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Las turbulencias globales evidencian los límites del poder de EE UU

Unidos en busca de una respuesta. Pero en este verano de conflictos simultáneos, en que los riesgos para la paz se multiplican de Europa a Asia, pasando por Oriente Próximo, Barack Obama parece un presidente desbordado, sin capacidad de atender a todas alarmas.

Los sismógrafos de Washington registran señales preocupantes. Pocos presidentes de EE UU, en las últimas décadas, habían afrontado una sucesión similar de crisis no causadas directamente por ellos. Lo habitual es que el presidente —el líder del mundo libre, como se decía en tiempos no tan lejanos— intente modelar el mundo a su gusto, no lo contrario.

Strobe Talbott, presidente del laboratorio de ideas Brookings Institution, ve ecos “inquietantes y preocupantes” del verano de 1914, cuando estalló la Primera Guerra Mundial

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El veterano senador John McCain, un halcón en política exterior, dijo en una entrevista a la cadena CNN que jamás había visto un mundo “tan agitado”.

Y el diario The Wall Street Journal argumentó la semana pasada que “la amplitud de la inestabilidad no se había visto desde finales de los años setenta”. En 1979, con Jimmy Carter en la Casa Blanca, EE UU perdió a su aliado clave en Oriente Medio, el sha de Persia, en la revolución iraní y la Unión Soviética invadió Afganistán.

“No creo que la analogía más adecuada sea la de los años setenta”, dice Danielle Pletka, vicepresidenta para la política exterior y de defensa en el laboratorio de ideas conservador American Enteprise Institute. “Mirando atrás, esto me recuerda a la época de entreguerras, a los años treinta, y a los años previos a la Primera Guerra Mundial, a 1913 y 1914. Hay tanta inestabilidad, tantos actores nocivos, tantas

reivindicaciones irredentistas, tan pocas partes dispuestas a apuntalar una estructura global, que realmente esto representa un desafío enorme para la seguridad del pueblo americano”, plantea.

En Ucrania el derribo, probablemente involuntario, del vuelo de Malaysia Airlines el pasado 17 de julio, no ha acallado las armas, sino que ha llevado a una escalada retórica entre Washington y Moscú —Obama acusa a Putin de haber armado y entrenado a los insurgentes acusados del ataque— y a una escalada bélica en el este del país.

La nueva guerra entre Israel y la organización Hamás, que controla el territorio de Gaza, iniciada hace casi tres semanas, ha dejado más de 1.000 muertos palestinos y 43 del lado de Israel (40 de ellos, militares).

La violencia en Libia —un país donde EE UU contribuyó al cambio de régimen en 2011— ha obligado a evacuar la embajada norteamericana en la capital, Trípoli.

Más de 160.000 personas, según algunos cálculos, han muerto en tres años de guerra civil en Siria, un conflicto en el que Obama se resiste a implicarse pese a amagar, en septiembre de 2013, con una intervención que suspendió en el último momento. En el vecino Irak, los avances de los yihadistas suníes han forzado a EE UU a enviar de nuevo militares para ayudar a Gobierno del chií Nuri al Maliki.

En Afganistán, la retirada prevista a finales de 2016 amenaza con encender de nuevo la guerra y dejar vía libre a los talibanes. Y en la región Asia-Pacífico, China se ha enzarzado en los últimos meses en escaramuzas con países como Japón, Vietnam y Filipinas por el control del área de influencia de la potencia emergente asiática.

“Vivimos en un mundo complejo y una época desafiante”, dijo Obama en una rueda de prensa a mediados de julio. “Y ninguno de estos desafíos ofrece soluciones rápidas o fáciles. Pero todos requieren el liderazgo americano. Como comandante en jefe, confío en que si mantenemos la paciencia y la determinación, superaremos estos desafíos”.

Brian Katulis, investigador sénior en el laboratorio de ideas progresista Center for American Progress, elogia por “pragmática, cauta y juiciosa” la reacción de la Administración Obama a las crisis.

“El presidente Obama ha sido muy cuidadoso durante todo su mandato a la hora de no sobrerreaccionar”, dice Katulis, que describe la situación actual como un momento de “transformación fluida”.

“La filosofía de Obama es que intentaremos trabajar con tantos socios y aliados como sea posible, pero no asumiremos solos la carga, como intentó hacer la Administración Bush con consecuencias muy negativas por EE UU”, continúa.

Lo que Katulis llama la filosofía de Obama coincide bastante con la opinión de la mayoría de norteamericanos, partidarios, según sondeos recientes, de que EE UU se ocupe de sus propios asuntos y se abstenga de intervenir en Ucrania, Siria o Irak. Al mismo tiempo, quieren su presidente ejerza de líder mundial.

“No estoy seguro de que ambas posiciones sean incoherentes”, dice Alan Murray, presidente de la organización demoscópica Pew Research Center. “La gente no quiere ir a la guerra, pero tiene la sensación de que el presidente muestra debilidad”, dice. Y esto no gusta.

Pletka, identificada con el movimiento neoconservador, que contribuyó al diseño de la guerra de Irak de 2003, cree que hay un vínculo directo en el repliegue de Obama —la retirada de Irak, la parálisis ante la guerra Siria, el rechazo a actuar unilateralmente— y los conflictos de este verano.

