“A palabras necias, oídos sordos”, dice la sabiduría popular cuando alguien pronuncia improperios, expresa necedades o simplemente dice cosas que no corresponden a la verdad. Seguir este consejo evita discusiones innecesarias, que de seguro no llegarán a parte alguna. Pero cuando esas palabras provienen de un Presidente, que además es la cabeza del cambio prometido a un país, el consejo popular no es procedente. Es más: se debe desatender con el sano y necesario propósito de llamar su atención, como la de quienes le rodean, para tomar nota sobre procederes que se deben superar.
No es para menos, y así lo demanda la desafortunada declaración del presidente Gustavo Petro del pasado 2 de septiembre, cuando, al referirse al nuevo proyecto de reforma tributaria cuya aprobación espera del Congreso, y las preocupaciones manifestadas por amplios sectores sociales al conocerse que, de salir adelante la misma, la gasolina incrementaría su precio, aseguró: “Cuando decimos que impuestos a los vehículos de alto cilindraje le ponemos impuesto a la gasolina, peroel pobre no usa casi gasolina, el que más usa es el de las 4 puertas”.
Si bien es cierto que una camioneta de alto cilindraje consume más gasolina que una moto o un automóvil pequeño, esto no puede llevar a desconocer que las camionetas de cuatro puertas también son objeto de consumo y ostentación por parte de amplios segmentos de la clase media. Al fin y al cabo, el carro, como lo fue en sus primeras décadas, significa no solo un medio de transporte sino que también refleja un consumo clasista: poder tener un objeto, una mercancía, que no todos pueden adquirir. Una mercancía que en muchas ocasiones, seguro por su alto precio o tal vez por el lugar que asume en la vida de su propietario, termina sometiéndolo, poniéndolo a su servicio: lavarlo rutinariamente, cuidarlo como si de una parte de su cuerpo se tratara, disputar con otros, hasta el extremo de poner en riesgo la vida si te lo rayan o si le dañan alguna de sus partes. Mercancía, propiedad, culto, que proyecta el nivel de dominio cultural alcanzado por el capital, realidad aún no comprendida plenamente ni confrontada a cabalidad por quienes pretenden superar el capitalismo.
Henry Ford, al tratar de masificar la máquina producida en sus fábricas, era consciente de ello. De ahí su propósito de reducir el costo de producción del carro al punto de que cualquiera de sus obreros pudiera comprar uno. Tal compra los llevaría a sentirse como si fueran patrones, ya no obreros, mirando por sobre el hombro a quien no tenía uno. Esa masificación vino a concretarse varias décadas después, potenciando el individualismo, la segmentación social y, de manera colindante, la extracción de petróleo y la producción de gasolina. Industria automotriz y petrolera van de la mano.
Aquel es un dominio que abre la paradoja entre, por ejemplo, reconocer la necesidad de confrontar el cambio climático pero no estar dispuestos a reducir al mínimo el consumo de energías fósiles, una expresión pequeña de lo cual pasa por dejar el carro a un lado y privilegiar para la movilidad el sistema de transporte público, pese a lo malo o mediocre del mismo.
Pero también, y esto en relación con segmentos del activismo social, el salto sin dar hacia otras maneras de habitar la ciudad, en este caso, sin vehículos particulares, buscando poner en marcha en todo momento formas colectivas de habitarla y de amoblarla. ¿Cómo minimizar al máximo el individualismo y cómo potenciar al máximo lo común y lo colectivo? Son interrogantes que en su resolución deberían llevar a otras formas de vivir y de ser felices, sin estar al servicio de una máquina.
Volvamos al comienzo de la discusión: “[…] le ponemos impuesto a la gasolina, peroel pobre no usa casi gasolina…”. La expresión presidencial cayó como yunque entre quienes se rebuscan el diario con sus motos, como taxistas y/o como conductores de plataforma. Para cada uno de ellos, que son miles de miles, el motor ya no es para ostentar sino para sobrevivir, en cuyo caso cada peso más en el precio del galón de gasolina es un golpe a sus ingresos. Dos opciones se le presentan: congela el precio de sus tarifas, con lo cual reduce ingresos, o las incrementa, lo que se puede traducir en menor cantidad de gente que solicite sus servicios, perdiendo también.
