I
El largometraje “Vivir su vida” (Vivre sa Vie) de Godard es una obra de la exploración. El autor de “Sin aliento” contaba con poco presupuesto para filmarla, y con ideas no muy definidas sobre su realización. Es una pieza que nace del intento y de la aspiración, o como dice Susan Sontag, un ensayo filmográfico, que se vale de la profunda capacidad de reflexión de su protagonista, Nanna, para dejar en el espectador hondas preguntas sobre el lenguaje, el sentido de las palabras, y el silencio.
Godard fue uno de los mayores exponentes de la nouvelle vague del cine francés, movimiento que congregó a un grupo de cinéfilos con pocas expectativas comerciales y con grandes ambiciones artísticas.
En otras palabras, un cine del error, que hace del yerro una estética, muchos de los planos y escenas que encontramos en estas películas se dieron por azar, por casualidad, por el instinto falible que caracteriza el humano dispuesto a proponer una mirada sobre el mundo.
Hay una escena de Vivir su vida en la que Nanna dice: “alguien me dijo que la verdad está en todo, incluso en el error”.
¿Cuál sería la verdad de una máquina que se presume infalible? ¿Cuál sería su ficción (esa mentira, que como dice Vargas Llosa, se hace pasar por verdad)? ¿De qué fermentos y tejidos es extraída la sensibilidad con que genera sus textos?
Aunque algunos escritores se oponen a la idea, soy de los que considera que en un futuro más cercano que lejano la máquina será la creadora de los próximos best seller de la literatura. E incluso de obras despojadas del formulismo que caracteriza la literatura comercial, o eso que llaman literatura mayor.
Será un humano leyendo una máquina, y no una máquina leyendo a un humano el próximo diálogo cultural entendido como la lectura. Es decir, la máquina como el interlocutor del humano.
Lo cual acentúa el problema del totalitarismo de la tecnología digital, que se sabe, no es por su uso per se –huelga mencionar todos los beneficios que ofrece el buen uso de la IA–, sino por el sometimiento del humano frente a ella.
Desde muchos años atrás, algunos pensadores han manifestado su preocupación por el control de la técnica frente a acciones que definen el haber del individuo. Uno de ellos es Martin Heidegger, quien mucho antes que los filósofos contemporáneos, manifestó que el desarrollo de la técnica y los automatismos avanzarían de tal forma que no se les podría detener en parte alguna.
Heidegger nunca imaginó un dispositivo como el smartphone (tan imprescindible hoy en nuestras vidas) y tampoco en aplicaciones de potentísimo automatismo como ChatGPT. Sin embargo, llegó a conclusiones como esta: “Podemos dar el sí a la ineludible utilización de los objetos técnicos, y podemos a la vez decir no en cuanto les prohibimos que exclusivamente nos planteen exigencias, nos deformen, nos confundan y por último nos devasten”.
Pero el destino de la humanidad parece trazado. Hoy día parece más probable que los objetos planteen su uso frente a nosotros, que nosotros como sujetos determinemos y limitemos el uso de ellos.
Un ejemplo de estos es el uso insaciable de las redes sociales, que genera adicción tanto en el más nativo del lenguaje digital como en el más inexperto. Es decir, cualquiera que apruebe su uso es proclive a la más inesperada forma de adicción. Su efecto es igual o más poderoso que el de cualquier droga, capaz de adormecer o noquear a quien la consuma.
El modelo neoliberal de existencia promueve el dominio de la máquina con el humano. Esto porque, como explica Han, hoy todo se hace numerable, para poder transformarlo en el lenguaje del rendimiento y de la eficiencia. Es decir, vivimos en la era técnica y del consumismo, en la cual todo está expuesto como mercancía, de modo que cualquier click y aparición en el espectro digital es registrado en función de un algoritmo que nos ve como clientes potenciales frente a una inmensa red de productos publicitarios.
Esta recopilación de datos a gran escala es conocida como el Big Data, es gracias a su sofisticación que los algoritmos son más exactos en la relación cliente-usuario y usuario-cliente. El Big Data no solo garantiza que el producto llegue al usuario correcto, también moldea una forma calculante de situarse en el mundo con sus sesgos y coartadas disfrazadas de sugerencias en lo que vemos, oímos, o en suma: decidimos.
II
Justamente, el automatismo es una de las problemáticas de lo que sería la literatura del futuro. Me refiero a obras (cuentos, poemas, novelas, ensayos) generada por un chat-bot .
Hoy en día ya existen obras que son generadas por máquinas y otras que son coescritas con la ayuda de un chatbot, y esto no impresiona. La razón es que se trata de expresiones menores, que no tienen la fuerza para cautivar o generar grandes lecturas.
Pero, ante el avance vertiginoso de la IA y en general de las tecnologías digitales, ¿quién podría negar que un futuro su expresión sea mejorada y usada en función de cánones que garanticen la creación de arquitecturas verbales?
Algunos pensadores como Eric Sadin han dicho que este mesianismo técnico ha creado un nihilismo tecnológico o incluso un “antihumanismo radical1”, entiendo esto como la suplantación del humano por la máquina en muchas de las actividades del diario común.
De hecho, Heidegger era claro al señalar que “no hace falta ser profetas para saber que las ciencias que se van estableciendo, estarán dentro de poco determinadas y dirigidas por la nueva ciencia fundamental, que se llama Cibernética. Esta corresponde al destino del hombre como ser activo y social, pues es la teoría para dirigir la posible planificación y organización del ser humano2”.
Todo lo cual hace pensar que una de las próximas actividades que será lograda a través de la IA es la escritura literaria.
