
En tres semanas el mundo entrará de pleno en el universo trumpiano. El quid de la política de Donald Trump, tal como él mismo lo ha dicho, es la imprevisibilidad. Hacete el loco y los demás no sabrán si sos peligroso o payaso.
En realidad poco importa si uno votó por Donald Trump, contra él, o se abstuvo en la elección presidencial de noviembre pasado. Porque sólo Trump, un malabarista de inversiones entreveradas, sabe qué cree y qué se propone hacer, suponiendo que lo sepa.
Es larga la lista de “políticas fundamentales” que Trump, de 70 años de edad, prometió a sus partidarios y que ha desechado después de las elecciones. La única conclusión que arroja un poco de luz sobre el carácter de quien será el 45 presidente de Estados Unidos es que dice lo que le venga bien, sin que se proponga cumplirlo, y se desdice cuando le da la gana si ello le conviene.
Juró que enjuiciaría y mandaría a la cárcel a su rival demócrata Hillary Clinton. Semanas después de la elección dijo a sus simpatizantes que todo había sido puro verso de campaña y que Hillary, al igual que su marido el ex presidente Bill Clinton, son gente encantadora.
Denunció a Hillary Clinton por sus cónclaves con los ejecutivos principales de Goldman Sachs y otros antros de la piratería financiera global, pero para su embrión de gabinete ha traído gente de Goldman Sachs y otros capitanes de la misma filibustería.
Prometió que deportaría a 11 millones o 12 millones de inmigrantes indocumentados y construiría un muro “increíble, bello, impenetrable” a lo largo de la frontera con México. Ahora coquetea con la idea de deportar sólo a los indocumentados que cometen crímenes –que ha sido exactamente la política aplicada por el presidente Barack Obama–, y señala que la “gran muralla” quizá termine siendo una cerca en algunos segmentos de la frontera.
Aseguró que desde el primer día de su mandato, que comenzará el 20 de enero, anularía totalmente la reforma del sistema de salud promulgada por Obama en 2010, pero ahora dice que algunos aspectos de esa legislación son positivos y todo será cuestión de acomodar las cosas.
Juró que “limpiaría el pantano” de acomodos en Washington, donde los políticos pasan a ser funcionarios, los funcionarios de gobierno pasan a ser gestores, y los gestores compran políticos, pero para el gobierno que está formando ha traído ex políticos, ex gestores y ex funcionarios.
Después de que el gobierno de Obama se abstuvo de votar en las Naciones Unidas una resolución que condena la extensión de asentamientos israelíes en predios palestinos, Trump prometió que “todo será diferente en la Onu a partir del 20 de enero”. Propondrá como embajador de Estados Unidos en Israel a David Friedman, un abogado de bancarrotas que ha recolectado millones de dólares para un asentamiento israelí, y también prometió que trasladará de Tel Aviv a Jerusalén la embajada estadounidense.
Y esto proviene de un candidato que ha criticado las intervenciones estadounidenses en el resto del planeta como un despilfarro de dinero y una distracción respecto de las necesidades domésticas, y que ha sostenido que Estados Unidos no puede seguir siendo “policía del mundo” ni debe embrollarse en las peleas de otros.
Todos estos son ejemplos de cuánto puede tomarse en serio la palabra de Trump en materia de políticas domésticas, y son por ahora los únicos indicios que el resto del planeta tiene acerca de las amenazas, jactancias, promesas y volteretas de Trump en política internacional.
EL ARTE DE LA NEGOCIACIÓN.
La adjudicación a Trump de alguna ideología es una cacería sin presa. Los gobernantes del resto del mundo aprovecharán mejor las próximas tres semanas en una lectura, con apuntes, de El arte de la negociación, publicado en 1987 y que Trump considera el libro más importante después de la Biblia. (El periodista Tony Schwartz, que aparece como coautor, dijo en 2016 que Trump nada tuvo que ver con la escritura).
Para Trump todo es a deal: el acuerdo al que se llega después de una negociación. En el comienzo de toda negociación las dos partes presentan sus demandas mayores, hacen un gran pamento, demostración de fuerzas y, si conviene al caso, intercambian amenazas. Luego se sientan y negocian. Es la transacción en la cual una parte cede un poquito a cambio de ganarle una tajadita a la otra. No se trata de ideales, principios morales, patriotismo, justicia, democracia y otras entelequias. Se trata de salir ganando lo más que se pueda.
Un ejemplo, hipotético por ahora, es cuál será la política de Trump, digamos, hacia Cuba. Durante la campaña electoral, y especialmente cuando fue claro que los votos en Florida resultarían cruciales, el candidato republicano reiteró las denuncias contra la tiranía de los Castro y los lamentos por la opresión del pueblo cubano. También denunció la apertura diplomática iniciada por el presidente Obama en 2014.
