Una de las últimas conferencias que Roberto Bolaño dictó está dedicada a la interesante relación entre literatura y enfermedad. El título de esta intervención es Literatura + enfermedad = enfermedad, y se encuentra en El gaucho insufrible, que es una recopilación de cuentos que el autor alcanzó a entregar a su editor pocos días antes de morir y que, de hecho, se publicó póstuma. En este texto, que el autor –gravemente enfermo del hígado– escribe en el último año de su vida, encontramos algunas reflexiones, entre burlas y veras, que parten de su experiencia autobiográfica para abarcar algunos tópicos poéticos relacionados con la enfermedad, como lo son el sexo y lo dionisiaco. Entre ellos, Bolaño profundiza bastante en el tema del viaje tomando le perspectiva de algunos poetas franceses, en particular, Baudelaire, Lautréamont, Rimbaud y Mallarmé. Sin querer resumir el análisis que adelanta Bolaño, en su conferencia hay una sección que me ha dado mucho en que pensar: “Enfermedad y viajes”. Esta inicia con la afirmación contundente que literalmente reza “Viajar enferma” (en la edición de Alfaguara que estoy consultando, estamos en la página 120).
Ahora bien, en cuanto he leído dicha sentencia, de inmediato me he recordado de una tradición colombiana que justamente está relacionada con los viajes y que me han comentado unos estudiantes durante unas clases de italiano en donde se cotejaban las diferentes costumbres de las dos culturas. Nunca la he presenciado, mas, por lo que entendí, en varias zonas de Colombia –en la noche de 31 de diciembre–, algunas familias salen de sus casas con una maleta, casi siempre vacía, para dar unas cuantas vueltas alrededor de sus moradas; los más voluntariosos, ampliarían su rayo de acción y no se limitarían a “circunnavegar a pie” solo su casa, sino que llegarían a recorrer toda la cuadra o el barrio. Esta usanza corresponde a una especie de ritual, cuyo fin es augurar los viajes durante el año que comienza, en una proporción que grosso modo se puede resumir con la ecuación: más vueltas = más viajes (que escuchando a Bolaño se convertiría en más enfermedades).
Así las cosas, pareciese imposible conciliar la postura sobre los viajes que nos ofrece Bolaño con la tradición colombiana que acabo de detallar: ¿puede ser que uno de los dos esté fallando en lo que concierne a su concepción de los viajes?
Para tratar de resolver este fascinante enigma he intentado comunicarme con un policía experto que ha tenido que enfrentar problemas muchos más sensibles que este: Pepe el Tira. Lastimosamente, desde su comisaría me han comunicado que el agente ya se encuentra jubilado y está pasando sus años de merecido descanso en completo aislamiento adelantando un trabajo biográfico, basado en fuentes de archivos, sobre su ilustre pariente, Josefina la Cantora. Este texto, si se alcanzara a terminar, ya podría considerarse como un probable éxito de ventas para el futuro (y mi consejo para la redacción de desdeabajo es que comiencen a informarse sobre la adquisición de los derechos de publicación, pues esta ventana de oportunidad se va a cerrar muy pronto).
Sin perderme de ánimo, he pensado en pedirle un consejo informal a un juez argentino retirado y cuya reputación no se ha bajado nunca de intachable, el honorable Manuel Pareda, pues al fin y al cabo –como él mismo afirmó en una de sus tertulias en una pulpería– “la policía es el orden, mientras que los jueces somos la justicia”. Sin embargo, desde su subido regreso a la Pampa argentina, conectado con una sanguinosa riña en la que se habría involucrado en Buenos Aires, no se ha podido identificar su paradero exacto o noticias actualizadas sobre su persona, así que he tenido que renunciar también a su valiosa opinión.
Finalmente, lo único que me queda es arremangarme y averiguar si yo mismo puedo resolver esta disputa que, al fin y al cabo, yo mismo he creado en un momento de ocio. También es justo que quienes crean los problemas, luego tengan la decencia de resolvérselos sin molestar a los demás con este tipo de nimiedades, que no producen plata y solamente conllevan desperdicio considerable de tiempo y recursos, ojalá no públicos.