El problema no hay que mirarlo desde una perspectiva cuantificable (de si esos libros son vendidos o no, de si un escritor de IA tiene más o menos lectores), sino desde la esencia de toda escritura: el lenguaje.
De pensar en una producción artificial de la expresión escrita en competencia con una escritura que es imperfecta e inexacta. Más aún: una expresión, la humana, que se medita, se piensa, se siente, se obstina, se anhela, o se traduce, tal y como enseña Marcel, el narrador de una de las obras más importantes de la literatura universal (En busca del tiempo perdido), en su último volumen: El tiempo recobrado.
Dice Marcel: “me daba cuenta de que ese libro esencial, el único libro verdadero, un gran escritor no tiene, en el sentido corriente del término, que inventarlo, puesto que ya existe en cada uno de nosotros, sino traducirlo. El deber y la tarea de un escritor son los de un traductor”3.
Marcel Proust sabía que para identificar ese libro que todos llevamos dentro es preciso errar, equivocarse, rumiar, explorar, buscar en el tiempo perdido la expresión exacta. Una máquina es incapaz de hacer esto, puesto que carece de interior, todo se reduce a una operación calculante, no hay pasado, reminiscencia, ni proceso, se trata de un desarrollo inmediato, automático, artificial.
El problema, entonces, es reducir la escritura a una operación de datos e informaciones. Relegar la casa del ser, que es como llama Heidegger al lenguaje, a una operación despojada de sensibilidad y el acento con que cada escritor medita su expresión.
Reducir la expresión humana a una operación de una máquina que nos hace creer que sabe más de nosotros que nosotros mismos a través de la eficiencia de sus datos y los rastreos que ha logrado sobre nuestras actividades.
El lenguaje es pensamiento, y por ende es proteger el ser, como explica Heidegger: “El lenguaje del hombre histórico sólo está en su lugar cuando surge de la palabra. Y si está en su lugar, asoma en él la garantía de la voz silenciosa de las fuentes ocultas. El pensar del ser protege a la palabra y, en esa tutela, cumple su determinación y su destino. Es el cuidado del uso del lenguaje”4.
Para proteger la palabra es preciso pensarla. Muchos escritores escriben alterando el correcto uso del lenguaje para proponer un estilo, o una estética de la escritura, es decir, erran, cometen un error adrede. Ese error es su huella, su voz, el acento de su expresión.
En ese sentido, la automatización del lenguaje es un descuido del lenguaje, es decir, es un descuido del ser. El ser es lo que nos hace existir, o sea, lo que nos hace humanos.
De manera que al asignar la expresión literaria a una máquina estaríamos aceptando nuestra desaparición metafísica.
Sobre esto va afirmar Heidegger: “Con la incondicional dominación de la técnica moderna se acrecienta el poder (tanto en orden a pretensión como en orden a resultados) del lenguaje técnico enderezado a la mayor amplitud posible de la información. Y porque el lenguaje técnico discurre en sistemas formalizados de toma de contacto y producción de signos en el sentido indicado, el lenguaje técnico es el ataque más agudo y amenazador contra lo propio del lenguaje: contra el decir, mostrar y hacer aparecer lo presente y lo ausente, lo real en el sentido más alto5”.
Las grandes obras de la literatura se caracterizan por dejar preguntas en sus lectores. Son textos tan profundos que cada generación propone una nueva exégesis sobre sus dramas, sus misterios, sus argumentos, sus personajes, etc.
Sería difícil imaginar que una máquina logre el mismo impacto cultural que han logrado las obras de Shakespeare, Cervantes o Virginia Woolf. Nadie podría imaginar que ese nivel se repita, o se supere, pues de entrada parecen narraciones irrepetibles e insuperables, son cimas que parecen inalcanzables.
Sin embargo, el futuro es impredecible. La gran incógnita es si será el humano narrando la historia de las máquinas o las máquinas escribiendo la(s) historia(s) del humano.
O si pensamos en un relato híbrido, es decir, de ambas versiones dialogando, la pregunta es cuál será mejor recibida y por quién.
El reto será si como humanos tenemos la capacidad de valorar una expresión por su sensibilidad y la verdad errática de la que hablaba Nana en la película de Godard. O si será más importante el efectismo y la sofisticación con que una máquina entrega un producto.
Tal vez un texto generado por una IA sea menos proclive a fallas y desaciertos. Pero el error nos condiciona como humanos, como dice Nietzsche: “El error ha hecho al hombre profundo, amable, inventivo; ha dado nacimiento a la ilusión y al deleite del reconocimiento6”.
1. Sadin, E., La inteligencia artificial o el desafío del siglo. M. Martínez (trad.). Buenos Aires: Caja Negra, 2020, p. 34.
2. Heidegger, M.,Tiempo y ser. M. Garrido, J.L. Molinuevo y F.Duque (trads.). Madrid: Tecnos, 2000, p. 79.
3 Proust, M. A la busca del tiempo perdido, Vol. III. Madrid: Valdemar, 2005, p. 770.
4. Heidegger, M. ¿Qué es metafísica? Alianza Editorial: Madrid, 2003, p. 60
5. “Traditional Language and Technological Language”, traducción de Wanda Torres Gregory, publicada en el Journal of Philosophical Research, vol. 23 1998, pp. 129–145.
6. Nietzsche, Friedrich. Humano, demasiado humano y Fragmentos póstumos (1876–1879). Ed. Akal, 2024 (trad. Alfredo Brotons Muñoz), aforismo 29.
*Crítico de literatura, docente universitario



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