
El tema central de la filosofía durante el siglo XVII, de una u otra manera, fue Dios, sea en autores como Descartes, Malebranche, Leibniz o, por supuesto, Spinoza. Los límites entre filosofía y teología se muestran para ese entonces bastante difusos. Sin embargo, el susodicho tema es tratado por los autores mencionados de una manera que podría sorprender. La centralidad de Dios a la que se hace referencia no es, efectivamente, idéntica a la centralidad de Dios acaecida durante la escolástica; todo lo contrario, Dios se convierte en un motivo para experimentar de manera extrema con el pensamiento, para llevarlo al límite, y es en Spinoza donde tal aseveración se presenta de manera más patente. La filosofía de Spinoza acontece como si nada hubiera pasado y como si todo fuera diferente al mismo tiempo. Spinoza continúa hablando de Dios, lo sitúa en el principio, en los fundamentos mismos de su Ética, y hace de todo lo existente expresión suya, incluso profesa un particular amor hacia él y dice “obedecer sus dictados”. Pero este Dios, aunque tan infinito e inconmensurablemente potente “como siempre”, tiene ahora la fuerza suficiente para remover los cimientos del cristianismo y, por ende, de la cultura occidental en buena parte. Según Gilles Deleuze (2008), Spinoza, como otros filósofos de la época, pensando a Dios se liberó de tener que limitarse a representar las cosas, es decir, se liberó de la necesidad de supeditar el concepto a la representación de la cosa y, de la mano de la teología misma, llevó los conceptos y la razón a umbrales inusitados. De esta manera se construyeron enormes edificios conceptuales de gran complejidad.
Igualmente es posible afirmar que, en este marco y en buena parte de la filosofía precedente, los edificios conceptuales se erigían sobre problemas recurrentes: la relación entre lo uno y lo múltiple, el alma y el cuerpo, lo infinito y lo finito, las causas primeras y la distinción entre causas, etcétera. No obstante, con Spinoza acontece algo que ciertamente enrarece la filosofía prácticamente en su conjunto, a saber, es levantada una propuesta profundamente “inmanentista”. Spinoza fue capaz, pues, de cometer una de las herejías más abominables: “confundir a Dios con sus creaciones”. El filósofo holandés, al privilegiar la causalidad inmanente a la hora de fundamentar sus proposiciones, postuló, sin ambages, que Dios es el mundo y que el mundo es Dios. Sólo existe una sustancia infinita con infinitos atributos: Dios o la Naturaleza; y todas las “criaturas” son sus modos, son expresiones de ésta, es decir, en sentido estricto, las “criaturas” constituyen modos de ser: “No puede darse ni concebirse substancia alguna excepto Dios” (E1P14); “Todo cuanto es, es en Dios, y sin Dios nada puede ser ni concebirse” (E1P15).
¿De dónde derivaban los inconvenientes, incluso las maldiciones —pues recordemos que Spinoza fue excomulgado en su momento— que recayeron en repetidas ocasiones sobre los hombros de este filósofo? Ciertamente, en primer lugar, del inmanentismo. La filosofía de Spinoza se muestra práctica ya en este primer aspecto, en las consecuencias prácticas que construirla y ponerla en marcha conllevó para él, en la conmoción que generó en la tradición imperante. Afirmar la igualdad de esencia para cualquier existente eliminaba las jerarquías ontológicas, y a menudo las jerarquías ontológicas se traducen en jerarquías políticas. No es poco cuestionar, por ejemplo, la jerarquía del mundo celestial, o la jerarquía del mundo de las ideas, frente al mundo material, frente a lo mundano. De esa dicotomía jerárquica dependen directamente autoridades incluso hoy bastante influyentes. Tampoco es poco afirmar que el hombre no es “un imperio dentro de otro imperio” (E3Praef) y que “Dios no se comporta como los reyes” (E1A). No es de la menor importancia atacar radicalmente el libre albedrío humano y divino, no es baladí ni siquiera hacerlo en la actualidad. No obstante, Spinoza lo hacía, y lo hacía de tal forma que parecía seguir hablando de, y alabando a, Dios.
