Para Heidi Fernández
Un Estado armado atacando a una población desarmada. Picasso pinta en 1951 su cuadro Masacre en Corea, también como protesta contra la agresión contra Corea, en esa guerra vivida entre 1951 y 1953 –del mundo bilateral norte-sur y comunista-capitalista– y que dejó como resultado la partición en dos del país.
Hace setenta años el pintor español pintó su Masacre en Corea y su mirada lo llevó a crear un testimonio de un poder militar armado atacando una población desarmada. Los militares armados sufren una transformación en el cuadro. Frente a la población desnuda se van convirtiendo de humanos en máquinas y de máquinas en un dragón de muchas manos con armas y de muchas piernas para pisotear, antes de disparar. Pierden su rostro humano y el cuadro los enmascara con armaduras metálicas con las que pierden su dimensión humana para convertirse en furor armado para masacrar en acto seguido. Picasso pinta los segundos antes que ese dragón de soldados amalgamados en una sola bestia, embista una población desarmada, sufriente, tranquila, desprevenida, que no cree que será atacada, porque no está atacando a nadie. Son mujeres y niños a la intemperie.
Picasso, testigo de su época. Su pintura es el medio interminable, diario y multitudinario para ser un hombre de su época. Impensable Picasso en otro siglo: surge del siglo XX y ha terminado por caracterizar ese siglo capaz de las guerras más arrasadoras de la historia humana, representadas en esta masacre claramente como una fuerza armada atacando a una población desarmada. Hay quien llama a este cuadro Guernica 2. El tema es el mismo: una imagen segundos antes de la mayor masacre de un ejército armado contra una población desprevenida y desarmada.
¿Cómo fue posible? Más que cómo fue posible el cuadro, es cómo fue posible esa Masacre en Corea, y el cuadro es el asombro de Picasso ante el hecho.
¿Obedeciendo a qué agreden los soldados armados a una población desarmada? ¿Obedecen a sus sentimientos, cuando cada monstruo también tiene madre, hermanas y hermanitos, como también los tiene esa población que será arrasada? Picasso es testigo de las preguntas. ¿A qué obedece esa población desarmada? ¿Le dejaron alguna oportunidad de plantearse alguna pregunta? Picasso pinta en suaves tonalidades grises preguntas como esas.
Podemos interrogar: ¿quién puso esa desafortunada gente en ese lugar escogido para la masacre, ese día, en ese escenario? Picasso pinta un paisaje desolado y precisamente allí a esa pobre gente y en ese paisaje escogido por el poder que dio la orden, pone en avanzada ese ejército de soldados en metamorfosis de humanos en máquinas y de máquinas en monstruos sin madre, ni hermanas, ni hijos. Picasso no estuvo en Corea, pero pintó la masacre que nadie presenció y que todo el mundo olvida. Una guerra se parece a todas las guerras. La agresión de un ejército armado contra una población desarmada se parece a todas las guerras invasoras de cualquier ejército armado atacando a cualquier población desarmada: para Picasso y su mundo de la pintura y la guerra, como su Guernica (1937), su Masacre en Corea (1951) o su El Osario (1945) que evoca las imposibles fotos de los cadáveres desparramados de los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial, cuando nos empezamos a enterar que existieron. La población desarmada estaba en su patria. El ejército armado fue puesto allí por alguien y con la orden y las caras armas para masacrar.
¿Quién es esa gente y quiénes son esos soldados? Picasso pinta mujeres fragmentadas en planos cubistas, rostros desgarrados por lo que saben que va a ocurrir, pinta el momento antes de la masacre en sus desagarrados rostros y pinta la niña del centro del cuadro, que no tiene por qué presentir lo que les va a suceder. Picasso pinta su despreocupación, mirando al espectador. Pinta los niños ajenos a la orden de masacrar a su familia, a su tierra, a su nación. Con este cuadro, como con su pintura, Picasso trata de medir lo que significa el hecho de masacrar un país. No lo ha visto y lo ha visto tantas veces, que su pintura para nada estuvo dedicada a distraer a nadie, ni a decorar salas burguesas, ni a entretener a nadie. Su pintura fue su esfuerzo de toda la vida y su pasión por medir en imágenes lo que entendió de lo que es capaz el ser humano.
Leo de lado a lado su cuadro, un óleo sobre madera contraplacada de 109,5 x 209,5 centímetros, que se encuentra en el Museo Picasso de París. Pintada apenas sólo hace setenta años, hablando de una guerra como todas las guerras que han sido, que masacraron Corea y que no han dejado de suceder, de un ejército completamente armado atacando una población desarmada. El resultado, el proceso creativo y de trabajo y su responsabilidad ante su tema y ante su época, son las que hacen a Picasso un pintor y un artista, no su fama, ni sus hitos profesionales, ni el número de sus casas, ni los números de sus cuentas por ventas. ¿Lo entendemos en verdad?
Picasso dijo un día: “Ustedes esperan que yo les diga qué es el arte. Si lo supiera, no se lo diría a nadie”. Trato de entender a Picasso con la obra de Ingo F. Walther publicada por Taschen en 2005; esta frase está en la página 95 de esta hermosa publicación. Esos soldados tienen garrote, fusil y espada; esa gente del cuadro tiene asombro, despreocupación, ingenuidad, terror y sufrimiento, ¿son las armas que los desarman? El arte y la sensibilidad estética son más frecuentes de lo que se cree, sin pretenderlo, y menos frecuentes si se cree estar definiendo lo que se califique como tal. El artista vive el arte, no tiene por qué definirlo para cerrados diccionarios. Para artistas como Picasso el arte tiene tantas caras conocidas y desconocidas, que él no se interesa por compartimentarlo, sino por multiplicar las exploraciones para expresar nuevas revelaciones, que encuentra, muchas de las cuales, lo dijo alguna vez, ni siquiera las busca, sólo las atrapa.
