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Los jóvenes, frustrados y furiosos

De los levantamientos populares acaecidos en el norte de África y Oriente Medio, la prensa internacional ha coincidido en remarcar dos aspectos: de un lado, la fuerte presencia juvenil en las revueltas, y, del otro, la supuesta motivación centrada en el antiautoritarismo y la consecuente búsqueda de “libertad” y “democracia”. Pues, bien, sobre el primero de los hechos no cabe duda, pero, en cuanto a las motivaciones, parece que la mayoría de los análisis quisieran hacer a un lado las condiciones socio-económicas que han sido en realidad el caldo de cultivo material en el que se han incubado las protestas.

En ese sentido, la inmolación del joven Mohamed Bouazizi, en la localidad tunecina de Sidi Bouzid, y que fue la chispa que dio comienzo a las revueltas que en ese país dieron al traste con el régimen, ha sido despojada de su verdadero sentido. Que el sacrificado fuera titulado en informática y no resistiera que la policía le decomisara su puesto de frutas, que se había constituido en el único trabajo al que había podido acceder, fue poco a poco convirtiéndose en una situación anecdótica en las reseñas sobre los disturbios que se desataron en Túnez, que se independizaba de las condiciones en las que se encuentra sumida la mayor parte de la juventud de ese país.

El tratamiento mediático dado al caso de Egipto parece distinto, pues los protagonistas juveniles que ha querido destacar la prensa internacional, Kaled Said, muerto a golpes por la policía el 6 de abril de 2010, por colgar en su blog un video en el que se veía a algunos policías repartirse cocaína y dinero confiscados a la delincuencia, y Wael Ghonim, ejecutivo de Google, que crea una página en la red social Facebook en homenaje al sacrificado y que denomina “Todos Somos Kaled Said”, dan la impresión inicial de que, en la nación de las pirámides, la motivación de las revueltas se reduce a la lucha contra el autoritarismo y tiene como únicos protagonistas a jóvenes de la clase media occidentalizados. Sin embargo, con ese realce se vela que movimientos como el Seis de Abril, que tiene entre sus cabezas visibles a Ahmed Maher, viene actuando desde 2008, y consideran, por ejemplo (a diferencia de los jóvenes de la Hermandad Musulmana), que la particular relación de Egipto con Israel es tan solo un síntoma de problemas mayores, como la dependencia del país y la corrupción ligada a ella, siendo entonces el objetivo central de la protesta la búsqueda de transformaciones radicales en la estructura social y económica de la nación.

Si se observa la situación del empleo, se entiende por qué el levantamiento de Túnez fue seguido tan rápidamente por el de Egipto y que las fuertes tensiones en Jordania, Argelia y Yemen, entre otros países de la región, son manifestación de una misma motivación social (ver la tabla sobre la situación del empleo). En igual forma, deja de extrañar que a la Coordinadora de los diferentes movimientos juveniles en Egipto se le haya dado el nombre de Coalición del Levantamiento de la Juventud Furiosa.

No es para menos. Las tasas de desempleo en Medio Oriente y el Norte de África son las mayores del mundo, tanto si se mira el conjunto de la población como si se observa el rango de los más jóvenes. En estas regiones, además, la tasa de participación de personas empleadas (sobre la población en edad de trabajar) es la más baja, así como la tasa de participación de los jóvenes en el mundo laboral. Remarcar, pues, el carácter autoritario de los regímenes en crisis y tratar de reducir las razones de las revueltas a esa condición, no es más que otro esfuerzo de desinformación de los medios, y un intento de esconder que la situación de estos países es producto de las medidas de desregulación de las economías y de la imposición del capitalismo salvaje. La prensa ha querido buscarles paralelos a estos movimientos y busca asociarlos con las manifestaciones que en 1989 derrumbaron el llamado “socialismo real” en los países de la Europa del Este, cuando en realidad son la continuación de las revueltas contra el hambre que en 2008 tuvieron lugar en Indonesia, Mauritania, Marruecos, Yemen, Guinea, Mozambique, Senegal, Camerún, Burkina Faso y Haití, entre otros países.

Razones de la ira

En diciembre de 2009, la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró el período que va del 12 de agosto de 2010 al 12 de agosto de 2011 como el Año de la Juventud, bajo el lema de “promover el diálogo y el entendimiento”. Sin embargo, las razones de fondo tenían que ver con la preocupación que surgió al finalizar 2009, año en que, según las cifras de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la población de jóvenes desempleados (entre los 15 y 24 años) alcanzó la cifra de 81 millones, la mayor hasta ese momento, con una aceleración del desempleo juvenil nunca antes visto.

En efecto, entre 2007 y 2008, el número de jóvenes desempleados había aumentado 1,1 millones, mientras entre 2007 y 2008 la cifra se disparaba a 6,7 millones más. Eso, comparado con la variación promedio de los 10 años anteriores a la crisis (1997-2007), en los que el número de desempleados juveniles había aumentado a un ritmo de 191 mil por año, se convertía en algo escandaloso. La situación más que justificaba la alarma y la necesidad de poner el fenómeno sobre el tapete.

