El sindicalismo ha muerto: una inclinación por una organización post-sindical y territorial

¿Qué tipo de sindicalismo hemos tenido? ¿Qué tipo de sindicalismo tenemos? ¿Qué tipo de sindicalismo necesitamos? Para responder a estos interrogantes es imperativo aterrizar la mirada en nuestra realidad inmediata: Colombia. Hoy, según datos del Sistema de Información Laboral y Sindical (Sislab) y reportes recientes del Ministerio del Trabajo, aunque el país cuenta con alrededor de 6.000 organizaciones sindicales, la tasa de afiliación apenas roza un precario 4% de la población trabajadora, lo que equivale a poco más de 1,2 millones de empleados. A este panorama de baja representatividad se suma que el peso del movimiento ha quedado confinado casi exclusivamente a ciertos enclaves tradicionales, como el sector público y las grandes corporaciones de minería e hidrocarburos. Así, mientras la inmensa mayoría de la clase trabajadora sobrevive en la informalidad o bajo nuevas lógicas de flexibilización, el sindicalismo clásico se desdibuja. La lucha entre capital y trabajo se recrea hoy en nuevas formas y locaciones; los datos de nuestra realidad son, por tanto, una provocación ineludible para pensar y tomar posición urgente frente a todo ello.

¿A muerto el sindicalismo?

Afirmar que el sindicalismo ha muerto implica reconocer el colapso de un paradigma esencialista que redujo la complejidad de la lucha social y obrera a una sola identidad anclada al lugar del trabajo o, peor aún, el tipo de contrato que tenían. Este sujeto no sólo sucumbió ante el capital, sino ante su propia incapacidad de leer la mutación del mundo tras la caída del bloque soviético y la arremetida del neoliberalismo en los años 80 del siglo anterior. Su muerte, sin embargo, no es el fin de la anhelada transformación social, sino la apertura necesaria para el nacimiento de sujetos interconectados que ya no se definen por su lugar en la línea de producción, sino por su capacidad de agenciar la vida en el territorio.

El sindicalismo colombiano ha operado bajo una esclerosis teórica, la cual no es solo un estancamiento de ideas, sino que en términos de Thompson1, es una patología del pensamiento que sustituye el momento real de la historia por modelos conceptuales cerrados. En nuestro contexto, se ha manifestado cuando las organizaciones sindicales congelan la categoría de clase en un molde estático, heredado por una visión en la cual el proletariado era una categoría sociológica pre-definida por su lugar en la producción. Cuando las organizaciones sindicales congelan la clase en este molde estático cometen el error de tratarla como un objeto con propiedades fijas y no como lo que realmente es: un fenómeno histórico que sucede en las relaciones humanas2

Esta ceguera impidió que los sindicatos leyeran la experiencia de los nuevos trabajadores precarizados, informales y deslocalizados que cobraron mayor relevancia con la apertura económica. Al transformarse la forma de contratación tradicional, dando lugar a la contratación por servicios y la ausencia de políticas y acciones para la formalización laboral, a los sindicatos se les desdibujó el lugar y el tiempo desde el cual estructuraban su lucha, que era la posibilidad de contar con la estabilidad laboral en el largo plazo. Ante dicha situación, que demandaba una apertura y una exploración para dotar de nuevos contenidos a la clase, para responder a esa precarización e informalidad dominante de los y las trabajadoras, el sindicato burocratizado asumió que su lucha termina en la defensa de su parcela (el puesto de trabajo). Esta visión reduccionista facilitó la absorción por parte del Estado y la élite criolla de un sector de las dirigencias sindicales, integrándolas al orden neoliberal como gestores de la precariedad, en lugar de motores de potenciación y organización. El sindicato dejó de ser una apuesta por agenciar la lucha, para convertirse en un apéndice institucional que carga ladrillos para el mantenimiento del sistema.

Esta cooptación, que neutralizó la fuerza transformadora sindical que limitó su capacidad de resistir a la ofensiva sistemática que las transformaciones del modelo económico desplegaba fuera y dentro de su entorno laboral. El capital ya no necesitaba concentrar los cuerpos bajo un mismo techo, se había deslocalizado para colonizar el tejido social en su conjunto, extrayendo valor del ocio, del conocimiento y la naturaleza. Mientras tanto, el sindicalismo tradicional se centraba en las mejoras salariales, el capitalismo mutaba hacia el despojo de los bienes comunes, el territorio y la vida misma.

