–A propósito de las elecciones presidenciales–
No me gusta la forma-populismo, sea de izquierdas o de derechas (en sí misma, me parece de derechas, y considero que siempre entraña un peligro fascista o fascistoide)
Iván Darío Ávila Gaitán.
En tiempos electorales los territorios se vuelcan al ethos democrático. Una especie de “lucha” se concentra en bandos que sostienen la importancia de votar, pero por personas que a modo de “caudillos” prometen mejorar las condiciones de vida. Una retórica vacía se vuelve el discurso de la opinión pública. Este vaciamiento discursivo dispone jugar con el miedo de la población. Entonces las propuestas dejan de existir y se construye discursos de odio entorno al miedo del “avance del fascismo”, de “la guerrilla”, de cualquier sect(a)or político que va a “destruir el país”.
La retórica (vacía) ya no mueve afectos potenciantes como el amor, la rabia, la fuerza, el carácter, el coraje de cambiarlo todo. La retórica electoral construida en el odio a la diferencia es despotenciante. Laura Quintana, menciona que “el odio es un afecto destructivo que bloquea capacidades, produce desfiguraciones y se incorpora en los cuerpos y en las relaciones que establecen, dando lugar a formas de inferiorización, fijación identitaria y desprecio persistentes (…)”. Por eso el odio aniquila la diferencia y fija una dicotomía de amigo-enemigo en el cual el totalitarismo encuentra su nicho mas constante.
De hecho, el odio promueve el daño mortífero al enemigo, a la diferencia. Se pasa de la indiferencia hacia la violenta destrucción de quien es distinto. Es esta dicotomía la forma de la democracia hoy. Una democracia que puja por bandos que se ensañan con destruir de manera acrítica a todxs. Stirner y el mismo Jünger mencionaban que la democracia es el triunfo aplastante de la mayoría y la persecución del “no” “minoritario”, de aquel no en una pared blanca, del no que se fuga del deseo de multitud, del no que está en contra de ser reducido a la aplastante formalidad estadística. Ese “no” de una persona que cuestiona y critica la forma homogénea y reivindica su heterogeneidad. Ese “no” es de una persona que no está dispuesta a reducirse a una apuesta política partidista que no la representa ni la tiene en consideración.
Hoy por hoy, muchas mujeres que luchamos por nuestros territorios somos ese no porque en la homegenidad partidista y acrítica nuestra heterogeneidad no es aceptada.
“¡Las mujeres hacemos cosas de alta política, de alta filosofía!” Dice Cusicanqui en uno de sus discursos más virales. Esas “cosas de mujeres” son el amor y el cuidado que sostiene este mundo y sobre todo, el mundo obrero que tanto defienden algunos pero que se callan a la hora de asumir políticas de cuidado. “Cosas de alta política” son el amor y la alegría como afectos que sostienen la vida. “Cosa de alta política” es la rabia que nos organiza a nosotras desde múltiples causas. Como dice Juli Salamanca (citada en el libro de Laura Quintana, Rabia):
No destilamos odio, es rabia por vivir tantas situaciones humillantes que no deberíamos vivir, es rabia de ver cómo los gobiernos, progresistas o no, no tienen en cuenta nuestras voces y ejecutan programas que nos exponen más a la vulnerabilidad. No es odio, porque no nos queda tiempo para la destrucción; la rabia que sentimos va de la mano con el amor y la empatía hacia nuestros iguales.
Juli Salamanca como mujer trans, pero también nosotras como mujeres con enfermedades crónicas como la endometriosis, las mujeres discapacitadas, las mujeres en territorios de muerte lenta, aquellas que ocupan tierras con sus hijxs esperando reconocimiento del Estado también destilamos rabia. También las mujeres empobrecidas y racializadas que han dedicado su vida al barequeo, pero a quienes ningún gobierno les ayuda con títulos mineros. Tampoco hemos escuchado sobre el reconocimiento de la dignidad energética y menstrual que nos falta a las mujeres, ni de la superación de la feminización de la pobreza en nuestro territorio donde tantas mujeres están bajo el IPM, sobre todo en zonas rurales…todas nosotras feministas o no sabemos que ningún gobierno “progresista o no” nos ha escuchado.
