Este semestre tengo el placer de dictar un curso de literatura contemporánea enfocado en las Vanguardias y el Existencialismo, y en este periodo nos estamos dedicando a revisar la poética del Futurismo italiano –un movimiento cultural muy famoso en Europa a inicios del siglo pasado–, cuyo exponente principal fue Filippo Tommaso Marinetti, un conterráneo mío.
Ahora bien, en el imaginario común partenopeo el Futurismo ya no tiene el reconocimiento que tuvo hace un siglo, pero tampoco ha desaparecido completamente de los programas educativos o de las nociones básicas del ciudadano común. Por ejemplo, en la moneda italiana de 20 centavos de Euro se puede admirar una escultura futurista de Umberto Boccioni en una de las dos caras.
Sin embargo, gracias a la sensibilidad sociocultural actual, casi todas las ideas expuestas y defendidas por este movimiento hoy nos parecen obsoletas y en larga medida despreciables. De hecho, si vamos a revisar el documento fundacional del movimiento, el Manifesto futurista, que Marinetti redactó y publicó en varios periódicos italianos y europeos entre 1908 y 1909, encontramos afirmaciones como que la “guerra es la única higiene del mundo”, que se encuentra al lado de la manifiesta voluntad de “destruir y quemar los museos, las bibliotecas, las academias variadas y combatir el moralismo, el feminismo y todas las demás cobardías oportunistas y utilitarias”. Estas pequeñas muestras son suficientes para entender el tipo de postura, política y artística, que estos caballeros querían defender, la cual tiene mucho en común con la cosmovisión que poco después comenzó a proponer el Fascismo italiano de Mussolini. Dicho esto, no es de sorprenderse que varios futuristas estuvieran muy comprometidos con la dictadura italiana que gobernó por unos veinte años, y que luego ha desaparecido “oficialmente”. Este término lo pongo entre comillas, ya que el delito de Apología del Fascismo –que la Constitución italiana incluyó en 1948 y que fue formalizado en 1952 por la “Legge Scelba”–, no impidió a esta ideología seguir influenciando cada vez con mayor fuerza el panorama político de Italia, hasta el punto de que el partido mayoritario en la actual coalición de gobierno lleva en su escudo un símbolo directamente relacionable con la iconografía fascista como lo es la fiamma tricolore (flama tricolor).
A pesar de la lamentable postura ética y política que Marinetti defiende en su texto, se encuentran también algunos pasajes interesantes que vale la pena rescatar con respecto a una nueva invención de aquellos años, es decir, el automóvil: “Afirmamos que el esplendor del mundo se ha enriquecido con una belleza nueva: la belleza de la velocidad. Un automóvil de carreras con el capó adornado con grandes tubos parecidos a serpientes de aliento explosivo… un automóvil rugiente, que parece correr sobre metralla, es más hermoso que la Victoria de Samotracia”.
Ahora bien, este elogio de los coches y de la velocidad que ellos imprimen al nuevo estilo de vida moderno se enmarca en el debate que en esa época se estaba dando sobre esta nueva invención. Por ejemplo, a la hora de escoger el género para el sustantivo que se iba a usar para este invento, Gabriele D’Annunzio, en una carta del 1920 dirigida al senador Giovanni Agnelli y publicada en 1923 por el Corriere della sera, se expresaba en estos términos:
“Mi querido senador, acabo de regresar de mi campo en Desenzano con su coche, que me parece que resuelve la cuestión del sexo ya debatida. El automóvil es femenino. Tiene la gracia, la esbeltez y la vivacidad de una seductora; además, tiene una virtud desconocida para las mujeres: la obediencia perfecta. Pero, por otro lado, tiene la desenfadada ligereza de las mujeres para superar cualquier dificultad. Inclinata progreditur. Le estoy muy agradecido por este elegante y preciso regalo. Cada detalle está cuidado con el gusto más seguro, según la tradición del verdadero artesano italiano. Para consagrar la determinación del género masculino o femenino, ahora determinada por la novísima máquina, el maestro Paragon Coppella, orfebre del Vittoriale, se atreve a ofrecer a su hija y a su nuera estos talismanes infalibles. Le estrecho la mano”.
Con esta intervención, la cual controvertía la postura del mismo Marinetti, quedó decidido que el género del automóvil, en el idioma italiano, tenía que ser femenino y no masculino, como se había elegido en otros idiomas europeos como, por ejemplo el español o el portugués. Por supuesto, estas discusiones no se reducían a las disputas gramaticales, sino que se ampliaban también al uso de las nuevas máquinas y al impacto que ellas deberían de tener en la cotidianidad del ciudadano común, al tiempo que dejaba espacio para fantasear sobre las consecuencias sociales que se derivarían de su uso indiscriminado.
Finalmente, la candencia del argumento se vio también en el hecho de que se comenzaron a producir obras artísticas, cuyo sujeto principal eran justamente los coches. Los futuristas italianos estuvieron en primera línea en la producción de este tipo de representaciones, tal como lo muestra esta pintura de Giacomo Balla titulada Velocità astratta:
Todo esto nos conduce de inmediato a ver las similitudes que estos antiguos debates tienen con los actuales acerca de la invención de la Inteligencia Artificial y de su uso en la rutina de las personas. De hecho, ahora tenemos muchísimos valiosos intelectuales que tratan de abarcar teóricamente las implicaciones morales y artísticas del uso de los varios tipos de inteligencias artificiales generativas. Un ejemplo particularmente relevante y virtuoso es Luciano Floridi, quien ya lleva años escandallando algunos rasgos éticos del uso de dichas herramientas, y acaba de acuñar el concepto de Distant Writing, para referirse a “una nueva práctica literaria en la que los autores actúan como diseñadores, empleando asistentes de inteligencia artificial (IA) impulsados por grandes modelos de lenguaje (LLM) para generar narrativas, al tiempo que mantienen el control creativo mediante indicaciones precisas y un refinamiento iterativo”1.