“No es un secreto”, dice, “que muchas personas creen que el presidente ha abdicado de su responsabilidad y se ha retirado, sin pensar demasiado en lo que ocurriría, se trate de la retirada de Irak, que ha resultado ser un desastre completo allí, de la indiferencia hacia las matanzas en Siria durante tres años, de la inacción ante la extensión de Al Qaeda, de la indiferencia ante la anexión rusa de Crimea, de la inacción ante la actitud depredatoria china en los mares de China del Sur y Oriental… Y podríamos seguir así durante tiempo”.

Cuando se le pregunta a Pletka por si no había inestabilidad, quizá más que ahora, en los años de la guerra de Irak y el presidente Bush, replica: “Con la Administración Bush, ¿qué conflictos había, si no eran los conflictos que nosotros elegíamos?”. Y añade: “Si me propone cambiar el mundo de 2007 por el de 2014, la elección es fácil, como imagino que lo sería para la mayoría de gente en Oriente Próximo y Europa del Este”.

¿Todo culpa de Obama? “A veces”, comenta Katulis, “pienso que si un asteroide se estrellase contra un planeta a cien millones de años luz de aquí, los críticos de Obama dirían que es por algo que él ha hecho”.


“Hay un peligro real de conflicto”

Marc Bassets Washington 26 JUL 2014 – 22:45 CEST

Agosto 1914, agosto 2014. Cuando Strobe Talbott —veterano de la Administración Clinton, presidente del laboratorio de ideas Brookings Institution, voz sensata y experimentada del establishment de Washington— establece un paralelismo entre el inicio de la Primera Guerra Mundial y el momento actual, conviene escuchar.

“Hace solo un año no había ningún gran conflicto entre los grandes países del mundo, ni tampoco existía demasiada preocupación porque lo hubiese”, dice Talbott en una entrevista telefónica. “Y aquí estamos, a punto de llegar a agosto de 2014 y, ¿adivine qué ocurre? Hay un peligro real de conflicto. Hay peligro de conflicto en Europa, provocado por lo que [el presidente ruso, Vladímir] Putin ha hecho en Ucrania. Hay conflicto en Extremo Oriente con las tensiones y disputas entre China, de un lado, y Vietnam y Filipinas de otro”, continúa. Después añade las tensiones crecientes entre Japón y China, así como la disolución en Oriente Próximo de las fronteras establecidas tras la Primera Guerra Mundial.

“Mi bola de cristal”, avisa, “no es mejor que cualquier otra”. Pero los paralelismos entre 1914 y 2014, dice, son “inquietantes y preocupantes”.
Talbott, de 68 años, dirige el laboratorio de ideas centrista por excelencia, el más influyente y el de más solera, fundado en 1916. Entre 1993 y 2001 trabajó en el Departamento de Estado: primero como embajador y consejero especial del secretario de Estado encargado de los nuevos países surgidos de la antigua Unión Soviética, y después como vicesecretario de Estado. Y antes, durante 21 años, fue periodista en la revista Time.

“Aquí hay una combinación de tres fenómenos que hacen que este periodo sea peligroso”, dice. El primero es “la desilusión o descontento global con los diferentes sistemas de gobernanza, incluidas las democracias occidentales”, una tendencia que “por sí misma es desestabilizadora”.
El segundo es “el crecimiento de un nacionalismo de tipo peligroso, incluido en su propio país”, dice en alusión a España. “Me parece que es crucial, tras todo el dolor que Europa ha sufrido como resultado del nacionalismo y el fraccionamiento de los Estados, buscar maneras de perfeccionar el gobierno federal, de perfeccionar lo que ustedes, los europeos, llaman la subsidiariedad: un federalismo efectivo, con tanta autonomía administrativa como sea adecuado y posible, para mantener países unidos y que no se disgreguen, se trate de Italia, España, Bélgica o Reino Unido”.

Putin, sin embargo, “ha elevado [el nacionalismo] a un nuevo nivel” con la anexión, en marzo, de la región ucrania de Crimea, y con el apoyo a los insurgentes prorrusos en el este de Ucrania. Putin, dice Talbott, “ha resucitado algo que creíamos que pertenecía a la geopolítica del pasado: el chovinismo agresivo y unilateral, el nacionalismo predatorio, el irredentismo… como quiera llamarlo”. El tercer fenómeno es la citada acumulación de conflictos que amenazan la estabilidad mundial.

La Administración Obama “en general, está gestionando [la situación actual] bastante bien, pero encuentra un obstáculo en las debilidades de los gobiernos en otros lugares”, argumenta en alusión, entre otros, a la Unión Europea, “y en las propias debilidades, que son una expresión de la polarización de la sociedad [norteamericana]”. “Sin duda hay un malestar y una polarización en Estados Unidos que socava la capacidad de cualquier presidente americano para ejercer un papel constructivo en el liderazgo mundial”.

“Como comunidad internacional”, sostiene Talbott, “hemos sido complacientes en años recientes, un poco como la comunidad internacional fue complaciente en los años antes de la Primera Guerra Mundial, cuando hubo un optimismo eufórico en todo el mundo. Lo que entonces no se llamó globalización, pero que retrospectivamente podría llamarse así, nos hizo a todos dependientes de un orden mundial pacífico en el que la guerra era imposible de imaginar, y de repente fue muy posible de imaginar y tuvimos la peor guerra en la historia del mundo hasta entonces”.

Información adicional

Autor/a: Marc Bassets
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Fuente: El País

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