La filosofía de Spinoza es práctica de principio a fin (Deleuze, 2001), no sólo por lo mencionado, sino porque él confiesa concebirla de la forma más clásica, de la manera que se hacía en la antigüedad griega, esto es, como forma de vida. No resulta casual, entonces, que su obra cumbre se titule Ética y no Metafísica. Así, aunque su Ética arranque con una metafísica, que exige además una buena comprensión de la escolástica y de la filosofía precedente en general para ser llevada a cabo, el objetivo supremo no es otro que el de alcanzar la felicidad. Incluso cuando en la Parte segunda de la Ética se ocupa del conocimiento, de la epistemología, al terminar se asegura de indicar, mediante un resumen de cuatro puntos, “cuán útil es para la vida el conocimiento de esta doctrina” (E2P49S). El primero de los cuatro puntos consiste en que su “doctrina” enseña que los humanos obran por el mandato de Dios, pues son partícipes de él, y que las acciones que realizan son más perfectas entre más se esfuerzan por entenderlo. Por consiguiente, la felicidad y libertad máximas se identifican con el máximo conocimiento de Dios o la Naturaleza. El segundo punto destaca que, frente a las contingencias de la vida, a la fortuna, frente a lo que no podemos controlar pues no se sigue de nuestra naturaleza, es necesario permanecer serenos, anímicamente equilibrados, y recordar que todo aquello que en Dios acontece es necesario. En tercera instancia, se menciona que la “doctrina” es útil socialmente: si nos guiamos por la razón, no habría que despreciar, odiar, envidiar o burlarse de nadie, por el contrario, habría que procurar ocuparse de sí y, en la medida de lo posible, ayudar a los demás por la guía de la razón, nunca por mera misericordia. Finalmente, y aquí sale a relucir el “espíritu republicano” de Spinoza y su colaboración con los hermanos de Witt en contra de la corona, el autor aconseja asumir esta doctrina por su utilidad para la sociedad civil, ya que contribuye a que los ciudadanos no sean siervos sino que hagan racionalmente, libremente, lo mejor.
Ahora bien, vale aclarar brevemente aquí la noción de libertad, y su relación con el entendimiento o la racionalidad, que subyace a la filosofía de Spinoza. En primera instancia, es preciso señalar que habitualmente manejamos una noción de libertad, que ha dominado el pensamiento occidental, la cual encuentra en Agustín una formulación consistente, pues para él la libertad queda supeditada al margen de acción que se desprende de la capacidad de obrar acorde o en contra de la razón. A esto es a lo que se le denomina el carácter absoluto de la voluntad. En segunda instancia es posible evidenciar, en la filosofía de Spinoza, una noción alternativa de libertad que queda supeditada al entendimiento. Para Spinoza, de manera opuesta a la primera definición, sólo se es libre en la medida en que se actúa racionalmente, obrar en contra de la razón es obrar en contra de la propia naturaleza. En otros términos, cuando se obra contra la razón se actúa contra la propia naturaleza, lo que significa que no hay libertad (o “voluntad”) sino mero padecimiento de influencias exteriores. Pero la razón, o alma, no es una propiedad humana, cada singularidad, “humana” o “no humana”, posee su propio “entendimiento”, a saber, posee una suerte de “sensores” que le permiten elegir las relaciones adecuadas para perseverar en su existencia y aumentar su potencia de actuar. Obrar irracionalmente equivale, por ende, a no perseverar en la propia naturaleza o existencia. En síntesis, mientras para la tradición de raigambre cristiana la libertad está asociada a la posibilidad de obrar acorde o contra la razón, a la posibilidad de decisión voluntarista que redundaría en el pecado y la culpa, para Spinoza obrar en contra de la razón significa la práctica anulación de la libertad, pues la segunda está supeditada a la primera.
De otro lado, tampoco es casual que Spinoza haya decidido mantenerse al margen de la enseñanza institucionalizada y de profesiones que comprometieran su filosofía, esto es, su modo de vida, su práctica filosófica, de ahí que optara por renunciar a su herencia y se dedicara a pulir lentes (Deleuze, 2001). Pero devolvámonos a la metafísica inmanentista, pues es allí donde deviene posible seguir encontrando aristas prácticas a las que quizá no se les ha prestado suficiente atención. Ya decíamos que postular una causa inmanente, sólo dicha causa, instauraba una igualdad ontológica en la que el mundo, en la que las diferentes cosas existentes, no difieren en esencia de Dios, sino que permanecen en él y son su expresión, la expresión de los atributos que le constituyen. Postular una causa inmanente ya es enfrentar una larga tradición jerárquica en donde se ha privilegiado una causa emanativa, es decir, donde de Dios, lo Uno o del Ser emana, en una lógica de progresiva degradación, una serie de multiplicidades hasta finalizar en la diversidad física, corpórea. Para Spinoza, las cosas, los individuos (humanos o no), son la expresión o los modos de dos atributos de Dios: pensamiento y extensión. Y, aunque vale destacar que Dios posee innumerables atributos por cuanto es perfecto en grado sumo (E1P9), lo cierto es que los seres humanos sólo estamos en posición de conocer dos de ellos, ya que sólo esos dos se expresan en nosotros como alma y cuerpo. En todo caso, así como esos dos atributos de Dios, pensamiento y extensión, son iguales ontológicamente, el alma y el cuerpo (los modos expresados) se hallan en un mismo plano, ni el alma se posiciona sobre el cuerpo ni el cuerpo sobre el alma. Cuestión que, asimismo, constituía toda una afrenta a la tradición. Para Spinoza el problema no es cómo hacer que el cuerpo obedezca al alma, pues según él, y esta es la conocida tesis recurrentemente denominada “paralelismo”, todo lo que ocurre en el cuerpo tiene su correlato en el alma y viceversa, ninguno manda sobre el otro (E3P2). Adicionalmente, el problema cartesiano de la unión entre alma y cuerpo es solucionado, pues ambos son manifestaciones de una única substancia.
