
En Tiahuanaco agradeció al pueblo boliviano por acompañarlo tanto tiempo. El festejo continuará hoy con la lectura del informe anual a la Asamblea Legislativa Plurinacional y luego Morales encabezará un acto y desfile popular.
El presidente de Bolivia, Evo Morales, celebró 10 años en el gobierno con un ritual en el templo aymara de Tiahuanaco. En la ceremonia, organizada en la mañana de ayer, el mandatario dejó una ofrenda a la Pachamama, madre tierra, conmemoración que continuará hoy con la lectura del informe anual a la Asamblea Legislativa Plurinacional. Morales encabezará luego un acto y desfile popular. La jornada festiva finalizará con una velada artística en un coliseo deportivo en El Alto, localidad vecina a la ciudad de La Paz. “Muchas gracias al pueblo boliviano por su acompañamiento, muchas gracias a nuestros dirigentes sindicales, comunales y sociales de toda Bolivia. Con el pueblo organizado, con el pueblo unido, todo es posible para nuestra querida Bolivia”, dijo el jefe de Estado, escoltado por su vice, Alvaro García Linera, sus ministros y los amautas (sacerdotes aimaras) en Tiahuanaco, a 80 kilómetros al oeste de La Paz.
El grupo de amautas acompañó a los mandatarios en el encendido de una “mesa” (ofrenda) a los dioses de la cultura tiahuanacota, que precedió a la civilización inca que dominó en los andes sudamericanos hasta que los españoles llegaron en 1492. “¿No sé cómo han pasado 10 años? Diez años de cambios. Los movimientos sociales garantizan estabilidad política y esto permitió que haya prosperidad económica para Bolivia”, afirmó Morales, sorprendido por el tiempo transcurrido desde que llegó por primera vez al gobierno, el 22 de enero de 2006. Y agregó que “esperamos con esta ceremonia, con esta energía que nos da nuestro sol, continuar trabajando por nuestra querida Bolivia”.
Una constelación de dirigentes y simpatizantes esperaron a las primeras luces del día para escuchar al mandatario, quien estuvo acompañado por su gabinete en pleno, los presidentes del Senado y el Congreso, las máximas autoridades militares y policiales y dirigentes sindicales, indígenas y de movimientos sociales. Desde su llegada a la presidencia, Morales –dirigente aimara y campesino cocalero, hoy el gobernante más longevo de la historia de Bolivia–, realizó cada año esta ceremonia en el templo indígena más antiguo del continente, antes de rendir cuentas ante el Parlamento y luego al pueblo en general.
La ceremonia de ayer se inició con palabras en lengua aymara pronunciadas por un amauta que bendijo los 10 años de gobierno del Movimiento al Socialismo (MAS), y, a continuación, Morales depositó hojas de coca sobre una madera y chicha para alimentar el fuego. Los centenares de personas que presenciaron el ritual recibieron la fuerza del Tata Inti, primeros rayos del sol, con las manos abiertas y alzadas hacia el amanecer.
“¡Jallalla (¡viva! el) presidente Evo! ¡Jallalla Bolivia! ¡Jallalla proceso de cambio!”, se escuchó varias veces a través de los megáfonos del acto.
Bolivia incrementó su Producto Interno Bruto (PIB) en un promedio del 5,1 por ciento entre 2006 y 2014, una de las tasas más altas de la región, parte de lo cual fue redistribuido en ancianos, niños y madres solteras, un colectivo de- samparado en el país. En este contexto, Morales catapultó a su país a un auge económico y a una estabilidad política y social inédita, con medidas como la nacionalización de los hidrocarburos, clave en su gestión. Con ella redujo el negocio a compañías como la española Repsol o la brasileña Petrobras que, con todo, continúan operando en Bolivia. La renta petrolera subió de 673 millones de dólares en 2005 a 5530 millones en 2014, y las Reservas Internacionales Netas llegaron a 15.000 millones de dólares, cifra nunca vista en el país.
Los analistas advierten que Bolivia podría verse afectada por el desplome internacional del precio del crudo, algo que el gobierno no comparte. “Si hemos aguantado 80 a 85 dólares de caída, ¿estaremos en posibilidad de aguantar una caída de 20 a 25 dólares? Yo creo que sí”, dijo recientemente el ministro de Economía, Luis Arce. A pesar del derrumbe del precio del crudo, Bolivia creció en 2015 un 4,8 por ciento, uno de los índices más altos de la región.
Morales suele regodearse con haber llevado al poder al movimiento indígena campesino y evoca que la generación de su padre, un pastor aymara, tenía vedado el ingreso a la plaza Murillo, centro simbólico del poder político donde se encuentra el Palacio Quemado, sede del Ejecutivo. “Cuando juré como presidente, el 2006, algunos de nuestros opositores ¿qué decían?: ‘Pobre indiecito, que se divierta unos 4, 5, 6 meses, no va a poder gobernar y después se va a ir, lo vamos a sacar'”, recordó. A dos años de haber comenzado su gobierno, en 2008, sorteó un plan de la derecha que decía: “Creo que este indio se va a quedar por mucho tiempo, hay que hacer algo”, rememoró Morales, quien desarticuló entonces a la oposición y expulsó al embajador de Estados Unidos, Philip Goldberg, y a la agencia antidrogas estadounidense DEA. Allí comenzó el auge de los movimientos agrarios, venidos a menos en los últimos meses por un escándalo que involucra a decenas de líderes campesinos, algunos cercanos a Morales, investigados por la defraudación de 2,5 millones de dólares de un fondo de fomento.