O sea, en estos tiempos difíciles, necesitamos de personas que resuelvan los problemas en lugar de crearlos, o por lo menos que no carguen a los otros con sus inquietudes: por esto quienes estudiaron filosofía se la pasan tan mal, plantear bien los problemas era una moda de unas épocas pasadas que ya no tienen nada que enseñarnos, y que sería mucho mejor olvidar una vez por todas.
Dicho esto, me pongo en la tarea y aclaro de inmediato que cuando Bolaño, en la misma página de la conferencia ya mencionada, afirma que: “Realmente, es más sano no viajar, es más sano no moverse, no salir nunca de casa, estar bien abrigado en invierno y sólo quitarse la bufanda en verano, es más sano no abrir la boca ni pestañear, es más no respirar. Pero lo cierto es que uno respira y viaja”; aun sin querer hacer demasiado énfasis en el evidente tono burlón del texto, difícilmente está postulando una nueva condición humana que se limite a un sedentarismo riguroso y absoluto, entre cuyas implicaciones se encontraría el quiebre súbito del sector turístico a lo largo del mundo.
Antes de tildar a Bolaño de fundamentalista, quizá valga la pena tratar de reflexionar un poco más sobre el tema del viaje en general, para averiguar si logramos rescatar algo de la postura del autor chileno o si definitivamente hay que cancelar todos los viajes turísticos dedicados al autor, ya que serían una ofensa a su memoria1. Dejando a un lado las generalizaciones triviales, se puede decir que hay diferentes maneras de viajar, tanto por lo que concierne las causas, como por lo que involucra los fines.
Sin ánimo de exhaustividad, entre los tipos de viajes más frecuentes, tenemos las personas que están obligadas a viajar (o también se podría decir a desplazarse) en contra de su voluntad, quiérase por el hecho de que el ambiente en donde estaban instaladas se volvió demasiado hostil o peligroso y ya no permite contar con unas condiciones mínimas de sobrevivencia. Este tipo de viajes, que se dan básicamente desde el inicio de la humanidad, están en la base del fenómeno migratorio, que a su vez está al centro de la agenda política contemporánea. Normalmente, estos son viajes que se distinguen por la falta de voluntad de partir y por la incertidumbre que envuelve el destino final del recorrido, así como el éxito del mismo, ya que a menudo estos viajes se interrumpen de forma abrupta con la muerte de los involucrados, porque sucumbieron en algún lugar peligroso del mundo –como podría ser un desierto, una cárcel o el Mar Mediterráneo–, y que pronto terminan olvidados por todos. El libro Navíos de Caronte, escrito por el colega y amigo Carlos Fajardo Fajardo, pone en forma poética esta experiencia que el mismo autor define como una dolorosa belleza.
En este caso, Bolaño está en lo cierto, pues estos viajes enferman (casi siempre son trayectos que se comienzan con escasos o nulos recursos económicos, o para emprenderlos se debe empeñar buena parte del patrimonio construido, lo cual implica un desgaste físico y emotivo, que a menudo impacta negativamente en el estado de salud) y a nadie se le ocurriría esperarse tener que cumplir uno a lo largo de su existencia. De hecho, estas son circunstancias desgarradoras que pueden tocar y que en la medida de lo posible, siempre se busca evitar, pues abandonar la propia morada y las propias raíces crea una herida que nunca se va a sanar completamente, y todas las personas que se ven obligadas a dar este paso lo saben muy bien desde el primer momento en que se ponen en marcha hacia lo desconocido.
