Jack Sparrow y su brújula nihilista

Cuando era niño, quizá también porque mi abuelo, Silverio, era un pescador, me hubiera encantado volverme un pirata. Sin embargo, seguramente a causa del hecho de que mi abuelo era pescador y yo podía escuchar de primera mano los cuentos de la vida de los marineros, me costaba mucho acercarme seriamente a la mar, aunque no lograba renunciar del todo a este sueño en el cajón. De todos modos, mi abuelo siempre tuvo el terror de que los nietos pudiésemos desarrollar su misma pasión, entonces siempre nos desalentó a acercarnos al mar, tanto que tuve el placer de montarme a un barco con él ya en edad adulta, cuando ya era evidente que no habría posibilidades de convertirme en marinero o pescador. De hecho, el golpe mortal a mis ambiciones filibusteras ya se lo había dado mi condición física, en particular, mi fuerte propensión a marearme, así de grave que me cuesta inclusive quedarme en una silla mecedora más de unos pocos minutos. Con un físico de ese talante, solo una vía se abría para mi futuro, la de los libros, y esta seguí hasta la fecha. Empero, la pasión por la vida de estos héroes románticos que surcaban los mares en contra del orden constituido y en búsqueda de nuevas aventuras se me quedó adentro durante toda mi vida. 

Lastimosamente, nací demasiado tarde para poder gozar del éxito que las novelas de Emilio Salgari sobre aventuras exóticas y piratescas tenía entre las generaciones anteriores de italianos, entonces entré en contacto con algo de estas maravillas literarias pasada la infancia y ya daba por hecho que nunca me habría transformado en el nuevo Corsario Negro, ni tampoco en uno de sus hermanos. Afortunadamente, nací justo a tiempo para ser un niño cuando salió la primera película de la saga de los Piratas del Caribe, que en su época fue famosa por ser la primera película de Disney prohibida para los menores de 13 años, La maldición del Perla Negra. Entre el equipo estelar de actores que componen el reparto, destaca la figura de Johnny Deep, quien interpreta magistralmente al capitán Jack Sparrow. En la primera parte de la película, vamos conociendo los iniciales detalles de la vida de este corsario y podemos asistir a su casi detención por parte del comodoro James Norrington, quien lo atrapa y requisa sus posesiones, las cuales se reducen a un sombrero de capitán, una espada, una pistola con una sola bala y una brújula que no indica el norte. Por supuesto, este descubrimiento provoca la burla hacia Jack, quien viene apodado como uno de los peores piratas de que se tenga memoria. 

Ahora bien, esta escena no sirve solo como expediente cómico para relajar al espectador luego de una acción de suspenso y prepararlo anímicamente para la escena de alta tensión que llega poco después cuando la isla viene puesta a fuego y espada por la tripulación del Perla Negra bajo las órdenes de su capitán Héctor Barbossa; mas sirve también para que el espectador comience a familiarizarse con unos objetos cuyo papel en la historia irá desvelándose progresivamente. 

De hecho, la espada vale para demostrar las grandes dotes de espadachín que, a pesar de una aparente torpeza motriz, distinguen a Jack Sparrow. El sombrero de capitán representa el sueño que persigue, a saber, recuperar el barco –justamente el Perla Negra–, que perdió luego de un motín organizado por Barbossa, quien en ese entonces era su primer oficial. La pistola, con una sola bala, es la misma que le dejaron para suicidarse en cuanto lo abandonaron en una isla desierta, y que Jack guardó para usarla en contra de su enemigo. Finalmente, se descubre que la brújula no apunta hacia el norte, sino que direcciona a quien la tiene en sus manos hasta la cosa que más desea en el mundo. Toda la película va sobre la venganza que el protagonista logra cobrar en contra de todos sus excompañeros. 

A lo largo de la historia la brújula tiene una función accesoria, pero falta de una carga simbólica equiparable con los otros objetos mencionados. No obstante, ella va aumentando paulatinamente con el pasar de las películas al punto de que la trama de la última de la saga, La venganza de Salazar, gira completamente alrededor de la historia de cómo Jack Sparrow la adquirió; al tiempo que los otros objetos mencionados van perdiendo importancia habiendo desgastado toda su carga simbólica original. 

Mientras que, desde el punto de vista del electromagnetismo, me cuesta mucho trabajo imaginarme un mundo en donde el Polo norte magnético ya no sirva, pues no es posible, me parece que esta brújula es un óptimo ejemplo, desde un punto de vista filosófico, de la situación del ser humano en la era nihilista en la que nos encontramos conscientemente desde hace más de un siglo. 