Que en el mundo las tasas de desempleo de los jóvenes superen por más de dos veces y media la de los adultos (en regiones como Oriente Medio y África del Norte, la relación es casi de 4 a 1) es señal de un sesgo estructural contra la ocupación de este grupo de personas. Entre los motivos que con más frecuencia se esgrimen para explicar tal situación, se señala la “falta de experiencia” y, ¡vaya paradoja!, la sobrecapacitación que conduciría a una mayor inconformidad de las personas de menor edad con su situación laboral, y, por tanto, a una disposición a marginarse del trabajo asalariado. Ahora bien, resulta claro que, en el llamado mercado del trabajo, son las condiciones de la demanda (las necesidades del capital) lo que determina las formas que asume la oferta (las habilidades y conocimientos del trabajador), siendo finalmente el capital lo que termina gestionando la ‘formación’ de la fuerza de trabajo a través del Estado. Es ésta una razón de más para considerar muy forzado el argumento de que el desempleo juvenil proviene de la desconexión entre los jóvenes y los empleadores (los capitalistas), y que basta con que estos últimos sepan de la existencia de los primeros, y viceversa, para que el desempleo juvenil disminuya.

El acelerado aumento de la relación capital-trabajo en el sector primario y la industria, y la consecuente disminución del porcentaje de ocupación de fuerza de trabajo en esos sectores, ha terminado por desvalorizar algunas condiciones que antes favorecían a los jóvenes para cierto tipo de empleo en estas ramas de la economía, que requerían condiciones físicas especiales, propias de esa edad. También, quizás, una más tardía adquisición de compromisos de crianza de hijos los hace actualmente menos dóciles a las disciplinas del capital, dándole un sesgo negativo a la demanda por sus servicios. Ahora bien, es claro que el conjunto de razones que ha hecho de la fase actual del capitalismo una etapa de marginación laboral de la juventud va más allá de esos aspectos, pero es algo que se escapa a un texto periodístico.

Las marchas de los jóvenes europeos en apoyo a las protestas de los trabajadores contra la ampliación de la edad de jubilación no es tan solo un simple gesto de solidaridad intergeneracional, pues es claro que un aumento en la duración del ciclo laboral de los adultos representa menos oportunidades de empleo para los jóvenes y restricciones mayores a la innovación. Que sea precisamente en el Año de la Juventud cuando se inicia una ofensiva para alargar el número de años laborados que se requieren para una pensión, no es más que un contrasentido que muestra los niveles de esquizofrenia a los que ha llegado la lógica capitalista.

Las barbas en remojo

Uno de los mitos que se esgrimen como condición de la empleabilidad es el del nivel educativo. Se argumenta que nos encontramos en una supuesta etapa de “capitalismo cognitivo”, en el que las habilidades intelectuales son una condición necesaria para acceder al mundo laboral. Sin embargo, si miramos el ejemplo de América Latina, que no es atípico comparado con el resto de regiones del mundo, podemos observar que las evidentes ventajas en la escolarización de los jóvenes, frente a las generaciones que los precedieron, no les han garantizado un acceso mayor a los espacios de trabajo.

Pese a que los jóvenes tienen en promedio 9,3 años de estudios frente a 8,6 de los adultos, y también a que el 65 por ciento ha accedido al bachillerato contra el 37 de los mayores, las cifras de su desempleo son abrumadoramente superiores. Y, si se mira en el interior del grupo de jóvenes la particular condición de las mujeres, es claro que éstas superan la escolaridad de los hombres. Mientras de éstos el 78 por ciento ha llegado al nivel de bachillerato o la educación superior, ese porcentaje se eleva al 82 en las jóvenes. El promedio de años de estudio de las mujeres (9,6) es también mayor que el de los hombres (9,1), pese a lo cual la remuneración de las trabajadoras es sustancialmente menor que la de los trabajadores, así como las tasas de empleo (mientras en el sector urbano la tasa de desempleo de las mujeres jóvenes es del 19 por ciento, en los hombres es ‘apenas’ del 13).

Es claro entonces que la discriminación laboral va más allá de las condiciones de cualificación. En el caso de las mujeres, además de factores culturales (en 2005, en el Norte de África, el 78,4 por ciento de las mujeres jóvenes estaba inactivo), pesan los de fuga obligada de la disciplina del trabajo por períodos relativamente importantes, como es el caso de las licencias de maternidad, por lo cual es palabrería vana reducir el mercado de fuerza de trabajo a simples vectores económicos o de “dotaciones” del “capital humano”, desconociendo los elementos involucrados en la docilidad del manejo del cuerpo y la vida de los trabajadores por parte del capital.

Que en nuestra región el 20 por ciento de los jóvenes ni estudie ni trabaje, y que, además, según la Organización Mundial de la Salud, ocupe el primer lugar como el grupo que padece el mayor número de muertes por violencia, es un campanazo de alerta que nos obliga a dejar de mirar los sucesos del Norte de África y Oriente Medio como hechos exóticos. De tal suerte que es una tarea abierta para los movimientos alternativos propiciar que nuestros jóvenes (y en general los del mundo entero) entiendan cómo los motivos que impulsaron a sus pares norafricanos no les son extraños, pues las diferencias son únicamente de grado.

Una juventud realmente furiosa y concientizada parece ser la esperanza de un verdadero cambio.

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