Otro tipo de viaje bastante común lo conforman los viajes de trabajo, en donde un individuo necesita trasladarse de un lugar a otro, por desempeñar una función laboral por un periodo muy breve de tiempo (a veces la ida y el regreso coinciden en el mismo día). Normalmente, estos viajes son particularmente desgastantes porque implican severos madrugones, largos desplazamientos en medio del transporte público y malas comidas que deben consumirse de prisa entre los pocos momentos libres que se dan a lo largo del trayecto. Inclusive, para optimizar los tiempos y los gastos, estas situaciones están tan repletas de compromisos que el viajero no alcanza ni a visitar algo de los lugares en que se desplaza, solamente se limita a “conocer” las instalaciones que se relacionan con sus tareas laborales. En mi caso específico, por ejemplo, ya he viajado más de una decena de veces a Pereira para dictar clases o conferencias en la universidad local, que queda a las afueras de la ciudad, y aún no he tenido la oportunidad de visitar su centro, pues los horarios nunca lo han permitido. Aunque sea en medida menor, también en esta circunstancia podemos coincidir con Bolaño en afirmar que estos viajes enferman, pues son situaciones que están pensadas para privilegiar la eficiencia y el provecho económico en desmedro del bienestar del individuo que se ve involucrado en ellos.
Finalmente, tenemos el tipo de viaje que más dinero mueve y que cabe en la categoría del turismo. Este es un viaje que las personas hacen para visitar un lugar en un periodo limitado de tiempo que ha sido prefijado, tratando que los tiempos de desplazamiento sean lo más rápidos y económicos posible (estas exigencias casi siempre coinciden con un trayecto aéreo). A pesar de que estos viajes se puedan agrupar bajo este común denominador, también es cierto que hay muchas maneras de hacer turismo, que se diferencian bastante entre sí.
Grosso modo, en lo que aquí podríamos llamar como turismo virtuoso, tenemos los turistas que están sinceramente interesados en conocer el lugar de destino, el cuál viene escogido no tanto por su comodidad, sino por la oferta natural y cultural que puede brindar al visitante. Este último en serio trata de crear un vínculo con dicha zona, al tiempo que trata de que su presencia no impacte negativamente en la misma, o inclusive que resulte beneficiosa. Aquí podríamos mencionar, como ejemplo, el turismo humanitario o los viajes culturales de investigación. Al respecto, en una recién entrevista para el cotidiano italiano La Repubblica, el hijo de Umberto Eco, Stefano, cuenta que el célebre intelectual nutría su acervo cultural para sus novelas también por medio de los viajes que hacía en lugares exóticos. Las experiencias vividas en estas situaciones, a veces, se encontraban trasladadas literariamente en sus obras. Gracias a esto, en la famosa novela Il pendolo di Foucault, podemos encontrar unos pasajes muy detallados sobre algunos rituales vodoo, que el escritor conoció en un viaje que hizo a Brasil, más o menos en 1978.
La otra cara de la medalla de los viajes de turismo, que apodaremos como nihilista, corresponde al llamado turismo de masa, en donde los viajeros escogen un destino únicamente para disfrutar de los recursos que allá se encuentran sin que le importe conectarse particularmente con la cultura del lugar y sin interesarse en el efectivo impacto de su visita. Así las cosas, hay lugares que resultan preferidos por el tipo de naturaleza, como playas o montañas; hay otros que destacan por una particular oferta culinaria o por la movida (nocturna y diurna); y finalmente tenemos el despreciable caso de los lugares turísticos que terminan ubicados en el mercado por la oferta de experiencias que se basan en la explotación sexual y comercial de mujeres y niños, a menudo vinculadas a otras actividades ilícitas, que resultan particularmente accesibles.
A menudo, los territorios que deciden invertir en este tipo de turismo, tratando de volverse una meta apetecible para estos tipos de viajeros, tratan de conformar el territorio física y administrativamente para facilitar al máximo la recepción de los turistas descuidando el desarrollo estructural de otros sectores económicos que vienen considerados menos remunerativos. Esto implica que todos los nativos del lugar que por una razón u otra no logren emplearse en el sector turístico no cuenten con posibilidades alternativas de trabajo y estén obligados a quedarse en situación de desempleo y, tarde o temprano, a marcharse hacia lugares en donde creen que sus calidades podrían beneficiarse de sus dotes y allá desembocar en posibilidades de empleo.
