devoraba. Es obvio que los cuentos de autores nuestros como Oesterheld y las traducciones de Ray Bradbury, Isaac Asimov y otros de similar calibre impresionaban la imaginación de un chico que, por supuesto, ignoraba por completo que la revista sería un clásico de nuestra ciencia ficción, pero sabía sin duda alguna que se trataba de ciencia ficción.
Ahora, en este siglo XXI y pasado de adulto, estoy desconcertado, porque no tengo claro si lo que leo o escucho por parte de los tecnomillonarios de Silicon Valley y de otros supuestos ideólogos de la tecnología es ciencia o es ficción o, para decirlo más claramente, se me borran los límites entre la ciencia y el delirio. No es una cuestión a resolver con mi médico, porque me doy cuenta de que se trata de algo que no solo me sucede a mí, sino que es bastante generalizado.
La oposición al avance de la ciencia es propia del oscurantismo, por lo que considero que el progreso del conocimiento no debe obstaculizarse, pero a condición de que la ciencia y la tecnología se sometan a elementales principios éticos y, ante todo, al respeto a la vida y dignidad humanas y a la subsistencia de la humanidad, lo que no sucede con todos los delirios de los millonarios de Silicon Valley y sus adláteres, que juegan con el destino de la humanidad o muestran que poco o nada les importa la vida de la mayoría de nuestra especie.
Elon Musk, por ejemplo, cree que con la IA y unos mil millones de robots humanoides será posible satisfacer todas las necesidades de la humanidad, pero no descarta un 20% de posibilidades de catástrofe y, en tal caso, pensó en una ciudad autosuficiente en Marte para un millón de privilegiados, que sobreviviese aunque dejaran de viajar cohetes desde la Tierra. En el último tiempo, piensa que es mejor la Luna que Marte para iniciar esta especie multiplanetaria. Es curioso que, mientras niegan el cambio climático y se oponen al control de la tecnología, piensen en posibles refugios en Marte o en la Luna: al parecer, la idea es que, en caso de catástrofe, los que van a sucumbir –como siempre– no son ellos, sino los pobres.
Estos sabios con miles de millones de dólares cultivan más o menos expresamente la idea de su propia inmortalidad, porque los avances de la IA permitirían a la medicina producir un rejuvenecimiento, en particular mediante la nanotecnología. De cualquier modo, en tanto esto suceda, habría que ir prolongando la vida para llegar a ese momento, como lo postula Raymond Kurzweil con muchas pastillas; otros –como al parecer Peter Thiel– confían en la parabiosis, entre otras cosas consistente en transfusiones de sangre joven. Tampoco faltan quienes –como Sam Altman– creen poder alcanzar la inmortalidad mediante un procedimiento de preservación cerebral que en el futuro permita subirlo a la nube.
En el extremo del tecno-optimismo, Marc Andreessen afirma que desde niño los humanos tendrán tutores de IA que serán pacientes, compasivos, sabios al infinito y luego, a lo largo de la vida, se convertirían en sus ángeles de la guarda electrónicos que los asistirán, según sean científicos, artistas o lo que fuese. Supongo que también influirá en la elección de pareja, con lo cual acabarán también los conflictos intrafamiliares. Por supuesto que tampoco deja de afirmar que con la nanotecnología se nos habrán de curar todas las enfermedades y reemplazar los tejidos gastados, aunque no nos dice qué pasará cuando nos reemplacen las neuronas.
También surgen nuevos filósofos que sostienen el postnaturalismo, según el cual se borró definitivamente el límite entre la naturaleza y lo artificial, cuya conclusión es una superación del antropocentrismo, aunque bastante incomprensible. Por otra parte, otro extraño personaje inglés como Nick Land promueve la ilustración oscura, contraria al igualitarismo y a la democracia, porque se supone que retrasan la aceleración del avance del capitalismo, siendo preferibles monarquías capitalistas, lo que en alguna medida se superpone con los aceleracionistas, que sostienen que no debe obstaculizarse una transformación profunda llevada a cabo por el capitalismo.
En definitiva, dado que algunos van a ser inmunes a la vejez y a la enfermedad, se supone que el transhumanismo llevará a un poshumanismo de seres con condiciones físicas y mentales superiores y hasta inmortales. Dada la concentración de capital, estas condiciones las adquirirán primero los que dispongan de los medios para eso, o sea, que no se generaría un nuevo racismo, sino una racialización tecnológica de la humanidad, con una mayoría de seres que conservarían solo nuestras pobres y limitadas facultades actuales y una minoría de poshumanos realmente superiores.
