“La Fiesta del Libro”, feria del consumo rápido 

La Fiesta del Libro de Medellín celebra un espectáculo de consumo rápido, en el que las grandes editoriales acaparan la visibilidad, mientras independientes como desdeabajo muestran que otro ritmo es posible: leer con calma, explorar autores olvidados y mantener viva la lectura, a pesar de las trabas, invisibilidades y obstáculos del mercado.

La reciente edición de la “Fiesta del Libro de Medellín” tuvo una novedad que para muchos pasará como un detalle menor: después de dieciocho años, la editorial desdeabajo quedó fuera de la lista de seleccionados. El funcionario de turno, ante el asombro que ve en el rostro de la delegada del fondo editorial, no se sonroja, y con total naturalidad da la razón para ello: “por falta de cupos”*. Es decir, celebramos los libros y la lectura, pero con la misma lógica con que gestionamos los estacionamientos de un centro comercial. Bienvenida la fiesta, siempre que pertenezcas al grupo que ya tiene el asiento reservado en primera fila.

Lo que antaño fue un espacio plural y de encuentro –un lugar donde las editoriales pequeñas, las publicaciones universitarias, los colectivos y las bibliotecas podían conversar con la ciudad– ha cambiado mucho. Hoy el evento se parece más a una vitrina del mercado. Las grandes casas editoriales no solo ocupan los lugares más visibles; a veces parecen acapararlos. Estands gigantes, varias carpas con la misma marca, montajes que podrían competir con cualquier centro de convenciones. Penguin Random House y Planeta, por ejemplo, llegan con despliegues que no tienen que pasar por “selección”: su presencia está implícita, asumida, como si la Fiesta fuera, en realidad, una actividad privada, una más, en su calendario de eventos. Mientras tanto, los que llevamos años publicando desde espacios modestos quedamos relegados en la lista de espera, rogando a los santos lectores para ser seleccionados, por “mala suerte” situados en un confín del evento, en el cual debemos ser “descubiertos” por quienes asisten y tienen paciencia para trasegar por el laberinto librero en medio de los ríos de gente.

El mapa del evento determina quién queda visible y quien en las penunbras. Los corredores principales son ríos humanos que fluyen sin detenerse; la posibilidad de pararse frente a un estand pequeño es irrisoria. Los fines de semana, cuando la multitud convierte al Jardín Botánico –espacio de conservación de especies vegetales en mercado para el consumo de letras en forma de libros–, en una procesión dominical, la oferta de las editoriales independientes queda, literalmente, fuera de la corriente. ¿El resultado? Lo que se exhibe es lo que ya fue aprobado por las reglas del mercado: lo visible vende, lo invisible resiste.

La lógica comercial se extiende al terreno de la presentación de libros. Los lanzamientos de los autores de moda se celebran en auditorios amplios, con sonido, sillas suficientes y filas de gente dispuesta a sacarse la foto con el autor; la experiencia se asemeja a la de un concierto. Cuando se trata de presentaciones académicas o de libros editados por editoriales independientes, el guion cambia: auditorio diminuto, pocas sillas y la sensación de que la organización trabaja con la hipótesis de que nadie asistirá. He estado en presentaciones de algunos académicos donde veinte asistentes ya eran demasiados y faltaban sillas.

Y mientras la visibilidad se distribuye con criterios mercantiles, la oferta de lectura se polariza. La literatura de autoayuda manda en las ventas con una autoridad casi litúrgica. Títulos como Hábitos atómicos o Este dolor no es mío, al lado de ciertos nombres de moda como Gilmer Mesa o Mario Mendoza, copan la demanda. La gente entra, pregunta por “el libro de moda” y, a veces, se lo lleva sin saber de qué trata, porque lo vieron en redes o porque un algoritmo lo empujó hasta su pantalla. La lectura se convierte en consumo rápido y en promesa de reparación exprés: compra y olvida, compra y presume. Para las pequeñas editoriales esto implica un desafío material y simbólico: no competimos por el estatus de bestseller; intentamos poner a disposición voces que no siempre son cómodas o fáciles de digerir, pero que sí importan.

El problema no es solo cultural, sino material. Los libros son caros; leer, en muchos contextos colombianos, es un privilegio. Y aquí emerge otra de las escenas que se repiten cada año: los bonos de lectura que reparten instituciones como Comfama o Comfenalco, con la idea de eliminar la excusa del dinero. En la práctica, muchos los reclaman para regalarlos; hay quienes, con habilidad de trueque, acumulan bonos de amigos hasta armar un botín. Sobre todo si vas con una lista de varios libros, unos bonos pueden hacer la diferencia. Pero la imagen es reveladora: el bono funciona como una anestesia colectiva contra la obligación real de leer. Lo que importa, a veces, son los gestos: reclamar el bono, fotografiarlo o regalárselo a alguien, más que disponer el tiempo necesario para abrir la primera página del libro adqiuirido.

Esa mezcla de buena intención y desinterés práctico se relaciona con otro rasgo que he observado durante varios años de ir a la Fiesta: la mayoría de quienes se acercan a los estands no conocen autores ni editoriales; muchas veces ignoran el nombre del autor del libro que les interesa. Preguntan por el título viral, por el que “suena”, y en ocasiones ni siquiera saben de qué trata. Ese desinterés informado se traduce en compras por recomendación y en una circulación de modas. Ver a un lector preguntar por el libro del momento sin poder decir tres palabras sobre su contenido es, a la vez, cómico y trágico: parece que la lectura se ha reducido a un acto performativo, un accesorio cultural con el que se brilla en redes.

