Con 49 votos por el No y 47 por el Sí, el 14 de mayo fue hundida en el Senado la propuesta de Consulta Popular sobre la reforma laboral radicada el primero de mayo por gobierno nacional. El resultado no era el esperado en la Casa de Nariño y significa una derrota de peso mayúsculo para el Gobierno del Cambio, con especial significación para el ministro Benedetti, experto en manejo y control del espurio estamento de la ‘democracia’ patria, y en quien el Presidente depositó la tarea de preparar las campañas electorales que en el 2026 elegirán nuevo Congreso y asi mismo al sucesor de Petro.
El trámite de la propuesta oficial y el resultado arrojado dejan una vez más al desnudo lo limitado y aparente de la democracia representativa, además de (re)confirmar de manera palmaria que los usufructuarios del sistema no están dispuestos a permitir el más mínimo cambio. En el trámite, sin debate a fondo del texto con el cual se haría la convocatoria a la ciudadanía al ejercicio del sufragio, sin argumentaciones precisas sobre el mundo del trabajo que hoy reina, ni el que necesitamos, como tampoco sobre la formación socioeconómica nacional, mucho menos sobre salarios y la distribución del fruto del esfuerzo de millones de personas, brillando por su ausencia la referencia al desempleo que castiga a millones, así como la informalidad en que sobrevive más del 50 por ciento de la fuerza laboral nacional, entre otros aspectos.
Pero también el Legislativo quedó al desnudo en sus formas internas, espacio en el que no son novedad las manipulaciones, los engaños, las trampas, las ‘jugaditas’ y las imposiciones, de manera que, como dice el saber popular, “el que menos corre vuela”. Ahí nadie se salva, pues el afán no es que viva y se fortalezca la democracia en su deber ser sino que primen y legalicen los intereses de una clase sobre las circunstancias de vida de las demás. Son unas formas que, por otra parte, impiden que la democracia participativa alcance el status que se merece y, con ella, la sociedad tome en sus manos el destino de su vida y su existencia en general.
Esa realidad no es de ahora, toda vez que en otras ocasiones ha negado procesos sociales de amplia significación y esfuerzo deliberativo y consultivo, como ocurrió, por ejemplo, en el 2010, con la movilización social para llevar a cabo un referendo por el derecho al agua. Tal referendo fue negado a pesar de sus más de dos millones de firmas recogidas en un peregrinar a lo largo y ancho del país, con asambleas populares, cabildos, foros, para tomar al final de cada uno de ellos, en planillas dispuestas por la autoridad electoral, el testimonio firmado de los asistentes que consentían que el referendo fuera celebrado.
Al final de la caldeada sesión que negó la Consulta, el Gobierno reaccionó, con evidencias de descontrol e improvisación, llamando a la protesta nacional, a la realización de asambleas, cabildos abiertos e incluso una huelga nacional (¡sic!). Para hacer efectivas unas y otros de estos espacios deliberativos y de protesta, que supuestamente pretenderían poner la rama legislativa contra la pared, citó a las centrales obreras y las organizaciones sociales en general a una cumbre. Horas después, en alocución nacional desde China, el Presidente aseguró que “llegó la hora del pueblo”. De acuerdo con lo imaginado por él, ordenó a la fuerza pública no levantar sus armas contra el pueblo. Es decir, miles de miles, tomando calles por aquí y por allá, mandando y haciendo realidad el poder popular, coparon su mente.
Es extraña la conclusión del Jefe de Estado, deducir que ahora es la hora del pueblo cuando se suponía que esa hora había llegado y se debió materializar en infinidad de transformaciones desde el mismo 7 de agosto de 2022, llevando la voluntad popular, por medio de las asambleas y cabildos ahora sugeridos de realización, a ser los espacios donde y por medio de los cuales el cambio prometido en campaña electoral se hiciera realidad.
Pero lo sucedido no dio cuenta de aquello. En vez de “abrir las alamedas” para que la democracia directa, participativa, radical, dejara de ser sueño y se plasmara en la realidad de cada día, cada barrio, cada lugar de trabajo, cada territorio rural, abrazó a quienes siempre han estado en la dirección de la cosa pública, en procura de un acuerdo nacional “para que no nos tumben”.