Dicha esclerosis teórica, ya señalada que vienen experimentando los sindicatos, le ha impedido ver que hoy la lucha de clases se libra tanto en el lugar de trabajo como en el recibo de los servicios públicos, el desalojo barrial y la destrucción de la naturaleza. Al defender solo mejores condiciones para quienes venden la fuerza de trabajo, el sindicato le dio la espalda al territorio, que es donde se están dando las disputas en defensa de la vida y se gestan las transformaciones sociales. Esto implica que hoy se mute hacia un sujeto territorial que reconozca que su lugar de trabajo y lucha es ahora la ciudad entera, el campo como un todo, la red y el ecosistema.

En nuestra realidad concreta, otro factor que potenció la crisis del sindicalismo fue el asesinato y persecución sistemática llevada a cabo por el paramilitarismo auspiciada de forma directa e indirecta por el Estado y las elites criollas, quienes con el exterminio que llevaron a cabo ahogaron en sangre la potencia transformadora y la radicalidad sindical, abriendo así paso a una segunda avanzada estatal y empresarial para burocratizar a los sindicatos y llevarlos a la conciliación, así como a un funcionamiento favorable para el capital. A la par de ello, una creciente despolitización de sus bases y un funcionamiento que antaño llamarían anarcosindicalismo, al estar estas organizaciones haciendo proselitismo abierto por causas políticas, en particular progresistas.

Estamos ante nuevos tiempos y nuevas formas de reproducción del capital, así como de control social, una realidad no asumida de manera frontal ni en todas sus connotaciones por el sindicalismo, que no logra recobrar el terreno perdido ante el conjunto de transformaciones que vive el capitalismo como modelo económico, social y político. Hoy, el capital ya no se conforma con la simple explotación del esfuerzo físico; su frontera de extracción abarca el lenguaje, la atención, el afecto y la psique misma. Esta colonización invisible genera una desposesión existencial en la que el trabajador, convertido en un emisor constante de datos e información, pierde el anclaje vital con su entorno material y social. En el centro de esta tormenta surge el cognitariado –esa masa de trabajadores intelectuales, académicos y de servicios precarios– que, si bien posee el general intellect (el saber social) que hace funcionar la maquinaria global, se encuentra sumido en el aislamiento y el agotamiento de una disponibilidad 24/7. El sindicato tradicional, ciego ante esta fábrica de la infelicidad3, resulta inoperante porque sigue intentando organizar cuerpos mecánicos en un organigrama, en lugar de comprender y articular psiques fracturadas.

Frente a unas geografías de la precariedad como las denomina Moruno4, se disuelven los antiguos lugares de encuentro de los obreros y se diluyen las fronteras entre el trabajo y la vida, la respuesta organizativa no puede limitarse a la clásica demanda economicista por el aumento salarial. Por el contrario, requiere experimentar y apostar por la deserción, en este marco de asedio contemporáneo, no significa la inacción o el abandono de la lucha, sino la fuga estratégica de las formas de subjetivación impuestas por la burocracia y el mercado. Dado que el cognitariado y las clases subalternas deslocalizadas ya no se encuentran en lugares y temporalidades estáticas como posibilidad de congregación, se ven obligados a inventar nuevas espacialidades y temporalidades de resistencia. Esto implica que, el centro de gravedad del conflicto, por tanto, se desplaza ineludiblemente hacia la base física y relacional de la reproducción de la vida: el territorio.

Por lo tanto, esto conlleva a que la organización autónoma en las periferias y comunas urbanas y entorno rurales se erija como el escenario del agenciamiento contra la acumulación por desposesión5. La congregación de estos sujetos dispersos exige metodologías que vayan más allá de la asamblea formal; requiere corporizar la memoria e intervenir directamente sobre las subjetividades dañadas por la necropolítica. El uso de círculos de la palabra, la cartografía corporal y otras prácticas de reapropiación simbólica que dejan de ser meros ejercicios de intervención comunitaria para revelarse como la base política de una nueva forma de organización. Estos dispositivos permiten descolonizar el inconsciente y reunir los fragmentos del sujeto precarizado, no para buscar una simple adaptación al daño infligido por el modelo neoliberal, sino para detonar verdaderos procesos de potenciación colectiva. Solo al revincular general intellect con la defensa de lo común en el territorio, es posible articular esa fuerza emancipatoria que desborda las viejas costuras del sindicalismo.