Todo esto sucede en un escenario que, año tras año, se pinta con discursos optimistas. El lema de esta edición, El mañana, encaja con el discurso de los últimos tiempos de instituciones como el Parque Explora, Comfama o Proantioquia. Construyen narrativas del porvenir prometedor, esa sonrisa institucional que invita a proyectar prosperidad sin detenerse a examinar las desigualdades del presente. En la Fiesta, ese “mañana” se manifiesta con talleres de creatividad, charlas sobre innovación y paneles sobre emprendimiento: todo muy brillante, todo muy optimista. 

Esa desconexión entre el relato del futuro y la realidad presente alimenta una de las paradojas más nítidas de la Fiesta: la celebración pública de la lectura mientras la práctica lectora cotidiana sigue siendo frágil. La asistencia masiva no equivale a lectura sostenida; las fotos frente a los estands no miden horas de lectura. La fiesta produce imágenes y sensaciones que, a su vez, alimentan una narrativa de éxito. Pero si profundizamos un poco, aparecen los detalles: consumidores que compran como “premio de consolación”, libros que se agotan por la moda y otras obras que esperan semanas o meses para hallar un lector.

Lo cierto es que hay muchos más visitantes a la Fiesta por tratarse del evento de moda, que lectores habituales; hay más interés por la foto que por la firma; hay un público que transita estos pasillos como quien recorre un centro comercial. Y aun así, entre la multitud y la superficie, hay encuentros auténticos: lectores que buscan algo distinto, estudiantes que se interesan por un autor olvidado, maestros que preguntan por textos que sirven para pensar la escuela. Esos encuentros son los que justifican la resistencia de las pequeñas editoriales: publicar no es solo vender, es poner en circulación preguntas, memoria y debate.

Ante tal panorama, es necesario recuperar para este tipo de eventos criterios de equidad en la distribución de espacios y en los procesos de selección; que no se confunda asistencia con hábito lector; que haya políticas públicas que reduzcan la brecha de acceso –precio de libros, bibliotecas bien dotadas y programación sostenida en barrios y escuelas–, y que, en la medida de lo posible, la lectura sea valorada como práctica y no como objeto de consumo o de marketing. Defender el papel y la lectura lenta no es un gesto nostálgico: es una apuesta política por el tiempo de pensar.

Al final, la ironía persiste: la Fiesta del Libro se celebra como si la lectura fuera una fiesta de disfraces donde todos se ponen el accesorio literario del año. Nosotros, los que publicamos sin grandes recursos, seguimos instalando nuestro estand en los rincones, esperando que alguien se detenga, que alguien pregunte por un autor que no sale en algoritmos, que alguien descubra que leer puede ser incómodo y, precisamente por eso, necesario. Leer, en estos días, se ha vuelto un gesto que se resiste a la prisa del mercado. Seguir leyendo con lentitud, con curiosidad y sin afán de convertirlo en espectáculo, es la mejor invitación para que, en un mañana, la Fiesta del Libro sea lo que realmente debiera ser.

Y quizá la tarea no sea solo esperar a que la Fiesta cambie, sino empezar a realizar las nuestras: ferias populares, sin vallas luminosas ni marcas que dicten el ritmo. Espacios donde la lectura se encuentre con la calma, el diálogo y la profundidad; donde la prisa no mande, y donde leer vuelva a ser un acto compartido de pensamiento y disfrute. Apoyar los proyectos editoriales independientes –como desdeabajo, pero no solo este– es sostener la posibilidad de esos otros encuentros: aquellos donde las páginas no se hojean por moda, sino por el deseo de perderse un rato en ellas, lejos del afán del “like” o de la foto.  

* Cada año, durante muchos, el interés por excluir a Ediciones Desde Debajo de este evento era evidente. Con paciencia resistimos a los malos tratos, al permitirnos estar pero allá, donde fuéramos invisibles. La escena se repetía sin excepciones, uno y otro año. Hasta que encontraron el argumento perfecto: “No hay espacio”. Perfecto argumento mercantil, que trasluce, sin opacidad alguna, los criterios que perfilan la cultura en y para la administración local.

La exclusión llega cuando, al mismo tiempo, fuimos objeto de robo en nuestra sede en la capital del país, perdiendo la mayoría de nuestros equipos de trabajo, además de gran parte de la información.

Y sucede, cosa extraña, al tiempo que Payu, la empresa que nos prestaba el servicio de las transacciones para la tienda virtual decide, sin preámbulo alguno, clausurar nuestra relación comercial. Ocho o más años de una relación sin contratiempos quedan en otro rincón, sin explicación lógica alguna. 

Es así como quedamos en un triple rincón: sin “Fiesta”, sin equipos de trabajo**, sin tienda virtual.

Alguien dirá que todo esto es fruto de la “mala suerte”. Pero siempre queda la inquietud de si es solo eso. Vaya a saber.

** Gracias a la solidaridad de muchos compañeros y compañeras hemos podido recuperar parte de lo hurtado. Aún falta, pero ese cariño es el que nos permitió, y nos sigue permitiendo, no haber parado en nuestra actividad periodística, social, cultural, editorial.

Información adicional

Autor/a: Fernando Pérez
País: Suramérica
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo Nº329, 17 de Octubre - 17 de Noviembre de 2025

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