Avanzar o retroceder, la decisión de un pueblo

La memoria colectiva de Colombia parece debatirse permanentemente entre el miedo y la esperanza. Con frecuencia es el miedo el que termina imponiéndose. Pareciera que no han sido suficientes las realidades de violencia que dejaron perplejos a los silencios del campo, que tiñeron de rojo sus ríos y destrozaron los anhelos de un país donde los sueños quedaron truncados. 

Cada cuatro años el pueblo colombiano se enfrenta a la incertidumbre de avanzar o retroceder. En este limbo, se pospone el horizonte de construir una sociedad para todos. Sin embargo, como lo expresó José Mujica en su discurso tras ganar la segunda vuelta presidencial del 2009 en Uruguay: “es tiempo de compromiso y mañana, la patria continúa”. Recordando también que las transformaciones sociales son producto de “la lucha colectiva y de generaciones”. 

A cinco años del estallido social en Colombia. 

El 28 de abril de este año, en distintas partes del país, muchos sectores del movimiento social, academia, derechos humanos entre otros, se convocaron para realizar el ejercicio de memoria entorno al estallido social acaecido pocos años atrás. Ahí no solo afloraron recuerdos sobre lo realizado y dejado de hacer, sino también la memoria de compañeros que se fueron enfrentando con su vida a la violencia de Estado y los que se quedaron con una parte de su cuerpo mutilado. 

Este espacio de memoria colectiva, que se viene desarrollando año tras año, ha permitido comprender que el estallido social se constituyó en uno de los acontecimientos que contribuyó finalmente a cambiar la historia del país, no solo por la magnitud de la movilización, sino por las múltiples formas en que el conflicto social se expresó en el espacio público. 

Jóvenes y ciudadanías que trasgredieron las estructuras rígidas de cómo se venía organizando el país a nivel económico, político, social, cultural, ideológico y en si todas las aristas de la sociedad colombiana. Fue el despertar de diferentes problemáticas sociales producidas por el gobierno de entonces, una de ellas el anunciar una reforma tributaria leonina que pretendía incrementar aún más los impuestos a la población menos favorecida, cuando Colombia, igual que el resto del mundo, estaba afrontando las consecuencias de la crisis social que la pandemia del covid-19 había potenciado. 

La presencia masiva del pueblo organizado en las calles no solo expresó inconformidad, sino que incidió en la reconfiguración del escenario político, contribuyendo a consolidar posiciones críticas en amplios sectores de la sociedad. Este proceso tuvo una expresión concreta en el ámbito institucional, reflejada en las urnas con la elección de un gobierno que representó, para muchos, una posibilidad de cambio, protección a la vida en todas sus formas y garantista de derechos. 

Pero todo tiene su final, como dice la canción, es así como se acaban 4 años de un gobierno alternativo que gobernó para los nadies y que ahora son sujetos políticos con capacidad para organizarse como comunidades para denunciar la segregación, así como la eliminación de derechos que por muchas décadas el sistema neoliberal les negó. El 31 de mayo pasado, la mitad de la población colombiana cambió la tradicional pollera colorá o prende la vela, o sencillamente el himno nacional, por la danza de la muerte y la doncella. Aquí se evidenció de nuevo, y como en otros procesos electorales, que el pueblo tiene memoria de muy corto plazo. Pues, se olvidó de esa Colombia que un día se levantó contra su verdugo y que ahora reclama y desea que vuelva. No suficiente con esto, la prevalencia del arribismo social donde los muertos no duelen, “la violencia no es mi problema”, “si quiero salud la pago”, “el que no trabaja no come”, “no me gusta la política”, “para qué votar si todos son iguales”, etc. 

Ante esta dura evidencia, surge un interrogante, ¿por qué gran parte de la población colombiana no acude a la memoria para afrontar el devenir de un nuevo proyecto de sociedad? Las respuestas son múltiples y complejas, sin embargo, una de ellas merece una especial atención. El papel que ha desempeñado el sistema educativo en la construcción o ausencia de una memoria histórica y transformadora. La historia que ha construido, vivido, sentido, sudado, caminado y soñado el pueblo, se ausenta del discurso académico tradicional. Un sistema educativo que invisibiliza realidades de violación a los derechos humanos, corrupción, grupos armados, cultivos ilícitos, desplazamiento forzado, Bacrim y, en fin, muchas de las problemáticas sociales e históricas que no han permitido que Colombia se construya desde la memoria. 

