El mes de mayo inició con una serie de golpes –físicos y simbólicos– propiciados a la comunidad de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN). Primero, el lunes 4 de mayo, por parte del personal de vigilancia de TransMilenio que, excusado en el ejercicio de sus funciones de control y “cuidado” del sistema, arremetieron violentamente contra la integridad de estudiantes en distintos momentos y puntos de la ciudad; luego, por la Unidad de Diálogo y Mantenimiento del Orden (Undmo) en medio de las manifestaciones pacíficas que realizó la comunidad universitaria rechazando ese brote de agresiones; finalmente, a través de panfletos cobardes que bajo amenaza de muerte buscan amedrentar a estudiantes y directivos que han levantado su voz frente a esta y otras injusticias.
Simultáneamente, el gobierno distrital y los medios privados de comunicación, emitían notas de prensa que, además de generar una perspectiva sesgada y disminuida del asunto, centrada en los desafíos del sistema en torno a temas como la cultura ciudadana, la seguridad, la convivencia y la amenaza financiera que representa la evasión del pasaje para la empresa, fomentaron de manera activa el lamentablemente habitual ejercicio de estigmatización y perfilamiento de nuestrxs estudiantes, poniendo en riesgo su vida, su dignidad y, al mismo, tiempo, desprestigiando de manera directa a la universidad pública, en general, y, en particular, a la UPN.
Sí, seguramente algunos de nuestros estudiantes evaden el pago del pasaje de un sistema de transporte nefasto que de público tiene poco, pero también lo hacen cientos, si no miles de habitantes de la ciudad de Bogotá, pues se trata de un dilema fácil de resolver: comes o recargas la tarjeta. Ahora, más allá del acto limitante de tildarlos como delincuentes que atentan contra el patrimonio y la ciudadanía –lo que recuerda en parte la idea de un enemigo interno–, esta práctica evidencia que hay algo más profundo que está siendo evadido, no ya por los colados sino por los mismos gobernantes y los medios que desvían la atención y hacen recortes informativos a conveniencia, tergiversando la realidad, generando enajenación y zozobra.
Esto es un problema social, de distribución del capital, de explotación y precarización de la vida de la clase popular y trabajadora que es de donde, orgullosamente, proviene la mayoría de los estudiantes de la Pedagógica. A ellas y ellos, que con total entereza se han organizado y movilizado en estas semanas, que valientemente han compartido su palabra y puesto su cuerpo en defensa del derecho a existir dignamente y educarse, a ellas y ellos, todo nuestro respeto, admiración y apoyo.
El movimiento estudiantil vuelve a tomar fuerza y no está sólo, los sindicatos –de profesores y trabajadores–, lo mismo que las directivas de la universidad estamos con ellos. A pesar de lo desafortunado del escenario, la coyuntura nos ha llevado a hacer un pare, encontrarnos, mirarnos unos a otros, escucharnos con atención y pensarnos como comunidad en las asambleas, los plantones y las tomas culturales. La UPN, educadora de educadores, no se dejará amedrentar por sus golpes, no guardaremos silencio y seguiremos luchando mancomunadamente por lo que es justo.
Nuestro rector, Helberth Augusto Choachí González, a la altura de las circunstancias y del cargo que ocupa, además de acompañar esta lucha e intervenir de manera oportuna y contundente, ha contribuido a visibilizar y rectificar los hechos frente a la opinión pública, pero también a poner sobre la mesa la deuda pendiente de la tarifa diferencial y, con ello, la pregunta por la garantía de condiciones para el ingreso y la permanencia en la educación superior, un derecho fundamental e inalienable.
¡Vivan pues lxs estudiantes de las universidades públicas! ¡Viva la educación pública, gratuita y de calidad!


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