Experimentamos una sobre saturación de problemas y acontecimientos que sobresatura nuestra experiencia y nos hace gravitar vertiginosamente entre acontecimientos sin la posibilidad de tener un hilo conector o una narrativa que le dé sentido a lo que experimentamos, ahogándonos en un exceso de presente. Ese desenfreno potencia el uso del pasado como instrumento político para ahondar las aversiones políticas, y también nos genera síndrome de Adan y Eva que nos impide conectar con el pasado y pretender que somos el principio de todo, lo cual es más sintomático en aquellos movimientos sociales actuales, que no anclan sus luchas son reivindicaciones históricas. Ante esto, tenemos el reto que desacelerar nuestro ritmo, habitar el presente y desde allí relacionarnos con el pasado, para así construir otros futuros posibles, para no caer seducidos ante el imperativo “es más fácil imaginar el fin del mundo, que el fin del capitalismo”
Nuestra cotidianidad se ha cargado de un exceso de presente, implicando esto la imposibilidad de tener una perspectiva crítica de nuestra realidad y sus problemas desde una mirada de larga duración sobre el pasado, que nos permita complejizar nuestras interpretaciones o las explicaciones de lo que nos acontece sin caer en la seducción de lo inmediato, proceso en el que las respuestas simples y los lugares comunes tienen efectos alucinógenos, como pírrico consuelo ante la ausencia de la conciencia histórica. Por otro lado, el exceso de presente ha implicado que se asevere e incluso se crea que muchos de los problemas sociales, conflictos internacionales, disputas políticas sean acontecimientos recientes, lo cual ha implicado que la relación establecida con el pasado sea instrumental, convertido este en un arma para atacar al adversario político, sin posibilidad alguna para la reflexión crìtica.
La forma como nos encontramos vivenciando los problemas sociales es a través de los medios de comunicación o de las tendencias de las redes sociales, estas últimas con su vertiginoso y sensacionalista ritmo en el manejo de la información, para captar nuestra atención y provocar nuestras reacciones que nos hagan partícipes de la indignación o la alegría colectiva como producto de consumo inmediato, ya sea para aumentar el clickbait* o las interacciones que puedan ser monetizadas.
Se trata de una realidad que ha conllevado que los escándalos y conflictos se encuentren en constante fluctuación y no se tenga la posibilidad de parar a reflexionar sobre lo que acontece, lo que implica que el presente se reduce a picos de actualidad. No siendo fortuito, por tanto, que un día las personas se encuentren preocupadas por la intensidad de la confrontación armada en regiones como el Catatumbo, Cauca o Chocó y al otro están más interesadas en el show mediático del Consejo de Ministros, y así transiten de un problema a otro como si de un reel se tratará.
La inmediatez, como se vive e incluso reflexiona los conflictos de toda índole, ha implicado que sectores políticos de todos los espectros tengan una práctica mucho más manifiesta de instrumentalización del pasado, para así poder situar y darle sustento a sus propuestas, acciones o ataques a sus adversarios, proceder que implica, en la celeridad en la cual nos encontramos sumidos, llegar a una lectura dicotómica, mediada a partir de si quien lo enuncia nos es una persona o grupo política o ideológicamente afín, cayendo en la imposibilidad de revisar y analizar el contenido de lo emitido, reproduciendo así las lógicas del argumento de autoridad.
En esa visión sesgada del pasado se encuentra la justificación para sustentar y darle sentido a hechos o situaciones que son cuestionables, expresiones de lo cual lo encontramos en la justificación por parte del sionismo en la acción militar liderada por Hamas en la cual secuestraron alrededor 251 personas el pasado 23 de octubre del 2023, siendo esto la excusa para reanudar/acelerar el genocidio contra la población palestina, negando así los orígenes de la confrontación y los más de 75 años de acciones militares llevadas a cabo por las fuerzas militares y coloniales israelís para desterrar a los y las palestinas de su territorio. Para el caso colombiano, esto se retrata en el abordaje que los sectores de la derecha nacional le han dado a los problemas del país, dado que los sitúan a partir del 7 de agosto del 2022, convertida esta fecha y los días inmediatos que le siguen, según su entender, en la peor semana de la historia de este país.
