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Tintoba Chiquito, Boyacá. El carbón, un imperio sin dios ni ley

Tintoba Chiquito, Boyacá. El carbón, un imperio sin dios ni ley
El capital odia la ausencia de ganancias o una ganancia mínima… Si la ganancia es conveniente, el capital se muestra valiente… un 20 por ciento se entusiasma; un 50 por ciento es de una temeridad demencial; el ciento por ciento pisotea toda ley humana; con el 300 por ciento no hay crimen que no se atreva a cometer…  J. F. Dunning

El tiempo y la explotación del carbón cambiaron la historia de Tintoba Chiquito, corregimiento de Jericó, comunidad campesina habitada por 15 familias, unas 60 personas. Varias casas hechas de piedra y barro –con teja también de barro– son huella de una última generación guardiana de sus costumbres: ancianas y ancianos de palabra y convicción firme, de ruana y sombrero, que libraron una ardua batalla –quizá la última– contra el paso del tiempo; resistiendo a la moda, la revolución de las ideas y al avance tecnológico.

De los viejos, hoy viven pocos. Una mujer, asediada por un asma brutal, recuerda cómo, de niña, el carbón salía a flote y abundante de la tierra. Desde entonces, ella supo que el carbón cambiaría la historia de su vereda. Todavía vivían sus padres, Gorgonio Paredes y Teodolinda Barrera, ‘doña Tioda’ dueños de La Hornilla, finca donde se explota carbón desde hace unos cuatro años.

La historia de la anciana cuya enfermedad “se agrava por el polvillo del carbón”, es la misma de las familias cultivadoras de trigo, maíz, papa y verduras en esas tierras áridas; y de criar chivos y gallinas. Con la venta compran sal, panela, aceite, limones y café. Antes, las mujeres tejían ruanas, identidad de la región.

La historia comunitaria empezó con la llegada de geólogos e ingenieros que, guiados por gente del municipio, hicieron estudios técnicos en etapa de exploración. La explotación de “La Hornilla” y “Los Arrayanes” empezaría dos años después.

Ahora, las nuevas generaciones ven edificaciones de bloque, cemento y cinc. Llegó la TV, el DVD, sonido y celulares. Pero también el licor, en el cual ‘invierten’ los mineros. Se cambia poco a poco el rosario y la lectura de la Biblia por la guaracha, la parranda, las telenovelas. Los tintobanos asisten al auge tecnológico-industrial, con su colosal maquinaria (retroexcavadoras, volquetas, taladros, motobombas, plantas eléctricas) que rompió el silencio de una región “olvidada por el Estado y la administración municipal”, dicen. “A uno le quitan parte de su vida cuando destruyen su tierra con tanta veta y carretera”, sentencia una nieta de don Gorgonio, que murió sin disfrutar la enorme riqueza de su finca.

Tintoba Chiquito: “La Cenicienta” de Jericó

Hasta hace 22 años, Tintoba Chiquito sobrevivió a cinco derrumbes que arrasaron tierras fértiles y unas viviendas. Del penúltimo derrumbe (1980) surgió la Laguna Tintoba Chiquito y varias leyendas, como la gallina con 11 pollitos amarillos y una gran serpiente de oro. A ello se suman veranos de hasta cuatro años que dejaron desolación y pobreza. Uno de esos veranos es atribuido a la maldición de Luis Francisco Pinto, párroco expulsado por los últimos caudillos de abolengo. El ‘reverendo’ siguió el Evangelio: “Donde no fueres bien recibido, quítate los zapatos, sacude el polvo de tus pies y maldice a este pueblo”. Entonces, Tintoba Chiquito carecía de servicios básicos y escuela; la que hoy existe se hizo apenas en los 80, mientras las demás veredas ya tenían la suya unos 20 años antes.

En 2005, al empezar la explotación de carbón, ya había carretera y luz eléctrica en Tintoba Chiquito. La carretera fue posible gracias a los campesinos, quienes con trabajo y decisión ayudaron al buldózer en los pasos difíciles y se opusieron a suspender el trabajo proyectado cuando la vía estaba a mitad de camino. “Les hicimos la carretera y ahora ellos, dueños de concesión y sus amigos, son los ‘amos’ y tenemos que rendirles pleitesía”, dice con ironía un morador de 60 años.

