En las “primeras de cambio” del nuevo gobierno se empiezan a proyectar luces que alumbran formas de ser y proceder de los actores sociales de carácter alternativo, que, por decir lo menos, son contradictorias. Un primer foco apunta a una reacción defensiva, producto de la cual, con un reforzado espíritu de manada, toda crítica es recibida como puñalada, tildada de improcedente y tachado quien la presenta como aliado no se sabe de quién.
Los destellos que desprende el foco permiten visualizar, además, una coraza que impide reconocer que los errores en la administración de lo público son posibles y que es necesario enmendar a tiempo si no se quiere llegar a callejones sin salida o desconectarse del ambiente, los sueños, las aspiraciones, las disposiciones, etcétera, que caracterizan a un amplio segmento de la sociedad colombiana.
Desconoce aquel blindaje que uno de los máximos retos de un gobierno que propende por el cambio, así este no sea estructural, es educar mediante cada una de sus acciones. De alguna manera, cada día se debiera llevar a cabo un amplio, intenso y permanente proceso de alfabetización política, soporte de una deseada y necesaria participación social en las cosas del gobierno, no solo para gritar y aplaudir al líder sino también para ser gobierno con total conciencia de ello. Se trata de un reto para obedecer y no para mandar; para bajar y no para subir.
De ahí que quienes están llevando a cabo los Diálogos regionales vinculantes para confeccionar las líneas maestras del Plan Nacional de Desarrollo habrán percibido con preocupación que, más allá de los funcionarios de carrera y otros con experiencia en la cosa pública, impera una inmensa brecha entre el deseo de participación y la falta de formación para trascender lo evidente, para ir más allá de la sumatoria de necesidades puntuales en infraestructura que se reclaman para los municipios, lo que lleva a que, en las audiencias convocadas, muchas de las personas que concurren no puedan aportar como quisieran.
Conscientes de esta limitante, abriendo espacios para una movilización social permanente, deliberativa y decisoria, en la cual nadie ni nada sea indispensable, y en consecuencia con el propósito de darle paso a sociedades cada día más libres, autónomas y creativas, surge entonces el imperativo de educar para que la activa participación decisiva de cientos de miles haga realidad la desconcentración del poder que hoy recae sobre los entes centrales, entre ellos el Ejecutivo y el nefasto presidencialismo que hemos padecido en el país.
Es un reto que, de irse materializando en el día a día, concretando irá potenciando y materializando una democracia que más allá de lo formal liberal se arraiga como democracia directa, participativa y radical, dando paso a que el poder sea una constelación de energías vivas que, por así ser, podrán ser contradictorias pero no por ello, necesariamente, reactivas al cambio o enemigas del mismo. ¿Cómo será posible este si las gentes ven y sienten que la crítica no es factible? ¿Cómo podrá ser posible el cambio si quien llama la atención sobre una u otra problemática, decisión o mensaje venido desde las esferas hoy determinantes, siente que lo tachan de enemigo, bufón, peón de poderes ocultos?
Resulta una labor difícil esta, mirada a la luz que desprenden lámparas encendidas por aquí y por allá, si lo que antes denunciábamos como medidas neoliberales, por el simple hecho de que provinieran de nuestra parte, ya no lo son. Fíjense, por ejemplo, en la falta de atención a la continuidad de la política económica, en la cual los factores que la determinan no han sido tocados. Pero no solo eso: sobre tales asuntos ni se habla, y mucho menos se debate. Es así como la regla fiscal, verdadera barricada para implementar una amplia política social contra el empobrecimiento y la desigualdad social, además de una agenda de reindustrialización, pasa de agache; lo mismo la deuda pública, la manera cómo fue adquirida, sus límites y consecuencias. Otros vectores, como el manejo de la tasa de cambio, la devaluación y la inflación, sufren igual dinámica.
Es así como la pretendida reforma tributaria –estructural– quedó como un pequeño pañete sobre la inmensa casa Colombia, minimizada en medio de las presiones de quienes debieran ser afectados de manera notable por la misma. Con ello ahora resulta, según el Ministro de Hacienda, que los 50 billones o más que necesita con urgencia una política redistributiva es una cifra que resulta de cálculos errados realizados por estudiosos de la economía nacional.
Anuncios que nada halagüeño cargan y sí permiten concluir que la política neoliberal en temas como economía y justicia social proseguirá su dominio vía subsidios para minimizar con ellos en algo la cotidianidad de los excluidos, sin empezar a recorrer la senda en procura de real y profunda justicia redistributiva.
Continuidad que también resalta en otro asunto fundamental: el derecho a educación, ministerio en el que reina silencio sobre los escalones iniciales que como sociedad debemos recorrer para que en este campo avancemos hacia la igualdad de derechos. Silencio que no puede justificarse tras la cocción del Plan Nacional de Desarrollo toda vez que en campaña se propuso y sustentó una propuesta sobre este sector y con la cual ya es posible entregarle al país medidas inmediatas por implementar. Una sociedad tan inequitativa como la nuestra, además de una sociedad expectante ante los giros concretos por dar de la mano del gobierno del cambio y que la beneficien en su día a días, así lo ameritan.