Pero Trump también ha garganteado mucho acerca de cómo otros países aprovechan la ingenuidad de Washington y le sacan ventajas comerciales. Un ejemplo: debido al embargo que, desde 1960, impide que las empresas estadounidenses hagan negocios en Cuba, el mercado cubano se ha poblado de empresas de Europa, Canadá, China y América Latina.
Quizá, tal vez, vaya uno a saber, si el gobierno de Raúl Castro, ahora que ya el hermano mayor se fue al cielo en el que no creía, invitará a la Corporación Trump para la construcción y operación de un hotel y casino en Varadero… el presidente Trump, como también lo ha dicho, no necesita más los votos en Florida al menos hasta 2020. Cuba está allí, fruta madura y jugosa para el turismo estadounidense.
La “gran muralla” prometida para la frontera sur, si llegara a concretarse, no sólo impediría el cruce de los migrantes indocumentados. Sería una barrera al otro gran negocio del cual Trump poco habla: el tráfico de drogas hacia Estados Unidos y de armas hacia México y América Central. Será interesante ver qué tipo de deal tendría Trump para ofrecerles a esos negociantes.
En lugar de la diplomacia, entramos en la era de la “deal-cracia”.
NOSTALGIAS DE LA GUERRA FRÍA.
Por lo que puede deducirse de sus discursos, entrevistas, exabruptos y twits, la visión que Trump tiene del panorama global está arraigada en una nostalgia de la década de 1950 –cuando Estados Unidos era la superpotencia number one– y se ramifica en un disgusto visceral ante un mundo multipolar, de comercio globalizado, con organizaciones criminales y terroristas que cruzan fronteras, decenas de millones de migrantes desde tierras subdesarrolladas y un caos que demanda el control de “los grandes”.
En esa visión hay grandes de segunda –Rusia– y otro de primera que puede convertirse en reto mayor para Estados Unidos: China. Y, como haría cualquiera que tuviera dos adversarios, lo astuto sería aliarse con el menos fuerte para superar al más fuerte.
De ahí el coqueteo de Trump con el dictador ruso de turno, Vladimir Putin, quien ya envió una cartita de Navidad toda cariñosa al futuro presidente de Estados Unidos.
Durante la campaña electoral hubo denuncias sobre la intromisión cibernética de Moscú en la divulgación de documentos internos del Partido Demócrata –con la ayuda de Wikileaks–, y Trump se burló de las acusaciones. Después de las elecciones, todas las agencias de inteligencia de Estados Unidos han concluido que la intromisión fue dirigida desde Moscú con conocimiento del mismo Putin.
Pero Trump sigue desechando los argumentos casi como un eco de la propaganda desde Moscú, y como secretario de Estado ha postulado al presidente de Exxon Mobil, Rex Tillerson, condecorado por Putin en 2013 con la Orden de la Amistad por sus buenos negocios petroleros en Rusia.
En el punto actual de fricción de Estados Unidos con Rusia –el conflicto armado entre clientes de ambos en Siria–, Trump a la vez ha proclamado su preferencia por mantener en el poder al dictador Bashar al Asad, el patrocinado de Putin en esta pelea, y ha dicho que él apoyará el establecimiento y defensa de “zonas de seguridad” donde puedan refugiarse los civiles castigados por la guerra. Moscú se opone a tales santuarios, que podrían albergar fuerzas rebeldes.
Trump ha dicho que el presidente Obama ha sido tímido, si no cobarde, en sus tratos con Rusia, lo cual sugeriría que él se plantaría de frente a Putin. Pero Trump también ha indicado que la anexión de Crimea a costa de Ucrania, en definitiva, es resultado lógico de las áreas de influencia.
Al mismo tiempo que sostiene que “todo iría mucho mejor” si Estados Unidos y Rusia pudieran entenderse mejor, Trump ha dicho que con gusto se sumaría a una carrera de armamentos nucleares porque está seguro de que Estados Unidos es y será el number one y le ganará a quien quiera competirle.
En la opacidad de las verdaderas políticas que Trump llevará adelante, el único perfil que parece emerger acerca de la política exterior es un dealcon Putin que vuelva a dividir el mundo en áreas de influencia. Una geopolítica en la cual las dos superpotencias blancas y cristianas (en el caso de Putin, desde que encontró la utilidad de la Iglesia Ortodoxa) le pongan bretes a la pujanza de China, y utilicen como lo hicieron durante la Guerra Fría las peleas en otras partes del mundo para su propia competencia. y jactancia antes de que, como presidente, se siente a negociar deals reales.



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