Quién se beneficia del carbón

Hoy el carbón sale abundante. Tintoba Chiquito es una vereda muy rica aunque poblada por gente empobrecida que apenas empieza a entender cómo el oro negro se esfuma, dejando un enorme deterioro ambiental, menos fuentes de agua, tierras improductivas, divisiones y rencillas, y un gran beneficio para quienes lo explotan. A costa de la minería, los concesionarios adquieren vehículos, fincas y viviendas urbanas: “Sus ganancias aumentan desproporcionadamente, mientras acaban con la tierra y el agua”. En 2007 y parte de 2008, la tonelada de carbón llegó a 350.000 pesos. Entonces salían 40 ó 60 toneladas diarias, y al dueño de predio le pagaban 1.500 pesos, hoy ‘elevados’ a 3.500.

Eduardo García Suárez (Ingeominas le dio permiso de explotación bajo contrato de concesión FD6-093, de La Hornilla), afirma que la minería es una opción para superar la pobreza, “pero es muy costosa; no son muchas las ganancias”. Éstas “son para los dueños de la concesión; la comunidad no recibe ni un 0,5 de las utilidades”, dice Juan de Jesús Hernández, quien con Pedro Paredes y otros reclama condiciones más acordes con las normas ambientales y mejor remuneración para los dueños de los predios. Como otros jóvenes, salieron de la región en busca de oportunidades; al regresar, advirtieron lo que se venía con la explotación del carbón. “Nadie hizo caso”, recuerdan.

En enero de 2007, Paredes y Hernández, apoyados en otros, bloquearon la carretera exigiendo mejoras. Reclamaban con autorización de sus mamás, Luisa María Paredes y Rosana Paredes, herederas directas, para representarlas y lograr negociaciones en defensa de sus derechos. Pero la policía los desalojó. Desde entonces, según ellos, reciben amenazas y agresiones de los dueños de concesión y las autoridades. “El alcalde me dijo que yo era bruto e ignorante”, dice Pedro.

Eduardo García (alcalde en 1988-1990 y 1995-1997) entabló ante la Alcaldía un amparo administrativo por perturbación minera contra Juan de Jesús y Pedro. La administración falló a su favor, pero los líderes tintobanos cuestionaron al Alcalde por exceso de autoridad y favorecimiento al emitir el fallo: “Quienes explotan el carbón financiaron su campaña electoral; se arreglan entre ellos y la comunidad lleva la peor parte”, afirma Juan de Jesús.

Argüello sostiene que no ha agredido ni amenazado a la comunidad. “No se le hizo favor político a nadie; como Alcalde, debo acatar y hacer cumplir el Código Minero (Ley 685 de 2001). Se falló a favor de quien tenía sus papeles en regla para la explotación”. García, por su parte, dice: “No he sido agredido ni he agredido… El Estado me entregó la concesión de una parte de Tintoba Chico; he tratado de que la gente se beneficie. Lo que pasa es que a veces reina la incomprensión”.

A quién beneficia la minería

Paredes afirma que la actividad minera viola la intimidad de quienes viven en la casa paterna de La Hornilla por la cercanía del campamento, “a 10 metros de la casa paterna, y aquí no hay sanitarios”. Freddy Suárez Vargas, personero, dice que no hay denuncias por violación de derechos humanos pero sostiene que la legislación no favorece a los dueños de predios, que “deben ceder los terrenos donde hay carbón para su explotación bajo las condiciones que imponga el dueño de la concesión minera”.

Hernández y Paredes dicen que la única entidad que los apoya en algo es la Personería. La Procuraduría concedió medidas de protección, “pero las autoridades protegen a los dueños de concesión; nos amenazan y nos tratan de delincuentes”. Ante Ingeominas Boyacá pidieron permiso de explotación, que luego de pagar les negaron.

En efecto, el artículo 250 del Código Minero contempla la asociación de campesinos para adquirir licencia de explotación minera. “Las asociaciones comunitarias se beneficiarán de las prerrogativas especiales previstas en el presente Código”. Pero, según el Personero, “la gente puede organizarse, crear asociaciones, pero es muy difícil que el Gobierno les otorgue la concesión. Me atrevo a decir que se mueven muchos intereses para adjudicar zonas mineras”. Esto, con base en testimonios de quienes han solicitado áreas de explotación.