Esa instrumentalización del pasado, que no es más que una desconexión con el mismo, también es un problema acuciante en los sectores de izquierda y alternativos. En nuestro contexto, el rechazo a los gobiernos uribistas ha eclipsado una parte considerable de las perspectivas políticas de dichos sectores, limitando su capacidad para ahondar en análisis más profundos de los problemas sociales de nuestra realidad e imaginar proyectos políticos que no se encuentren encasillados en las lógicas caudillistas. Un proceder en el cual la premisa que enuncia que ‘es más fácil imaginar el fin del mundo, que el fin del capitalismo’, ha terminado por convertirse en un mantra que se repite cínicamente, para quedarse en acciones cosméticas para hacer de la agonía del fin del mundo una fiesta. También se presenta que algunos de estos sectores de izquierda y progresistas se han quedado atrapados en sus propios relatos, como la consideración del estallido social del 2021 como la génesis de la nueva ola de luchas sociales en Colombia, convertido esto en una moneda de cambio para reclamar réditos o compensaciones políticas.
La narrativa hegemónica del estallido social se sitúa en la lógica de la inmediatez del presente, conllevando ello la persistencia de resistencias para situar tal acontecimiento en una trayectoria de luchas y resistencias de largo aliento, como las luchas por la reforma agraria integral y la respectiva redistribución de la tierra, la transformación del modelo educativo de todos lo niveles, la transformación de las ciudades para ser habitadas con dignidad y otras luchas que han procurado la transformación de la sociedad, que se han llevado a cabo por diversas personas y procesos sociales para transformar el mundo y sus realidades inmediatas. Se ahondan así las brechas abiertas entre nuestro pasado y presente, abandonando la posibilidad de generar un diálogo y una tensión entre estas dos temporalidades, no solo para que permitan complejizar nuestras lecturas y explicaciones de aquello que vivimos, sino también para reconocerse así mismos como sujetos históricos que tienen la capacidad de transformar su presente.
Es un proceder que va dejando claro que el presente vivido desde la inmediatez no tiene ninguna sustancia: se vive un eterno presente en el que la percepción del tiempo se diluye y niega la posibilidad del cambio, percepción que dota de sentido al tiempo y permite marcar las rupturas entre las tres dimensiones de la existencia: pasado (consideración), presente (atención) y futuro (intención) (Han, 2015). El presente como el único tiempo posible para habitar, normaliza e incluso naturaliza el status quo del mundo en el cual vivimos, ahoga las esperanzas y pone de manifiesto que la única opción de vida es adaptarse, dado que para el ser humano no es posible ser diferente a lo que es hoy, siendo inútil oponerse a esa fatalidad, debiendo aguantar para sobrevivir en un entorno que cada vez se torna más hostil para la vida se erige como única realidad posible. Ante esto, cómo bien señalaba Nietzsche (2002) necesitamos la historia para la acción y la vida, transformando los acontecimientos pasados en historia presente, siendo este presente la fuerza desde la cual se puede interpretar el pasado, como condición de posibilidad de ser en plenitud, sin que eso implique no caer en el exceso de historia que desmorona y degenera la vida.
He aquí un reto por concretar: dotar de sentido el presente desde la potencia de una vida que se rebela, se inquieta, se cuestiona y se organiza en el encuentro con la otredad, proceder que abre la posibilidad no sólo de habitar conscientemente el mundo sino de generar otras proyecciones de futuro que se desliguen de la promesa de progreso propia de la modernidad, promesa engañosa en la cual los individuos encuentran su razón de ser en la acumulación y en su propia explotación, encarnando en su devenir el ángel de la historia del que nos hablaba Benjamin (2010), el cual al volver el rostro al pasado ve una catástrofe que acumula ruinas sobre ruinas, que experimenta ese deseo de detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado, pero desde el paraíso sopla con fuerza un huracán llamado progreso que les impide cerrar las aulas y lo empuja irremediablemente hacía el futuro. Ese futuro, promesa apocalíptica anunciada descaradamente por los profetas del capital, se nos presenta como una disputa por dar al habitar el presente, retomar el pasado e imaginar otros futuros posibles.
* Es una técnica de marketing digital empleada por los medios digitales o sitios web que utiliza titulares sensacionalistas o engañosos para atraer a lxs usuarixs a hacer clic en un enlace y acceder a un contenido aumentando así el tráfico y las interacciones en la página que pueden monetizar. Este modelo de negocio ha sido implementado por la Revista Semana y siguiendo parámetros equiparables al medio de comunicación Fox News. Ambos medios han sido la punta de lanza de las noticias falsas y los postulados de las extrema derecha.
Referencias
Benjamin, Walter (2010). Tesis sobre la historia y otros fragmentos. Desde Abajo.
Han, Byung-Chul (2015). El aroma del tiempo: Un ensayo sobre la velocidad y la vida humana. Herder.
Nietzsche, F. (2002). Las consideraciones intempestivas (1873-1876). Alianza Editorial.

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