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Cuatro rasgos distintivos del determinismo

Cuatro rasgos distintivos del determinismo

Sin la menor duda, el determinismo se encuentra en el ADN de la civilización occidental y permea y constituye, al mismo tiempo, a la filosofía y a la ciencia clásica; esto es, aquellas que desde Platón y Aristóteles se proyectan hasta esta mañana (o casi).

El determinismo en ciencia como en la vida es un error, y corresponde, sin embargo, a la creencia y la actitud más clásicas de la historia de la humanidad occidental. Más exactamente, ser occidentales significa ser deterministas, lo cual, como se ha revelado, sin embargo, recientemente, constituye una equivocación. O una seria equivocación; teórica y práctica.

Quisiera aquí identificar cuatro rasgos característicos del determinismo, así:

 

  • I. El determinismo consiste en creer que el pasado contiene al presente y que ambos contienen y determinan al futuro. En este sentido, ser deterministas significa sostener que todas las cosas tienen un origen determinado y que es absolutamente indispensable conocer —y recordar de tanto en tanto, dicho origen—. El origen hace que las cosas se desenvuelvan de cierta manera —en ciencia eso se denomina “trayectoria”, o “historia”—, que conducen hasta el presente. De manera puntual, la línea de tiempo que del pasado conduce hasta el presente determina el futuro, con lo cual, el futuro es el resultado de los fenómenos, acciones y procesos que del pasado condujeron hasta el presente. La ciencia clásica cree en el valor de la predicción.

 

  • II. Ser deterministas significa creer que grandes causas originan grandes efectos. Más exactamente, el determinismo consiste en esa creencia, o conjunto de creencias, según las cuales el mundo y la naturaleza están constituidos por grandes causas, grandes agentes y grandes acciones. De manera puntual, creer que existen causas inmaculadas, que son aquellas que rompen la línea de tiempo, instauran una acción precisa y entonces tiene como consecuencias efectos igualmente proporcionales. En contraste, la ciencia del caos, por ejemplo (entre otras), ha puesto suficientemente de manifiesto que pequeñas causas —incluso, à la lettre, causas nimias e insignificantes—, pueden tener consecuencias perfectamente impredecibles y que no pueden reducirse a las causas conocidas.

 

  • III. El determinismo sostiene que si se reúnen las condiciones necesarias para que un cierto fenómeno tenga lugar, entonces dicho fenómeno sucederá obligatoriamente. Esta idea está alimentada por conceptos, herramientas y enfoques tales como “parámetros”, “variables”, “causas múltiples”, “acciones cruzadas”, por ejemplo. Según esta tesis, es necesario simplemente con que se reúnan una serie de acontecimientos y factores para que entonces un fenómeno determinado tenga lugar. El voluntarismo alimenta fuertemente esta tesis, aun cuando en ocasiones pueda estar matizado por elementos probabilísticos —específicamente en la teoría clásica de probabilidades (probabilidades objetivas y probabilidades subjetivas), 1 y 0—. Todo es o bien cuestión de actuar en tal dirección específica, o bien de esperar a que confluyan —y confluirán necesariamente, tarde o temprano— ciertos parámetros y entonces el acontecimiento x sucederá de manera obligatoria. El determinismo no necesariamente es contrario a creencias como la suerte o la fortuna y, por el contrario, en la historia de la ciencia y la humanidad los implica.

 

  • IV. El determinismo implica una filosofía determinada, que es el reduccionismo. Así, ser deterministas equivale exactamente a ser reduccionistas. En este sentido, el determinismo es la creencia y la actitud que coinciden en identificar un factor singular o una serie mínima o básica de elementos a los cuales la complejidad de un fenómeno, comportamiento o sistema pueden ser reducidos y, entonces, comprendidos y explicados suficiente y necesariamente. En la filosofía de la ciencia esto se traduce en el sentido preciso de que el determinismo es concomitante con tres creencias; estas son: la creencia en la causalidad (esto es, creer que hay causas y que las causas lo explican todo, o mucho); la creencia en la fuerza y la necesidad de la predicción (o predictibilidad. Es decir, creer que hay que predecir las cosas) y la creencia en la necesidad; esto quiere decir, creer que todas las cosas suceden y tienen lugar por una razón específica y necesaria. Nada sucede sin razón y todo obedece a una razón precisa; la conozcamos o no. Dicho técnicamente, el determinismo asume e implica el principio de razón suficiente y el principio de razón necesaria.

 

Como se aprecia sin dificultad, es sumamente difícil superar el determinismo, y constituye, a la manera de Descartes, un elemento sustancial del llamado sentido común. Espontáneamente, y por lo general de manera acrítica, lo que se enseña en los colegios y las universidades, por ejemplo; lo que transmiten los grandes medios de comunicación y lo que constituye a la cotidianeidad de la mayoría de los seres humanos son actitudes y creencias que refuerzan, positiva y negativamente, el determinismo. Sin la menor duda, el determinismo se encuentra en el ADN de la civilización occidental y permea y constituye, al mismo tiempo, a la filosofía y a la ciencia clásica; esto es, aquellas que desde Platón y Aristóteles se proyectan hasta esta mañana (o casi).

Buena parte de los mejores esfuerzos en ciencia —y entonces también en educación y en comunicación, notablemente— están dedicados, hoy por hoy, a una crítica robusta y sistemática del determinismo. Se trata de la emergencia de nuevos paradigmas, de ciencia revolucionaria, en fin, de pensamiento y formas alternativas de vida. Pero esto constituye otro tema aparte.

Como quiera que sea, el error del determinismo estriba en un conjunto de elementos, entre los cuales cabe destacar: el desconocimiento de la importancia de la aleatoriedad; el desconocimiento de que vivimos en un universo esencialmente probabilístico; el olvido del hecho de que existe una diferencia cualitativa entre el pasado y el futuro y que, así las cosas, la flecha del tiempo es fundamental y no puede ser descartada ni dada por hecho; la ignorancia de que en la naturaleza como en la sociedad existen fenómenos y procesos eminentemente gratuitos, autoorganizados o emergentes —tres maneras diferentes de denominar a una sola y misma cosa—; en fin, sin ser prolijos, se trata del desconocimiento de que hay acontecimientos que suceden sin ninguna razón y ciertamente sin una razón mejor que otra. Ello, sin embargo, en absoluto implica claudicar ante la inefabilidad: ciencias completas y notables programas de investigación científica se dedican al estudio de esta clase de sistemas y fenómenos.

Digámoslo en términos clásicos: ser deterministas significa ignorar, o impedir, que los pueblos, las sociedades y los individuos asuman su destino en sus propias manos; así se equivoquen en ocasiones; o así se encuentren por momentos en intersecciones (carrefours) inciertas, riesgosas o peligrosas. Al respecto, en passant, vale recordar al viejo Marx: los seres humanos hacen la historia, pero no siempre la hacen como quisieran.

Con una nota puntual final: la naturaleza contribuye muy activa y significativamente a configurar la historia humana, también.

Información adicional

Autor/a: Carlos Eduardo Maldonado
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Fuente: Palmiguía

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