Hernández cree que el Código Minero no se hizo a favor de la comunidad y los dueños de predios sino para el tráfico de influencias políticas, económicas. “Además, por humildad y falta de conocimiento, la gente siente miedo de reclamar sus derechos. Quienes tienen la licencia de explotación intimidaban; decían que si no entregaban sus predios a las buenas, los sacaban por las malas”.

Otros dicen que el carbón contamina el aire, el agua y la conciencia de la gente. “Me duele que se lleven las riquezas de mis abuelos y deterioren la finca que nos dejaron”, dice una nieta de ‘doña Tioda’. Eduardo García explica que no es usurpación. “El carbón es del Estado. Con la gente se pactó una servidumbre minera y se le paga por el permiso de explotación, lo mismo que a quienes trabajan”.

Según Paredes, el carbón es del Estado “pero quienes lo explotan se llevan la riqueza; a la comunidad le toca lo peor: contaminación, deterioro ambiental, daños en salud, violación de derechos. Pagan un porcentaje irrisorio, sin tener en cuenta a la comunidad; los beneficios son casi nulos, el 1 por ciento de los trabajadores es de acá y forastero el resto”.
Para la administración, la minería “genera empleo, movimiento económico e ingresos para los dueños de predios”, dice el alcalde Argüello, pero admite que los concesionarios se lucran pero no hacen inversión social en Jericó. “Si de verdad hay tales beneficios, ¿cómo es posible que la vereda que más le genera regalías al municipio carezca de acueducto, que algunas viviendas no tengan luz eléctrica y que falte un profesor para la escuela?”, pregunta la nieta de don Gorgonio.

Argüello asegura que habrá acueducto y electricidad para la vereda. “La administración adelanta un proyecto que lleve agua de consumo humano a Tintoba Chiquito en 2009, y habrá electrificación para las familias que no la tienen”.

“La sabiduría ha construido su propia casa”

El reclamo de la madre de tres niñas contrasta con el eslogan de la escuela, Tintoba Chiquito: “la sabiduría ha construido su propia casa”. En 2008, unos 15 estudiantes perdieron el año porque la profesora se enfermó en octubre y no hubo reemplazo. La comunidad presentó memoriales sin lograr respuesta. Según el Alcalde, en 2009 no se presentará este problema, pues él solicitó un docente a la Secretaría de Educación: “No se pudo concluir el año lectivo por falta de recursos, a la profesora le daban incapacidad de 8 ó 10 días, y así no se le podía reemplazar”.

Hoy, la morada de la sabiduría es un templo sin maestro y abandonado. Sus paredes están averiadas, el jardín se marchitó, la cocina es un desorden aterrador… No se sabe si es falta de interés de la Secretaría de Educación de la administración municipal, o si la portentosa dama, la sabiduría, descuida su obra.

El agua y las costumbres se van

Las pocas fuentes –claras y utilizables– que quedaron son hoy turbias e infectas. “Algunas ya se secaron” corrobora Pedro Paredes. Otra mujer predice que “en 10 años no habrá agua”. El concejal Humberto Paredes sostiene que Tintoba Chiquita es una vereda rica en minerales, “pero estamos preocupados con la extrema pobreza de sus habitantes, el abandono, la destrucción de tierras y fuentes, la contaminación… Tenemos la esperanza y el reto de que la situación mejore”.

La minería parece haber afectado las costumbres de la región. ‘Doña Tioda’, mujer de temple, fallecida hace siete años, fue una de las últimas hilanderas. “Después de su muerte no hay quien hile; la minería lo dañó todo”, dice una señora.

La Corporación Autónoma Regional de Boyacá manifiesta que si la comunidad se siente afectada en materia ambiental y sobre todo la disminución de sus recursos hídricos puede solicitar una visita de verificación ante nuestra entidad para asesorarlos y acompañarlos en sus reclamos.  