La del Presidente es una afirmación y un raciocinio que no parece proceder de quien estudió economía. Tal vez, en su afán por equilibrar el desbalance de los 26 billones del presupuesto nacional que hoy pretende recaudar con una nueva reforma tributaria, olvidó sus clases de economía cuando, con seguridad, le enseñaron que algunos bienes “complementarios” sí son transversales a todo el conjunto del sistema, como es el caso de los combustibles fósiles, que, para nuestra desgracia, tienen un efecto sobre el conjunto de los precios. En economías mercantiles, como en el capitalismo, el transporte de los productos es central a todo, por lo cual, sin ser dueños de los vehículos, consumimos combustible cuando adquirimos bienes y servicios, cuyo transporte local es hecho en vehículos de carga pequeños y medianos, movidos por gasolina. No es, entonces, solamente el transporte de personas sino el de bienes el que también sale afectado, y, con esto, el argumento de que “el pobre no usa casi gasolina, el que más usa es el de las 4 puertas”, pierde su sentido.
Afirma el Presidente, además, que la reforma es para gravar a los más ricos, a los que viven de la “especulación” y del “trabajo ajeno”, pero lo cierto es que, en esta ocasión, como en todas las reformas tributarias aprobadas en el país hasta ahora, los sectores populares, en especial la clase media, no pasa indemne.
A esa clase media parece darle la espalda el Presidente con sus destempladas declaraciones. Lo asombroso de tal proceder es que resulta desconociendo dos hechos protuberantes: uno, que la mayoría de los votos que eligieron a Gustavo Petro como inquilino de la Casa de Nariño proceden de ese segmento social, y, dos, que, por tanto, esa clase media que hoy siente que gobiernan sin tomar en cuenta sus intereses, muy seguramente –en porcentaje por determinar en los comicios del 2026– optará por otro/a candidato/a.
El de las cuatro puertas, un segmento de ellos, de “riquitos”, como de manera despectiva alude una y otra vez el jefe de Estado a quienes más tienen, no se opone por principio a un cambio como el que encabeza hoy el Pacto Histórico, con unos giros que no rompen el sistema sino que lo ahondan y mejoran, como, por ejemplo, es el caso de la reforma agraria, que, sin tocar a los terratenientes, entrega algunos miles de hectáreas a campesinos sin tierra o la devuelve a quienes habían sido despojados de la misma por parte de grupos paramilitares. Menos desigualdad social, menos tensión social, mayor productividad en el campo, y por tanto reducción en el costo de vida, es bien recibida y valorada entre estas personas.
Un proyecto social y político que pretende encabezar un cambio profundo y movilizar la mayor cantidad de energía social posible para ello, debe llevar a cabo, satisfactoriamente, el reto de ganar o neutralizar a sus posibles contradictores, incluso a quienes puedan sentirse como sus enemigos. Una manera de lograr tal propósito con los “riquitos” es que vean cambios no cosméticos sino efectivos en la administración de los recursos públicos –acabar o reducir de manera notable la corrupción–, mejorar la inversión social, ser más eficientes en todo lo que concierne a lo público. Por ejemplo, que el incremento de tarifas impositivas sí se traduzca en mayor seguridad y mayor inversión social, que no se sienta que la plata se la están robando y sí que pagar impuestos vale la pena pues hay más obras en proceso, la inseguridad decae, el empleo crece, hay menos delincuencia. “Se respira un mejor país”. Una política de ese tipo acerca a un porcentaje de esa clase a un gobierno progresista, lo que acrecentaría su liderazgo y las posibilidades de que sus políticas sean reelegidas. No se puede renunciar por principio a esa aspiración, y para ello hay que ser más cuidadosos con las palabras.