Ninguna campaña ha estado libre del ejercicio o solapamiento de VBG. Sus líderes evaden preguntas sobre este tema y, para nosotras y nuestra rabia el silencio es un acto político de desprecio de nuestros reclamos válidos de que todo gobierno deje de perpetuar a hombres que acusados de violencia hacia las mujeres siguen en el ejercicio de cargos públicos, cargos que, además muchas mujeres podrían ocupar y hacerlo mejor porque se prepararon toda su vida para ello.
Cabe decir que sí, las mujeres que luchamos por nuestros territorios hemos insistido en transgredir la opacidad de nuestros derechos. Pero en este momento no hay compañas a las que le sea transversal el enfoque de género (como reclamo de derechos y dignidad para las mujeres), ni siquiera ante una reforma agraria que le debe paridad en titularidad de tierras a las mujeres en Colombia.
Al contrario, cada vez que “osamos” hablar de enfoque de género, nos exigen que “callemos”, que “miremos hacia otro lado”, porque “el miedo al fascismo” tiene que ser más grande que nuestras luchas y resistencias, las luchas y resistencias de muchas mujeres que como sus madres, abuelas y compañeras hicieron el verdadero cambio. Las luchas de las mujeres que nos permitieron poder tener un contrato, ir a la universidad, abortar, ser profesionales, ser trabajadoras y, cómo no, votar y ser elegidas.
Por eso, el voto hoy se muestra más como un instrumento del fanatismo político que como la exigencia a representantes de todos los partidos de que hagan propuestas serias y reconozcan a la mitad de la población colombiana, a las mujeres que aún no tenemos los mismos derechos, ni las mismas oportunidades que los hombres.
“Cuando un marxista ha confundido el materialismo con la real-politik, suele recurrir a la confiable: “son las condiciones históricas” dice Iván Ávila. Pero las condiciones históricas para las mujeres siempre han sido de luchas y tensiones con el Estado. Por amor al mundo, a nuestro mundo, el cuidado, la vida y la solidaridad son las causas de las mujeres que aún ningún gobierno en este territorio colombiano ha logrado reconocer y elevar.
Como mujer, como profesora universitaria, como activista por los derechos de los animales, como feminista que lucha por la aplicabilidad de la ley endometriosis y porque esta enfermedad sea reconocida como justa para incapacidad y pensión, no me basta solo con recurrir al microfascismo del odio que aniquila cualquier afecto potenciante de transformación, alegría y gozo para sostener cualquier proyecto político que no tenga un momento de autocrítica y se mantenga a partir del odio y la reducción de toda diferencia a la persecución del “enemigo interno”.
Cabe decir, que las mujeres siempre y durante cualquier gobierno tenemos que seguir en lucha, resistencia y transformación por un mundo donde nuestra existencia, nuestros derechos, nuestra rabia (y afectos potenciantes como el amor, el coraje y el deseo de cambiarlo todo), el diálogo y las tensiones sean posibles lejos del odio y el acallamiento de la otredad.
Bibliografía:
-Ávila Gaitán Iván Darío (2025) Fuerzas y formas: Ensayos de anarquismo postestructural. Ediciones desde abajo.
-Jünger E. (2023) La emboscadura. Tusquets Editores.
-Quintana Laura. (2022). Rabia. Afectos, violencia, inmunidad. Herder editorial.
-Rivera Cusicanqui Silvia (2018) las cosas de amor son política, lo decolonial es una moda. En: https://www.youtube.com/watch?v=MDhLRIpyIbY Recuperado el 12 de abril de 2026.
-Stirner Max (2022). El único y su propiedad. Sexto Piso.


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