
En una reciente publicación académica se sugiere que existe una relación entre el estatus socioeconómico, la salud y las enfermedades autoinmunes (Anaya, Juan-Manuel, y Calixto, Omar-Javier, 2014). El estatus socioeconómico es entendido por dichos autores como una clasificación que da cuenta de las jerarquías sociales, y cuyas más importantes dimensiones son: ingreso, nivel de educación, clase social, clase ocupacional, y ancestro. El grueso del artículo consiste en un estado del arte acerca de los estudios que dan cuenta de la relación entre estatus socioeconómico y enfermedades autoinmunes. La diversidad de mediciones y estudios empíricos citados por los autores no permite mostrar con suficiente contundencia que las personas más pobres, menos educadas, ubicadas en las más bajas clases sociales, ocupadas en labores nocivas o monótonas, los desempleados y –como dato curioso y controvertible– aquellos de ancestro no caucásico (es decir los amerindios, afros, e isleños) son los más propensos a sufrir ciertas enfermedades autoinmunes. Los autores concluyen haciendo un llamado para perfeccionar los métodos de medición, incluir variables de riesgo, y abordar una perspectiva intertemporal para así poder verificar científicamente la relación y, por esa vía, poder sugerir adecuadas políticas públicas en materia de salud.
La deficiencia básica del citado artículo es que sus autores toman acríticamente el concepto de estatus socioeconómico: la posición que en la estructura social tiene un individuo o una agrupación de individuos, que les permite acceder y controlar riqueza, prestigio y poder, y que les faculta producir y consumir los bienes y servicios más valorados socialmente. El hecho de trabajar pasivamente con un concepto tan simplista puede generar falacias como las siguientes: a) suponer que la riqueza, la fama y el poder son la pócima esencial para lograr un buen estado de salud, si así fuera entonces uno de los más poderosos, afamados y prósperos colombianos estaría rozagante y rejuvenecido (¡el expresidente Uribe no estaría tan prematuramente viejo!); b) asumir que la posición social es como un atributo o punto de llegada que no genera externalidades ni problemas de acción colectiva (por cada exitoso que existe en la sociedad hay millares de “perdedores” y fracasados); c) olvidar la incontrovertible correlación que existe entre incremento en los niveles de poder y opulencia, con la generación de males económicos (mayor destrucción y producción de basura y de contaminación que, a su turno, son causantes de nuevas enfermedades y plagas).
Puesto que sin una claridad conceptual un salto a la medición constituye una caída al vacío, en lo que resta de este artículo ofreceré una reflexión sobre poder, estatus y la enfermedad (en general).
La enfermedad en relación con el poder y el estatus
Al tomar la perspectiva de un sociólogo (Kemper, 1990) y la mía propia de economista heterodoxo (Cante, 2013) se puede plantear un modelo para clasificar las relaciones sociales en dos dimensiones (poder y estatus), como se esboza en la gráfica #1 (anexo). En la recta vertical aparece la dimensión del poder, y en la horizontal la del estatus, juzgadas cualitativamente en términos de alto y bajo.
El poder contiene comportamientos que están orientados al control, dominación, coerción, amenaza, castigo sobre otros. El poder es una habilidad para imponer la propia voluntad sobre el resto de las personas, y la aquiescencia (obediencia y sumisión) de la gente se logra mediante castigos (violencia directa); amenazas creíbles (disuasión militar y terrorismo); sobornos (poder de negociación económica); y mensajes ideológicos (adoctrinamiento de tipo religioso, político y publicitario). El estatus, por el contrario, contiene un conjunto de comportamientos benevolentes (característicos de la economía del amor), entre los que se destacan: afectos, ayuda, regalos y fraternidad.
Por cierto, existe una modalidad de poder para marginar y excluir de una relación social (económica o afectiva) a una persona o a un grupo de seres humanos, a quienes se les invisibiliza y desecha, se les trata como inexistentes y, finalmente, se les causa la muerte. La extraordinariamente sórdida novela de Kafka da cuenta de la metamorfosis que sufre Gregorio Samsa: cuando por enfermedad laboral o por ocio deja de trabajar y, rápidamente, sufre la presión social y familiar, luego la indiferencia y, finalmente la exclusión que lo lleva a la muerte lenta y atroz (Kafka, 2006).
Notables estudiosos de la filosofía moral y de la teoría económica han mostrado que el egoísmo no es la única motivación del ser humano (Smith, 1976); que muchos dilemas sociales se pueden resolver porque la gente tiene diversos niveles de altruismo (Parfit, 1984) y, en particular, que el amor y las donaciones son una alternativa a poderes rapaces (Boulding, 1976).
Las relaciones sociales muestran que la vida social es un proceso de interacción: los seres humanos no ostentan meramente una posición sino que actúan como jugadores a partir de un rol que les otorga unas dotaciones iniciales (conjunto de oportunidades) en términos de poder y estatus, y les facilita unas actuaciones estratégicas. El poder genera relaciones nocivas en donde los poderosos pueden perjudicar a los débiles y, por lo mismo, causarles perjuicios en su salud y en su vida. El amor permite relaciones más constructivas, porque quienes brindan donaciones y afectos generan beneficios en la vida y salud de los receptores.
En la parte superior de la gráfica aparece la interacción entre dos rivales (R1 versus R2) que se enfrentan simétricamente. Ambos poseen altos niveles de poder, aunque se brindan ínfimos o nulos niveles de estatus. Ejemplos de tal confrontación extrema pueden ser empresas económicas rivales, bandos militares enemigos, y naciones que compiten agresivamente. Enfermedades que destrozan los nervios y las vísceras, y que deforman las mentes, pueden ser las más características de rapaces y codiciosos competidores.
