La estructura de la dominación mundial:: De Bretton Woods al acuerdo multilateral de inversiones

La estructura de la dominación mundial:: De Bretton Woods al acuerdo multilateral de inversiones

El despotismo tecnocrático de las instituciones políticas globales

Resumiendo: en los últimos veinte años se ha producido un desplazamiento de los centros de decisión internacional desde agencias e instituciones constituidas con un mínimo de respeto hacia ciertos criterios, si bien formales, de igualdad y democracia como las Naciones Unidas, hacia otras de naturaleza autoritaria y tecnocrática, que no tienen ni siquiera un compromiso formal con las reglas del juego democrático, que no son responsables ni imputables por las políticas que imponen -vía las famosas “condicionalidades” a los países que monitorean-, que sólo rinden cuenta ante los ejecutivos de sus propios gobiernos y que carecen en absoluto de agencias o procedimientos que posibiliten siquiera un mínimo control popular de las decisiones que allí se toman y que afectan la vida de millones de personas.

Este es el caso, sin duda alguna, de las instituciones nacidas de los acuerdos de Bretton Woods, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

Se trata de enormes burocracias, extraordinariamente influyentes, y cuyas iniciativas no están sometidas a nada que pueda siquiera remotamente parecerse a un control republicano.

Su despotismo tecnocrático encuentra sus límites tan sólo en las preferencias e inclinaciones del puñado de gobiernos que efectivamente cuenta en su dirección y control. No deja de ser aleccionador el hecho de que gobiernos que se ufanan de ser los adalides de la vida democrática no sólo consientan sino que apoyen y promuevan el papel de instituciones intergubernamentales de este tipo cuya estructura, diseño, filosofía y comportamiento se aparta radicalmente de los principios democráticos. Tomemos, por ejemplo, el caso del Fondo Monetario Internacional. Su directorio, que es el órgano ejecutivo de la institución, se rige por un sistema de voto calificado que coloca el poder decisional en manos del capital y principalmente del representante norteamericano. Es decir, los países que forman parte del FMI -y las presiones y los chantajes para que soliciten su admisión al mismo son impresionantes- entran a un club en donde sólo unos cuantos tienen voto, mientras el resto está condenado a un papel pasivo y subordinado. Así, los Estados Unidos tienen el 17,35 por ciento del poder de voto mientras que un país “sospechoso” para el consenso liberal predominante -nos referimos al Japón- sólo controla el 6,22 por ciento de los votos. Ahora bien: cualquier decisión importante requiere una mayoría calificada del 85 por ciento de los votos del directorio. Por lo tanto, USA tiene poder de veto y no sólo derecho a voto. Podría alegarse, desde el plano meramente formal, que el conjunto de países de la Unión Europea tiene 23,27 por ciento de los votos y, por lo tanto, tiene la posibilidad de doblegar el veto norteamericano. Pero ésta sería una visión meramente formalista porque si hay algo de lo que la Unión Europea carece es de unidad. No existe Europa, al menos todavía. Es una ilusión. Por ahora lo que existe es Alemania, Francia, Gran Bretaña y así sucesivamente, y el Viejo Continente paga un precio exorbitante por este déficit estatal. Así lo anota Z. Brzezinski cuando dice que Europa “es una concepción, una noción y una meta, pero todavía no es una realidad. Europa Occidental es ya un mercado común, pero todavía está lejos de ser una única entidad política” (Brzezinski: 67). El discurso dominante que celebra la extinción de los estados nacionales está destinado al consumo de los espíritus cándidos y no al de los intelectuales del imperio. La inexistencia fáctica de la Unión Europea se torna patente cuando se comprueba que los países miembros de la UE jamás votaron unitariamente en contra de una iniciativa de los Estados Unidos en el seno del directorio del FMI. El voto europeo fue invariablemente fragmentado, con Gran Bretaña cumpliendo su tradicional papel de “junior partner ” de los intereses norteamericanos. Descarnadamente concluye Brzezinski que estas agencias “supranacionales” deben considerarse como parte del sistema de dominación imperial, “particularmente las instituciones financieras internacionales. El FMI y el BM se consideran representantes de los intereses ‘globales’. En realidad & son instituciones fuertemente dominadas por los Estados Unidos” (Brzezinski: 28-29). Este sesgo pro-norteamericano ante el cual se doblega una Europa carente de sustento estatal se observa también en la Organización del Comercio Mundial. Un análisis hecho recientemente sobre las disputas comerciales revela que “sobre 46 casos de conflictos comerciales USA perdió 10 y ganó 36” (Alternatives Economiques, 33). Éstas son las instituciones “supranacionales” y globales que, hoy en día, constituyen el embrión de un futuro gobierno mundial.