No dudo de los posibles avances de la medicina, pero semejantes saltos mediante la IA, las terapias génicas y la nanotecnología hasta llegar a la ciberinmortalidad o cosas parecidas, planteadas en un mundo de capitalismo desenfrenado, no podrían sino generar un grupo humano dominante y llevar a la necesaria eliminación del resto, en una suerte de revival del catastrofismo del viejo Spencer, exhumado y maquillado, solo que aquel encontraba la diferencia ya entre razas y se limitaba a dejar morir por peligrosos e inútiles a los inferiores, en tanto que este tecnológicamente crearía una verdadera raza superior y los peligrosos e inútiles a los que debiera eliminar serían los que quedasen en condiciones inferiores. Esta tecnomedicina que llevaría a la inmortalidad, en un capitalismo desenfrenado, sería infinitamente más peligrosa para la humanidad que los experimentos en anima nobile de Mengele y los médicos malditos.
Estas perspectivas ideológicas, algunas completamente distópicas, otras que parecen salidas de la vieja revista Más allá, ahora completadas con ciborgs, inmortales con cerebros conservados en la nube, otros emparchados por nanoagentes, monarquías capitalistas, ángeles de la guarda de inteligencia artificial, transhumanos y poshumanos, pueden parecer a primera vista delirios o ciencia ficción inofensiva. No obstante, en ese nivel demuestran un desprecio por la dignidad humana y por la propia vida que no es menos peligroso que el de las ideologías más elaboradas de los totalitarismos de entreguerras, salvo que ni siquiera todas prometen un paraíso al final del camino, sino que no descartan la posibilidad de una catástrofe, en cuyo caso los tecnomillonarios y sus ideólogos se irían a vivir a Marte o a la Luna.
De todas formas, no son más que sistemas de ideas, no muy coherentes muchas veces, pero que bien pueden considerarse ideologías que –como todas– deben ser valoradas y sometidas a crítica. La principal de estas críticas dista de ser nueva, puesto que hace más de setenta años la señaló Heidegger: se trata de una visión unilateral del mundo, que nos incapacita para verlo de otras maneras; solo vemos el mundo tecnológico, presente en todo y, por cierto, estas ideologías no son otra cosa que visiones tecnológicas del mundo llevadas a tal extremo que en ese mundo se pierde de vista al ser humano de carne y hueso, se lo disuelve o pulveriza, porque se pretende hacer desaparecer su capacidad de dispar percepción del mundo.
Sin embargo, hay algo más alarmante y que no se agota con la crítica ideológica: estos tecnomillonarios y sus ideólogos orbitan más o menos próximos a un viejo supermillonario, antipático y gordo, teñido de rubio y con el rostro pintado de color naranja, que tiene al alcance de su mano la botonera que puede hacer desaparecer a la humanidad. En el último tiempo, este singular personaje puso singular empeño en declarar o apoyar guerras, incluso genocidas, amenazó con aniquilar a una cultura y ahora se queja porque no le dieron el premio Nobel a la paz. De paso, no deja de burlarse de los latinoamericanos, nos considera su patio trasero, se ríe de nuestras elecciones locales, en las que descaradamente interviene corrompiendo a nuestras democracias para imponer a sus virreyes, mientras expulsa a nuestros hermanos de su propio territorio, sin escatimar algún que otro gatillo fácil.
¡Que nos ampare Dios del virrey que nos ha tocado a los argentinos! Aunque, a decir verdad, hay otros que no le van en zaga. Pero si dejamos por un momento nuestras consecuencias locales, casi municipales en el panorama mundial, lo cierto es que depender de los dedos de un personaje singular como el gordo teñido no es nada tranquilizador. La Organización de las Naciones Unidas, la Corte Penal Internacional y, en general, los organismos internacionales, incluyendo el sistema interamericano de derechos humanos, carecen de eficacia para evitar o detener crímenes atroces y violaciones clarísimas de derechos humanos; son impotentes ante las bravuconadas del gordo teñido. El derecho internacional sigue vigente, pero cada día deja en el camino más retazos de eficacia y, por debajo, también todo el derecho en todos los niveles; se pierde la poca capacidad de resolver conflictos por vía racional que se había alcanzado.
Esto no es otra cosa que una violenta decadencia de la civilización occidental que aún no ha tocado fondo, es decir, no llegó al punto de crisis en que se detiene la curva de caída. Nuestra civilización no dejó nunca de ser bélica o guerrera, dando muerte a muchos millones de personas en agresiones colonialistas o interimperialistas. No obstante, como el mal absoluto no es de este mundo, también tuvo una cara sonriente, que es la que se suele mostrar con complacencia, porque la primera es espantosa. No creo que el futuro cósmico de la vida en nuestro planeta sean los pulpos o cefalópodos, como presagian algunos biólogos que toman en cuenta solo la cara bélica; creo que podemos seguir siendo nosotros, los millones de seres humanos, reafirmando nuestras respectivas culturas y nuestro derecho a gobernarnos, quienes, desde nuestros campanarios de aldeas, podamos detener la caída, a condición de que sepamos rescatar y revalorar la cara sonriente, pero no para complacernos, sino para oponerla con todas nuestras fuerzas a la cara bélica.
12 de octubre de 2026
*Profesor Emérito de la UBA


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