Transcurridos varios meses de gestión y ante la negativa, una tras otra, de las reformas por medio de las cuales se concretaría el cambio, el Presidente llamó al pueblo a la calle. Previamente, los movimientos sociales, extrañamente, guardaban silencio, sin exponer crítica alguna, sin llamar ni actuar para que el Gobierno hiciera realidad lo prometido en campaña.
Ahora se vuelve por esa ruta: el pueblo a la calle, suponiendo que la tercera parte de quienes habitan el país, que fueron quienes lo eligieron, están todos a la espera de sus órdenes; suponiendo que la inconsecuencia con lo ofrecido en los miles de eventos electorales no ha desgastado voluntades ni llevado a la desconfianza, e incluso a la desilusión, a un importante porcentaje de quienes lo votaron.
Han dicho los analistas de distintas vertientes que la Consulta Popular daba inicio a la campaña electoral del 2026, de ser así, lo evidente es que esa propuesta fue el expedito recurso ideado desde la Casa de Nariño para excitar a miles de activistas que renunciando a la autonomía de lo social permanecían pasivos, contemplando cómo el Gobierno era arrinconado por los poderes tradicionales. Una reactivación que los llevaría a recorrer de nuevo extensos territorios donde las gentes anhelan el cambio, a pesar de no verlo materializado en los tres años en los que ha estado en funciones el actual mandatario. Un reencuentro con miras, no tanto a hacer realidad la reforma laboral –la cual así fuera votada afirmativamente la Consulta no quedaría plasmada antes del 6 de agosto de 2026– sino para reunir los votos necesarios para que el gobierno, en nueva cabeza, encuentre continuidad hasta el 2030 y, de ser posible, mucho más allá.
Instrumentalización de los movimientos sociales, grave error. Los desafíos que encaran son grandes, pues deben partir, por un lado, de oponerse a esa vieja práctica de la política conocida como “correas de transmisión”, en la cual son usados los activos sociales, y desechados, según las conveniencias de quienes fungen como dirección política. Sin autonomía no es posible hacer de la política una práctica de y por la libertad y realización personal y colectiva de un colectivo social dado, como tampoco es materializar cambio socio-económico alguno. Pero, por otro lado, deben reconocer, sin duda alguna, que el ordenamiento actual de las estructuras de poder juega en su contra, para transformar lo cual deben, con toda convicción, proponerse la meta de alterar la correlación de fuerzas. Entender que la salvación es colectiva, como lo sostenía el guionista argentino Héctor Germán Oesterheld en su historieta El Eternauta, lo cual debe ser más que una enseñanza, al asumirse como una tarea en la que los movimientos sociales de todos los sectores inicien de verdad interlocución y coordinación. La conquista de la calle tan sólo será efectiva si es la materialización de la creación en la base de una identidad de los sueños que conquistan derechos y que avanzan en hacer del discurrir social un proceso amable y equilibrado.
Es en este devenir y práctica que procura la transformación profunda de la realidad que tenemos y opera en contra de las mayorías negadas, que las elecciones no pueden seguir siendo un fin en sí mismo, debiendo ser asumidas como una ocasión en la que, dada la relativa laxitud con la que el poder dominante tiene que asumir su dominación para aparentar democracia efectiva, los movimientos alternativos pueden sacar provecho para acelerar y fortalecer lazos que refuercen el poder de acción y construcción de un cambio real y profundo. Consecuentes con ello, entonces, mostrar el efectivo aprendizaje de la lección y en el periodo electoral al que ya han dado apertura apuntar la imaginación, creatividad y energía tradicionalmente allí potenciadas hacia el fortalecimiento no del número de delegatarios sino al de la capacidad de acción de lo popular
Elecciones, voto, democracia formal, un llamado al pueblo como instrumento y no como sujeto del cambio. Esa promesa quedó como deuda del actual Gobierno. Es reto de los movimientos sociales, haciendo real su autonomía, sin delegar, hacerla realidad.

https://libreria.desdeabajo.info/index.php?route=product/search&search=B.%20suscripci%C3%B3n%20desdeabajo


Leave a Reply