Empero, entre más pensaba en estas similitudes, más se me hacía evidente una gran diferencia entre estos dos momentos culturales, a saber, mientras que tenía claro que ahora muchos artistas usan la IA para desarrollar sus obras, no se me ocurría ni una obra artística cuyo tema fuese justamente la inteligencia artificial. En un primer momento, la explicación me pareció fundarse en un tema de “representabilidad”, pues, siendo la IA algo más bien intangible, es obvio que no se preste tanto a su representación como lo hace un objeto tangible y bien definido como el coche. Mas me surgió la duda de que quizá la explicación tenía que ser una pizca más profunda, ya que tampoco otros tópicos como el amor, la tristeza o la misma velocidad son objetos concretos, pero tenemos miles de millones de obras que tratan exclusivamente estos temas, sin que la dificultad de “representabilidad” haya causado problema alguno en su proliferación.
Para no caer en la típica actitud excluyente de los filósofos he intentado no invisibilizar la opinión de la directa interesada e inmediatamente le he pedido a una IA, cuyo nombre es Zeno, “encontrarme, por favor, obras artísticas, poéticas y musicales que tengan la IA como argumento central de la obra”. De hecho, si hay algo que las ciencias sociales y la antropología no paran de repetir desde hace años es que no se puede hacer ninguna investigación seria sin interrogar, cuando sea posible, a los objetos de estudio, pues la pura mirada desde afuera es una metodología que cae en la más típica ingenuidad teórica reconducible a la filosofía, una disciplina maravillosa, que no ha parado de producir análisis fútiles y alejadas de la realidad por rehusarse a bajar de su torre de marfil.
El resultado de esta petición comenzó pareciendo muy prometedor, dado que la introducción rezaba: “En este análisis examino diversas manifestaciones creativas contemporáneas que utilizan la inteligencia artificial como tema o argumento central, abarcando desde las artes visuales hasta la literatura y la música. La investigación revela un panorama artístico rico y diverso donde la IA no solo es tema de reflexión, sino también herramienta creativa” y las conclusiones resaltaban enfáticamente los varios temas expuestos afirmando: “Las obras artísticas, poéticas y musicales que tienen la IA como argumento central representan un campo dinámico y en expansión que no solo explora las capacidades técnicas de estas tecnologías, sino que también interroga profundas cuestiones filosóficas sobre creatividad, conciencia y valor cultural. Desde las instalaciones monumentales de Anadol hasta la poesía generativa más sutil, estos trabajos configuran un nuevo paradigma artístico donde la colaboración humano-máquina redefine los límites de la expresión creativa. La diversidad de aproximaciones –desde la crítica institucional de Steyerl hasta la exploración musical de Herndon– demuestra que la IA como tema artístico trasciende géneros y disciplinas, estableciéndose como uno de los temas más relevantes del arte contemporáneo. Estas obras no solo documentan nuestra época tecnológica, sino que activamente participan en la construcción del significado cultural de la inteligencia artificial”.
Revisando esta descarada autocelebración, es evidente que, como cualquier entrevistado, tampoco la IA puede ser objetiva sobre sus propios logros y su importancia en el mundo. Sin embargo, la respuesta me ha dejado un sinsabor que va más allá de la falta de humildad del chatbot, cuando me fijé en que todos los ejemplos traídos a colación y las reflexiones hechas no hablaban de obras que representaban, de la forma que fuese, a la misma inteligencia artificial, sino que solo se hablaba de casos artísticos en donde los autores habían producido obras mediante la ayuda de una IA, o en donde era la misma IA, quien se había desempeñado como artista principal, sin particulares indicaciones específicas de su interlocutor.
Considerando que la redacción del periódico no me da espacio ilimitado para mis intervenciones, ya que tengo el permiso de aburrir a los lectores solo usando un numero máximo de palabras, quiero concluir destacando un resultado preliminar que pienso que se pueda considerar como adquirido ya con estas pocas consideraciones, a saber, dando por sentado que desde que se inventó el coche se iniciaron a producir miles de representaciones artísticas que lo refiguraban de todas las formas y con todas las representaciones (algo similar pasó con los trenes, los teléfonos, los aviones y otros inventos, más o menos importantes), al tiempo que aún no he podido encontrar ni una obra relevante que aplique la misma atención a la IA: me empujaría a afirmar que la época presente ha perdido buena parte del ímpetu artístico que distinguía una faceta interesante de la manera en que los seres humanos reaccionaban a la hora de encararse a una nueva invención tecnológica revolucionaria que iba a impactar en su vida. Por supuesto, iba a juzgar definitivamente si esta pérdida se pueda considerar como algo positivo o negativo, pero lastimosamente he terminado el espacio que tenía a mi disposición.
1 Cfr. Floridi, Luciano, Distant Writing: Literary Production in the Age of Artificial Intelligence, Revised version 5. (Abril 26, 2025). Centre for Digital Ethics (CEDE) Research Paper , Disponible en: SSRN: https://ssrn.com/abstract=5232088 o http://dx.doi.org/10.2139/ssrn.5232088



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