Gracias al trabajo de Nietzsche y a su famosa declaración de la muerte de Dios, sabemos que cada valor que una civilización se impone como fundante, en cuanto funcional para orientar su desarrollo, está inexorablemente destinado a perder su eficacia, pues no puede evitar ir vaciándose de contenido hasta el punto de llegar a ser un simulacro de lo que representaba antes. Dicho de otra forma, cada valor navega derechito hasta su destrucción en cuanto todo está inmerso en una dinámica nihilista incontrovertible. Según el filósofo alemán, esto es justamente lo que pasó a los valores cristianos que Occidente adoptó para su desarrollo y configuración sociomental desde la civilización griega en adelante, los cuales a finales del siglo XIX ya no tienen ninguna función efectiva, sino que han perdido su papel orientador. Por supuesto, plantear esta dinámica en relación con los valores cristianos implica plantear la contingencia de Dios, quien ya no viene considerado como una entidad eterna e inmutable, sino que es entendido como un constructo humano hijo de un determinado momento histórico y de unas ciertas necesidades.

El gran error de Occidente no sería tanto haber elegido este valor y no otro, sino que consiste en haberlo considerado como un valor necesario, rechazando su naturaleza contingente. Este malentendido daría lugar a la resistencia que Nietzsche veía en sus contemporáneos a la hora de abandonar dicho valor para tratar de buscar otro más efectivo y útil para salir de la decadencia en que se encontraba toda la civilización. 

Siguiendo este hilo argumentativo, entonces, cayéndose el norte magnético –representado por Dios– las civilizaciones funcionarían justamente como la brújula de Jack Sparrow, se moverían solamente hacia la dirección marcada por la voluntad del dueño. En los términos de Nietzsche se diría que todo está impulsado por el principio de la voluntad de poder. Obviamente, los procesos naturales y biológicos no caben en este movimiento nihilista, pues no son construcciones humanas, sino que ellas sí que tienen carácter necesario. Las reflexiones de Nietzsche sobre el nihilismo servirían justamente para precisar estas dinámicas y volverlas patentes para todos.

Hay que decir que estas teorías han tenido un éxito sorprendente luego de que fueron divulgadas y han llegado a permear tanto las reflexiones de académicos e intelectuales, como el imaginario común, distanciándose del contexto y del mensaje original que querían vehicular. Por ejemplo, el término nihilista se ha vuelto una ofensa que se puede hacer a una persona que no demuestre tener un particular talante caracterial o justamente que no manifieste tener una brújula moral. Esta es la representación de un profundo malentendido hacia este concepto y las conclusiones que Nietzsche extrae de este.

De hecho, cuando Nietzsche nos plantea y explica el proceso nihilista no quiere decirnos que, ya que Dios ha muerto y no se pueden encontrar valores sempiternos, entonces todo vale y cada persona puede actuar como se le de la gana, pues todo vale independientemente de su contenido. En términos técnicos, Nietzsche no alienta una visión relativista de la realidad. Al contrario, el pensador nos está empujando a reconocer que, a nivel individual, la mayoría de los principios que nosotros seguimos y que consideramos como inmutables, en realidad son fruto de una decisión racional, que al fin y al cabo sigue siendo arbitraria, tomada en algún momento. Por ende, nosotros podemos reconsiderarlos en cualquier instante, si ya no nos sirven, y siempre y cuando tengamos la voluntad de hacerlo. Más ampliamente, Nietzsche nos recuerda también que las sociedades en que vivimos, con sus beneficios e injusticias, no deberían conformarse necesariamente en la forma en que están ahora, y que siempre es posible un cambio, si se renuncia a una actitud pasiva y se enfrenta el nihilismo de forma activa, o sea, considerándolo como una oportunidad para proponer nuevos valores sobre los cuales construir el futuro, ojalá, un futuro diferente del presente que estamos viviendo en donde, como ya nos decía Nietzsche, todo se reduce a un único valor que no tiene nada que ver con Dios: el dinero.

Por supuesto, esta posición no remisiva nos responsabilizaría y nos haría imposible acudir a una de las actitudes más comunes, que se podría resumir en la frase: esto es así, nada que hacer. 

Información adicional

Autor/a: Fabio bartoli
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo Nº328, septiembre 19 - octubre 19 de 2025

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