Imperio y relaciones imperialistas de dominación

Resumiendo: estamos en presencia de un proyecto animado por el propósito de organizar el funcionamiento estable y a largo plazo de un orden económico y político imperial -un imperio no-territorial, quizás; con muchos rasgos novedosos producto de las grandes transformaciones tecnológicas y económicas que tuvieron lugar desde los años setenta- pero imperio al fin. De aquí nuestro radical desacuerdo con la obra de Michael Hardt y Antonio Negri en la cual se sostiene la tesis no sólo paradojal sino completamente equivocada del “imperio sin imperialismo”, tesis que, por ejemplo, es rechazada por una autora inscripta en el progresismo liberal como la ya mencionada Susan Strange (Hardt y Negri: xii-xiv). En ese sentido, la lectura de los intelectuales orgánicos de la derecha es siempre estimulante, porque si algunos en la izquierda hacen gala de una enfermiza inclinación a olvidarse de la lucha de clases y el imperialismo por temor a ser considerados como extravagantes o ridículos dinosaurios del parque jurásico decimonónico, los primeros se encargan de recordar su vigencia a cada rato. Se comprende: la íntima articulación de los primeros con las funciones políticas de la dominación imperial no les permite incurrir en los extravíos y las alucinaciones pseudo teóricas de sus contrapartes de izquierda chantajeadas por el consenso neoliberal y posmoderno. De esto se trata cuando hablábamos de la hegemonía ideológica del neoliberalismo: “tener a sus adversarios en el bolsillo”, como recordaba Gramsci, haciéndolos pensar con sus categorías y desde su perspectiva clasista.

Es precisamente por esto que Leo Panitch nos invita, en un penetrante artículo, a examinar la visión que los principales teóricos de la derecha norteamericana tienen sobre la escena internacional. (Panitch: 18-20).

Zbigniew Brzezinski, por ejemplo, celebra la irresistible ascensión de los Estados Unidos al rango de “única superpotencia global” y se regocija -con el resentimiento propio de todo buen aristócrata polaco- de que entre sus vasallos y tributarios se incluya ahora, por primera vez, a los países de Europa Occidental. Preocupado por garantizar la estabilidad a largo plazo del imperio Brzezinski se esmera en identificar los tres grandes imperativos estratégicos del imperio: (a) impedir la colusión entre -y preservar la dependencia de- los vasallos más poderosos en cuestiones de seguridad (Europa Occidental y Japón); (b) mantener la sumisión y obediencia de las naciones tributarias, como las del Tercer Mundo; y (c) prevenir la unificación, el desborde y un eventual ataque de los bárbaros, denominación ésta que abarca desde China hasta Rusia, pasando por las naciones islámicas del Asia Central y Medio Oriente (Brzezinski: 40). Más claro imposible.

Zbigniew Brzezinski

Otro de los grandes intelectuales orgánicos del imperio, Samuel Huntington, ha observado con preocupación las debilidades que la condición de “sheriff solitario” puede reportar para los Estados Unidos. Ésta le ha llevado, nos dice, a un ejercicio vicioso del poder internacional que sólo podrá tener como consecuencia la formación de una amplísima coalición anti- norteamericana en donde no sólo se encuentren Rusia y China sino también estados europeos, y recientemente Latinoamérica lo cual pondría seriamente en crisis al actual orden mundial. Para refutar a los escépticos y refrescar la memoria de quienes se han olvidado de lo que son las relaciones imperialistas conviene reproducir in extenso el largísimo rosario de iniciativas que según Huntington fueron impulsadas por Washington en los últimos años: “presionar a otros países para adoptar valores y prácticas norteamericanas en temas tales como derechos humanos y democracia; impedir que terceros países adquieran capacidades militares susceptibles de interferir con la superioridad militar norteamericana; hacer que la legislación norteamericana sea aplicada en otras sociedades; calificar a terceros países en función de su adhesión a los estándares norteamericanos en materia de derechos humanos, drogas, terrorismo, proliferación nuclear y de misiles y, ahora, libertad religiosa; aplicar sanciones contra los países que no conformen a los estándares norteamericanos en estas materias; promover los intereses empresariales norteamericanos bajo los slogans del comercio libre y mercados abiertos y modelar las políticas del FMI y el BM para servir a esos mismos intereses; … forzar a otros países a adoptar políticas sociales y económicas que beneficien a los intereses económicos norteamericanos; promover la venta de armas norteamericanas e impedir que otros países hagan lo mismo; … categorizar a ciertos países como “estados parias” o delincuentes y excluirlos de las instituciones globales porque rehúsan a postrarse ante los deseos norteamericanos” (Huntington:48).


Entiéndase bien: no se trata de la incendiaria crítica de un mortal enemigo del imperialismo norteamericano sino del sobrio recuento hecho por uno de sus más lúcidos intelectuales orgánicos, preocupado por las tendencias autodestructivas que se derivan del ejercicio de su solitaria hegemonía en el mundo unipolar. Resulta fácil advertir que el “orden imperial” en gestación representa, en el plano mundial, la más completa perversión de la fórmula que Abraham Lincoln acuñara al definir a la democracia como el “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.” Paradojalmente, el país que se exhibe a sí mismo como el paladín de la democracia mundial ha creado un entramado de instituciones y normas internacionales que desmienten impiadosamente la fórmula lincolniana, haciendo realidad el sueño burgués de un “gobierno de los oligopolios, por los oligopolios y para los oligopolios”. ¿Puede un orden como ése ser la expresión de una situación internacional pacífica, conducente al bienestar general y ecológicamente sustentable? De ninguna manera, toda vez que el mismo reproduce en la esfera de sus instituciones y normas de gobernancia mundial la primacía de los intereses oligopólicos y la prevalencia de una lógica imperial que amplifica y perpetúa la opresión imperialista, las radicales asimetrías existentes en la distribución de la riqueza, los ingresos y el conocimiento, y la destrucción del medio ambiente.

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