Cuadro en su composición de dos cuerpos, dividiendo la obra en dos mitades: una masa de cuatro mujeres y cuatro niños y la otra mitad de cuatro figuras que fueron hombres, que no son ni minotauros, agresivamente armados, formando una sola masa que es otra cosa: no cuatro hombres con madre, hermanas o hijos, sino una masa de agresión sin cuento, capaz en la orden de guerra de la destrucción inenarrable de todas las guerras. Ante ese espectáculo pictórico nos lleva Picasso y nos hace presenciar nuestro asombro, nuestra fijación en ese paisaje de contornos reteñidos, ante ese paisaje de pies suaves versus reteñidos pies en embestida; paisaje de gestos inocentes de la víctima versus ese gesto que nadie cree que es capaz de esgrimir cuando cumple órdenes de asesinar con licencia para matar y para multiplicar la impunidad.
Todo presente es una posguerra y el cuadro Masacre en Corea es una guerra que representa todas las guerras invasivas, es decir el asesinato de un ejército armado contra una población desarmada, llámese de Corea, de Guernica, de América indígena o de África negra. El cuadro de Picasso es una de tantas modulaciones del mismo tema. Gris de tonos tierra, porque tanto la gente inocente de su destino incierto como los hombres convertidos en asesinos son tierra, realzados en el cuadro con una paleta exquisita de tonos grises azulados que predominan en toda la tela y pequeñas zonas de contraste con colores tierra de amarillo calcinado. Se me pasaba que contrasta su paleta de grises azulados con verdes de tierra calcinada.
¿Cómo contar esta historia de un ejército con todos los recursos dispuesto a asesinar una población ingenua, desarmada, segundos antes de la atrocidad? No es un campo de batalla, porque esta idea implica dos ejércitos debidamente armados y concertados para enfrentarse. Es la tragedia de la desigualdad. Lo que pinta Picasso también es la tragedia de la asimetría de fuerzas. Una forma más de sus series de Tauromaquia y Minotauromaquia. Una fuerza incomprensible ante la total desprotección. Una fuerza agresiva incontenible, ante la flor de la inocencia, en este cuadro con la apariencia de tener ante el espectador el mismo tamaño de cuerpo. Otras formas múltiples que utilizó para este, uno de sus temas reiterados: el toro, el minotauro y por qué no, de cierta manera, el pintor ante su modelo, evocando extrañamente el mito de la bella y la bestia: la mayor belleza que cabe concebir en su forma más ingenua, ante el peligro de la mayor agresión insólita, pequeños momentos antes del holocausto. Picasso nos lleva hasta allá. Picasso vivió gran parte de su arte, precisando ese motivo que lo sobrecogía, que una vez más lo representa a su manera, aunque no estuvo en ese falso campo de batalla, para producir esa obra que se llama Masacre en Corea.
Otra vez como tantas veces a punta de luces y sombras, meticulosamente pintadas, surgen figuras, surge el volumen de figuras, pero no son figuras humanas, tanto como gestos: dos mujeres tomadas de la mano; un guerrero levantando una espada para cumplir una orden ante su víctima; un soldado afinando su puntería con su fusil; el horror de una madre estrechando a su hijito que sabe va a ser inexplicablemente asesinado (como Pieter Bruegel enfrentó el horror de pintar su obra Matanza de los niños inocentes hacia 1566); la sorpresa de una niña mujer que mira al espectador y se siente observada; el horror del niño que entiende lo que está a punto de suceder y se clava en el cuerpo de su madre huyendo de lo que no entiende; la desastrosa e inocente despreocupación de los niños más pequeños; como todo gran pintor, Picasso es antes que todo pintor de gestos que de figuras.
Una vez más Picasso pinta lo indescifrable. Con sus imágenes persiguió lo indescifrable, tan absurdo que se volvía interesante e inevitable para la verdadera obra artística; que otros pinten para vender y entretener con belleza para decorar paredes. Picasso eligió como hicieron siempre los grandes pintores.
¿Qué nos dice hoy este cuadro? Que las guerras no dejan de ocurrir; que el mayor poder agresivo amenaza, desde el fondo de la historia humana, convertirse nuevamente en poder destructor atacando poblaciones indefensas. Es memoria de lo que se hizo inevitable y no queremos recordar. Si Corea hubiera sido la última ocasión, pero sólo ha sido una más, antes de su guerra ajena en la década de los cincuenta y después, así es como Chomsky y Vlchek denuncian que entre 1945 y el año 2013, han sido masacradas más de 180 millones de víctimas en guerras en todo el mundo*.
El arte siempre habla del pasado, del presente y del futuro. El pasado, que fue inevitable y que no se debe olvidar; el presente, que nos reta a vivir aquí y ahora de otra manera; y del futuro, que tenemos la oportunidad y la responsabilidad de construir para minimizar al máximo los grandes riesgos de permitir injusticia, desigualdad y destrucción. Hace setenta años un gran artista también lo pintó.
No se trata de idealizar un San Jorge que destruye el mal, que acecha al ensartar al dragón como símbolo de amenaza a lo sagrado. Conocemos este maravilloso capítulo de la historia del arte. Es el cuadro de Picasso una manifestación moderna: es representar el mayor poder de destrucción, cuestionando su acción, atacando a una población desarmada e indefensa. El mal contra lo sagrado es que haya sucedido, que suceda y que siga sucediendo.
* Terrorismo occidental, Txalaparta, 2014.



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