A pesar de que en el corto y quizá mediano plazo esta elección conlleve un aumento significativo del bienestar, en el largo plazo esto puede causar un estancamiento importante, y a veces dramático, del ecosistema de la localidad turística, ya que no siempre se puede asegurar un posicionamiento estable en el mercado, lo que implica que en la primera temporada en que no haya un número suficiente de turistas, ya no habrá posibilidades de amortiguar la diminución de los ingresos monetarios, pues la mayoría de las estructuras estarán pensadas para el turismo, sin que esto ofrezca muchos chances de readaptar los sectores productivos hacia otros escenarios más favorables.
Dicho de otra forma, si el turismo me asegura una ganancia del 300% con respecto, por ejemplo, a la industria, probablemente yo convertiré mis fábricas en lugares turísticos para aumentar mis entradas y, en caso de poca afluencia, me encontraré impreparado para volver a convertir las infraestructuras. Esta situación es bastante similar a lo que ha pasado en Italia en los últimos 40 años, en donde se ha implementado furiosamente toda la industria turística en desmedro de otros sectores productivos, con el resultado de que ahora se puede conseguir una pizzería cada cinco metros, pero ya casi no hay fábricas relevantes en el territorio, pues las desmantelaron o las movieron al exterior.
Es más, considerando la amplia oferta del mercado turístico no es tan difícil que este escenario de disminución de los turistas se presente, ya que ellos no están mínimamente conectados con los territorios que van a visitar –pues no les interesa, ya que normalmente estos viajes tienen como solo y único fin el entretenimiento entendido como un fin en sí mismo–. Al contrario, ellos tienden a privilegiar los lugares que, a paridad de oferta, resulten más baratos. Además, esta actitud desinteresada implica a menudo una falta de respeto hacia el territorio que los está acogiendo, y una explotación desmesurada de sus recursos, que tarde o temprano termina con un agotamiento total de todo lo que el sitio de destino tenía que ofrecer. Por todas estas razones he querido adjetivar estas dinámicas de nihilistas, pues el resultado final en cualquier caso es una completa destrucción del lugar de destino, en cambio de unos beneficios efímeros.
Todo esto nos indica que dicho modelo económico no es rentable a largo plazo para muchos lugares turísticos, sino que es provechoso solo para los pocos que logran posicionarse en el mercado y, de alguna forma, quedarse entre las metas turísticas apreciadas y visitadas masivamente. De allá se entiende que esta manera de viajar encaja perfectamente en las lógicas extremadamente consumistas que imperan hoy, las cuales tienen las mismas consecuencias que los demás fenómenos de matriz capitalista, a saber, enriquecer a unos pocos, a cambio del empobrecimiento de muchos y del agotamiento de los recursos naturales.
Se puede decir que también esta categoría de viajes tiene que ver con la enfermedad, pero desde dos ángulos diferentes. Por un lado, tenemos varios ejemplos de cómo este tipo de turismo masivo “enferma” el lugar de destino, hasta poner en serio riesgo su propia sobrevivencia. Solo para mencionar un caso famoso, que tiene que ver con Hollywood, recordemos el caso de las famosas playas tailandesa Ko Phi Phi Leh, que sirvieron como set para The Beach protagonizada por un joven Leonardo di Caprio. Luego del éxito taquillero de la película, estos lugares se volvieron una meta supremamente famosa entre los turistas que visitaban Tailandia, al punto de que el gobierno local se vio obligado a prohibir por un periodo el acceso a las islas, pues las visitas frecuentes y masivas estaban arruinando irremediablemente dicho ecosistema. En este caso, demasiados viajes han enfermado a la naturaleza, y solo su interrupción ha servido como cura. Algo que también ocurre en Colombia, en el caso particular del parque Tayrona. Sin embargo, tal como lo planteaba, en los años 90, el famoso dramaturgo italiano Giorgio Gaber en su canción Far finta di essere sani (Fingir estar saludables), a menudo estos viajes tan fútiles esconden un malestar mucho más profundo que involucra a los viajeros. En particular, según dicha interpretación, estos viajes tendrían como única finalidad el escaparse de la agobiante rutina diaria que el sistema capitalista le impone a la pequeña burguesía, que, en lugar de tratar de encargarse de la cuestión social o por lo menos de su agobio, preferiría, entre otras cosas, comprarse motos enormes o formar improbables grupos de estudio sobre “las masas y la lucha de clase en las obras de Gramsci”, embarcarse en viajes “a lugares lejanos” con el fin de distraerse de su condición miserable y justamente fingir estar saludables tanto consigo mismos como con los otros. Así las cosas, estos viajes corresponderían a una distracción en el peor sentido del término, o sea, consistirían en una diversión fútil que remplaza, en una forma de autolesionismo, la implementación de algunas medidas necesarias para el propio bienestar.
