Recientemente estalló en redes sociales una polémica por la entrevista en la que el candidato presidencial de ultraderecha, Abelardo de la Espriella, trató de ignorante a María Lucía Fernández (Malú), reconocida periodista de un medio corporativo.
La periodista interpeló al candidato intentando mostrar en él una incapacidad para ejercer de manera ética el derecho, al desvincular el derecho de la ética. De la Espriella no tardó en contestarle no solo que su pregunta era malintencionada, sino ignorante, pues no tenía conocimientos elementales de filosofía del derecho.
El candidato explicó que una de las grandes invenciones del derecho moderno consiste en separar la moral individual del ejercicio público del derecho, y que, si bien este implica una ética profesional concreta, no se puede confundir la moral privada con el sistema normativo. Concluía que no todo lo que es reprochable desde la moral privada es ilegal desde el punto de vista jurídico.
Los argumentos en defensa de la periodista tampoco tardaron en circular. Han llamado a De la Espriella misógino, que lo es, y han aseverado que su argumento abogadil es una forma de salirle al paso a las acusaciones de “abogángster”, de defensor de mafiosos y corruptos. Esto último también, en efecto, lo ha sido, ¿o cómo llamar a David Murcia Guzmán y a Alex Saab, entre muchos otros?
Lo desconcertante es que nadie ha controvertido su afirmación sobre la distinción entre ética y derecho en la filosofía del derecho.
Es posible concordar con él en que el juez no debe juzgar con base en su moral privada, y en que separar la moral privada del ejercicio del derecho no se opone a que los operadores jurídicos tengan una determinada ética profesional. Hasta ahí no hay problema.
Los problemas saltan a la vista cuando asume que los jueces, al enfrentarse a casos difíciles, deben excluir la ética de sus razonamientos jurídicos (si bien no su ética profesional).
Esa idea fue revaluada, justamente en filosofía del derecho, por Ronald Dworkin en su famoso debate con H. L. A. Hart.
Lo que afirmaba Dworkin era que la definición del derecho como “conjunto de normas” no solamente era insuficiente, sino inadecuada desde el propio punto de vista de la práctica real de los jueces.
El derecho, además del conjunto de normas y precedentes, también está conformado por principios y, en lo que respecta al legislador, por directrices políticas.
En los casos difíciles, afirmaba Dworkin, el juez no tiene “discrecionalidad”, sino que debe esforzarse por reconstruir o inferir racionalmente los principios conforme a la evolución de la sociedad y, con base en ello, tomar una decisión.
La mera “discrecionalidad” convierte al poder judicial en uno legislativo, además de aplicar injustamente una norma recién creada de manera retroactiva.
La postura de Dworkin implica que el sistema normativo no se puede separar de la evolución moral ni de las conquistas políticas de una sociedad democrática. En otros términos, nuestros derechos y el derecho resultan indisociables.
Así, en los casos difíciles, el juez debería decidir conforme al progreso moral de la sociedad y en clave siempre progresiva, de modo tal que no se anulen sino que se garanticen más y mejores derechos.
Esto es, según el propio Dworkin, lo que distingue al liberalismo conservador de una apuesta más bien progresista y socialdemócrata.
El peligro no radica, entonces, en que De la Espriella separe ética y derecho, sino en que ha sido educado en una filosofía del derecho retardataria, hoy afín a los discursos antiderechos y a los mercachifles del derecho.
Pero esto no sorprende. Al fin y al cabo, fue educado en ese tanque de pensamiento ultraconservador y reaccionario que es la Sergio Arboleda.
Personalmente, me deja menos preocupado su “falta de ética” que su coherencia ideológica entre su forma de concebir la política y su filosofía del derecho.
Este suceso bochornoso da cuenta de que, por supuesto, la sociedad colombiana requiere mayor formación en filosofía del derecho, empezando por los abogados y por el propio De la Espriella.
Pero si Dworkin les parece descabellado, ni se imaginan las consecuencias de un Habermas rigurosamente asumido, de quien se dijo mucho tras su reciente fallecimiento, pero a quien poco se lo comprende en este país de rábulas y falsos mesías.


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