Spinoza se pregunta indirectamente, por ende, ¿cómo vivir en tanto modo de ser y no en tanto substancia entre substancias? Las prácticas de vida difieren radicalmente si consideramos a los seres humanos como modos y no como substancias en sí mismas o bajo categorías universales, trascendentales, del tipo “animal racional”. Para Spinoza, de entrada, la única substancia es Dios, como ya dejamos claro, y, además, los universales como “animal racional” son meros productos de la imaginación, ideas inadecuadas:
“De causas similares han surgido también las nociones llamadas universales, como “hombre”, “caballo”, “perro”, etc., a saber: porque en el cuerpo humano se han formado simultáneamente tantas imágenes —por ejemplo, de hombres— que la capacidad de imaginar queda, si no del todo, sí lo bastante desbordada como para que el alma no pueda imaginar las pequeñas diferencias entre los seres singulares (…), ni tampoco el número preciso de ellos, y sólo imagine de un modo distinto aquello en que todos concuerdan en la medida en que afectan al cuerpo (…), y eso es lo que el alma expresa con la palabra “hombre”, predicándolo de infinitos seres singulares (…) Ahora bien, debe notarse que esas nociones no son formadas por todos de la misma manera, sino que varían en cada cual a tenor de la cosa por la que el cuerpo ha sido más a menudo afectado, y que el alma imagina o recuerda más fácilmente. Quienes, por ejemplo, hayan reparado con admiración, más que nada, en la bipedestación humana, entenderán por la palabra “hombre” un animal de posición erecta; pero quienes están habituados a considerar otra cosa, formarán de los hombres otra imagen común, a saber: que el hombre es un animal que ríe, un bípedo sin plumas, un animal racional” (E2P50S1).
En mi opinión, resultan de enorme actualidad práctica las anteriores aseveraciones de Spinoza, pues aún hoy muchos filósofos tratan de encontrar un universal bajo el cual las singularidades humanas existentes puedan ser cobijadas, ya sea un universal que remita, por ejemplo, al lenguaje o a los genes. Para Spinoza no hay ninguna potencia que deba pasar al acto, y no existe ninguna esencia universal a desarrollar o efectuar. Cada singularidad humana, entendida como compuesto de relaciones, como compuesto constituido por otras singularidades, hállese en el estado que fuere, se encuentra efectuando su propia potencia en un momento concreto y no tiene una finalidad que desplegar (en el sentido de una abstracta esencia universal a efectuar). Todos los existentes son perfectamente naturales en el estado que se hallen, y sólo en la medida en que se esfuercen por aumentar su propia potencia de actuar pueden aumentar su perfección, pues afirmar la propia potencia es afirmar la potencia de Dios.
Quizás la filosofía de Spinoza devela aquí otra veta práctica tremendamente actual: frente a quienes quieren delimitar patrones que constituyen límites entre la normalidad y la anormalidad, monstruosidad o “anti-naturalidad” de los individuos existentes, podría decirse, desde esta ontología inmanentista, que ninguna singularidad es anti-natural, todas son perfectamente naturales, lo que varía es su composición. Spinoza desplaza la pregunta por lo que es un individuo hacia lo que puede: dada una composición, ¿qué puede esa composición?, ¿con qué relaciones el compuesto aumenta su potencia de actuar y cuáles la disminuyen?, ¿qué puede soportar y hacer un compuesto de relaciones en determinado momento? Esas son las interrogantes que a Spinoza le interesan. Si hay una esencia es la potencia en acto, es el perseverar en el ser (con miras a aumentar la potencia de actuar). Por otro lado, el papel del sabio ya no es el de develar las esencias a las que los individuos se deben o no ajustar, el filósofo ya no puede ser el juez de la existencia, como tampoco quien revela la esencia del Bien y la del Mal a las que es menester acatar. Es más, podríamos profundizar en este punto y decir que, como afirma Deleuze en su lectura superpuesta de Spinoza y Nietzsche, los sacerdotes son los hombres más “impotentes”, pues al no poder dar razones, se alojan en “la voluntad de Dios, ese asilo de la ignorancia” (E1A). Los sacerdotes se presentan como intérpretes de la voluntad de Dios, lo que les confiere una especial capacidad para juzgar la vida de los demás. Asimismo, estos personajes, y en dicho aspecto convergen con los reyes a quienes también Spinoza llama “hombres impotentes”, se sirven comúnmente de la tristeza, cultivan la tristeza, fomentan la proliferación de las ideas inadecuadas, de supersticiones, y generan sentimientos como la culpa, muy relacionada con la ilusión del libre albedrío; hacen todo esto para afianzar su propia autoridad.