Por ende, hasta este momento se puede afirmar que la postura radical ya no parece tan descabellada como parecía desde una primera lectura. Empero, hay una manera de viajar que aún no hemos considerado y que no encaja en ninguna de las casuísticas que hemos enumerado anteriormente: la manera de viajar del viandante.
Esta figura, que ha sido ampliamente desarrollada por la literatura –especialmente la alemana–, no considera el viaje como una excepción al sedentarismo, sino que plantea su condición de errancia como la normalidad. Esto implica que sus peregrinaciones no tengan ninguna meta específica, y ningún trayecto particular para recorrer: el camino se construye mediante sus propio pasos y el destino final pierde cualquier tipo de importancia, pues todo el foco de la atención está centrado en el viaje mismo, dado que este se vuelve ocasión de transformación personal, como en la mejor tradición de la Bildung alemana y de su personaje más representativo: el Wilhelm Meister de Goethe. Recientemente, este paradigma ha sido retomado y desarrollado filosóficamente por el pensador italiano, Umberto Galimberti, quien, en su libro L’etica del viandante (la ética del viandante), propone un modelo ético alternativo –biocéntrico–, que toma como punto de partida la condición de errancia del ser humano, la cual, en contra de la mentalidad cientista actual, nos permite también revaluar el papel de lo incalculable a la hora de conseguir la famosa armonía entre hombre y naturaleza que tanto añoraban los románticos alemanes: “A lo largo de la vía recorrida por el viandante en su errancia, el sentido del mundo se invierte, y lo incalculable, que al viajero provoca temor, dilata tanto el horizonte hasta borrarlo como horizonte, como punto de referencia, como encuentro de la tierra con su cielo”2.
Aquí se vuelve automática la identificación entre la errancia del viandante y la vida misma y al mismo tiempo se puede ver que todo esto, a diferencia de los casos anteriores, no conlleva enfermedad, sino que abre un camino hacia una condición existencial y ecológica más saludable. Quizá, involuntariamente, sea justamente la esperanza de iniciar un viaje de este tipo la que empuja a todas las personas a viajar a pesar de las múltiples posibilidades de enfermedades que esta elección implica. Al final de la cita de Bolaño de la que hemos arrancado para desarrollar todo nuestro discurso, el autor lamenta justamente esta terquedad hacia los viajes a pesar de todo, pero al mismo tiempo nos sugiere que esto es inevitable, pues no podemos parar de respirar así como no podemos parar de viajar en la esperanza de volvernos viandantes.
Así las cosas, el bello texto de Bolaño podría servir como amonestación para todos los colombianos que cada 31 de diciembre cumplen el ritual de las maletas para propiciar un año lleno de viajes. Esto no está mal per se, sin embargo es fundamental tener bien claro qué tipo de viajes se quieren iniciar y, sobre todo, por qué.
1 Un ejemplo de ellos es: https://www.blanescostabrava.cat/wp-content/uploads/2022/09/blanes-bolano-CAS.pdf
2 U. Galimberti, L’etica del viandante, Feltrinelli, Milano 2023, p. 360.



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