En estas circunstancias y ante semejante realidad, una apuesta por organización postsindical con verdadera vocación emancipatoria no debe buscar la unidad aplanando las diferencias, ni sustentarse en esencialismos, su reto es otro: articular una fuerza social a partir de la potenciación de sus propias contradicciones internas, donde hallamos el trabajador cognitivo exhausto, la mujer cuidadora precarizada, el sujeto desplazado, las personas racializadas y todas aquellas existencias precarizadas, explotadas y dominadas. Esta apuesta por la multiplicidad exige asumir lo que Deleuze y Guattari6 denominan devenires. La organización no puede ser un aparato estático y representativo y sí operar como un flujo constante de subjetivación política para no ser capturada por el Estado. Esto implica un devenir-mujer para desplazar la productividad y situar el sostenimiento de la vida en el centro del debate; un devenir-animal para desertar del humanismo instrumental que depreda el planeta; y un devenir-joven para rescatar la potencia inventiva secuestrada por el trabajo 24/7. No se trata de ser algo fijo y clasificable, sino de estar en perpetua mutación, volviéndose ilegible para las formas burocráticas de control.

Estamos ante nuevas realidades, las que nos llevan a asumir que la muerte histórica del sindicalismo no significa el fin del antagonismo, sino la condición ineludible para el nacimiento de un nuevo agenciamiento organizacional. El sujeto político que asoma en las ruinas del neoliberalismo es múltiple, interconectado y profundamente territorial. Su horizonte histórico ya no reside en negociar los términos de su propia explotación, ni en administrar la miseria a través de cúpulas burocráticas, sino en desertar de los mandatos del capital para dirigir y sanar su propio entorno. Al abandonar los espejismos de la integración sistémica, la verdadera apuesta radica en la potenciación de las formas de vida autónomas y en la materialización del buen vivir. Es allí, donde al recuperar el territorio y los vínculos la vida logra finalmente desbordar la maquinaria de infelicidad del capital. 

1 Thompson, E. P., Miseria de la teoría. Crítica. Editorial Crítica, 1981. 

2 Thompson, E. P., La formación de la clase obrera en Inglaterra. Capitán Swing, 2012.

3 Berardi F. conceptualiza la fábrica de la infelicidad no como una metáfora, sino como el núcleo productivo del semiocapitalismo. En esta etapa, el capital desplaza su eje de explotación del esfuerzo físico hacia el alma: el intelecto, los afectos, el lenguaje y la atención. Esta captura de la energía deseante y la aceleración incesante de la infoesfera digital saturan el sistema nervioso humano (creando un desfase entre el tiempo biológico y el tiempo del capital), lo que produce de manera estructural patologías psicosociales crónicas como el pánico, la depresión y el aislamiento. Así, el sistema destruye las redes de solidaridad al imponer la autoexplotación bajo la ilusión de que el trabajador precario es un empresario de sí mismo.

Berardi F., La fábrica de la infelicidad: Nuevas formas de trabajo y movimiento global. Traficantes de Sueños, 2003.

4 Moruno, J., No tengo tiempo: Geografías de la precariedad, Akal, 2018.

5 David Harvey acuña este término para explicar cómo el capital, en su fase neoliberal, no sólo extrae riqueza mediante la explotación del salario en la fábrica, sino que sobrevive mediante la captura permanente de bienes que antes eran comunes o públicos. A diferencia de la acumulación originaria que Marx situaba en los inicios del capitalismo, la desposesión es un proceso continuo que incluye la privatización de la tierra y el agua, la mercantilización de los servicios sociales, el despojo mediante el sistema financiero y la biopiratería (patentes sobre la naturaleza). Esta dinámica desplaza el conflicto social desde la relación patrón-obrero hacia una lucha por la defensa del territorio y la vida frente a la voracidad de un sistema que necesita mercantilizar cada rincón de la existencia para resolver sus crisis de sobreacumulación. 

Harvey, D., El “nuevo” imperialismo: Acumulación por desposesión. Clacso, 2004.

6 Deleuze, G., & Guattari, F., Mil mesetas: Capitalismo y esquizofrenia, Pre-Textos, 2002.

Referencias

Berardi, F., Generación Post-Alfa: Patologías e imaginarios en el semiocapitalismo, Tinta Limón, 2007.

Escuela Nacional Sindical [ENS], Sislab: Sistema de información laboral y sindical. Reporte 2018-2020. Centro de Pensamiento, 2020.

Ministerio del Trabajo, Informe final actualización censo sindical-2017. Subdirección de Promoción de la Organización Social, Gobierno de Colombia, 2018, 28 de septiembre.

* Historiador e integrante del semillero de investigación “Conflicto y Acción Colectiva” de la Universidad de Antioquia.

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Información adicional

Autor/a: John Trujillo Caro*
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo N°334, 20 de Abril - 20 de Mayo de 2026

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