Pero el distanciamiento no solo es notable con esta clase ni con la media; también con los campesinos, que, sin necesidad de tener camioneta para ostentar, por los cambios que estamos viviendo va girando a tener, en vez de caballo, una moto, o simplemente tiene que comprar gasolina para la guadaña y para los otros motores que hoy son comunes en el trabajo del campo. Distancia aún más notable con el campesinado dedicado a cultivos ilegales, que hoy se siente acorralado por la política contrainsurgente y el afán presidencial de mostrar resultados, por lo cual mete en un mismo saco a todas las expresiones guerrilleras aún existentes en Colombia, igualándolas como mafia. Es evidente que ese proceder, que le aísla de miles de raspachines y otros segmentos del campesinado, merece abordarse con mayor cuidado.
En este mismo proceder, que lleva a ampliar distancias con segmentos del campesinado, ahora declara la decisión de regresar a la fumigación con glifosato de zonas donde el campesinado ha mostrado su descontento con el proceder del ejército nacional, llevando a crear la sensación entre tales sectores que con este Presidente se está ante “más de lo mismo”. Es entonces un proceder errado, muchos más cuando se está buscando la manera de darle continuidad al programa de gobierno en el período 26-30.
Se trata de una distancia líder político-sociedad que se favorece también por otras declaraciones que reflejan improvisación y descuido, cuando no demagogia. Hay varios ejemplos que así lo testimonian, el más reciente de ellos aquel de la venta de lechona en Japón, que tantas sonrisas y chistes provocó, como evidencia de que ya la figura presidencial que ostenta Gustavo Petro está mellada.
En la cultura popular, el chiste sobre los gobernantes es un medidor de respeto, como de irrespeto; de credibilidad, como de incredulidad. En los carnavales, por ejemplo el de Barranquilla, ello es evidente. Burla o elogio, según simpatías y distancias que va generando el político de turno. Esas risas y esas burlas expresan, sin grandes discursos ni elaboraciones teóricas de docenas de páginas, qué piensa el pueblo sobre el gobierno y sus dirigentes, una realidad tratada y sistematizada para otros territorios y otros tiempos por Mijaíl Bajtin, que bien lo expresa: “[…] la risa es también un modo más de la lucha social popular”.
En nuestro país, la más clara expresión de esa capacidad de lucha del pueblo fue evidente en pleno dominio del Estado de sitio, con el Presidente y el gobierno que más espacio le dieron a la tortura, Julio César Turbay (1978-82), tal vez el mandatario que más apuntes y motivos de risa ha propiciado. Todo ello en medio de la militarización social, de los desmanes militares, del temor que se palpaba en las calles. En medio de ello, la risa llevaba al ridículo al Presidente y elogiaba la resistencia armada de la guerrilla, en especial la del M-19, hecho evidente en el Carnaval de Barranquilla con el personaje que en aquellos años se disfrazó de “La Chiqui” (Carmenza Cardona), la valerosa guerrillera que participó en la toma de la embajada dominicana y asumió la negociación que terminaría con la liberación de los rehenes y la salida del país del comando guerrillero, con parte de sus propósitos cumplidos.
Gustavo Petro, sin llegar a tanto, con sus recurrentes descuidos e improvisaciones, con sus afanes literarios entre historia, presente y futuro, sin aterrizaje concreto en la vida cotidiana de las mayorías, con sus expresiones poéticas poco elaboradas, va tornándose en un personaje pintoresco que las voces callejeras recogen por medio de dichos y risas que denotan que lo ven como un político cualquiera, ese que anda prometiendo lo que no ha de ser, en un gobierno que aseguró que no incrementaría los impuestos que pesan sobre las mayorías pero no obra en consecuencia, a la vez que aseguró confrontar la corrupción, frente a una evidencia que demuestra lo contrario.
Las risas populares lo desnudan y lo dejan como un gobernante para otros tiempos, tal vez intergalácticos, pero no del presente ni de la Colombia que necesitan y sueñan las mayorías populares.


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