Ese actuar defensivo lleva a girar el foco hacia donde no alumbre y así a desconocer que en el tema tarifario, negociado con las empresas del sector eléctrico, quedó por fuera lo fundamental: 1. se trata de garantizar un derecho fundamental y para ello se debe delinear una política social que así lo garantice; 2. la estatización, con sentido público-bien común, que impida que tal medida quede reducida a una norma, a un decreto, nuevos nidos burocráticos, a la administración de un bien público pero con dinámica y sentido de empresa privada. Recordando y haciendo realidad que una vía para redistribuir la renta nacional, y hacer efectiva la democracia social, precisamente se materializa garantizando que todas y todos podamos materializar en nuestras vidas diarias los derechos fundamentales y no quedar lejos de su disfrute por no tener dinero para pagar por el “derecho”.
Aparecen ante esto retos como administración con participación comunitaria, calidad del servicio, eficacia, ampliación de tal intervención a todo el ciclo que permite que la energía llegue de manera ininterrumpida hasta el sitio de vivienda o de trabajo, implementando, por tanto, una vigorosa política ambiental que garantice que las fuentes de agua, para nuestro caso, estén cada vez más protegidas.
Es aquel un proceder por ampliar para hacer real la garantía de otros derechos fundamentales como agua, salud, educación, transporte, en cada uno de cuyos sectores deberán entrar a actuar las comunidades como sujetos fundamentales en su administración, control, proyección, etcétera. Participación y ruptura con la visión económica y empresarial hoy imperante, para así hacer realidad la propiedad colectiva de unos recursos que sí son de la totalidad de una sociedad, y así lo son, como se sabe, por una simple razón: porque son construidos o adquiridos con los ahorros fruto del trabajo y de los impuestos cancelados de manera rutinaria por la totalidad de quienes habitamos el país, bien de manera indirecta, bien de manera directa, en lo cual el IVA es uno de sus conductos.
Entonces, algo que está en mora de enunciarse, para educar con ello, es que el sector eléctrico, como otros bienes por entonces públicos, fueron privatizados en medio de la piñata que propició aquel “Bienvenidos al futuro” que proclamó César Gaviria, hoy aliado del actual gobierno, y que también concretaron los fieles gobiernos neoliberales que le sucedieron, despojándonos del ahorro reunido por millones de connacionales a lo largo de décadas.
Ante ese proceso educativo, que se debiera ampliar a la explicación de para qué, con qué agenda y con cuáles propósitos, sale el ministro de Hacienda a visitar organismos financieros internacionales, para socializar luego el producto de sus reuniones. Al fin y al cabo, se trata del bienestar de todo un país o la prolongación del padecimiento de los excluidos, cada vez más arrinconados por políticas económicas que no les favorecen.
¿Por qué temerle a que nos indilguen que el fruto de tales agendas prolongue o profundice en algunos aspectos el neoliberalismo en el país? ¿Quién y cómo garantiza que las medidas económicas, agrarias y en otro orden que hoy se enuncian no terminen favoreciendo en mayor medida a los mismos de siempre, así quiebren en algo los altos niveles de injusticia social que registra el país?
¿El que llama la atención sobre tal posibilidad o realidad es por ello enemigo del cambio? ¿O el cambio adquiriría mayor dinamismo si la política fiscal, monetaria, impositiva, de crédito, se airea sin rubor?
¿Por qué cuándo otros ministros del ramo se reunían con iguales instituciones sí eran neoliberales y por qué tal señalamiento no cabe para nosotros? ¿Hay nuevos procederes que así lo indiquen? Si así es, ¿por qué no explicarlos de cara al país nacional?
Es una contradicción que, por ejemplo, en el caso de los sectores salud, ambiente y minas, sienta precedentes y deja ante los ojos de todos otras posibilidades de ser, vivir, reproducirnos, relacionarnos con la naturaleza y con el mundo. Puede que no se tenga claro en su totalidad cómo lograr cada una de las medidas enunciadas, y que despelucan a los grandes capitales, pero al exponerlas ante la audiencia nacional se tiene claro que hay que marcar y recorrer el camino hacia un norte ya iluminado por decenas y centenares de bombillas. Y que su efectiva materialización no será posible sin la decisiva participación de las mayorías.
Estamos ante realidades y retos que invitan y hacen indispensable que los actores sociales defiendan sus agendas con autonomía, sin temer por ello que arrinconen al gobierno amigo. Proceder así logrará todo lo contrario: reforzarlo y empujarlo para que las presiones y los bloqueos que devienen del gran capital no obstaculicen ni arrasen su agenda.
Como lo recuerda el autor del artículo “La fábula de los mercado libres” (pág. 2-3), “sin confianza mutua no hay lucha posible, no hay valor, no hay iniciativa, no hay solidaridad, no hay victoria; es la derrota segura”.



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