Doña Fabiola

Tenía aún una edad idílica, seis años, cuando conocí a doña Fabiola, y desde entonces conservo la impresión de que siempre había tenido ella la misma edad y la misma estampa, impresión que confirmé una década después, cuando volví a verla exactamente igual, menudita aunque bien erguida, con sus canas grisáceas impecablemente cortadas y peinadas.

De ella podría decir que fue la primera persona de su familia en recibir educación superior, que se casó con un modesto aunque bien cultivado locutor de la emisora municipal, quien, en parte por liberalidad, en parte por compartir los gastos, permitió que ejerciera su profesión; que quedó viuda a los treinta y pico y entonces se casó con su trabajo y nada más que con su trabajo; pero estaría inventando, pues lo único que sé de ella es que fue mi profesora de primero de primaria, dichosa etapa en la que el mundo es aún un ámbito infinito por descubrir y la curiosidad permanece intacta, además de que no se han experimentado las crueles inclinaciones al matoneo que nos hace a tantos renegar de una adolescencia afligida. Y no es que el niño no sea capaz de maldad; es que su maldad es aún inocente.

Con la misma inocente curiosidad recibí de sus manos mi primer diccionario de español: un ejemplar antiquísimo, de páginas amarillentas y remendado más de una vez; quizá, fantaseando, una de las primeras ediciones de la RAE, la cual, según mi impresión sobre esa especie de inmortalidad de doña Fabiola, bien pudo haber recibido recién salido de la imprenta. Estaba encuadernado artesanalmente en un recuadro de cartón cubierto con un papel adhesivo que simulaba la idea que de un pellejo de vaca tiene cualquier niño: blanco con manchas negras. La imagen de ese negro sobre blanco me acompañará siempre; la imagen, porque el diccionario lo perdí en una mudanza.

Quien haya cometido la insensatez de intentar leer un diccionario de largo sabe lo que es que se abra ante sí un universo cuya expansión se acelera más rápidamente de lo que se puede avanzar a través de él. Quien no lo haya hecho, pero haya leído Los mitos griegos de Robert Graves siguiendo las referencias al pie de la letra, podrá hacerse una vaga idea. Fue ante ese diccionario que tuve, por primera vez, la fustigante sensación de ser más ignorante cuanto más aprendía. Cada palabra me llevaba a un universo propio compuesto por otras palabras, muchas de las cuales ignoraba igualmente. Al final, las más de las veces, terminaba inventándome los significados. Así, anémona podía ser una rubia enamorada, cargada de flores, transformada por un encantamiento en una rana de la familia de las ranunculáceas, y barahúnda se convertía por antonomasia en la banda marcial del pueblo.

Hoy en día, cuando tanto se habla de multiversos, habría que volver al diccionario, multiverso por excelencia, cuyos universos se articulan entre sí de formas a menudo insospechadas, formando un todo que es infinitamente más que la suma de sus partes: un infinito formado por infinitos con infinitas formas y matices.

Me encantaría decir, por afectación literaria, que fue doña Fabiola quien me enseñó a leer, pero, aun cuando hubiese tenido mucho que ver, el milagro no se produjo en su augusta presencia, sino en casa, estando sentado en el suelo con la cartilla de Nacho lee abierta sobre las piernas. Recuerdo que, mientras repasaba letra por letra, bastó con que mi tía me dijera: “tiene que juntar las letras una tras otra” para que se produjera el milagro. Sin duda, ha sido uno de los momentos más memorables de mi vida. Desde entonces no he dejado de leer –si bien no fui siempre lo que se dice un lector– e inevitablemente tenía que ocurrir que esta disposición mía pasara de gran acontecimiento a ser motivo de reproche para mi familia o, más bien, para la abuela, quien me amonesta, no obstante con ternura: —Mijo, usted se va a morir ahogado entre papeles.

Con la feliz excepción de mi tía, en casa el analfabetismo campaba a sus anchas. Mi abuela apenas si conseguía unir unas cuantas letras y en su cédula consta: “manifiesta no saber firmar”. Mi madre no juntaba ni una, pero en cambio aprendió a escribir su nombre, en una caligrafía tan simple que desde muy jovencito aprendí a falsificar su firma para que me dejaran salir de la escuela antes de que sonara el timbre. Y sin embargo yo, gracias a doña Fabiola y al acompañamiento del matriarcado familiar –modesto pero atento–, había adquirido las primeras herramientas para husmear en lo que habían pensado otros y, con el tiempo, registrar lo que yo mismo pensaba, si es que a eso se le puede llamar pensar.

Pero pasó el primero de primaria y la primaria misma y supongo que doña Fabiola nunca se enteró de que su pupilo, a quien había regalado su primer diccionario y acompañado en el camino de aprender las letras, con el tiempo se volvió poeta y cosas peores. Más aún, puede que después no me haya recordado ni haya sospechado nunca lo importante que fue para mí ese diccionario forrado en un simulacro de pellejo de vaca. Es más, de aquel reencuentro, una década después, no conservo ninguna memoria precisa; claro, no son cosas en la que se fije un rapazuelo de dieciséis años. Desde entonces, no volví a saber de ella.

El tiempo que ha pasado y mi irremediable pesimismo me hacen suponer que aquella humilde María Moliner, que no elaboró un diccionario pero sí cuidó y reparó uno durante años, como ofrenda a un alumno que la vida pondría en su camino, ya no está entre nosotros; pero algo, una vaga sensación, me dice que vive y que conserva aún la misma edad y la misma estampa, y la imagen de aquel ejemplar vetusto y amarillento será siempre la imagen ideal, arquetípica, que tendré de un diccionario. 

* Autor y editor independiente.

San Antonio de Prado, Medellín

Información adicional

Autor/a: Cristancho Duque*
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo N°332, 20 de Febrero - 20 de Marzo de 2026

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