En la parte izquierda del gráfico aparece una relación de verticalidad (autocracia) expresada en la flecha que parte de O (un actor opulento) y llega hasta i (un actor invisible, u objeto de desprecio e indiferencia). Los pobres, excluidos, marginados, desplazados y gentes llamadas desechables son las víctimas directas e indirectas del enorme poder militar, político y económico y, en especial, del poder de exclusión que tienen los más opulentos. La hambruna, la desnutrición y terribles plagas como el Ébola y el Sida pueden ser las más características de esa enorme porción de la humanidad que como el insecto humano Gregorio Samsa resulta desechable.
Un poco más hacia la derecha de la gráfica aparece otra relación autocrática entre inversionistas I (que tienen enormes excedentes y poderío económico, y ganan lo que gastan) y que ejercen una dominación económica sobre t (trabajadores) y c (consumidores), que sólo tienen capacidad de consumo, apenas gastan lo que ganan y son víctimas de dominación laboral (les pagan no sólo por su fuerza de trabajo sino, principalmente, por su aquiescencia) y publicitaria (los consumidores resultan domesticados por la propaganda mercantil, y esclavizados por el crédito bancario).
Más hacia el centro de la gráfica aparece una relación semi-autocrática que es la ejercida por los padres (P) sobre los hijos (H): tal relación familiar es ambigua y contradictoria, pues los padres tienen enorme poder coercitivo y económico sobre sus vástagos que, al mismo tiempo, son receptores de afectos y regalos.
En el extremo superior derecho del gráfico se esboza una la relación familiar entre cónyuges (E1 versus E2), la cual muestra el dulce tormento de la vida familiar: un amor similar a un dulce envenenado que no es puro afecto y donación, sino que está mezclado con elevadas dosis de coerción y poderío económico.
En la parte inferior derecha de la gráfica aparece una relación social ideal que consiste en la amistad: los amigos A1 & A2 viven una relación de mutua interdependencia en términos de afectos y donaciones, pero se ejercen poco o nulo poder entre ellos. Su relación es, por tanto, más sana debido a que goza de ínfimos niveles de poder y de interés.
Seguramente un trabajo más sistemático en lo teórico y empírico, con las competencias de un equipo interdisciplinario, podría ayudar a validar las siguientes hipótesis –todas ellas inspiradas en el planteamiento expuesto.
- La gente no gobernada –en ámbitos de ocio y anarquía–, aquellas personas libres de poderes militares, económicos, laborales y políticos, y que gozan de una vida autónoma seguramente también ostentan un buen estado de salud.
- Las comunidades étnicas (amerindios, afros, etcétera) seguramente son más sanas y felices en su medio autóctono (la independencia territorial, y el autogobierno comunitario), y comienzan a padecer graves enfermedades cuando son presa de los poderes militares, económicos y políticos.
- Las empresas no tradicionales y erigidas sobre una filosofía de negocio social (que buscan mantener una relación social centrada en el estatus) pueden propiciar un ambiente más sano para jefes y subalternos.
- La explosiva combinación de poder y estatus que da lugar a la familia tradicional hace de tal relación una especie de negocio afectivo: un contrato de oferta y demanda de servicios sexuales a largo plazo, un mercado de ostentación de los retoños, y un dañino monopolio bilateral del amor y el afecto, como magistralmente lo expresó un profesor de economía (Cuevas, 2000).
- Quienes se dedican al milenario oficio de la oferta de servicios sexuales (prostitución) brindan y reciben un bajo estatus (son como cónyuges desechables y degradados), y pese a cobrar elevados honorarios resultan personas propensas a las enfermedades que sufren como profesionales despreciadas y marginadas por la sociedad: basureros son propensos a infecciones, y prostitutas (y sus clientes) a enfermedades venéreas.
- La pobreza relativa (caracterizada por sentimientos de envidia, y obsesivas pasiones de emulación pecuniaria y consumo ostensible) puede ser tan o más perjudicial para la salud que la pobreza absoluta (que sufren aquellos sin suficiente poder adquisitivo).
- Los más opulentos y poderosos además de sufrir enfermedades propias a los excesos de fortuna y poderío son causantes de enfermedades sociales: el gran literato John Steinbeck en su clásica novela Viñas de Ira sugería que un individuo poseedor de cincuenta mil acres no es un hombre sino un monstruo.
La única e incontrovertible certeza que me deja este ejercicio es que muchas enfermedades se curan y previenen generando una sana vida social.
Bibliografía:
Anaya, Juan-Manuel, y Calixto, Omar-Javier. (2014). Socioeconomic Status. The relationship with health and autoinmune diseases. Autoinmunity Reviews, 641-654.
Boulding, K. (1976). La economía del amor y el temor: una introducción a la economía de las donaciones. Madrid: Alianza Editorial .
Cante, F. (2013). Economía Política del Amor. Cuadernos de Economía, 43-66.
Cuevas, H. (2000). La teoría económica, el afecto y la familia . Economía institucional , 13-36.
Kafka, F. (2006). La metamorfosis. Buenos Aires : Quadrata.
Kemper, T. (. (1990). Research Agendas in the Sociology of Emotions. New York: State University of New York Press.
Parfit, D. (1984). Prudence, Morality and the Prisoner’s Dilemma. En J. Elster, Rational Choice (págs. 86-89). Cambridge: Cambridge University Press.
Smith, A. (1976). The Theory of Moral Sentiments. London: Oxford University Press.



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