En tiempos de campaña electoral permanente, la crítica a los gobiernos progresistas comienza a ser tratada como una amenaza y no como una práctica necesaria para la transformación. Este artículo interroga el lugar real que se les concede a los medios independientes dentro del llamado “gobierno del cambio” y cuestiona la preferencia por amplificar los relatos de los medios hegemónicos. Más que una disputa comunicativa, lo que está en juego es si puede existir una transformación política sin conflicto, sin crítica y sin voces incómodas.
Vivimos tiempos de campaña permanente. Falta poco para nuevas elecciones y, sin embargo, parece que nunca dejamos de estar en campaña. Los días que transcurren se vuelven cada vez más determinantes y, con ellos, afloran los aplausos, las defensas cerradas o la propaganda –a favor o en contra– del progresismo que hoy gobierna. No son pocas las ocasiones en que se señala a quienes, supuestamente, “no apoyan lo suficiente” o “le hacen el juego” a los adversarios por ejercer la crítica. En este contexto, se vuelve urgente para el Gobierno presentar su mejor relato con miras a revalidar la continuidad de un próximo gobierno del cambio. Y para ello, la crítica no siempre es bienvenida: incomoda, estorba, introduce matices donde se reclama alineamiento. Aquí aparece un problema de fondo que no puede eludirse: ¿es posible un proceso de cambio sin crítica?, ¿la apuesta por la vía institucional termina convirtiendo la crítica en un obstáculo antes que en una condición de transformación?



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