El Bien y el Mal, como nociones trascendentales, son productos de la imaginación, desde el punto de vista de los diversos modos sólo puede hablarse de “lo bueno” y “lo malo”, entendiendo por estas nociones aquello que aumenta o disminuye la potencia de actuar. Ahora bien, es pertinente precisar que una organización social puede establecer unos parámetros en torno a lo bueno y lo malo, pero esos parámetros son, justamente, producto de la organización social, no valores trascendentales fijados de antemano. Además, el objetivo de cualquier asociación humana consiste en posibilitar el mayor potenciamiento de las singularidades en cooperación, establecer la concordia y facilitar la felicidad del mayor número de sus miembros. Razón por la cual está en manos de la comunidad velar por los pobres: “Un solo hombre no tiene bastante capacidad para hacerse amigo de todos; por ello, el cuidado de los pobres compete a la sociedad entera y atañe sólo al interés común” (E4A17). ¿No es esto de una impresionante actualidad práctica en un mundo donde imperan arreglos sociales que insisten en el no asistencialismo y la competencia entre supuestos “individuos libres y responsables de sí”? También sería de gran utilidad recordar que, a diferencia de Hobbes, Spinoza no piensa que la potencia es alienada absolutamente en el momento de establecer un contrato o pacto social, es más, el pacto es reversible. Siendo así, aprovechando el filo crítico que puede tener hoy la filosofía de Spinoza, ¿no resultaría incluso pertinente invocar la potencia constituyente de la multitud de singularidades debido a que el arreglo social, el pacto al que parecemos estar ineludiblemente sometidos, es cada vez más despotenciador e inequitativo para grandes masas de la población? A esta pregunta, actualizando a Spinoza, autores como Antonio Negri (1993) responden de manera afirmativa.
A manera de conclusión, basta añadir que hay quienes perciben en el inmanentismo de Spinoza un clásico desprecio ontológico frente a los modos, pues al no ser substancias diferenciadas, sino expresiones de una única substancia, serían meramente pasajeros, y en ese sentido “in-sustanciales”. En contraste, me atrevería a asegurar que dicha “insustancialidad” de los modos es lo que configura a la filosofía de Spinoza como una filosofía práctica en grado sumo para él. Para el filósofo holandés todo se halla en continua transformación, los cuerpos se componen de relaciones de movimiento y reposo, unos afectan a otros, unos se componen con otros y unos se descomponen con otros, y todo individuo está constantemente efectuando su potencia, sea a través de afectos que la aumentan o disminuyen. Si Spinoza titula su libro cumbre Ética y no Metafísica es en razón de que le llama la atención el devenir de los modos, su comportamiento. La ética propuesta, si es asumida como ethos, si se trae a colación uno de sus pertinentes significados clásicos, se ocupa del comportamiento, es decir, de los modos de ser y sus vaivenes. La Ética adquiere plena relevancia en un contexto situacional, de experimentación, donde la solidez se desmorona y nos vemos en la necesidad de experimentar. El “esfuerzo de la razón” es precisamente ese esfuerzo por seleccionar y distinguir lo que proporciona alegría, lo que aumenta nuestra potencia de actuar, de lo que reporta tristeza, y sólo se selecciona en un escenario cambiante.
Referencias
Deleuze, G. (2001). Spinoza: filosofía práctica. Barcelona: Tusquets.
Deleuze, G. (2008). En medio de Spinoza. Buenos Aires: Cactus.
Negri, A. (1993). La anomalía salvaje: ensayo sobre poder y potencia en Baruch Spinoza. Barcelona: Anthropos.
Spinoza, B. (2001). Ética demostrada según el orden geométrico. Madrid: Alianza Editorial.


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