El jefe de Estado revalidó el cargo, luego de haber obtenido el 64 por ciento de los votos, para dirigir su país en el período 2010-2015, y con 61 por ciento de los sufragios, para la gestión 2015-2020. Ahora está en campaña para lograr la aprobación en referéndum de una reforma constitucional, que tendrá lugar en febrero, y podría permitirle la reelección por cinco años más, a partir de 2020.
Los diez años que cambiaron a Bolivia
Por Agustín Lewit *
Cuando Evo Morales ganó las presidenciales en octubre de 2005, pocos por no decir nadie hubiesen apostado a que una década después seguiría al frente del poder, con la posibilidad incluso de extender su mandato por diecinueve años consecutivos, si es que gana el referéndum del próximo febrero y los comicios de 2019 respectivamente, algo –al menos por ahora– perfectamente posible.
En rigor, sobran los hechos para sorprenderse: en momentos donde el rumbo progresista inaugurado con Chávez en 1998 atraviesa su momento más crítico –con las reciente derrotas electorales en Argentina y Venezuela, sumado el asfixiante acecho de la derecha brasileña a Dilma– el evismo, en términos generales, navega en las aguas calmas de la gobernabilidad. Lejos de la casualidad, la sólida hegemonía que blinda hoy al gobierno de Evo Morales, tras intensos diez años de gobierno, se nutre de tres razones fundamentales: inéditas mejoras sociales de los sectores populares y medios, una exitosa política económica reconocida por propios y extraños, y una buena cuota de astucia para lidiar tanto con la vieja clase política boliviana como con las diversas organizaciones sociales.
Sobre lo primero, las cifras son contundentes: reducción durante la última década de veinte puntos porcentuales de la pobreza extrema, notoria mejoría de los índices de igualdad –en ocho años, el Gini pasó de 0,60 a 0,47– y un desempleo que en 2015 apenas superó el 3 por ciento, todo acompañado de una batería de programas sociales que alcanzan a la mitad de la población y que ha permitido una inclusión por la vía del consumo sin precedentes. Se suma a lo dicho la erradicación del analfabetismo, reconocida por la Unesco en 2014, y algunos avances en materia de salud. La clave de esa matriz reparacionista es similar a la de otros procesos vecinos: la estatización de los recursos naturales –hidrocarburíferos, en este caso– y una redistribución de sus dividendos, en un contexto internacional favorable (hasta ahora).
No obstante los aspectos comunes, el proceso boliviano también desarrolló singularidades. La más notoria, quizás, sea la fuerte estabilidad económica, central en un país en el que aún retumba el trauma que sembró la hiperinflación de 1985. Con una conjugación exitosa entre pragmatismo y rigurosidad, entre heterodoxia y equilibrio fiscal, Bolivia cierra una década con un crecimiento promedio del PIB del 5,1 por ciento –que llevó a triplicarlo en diez años–, una tasa de inflación del 2,78, el mayor nivel porcentual de reservas de la región y una notable reducción de la deuda pública. La obsesión del presidente por apuntalar el crecimiento obligó a una versatilidad no librada de críticas internas: así como Evo es un personaje clave del ALBA, también firma sin sonrojarse acuerdos económicos con Merkel.
Esa capacidad de adaptación se reflejó progresivamente también en la propia praxis política del líder del MAS. Evo ya no es aquél líder indígena y dirigente sindical que llegó al poder traccionado por una revuelta plebeya. Lejos de eso, el ex dirigente cocalero es hoy la máxima figura política de su país con un liderazgo indiscutido. Esa transformación, que implicó superar la fragilidad inicial alimentada de prejuicios y subestimaciones, se logró a fuerza de mostrar una tenacidad inquebrantable algunas veces, pero también gracias a saber negociar en otras tantas, lo que en política supone a menudo saber ceder. La reposición de la justa y sensible demanda marítima a Chile, designando como vocero al ex presidente y referente opositor Carlos Mesa, o ciertas concesiones realizadas a la poderosa Media Luna, donde en la última elección presidencial –a excepción de Beni– logró imponerse cuando hace algunos años no podía siquiera pisar, hablan de cierta maduración política del presidente en el manejo de la realpolitik.
Pero no sólo Evo cambió en estos diez años: en ese entramado complejo que es Bolivia casi no quedan elementos que no hayan sido transformados. El Estado, la Constitución –la primera refrendada popularmente–, incluso el propio nombre del país, que por fin da cuenta de la diversidad, están atravesados por la novedad. Por una novedad potente, transformadora, redentora de un doloroso y prematuro neoliberalismo, pero que sigue teniendo, claro está, numerosas cuentas pendientes. Evo, el ex pastor de llamas, el sindicalista cocalero, el primer presidente indígena, es consciente de ello y de ahí su obsesión por continuar al frente de un proyecto que ya ha transformado al país y a su gente como nunca antes en su historia.
* Investigador del Centro Cultural de la Cooperación-Nodal.



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