Los mineros

La explotación de carbón se hace subterránea. Se abre la veta (túnel) y, para avanzar, se tranca con parales (trozos de madera redonda) verticales a los lados, soportando las repisas que van en la parte alta y sostienen el peso de la roca. El trabajador saca el carbón en carretilla hasta la entrada de la veta, donde lo recoge el coche jalado por un malacate, polea a fuerza de motor, manejado por un operario desde un punto fijo, que lo lleva a la tolva, lugar donde se almacena el carbón.
En la misma veta trabajan dos o tres personas, quienes separan las capas de carbón de las de sipa (roca), “proceso que se llama intercalación”, explica un minero; cada capa mide entre 20 y 40 centímetros. Para dominar la oscuridad, llevan lámparas de mercurio con baterías recargables. Después de unas 12 horas de trabajo fuerte, el minero saca de una a tres toneladas de carbón, por cada una de las cuales recibe un pago de 17.000 pesos, y debe pagar su alimentación.

La administración municipal advierte sobre problemas de salud y riesgos generados por la minería: “Hay casos –dice Argüello– en que les ha caído una roca encima; algunos quedan inválidos o pierden la vida”. En noviembre de 2008, en La Hornilla, un trabajador de 27 años sufrió un accidente, cuyo golpe le afectó la columna vertebral y hoy permanece en silla de ruedas.

“Esto es preocupante –afirma el personero Suárez. Mi oficina ha visitado varias veces a Tintoba Chiquito para escuchar a la comunidad y presionar a los mineros, que deben legalizarse frente al pago de prestaciones sociales… El trabajador debe asegurarse para que, en caso de accidente, se le responda por la indemnización o la pensión a que tiene derecho”.

Al minero parece no importarle mucho el estar en una mina, sofocado por el calor, el olor nauseabundo y la piquiña que produce el polvo del carbón, y abrumado por la incomodidad y la oscuridad. La fatiga de una semana de actividad se olvida cuando llega a la cantina ofreciendo ‘trago’ para todos. Pocos ahorran y piensan en el futuro. Algunos dicen que hay que aprovechar el cuarto de hora y que la minería debe tomarse como actividad temporal. “Si uno trabaja mucho tiempo en las minas acaba con la vida y la salud, pues recibe cisco (polvillo del carbón) en ojos y los pulmones. El cisco le deja las vistas rojas y ardorosas y afecta los bronquios, el agua que hay en las vetas produce alergia y un diminuto brote rojo”, dice un joven.

Clamor de una comunidad

En medio del afán por la preservación de su tierra, su vida, su cultura y sus escasas fuentes de agua, los habitantes de Tintoba Chiquito lanzan un clamor, de cuya acogida dependerá la destrucción o la supervivencia comunitaria. Pedro y Juan de Jesús, líderes opositores, describen la zona vulnerable al deterioro ambiental y de difícil recuperación. A ellos se suma la voz de protesta de la nieta de ‘doña Tioda’: “Si hoy esta tierra no produce cultivos, qué será en 30 años, cuando le hayan sacado a la tierra la energía que produce el carbón”.


Recuadro

La reina de las alturas y del municipio

El águila extendió sus alas, olfateó su presa, acarició sus polluelos y surcó la Cordillera Oriental. Las cúspides montañosas le ofrecieron comida y libertad de vuelo. La soberana de las alturas se detuvo en las montañas de un pueblo soporífero y de tradición conservadora que aún muestra disputas políticas. Allí forjó su nido, crio sus polluelos y se quedó para proteger a ‘la gente de las alturas’. La leyenda dio vida al municipio de Jericó, a una altura de 3.140 metros, al norte de Boyacá.

Pero el ave, símbolo de libertad para los jericoenses, no protegió a los laches, primeros pobladores del lugar que fueron arrasados por Hernán Pérez de Quesada, quien en 1560 llegó en busca del santuario Casa del Sol, donde los indígenas adoraban a sus dioses y guardaban el oro.

Hoy, Jericó es un pueblo católico “pero sin oro; los españoles se lo llevaron casi todo”. De oro sólo queda la custodia del templo. Desde su constitución como municipio (octubre 21/1821), Jericó se identifica como “nido de águilas, cuna de gente amable y paisajes ensoñadores”. La explotación de carbón, el comercio; el cultivo de papa, cereales, hortalizas, leguminosas y alfalfa; la ganadería en menor escala y la crianza de chivos (ovinos y caprinos) mueven la economía del lugar.

* Comunicador Social Periodista, Egresado. Universidad Minuto de Dios

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