En este orden de ideas, es imprescindible cambiar tal constante educativa y que las narrativas académicas asuman los contextos inmediatos en los que están sumergidas las comunidades, para convertirlas en laboratorios sociales de enseñanza y aprendizaje. Este propósito ya se había reafirmado en la década de los sesenta y ochenta donde la Educación Popular se orientó a: “poder entender la realidad compleja, que requería de una organización y movilización social fuerte y cohesionada”1. Negar el contexto y su historia hace parte del proceso de formación convencional del estudiante colombiano en la actualidad, pues se continúa educando sujetos a través de la perspectiva de la no dialéctica de su realidad. Persistiendo estructuras de pensamiento sin reflexión epistemológica; aprendizaje despersonalizado alejado de intereses y necesidades y cercenando el espíritu crítico, reflexivo y propositivo. 

Es innegable, en esto poco se avanzó en estos últimos años. El sistema educativo nacional aún mantiene dependencia colonialista del saber y del ser, que se ve reflejado en el pensamiento erístico y despolitizado; así se ven los sujetos ahistóricos del presente. Los espacios teóricos tradicionalistas con los cuales se está formando a las generaciones se oponen a que la educación cumpla con “la apropiación y raigambre de la identidad cultural, para el buen vivir y vivir bien, como alternativa de resistencia a los modelos económicos y educativos dominantes”2. Como también, el de formar ciudadanos holísticos hacedores de sociedades con ética, moral y principios de vida política que logren movilizar los cimientos antiquísimos que sustentan las prácticas del modelo educativo neoliberal. 

Por otra parte, muchos textos escolares se han creado para privilegiar y facilitar la educación adoctrinadora, fascista y totalitaria del sistema capitalista que imparte una ideología política sesgada, que resalta solo aspectos positivos de los gobiernos de turno, sin hacer análisis de sus políticas, pese a que no protegen la vida. Omiten las historias subalternas a los estudiantes, negándoles el derecho de adquirir conciencia de los procesos históricos, sociales, populares y de resiliencia de sus pueblos. En cambio, impulsan los relatos de las elites que justifican la violencia del Estado, y difunden una información que pretende seguir manteniendo un discurso guerrerista que divide a la población en dos bandos: la gente de bien y los terroristas que solo a sangre y fuego se deben combatir.

En consecuencia, el sistema escolar debe caminar al ritmo de los cambios sociales. Es urgente que el contexto del estudiante sea parte de su proceso de formación, superando la transmisión de datos, proceso rutinario y mecánico que concibe “a la realidad como algo detenido, estático, dividido y bien comportado o en su defecto hablar o disertar sobre algo completamente ajeno a la experiencia existencial de los educandos deviene, realmente la suprema quietud de esta educación”3.Constante que se refleja en la escasa acción transformadora y de proyección de los ciudadanos, porque el sistema educativo informa mas no genera conciencia de clase, una conciencia que le permita al ciudadano comprender que el poder para transformar la sociedad reside en cada uno. 

Es así como la memoria deja de ser un simple ejercicio de evocación del pasado, para convertirse en el motor que permite construir el presente y proyectar el futuro. Por eso, la decisión de avanzar o retroceder depende en gran medida de la capacidad que tiene la población para construir su memoria colectiva, transmitirla y conservarla, conllevando a la transformación social producto de procesos educativos no mercantilistas. 

Por décadas enteras, el Sistema educativo ha enseñado que el progreso de un país se evidencia, de manera sustancial, en la construcción de carreteras, edificios o grandes obras de infraestructura. También, ha naturalizado que cuando se resiste ante la violación de los derechos fundamentales, “los grupos o personas deciden hacer algo contra estas injusticias son tratadas como enemigos internos y el trato hacia ellos se hace de forma deshumanizante, es decir, quitándoles su calidad de humanos para así poder atacarlos, mutilarlos, o violentarlos etc”4. Todo ello en nombre de la democracia, la paz y la seguridad. 

1 Buitrago, L. E. (2019). “Un diálogo intergeneracional en torno a nuestras prácticas y sentidos de la educación popular”. En L. Candela, M. R. Mejía, L. E. Buitrago y J. Muñoz (Comps.), Educación popular desde los territorios: experiencias y reflexiones (pp. 11-23). Ediciones Desde Abajo.
2 Suárez, Y. M. (2019). “Geopedagogías: movimiento entre lo propio y lo popular” . En L. Candela, M. R. Mejía, L. E. Buitrago y J. Muñoz (Comps.), Educación popular…, op. cit, pp. 41-49.
3 Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. https://n9.cl/yndn
4 Fonseca Roa, J. P., Guerrero Rubiano, A. J., Guerrero Riviere, L., González Carpintero, J. C., García Garrido, G., & Jaimes Serna, D. A. (2026). Ver más allá de la herida: Impactos postraumáticos de la violencia ocular. Centro de Investigación Internacional de Violencia Ocular (CIIVO).

Información adicional

La memoria de un país que olvida.
Autor/a: Luz Angélica Ocaña Rosero
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo Nº336, Junio 16 - julio 16 de 2026

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