En el actual contexto electoral, saturado de consignas que celebran “la fiesta de la democracia”, el ejercicio del voto se nos vende como el centro absoluto y el momento cúspide de la participación política. Sin embargo, es imperativo proponer un debate crítico frente a este relato, dado que la exaltación de las urnas marca, paradójicamente, el inicio de una completa desconexión con el verdadero ejercicio democrático. Una vez depositado el sufragio, la supuesta voluntad popular se desvanece y se traduce en disputas burocráticas entre élites profesionales, relegando a la generalidad de la sociedad a un segundo plano de pasividad e irrelevancia estructural. Una dinámica de exclusión que solo se trastoca cuando las personas recuperan su centralidad y relevancia política al decidir disputar sus derechos a través de la acción colectiva, desbordando las vías institucionales que las ignoran.
Es en esta tensión donde se evidencia la profunda fractura ontológica que Maldonado1 describe como la separación entre politiké y politeia. El sistema electoral que habitamos encarna estrictamente la politiké: una técnica profesionalizada enfocada en la consecución de votos, el marketing político y la administración del aparato estatal. Esta profesionalización de la política asume una concepción raquítica del poder, entendido exclusivamente como dominación y control institucional, una frontera que imposibilita, en los amarres del Estado, concretar cambios estructurales, transformaciones profundas. Una realidad y un debate prolongado en la aún no saldada polémica: ¿es factible generar, desde el control estatal, sin vocación de romperlo, transformaciones sociales o solamente es posible llevar a cabo reformas?
Por el contrario, la acción colectiva se circunscribe en la politeia: una praxis política expansiva centrada en el cuidado de la vida, el buen vivir y la potenciación de los vínculos comunitarios. Mientras la politiké promueve la individualización y lógicas excluyentes que administran la desafección, la politeia integra la otredad y socializa la capacidad creadora del hacer ambos aspectos que abren la posibilidad de fundamentar una democracia directa que no busca administrar la obediencia y que entiende que la política no se restringe al gobierno de las instituciones, sino al gobierno de la propia vida, en relación con la comunidad, la naturaleza y los animales.
La politiké ha encontrado una de sus expresiones más representativas en la democracia liberal, la cual opera mediante una sofisticada tecnología de aislamiento. Dado que, como bien señala Poulantzas2, el Estado capitalista individualiza a las masas, lo cual implica una fractura sistemática de la identificación con los lugares sociales que ocupa, como el de clase, género y raza, para convertir a las personas en átomos-votantes abstractos y desconectados. Puesto que, se ha establecido una normativa que exige que las necesidades vitales se tramiten debidamente por vías jurídicas o canales burocráticos aislados, conllevando a que el Estado desarticule la acción colectiva y la fuerza comunitaria de base y la desgaste en las “buenas formas democráticas”.
Esta fragmentación de lo colectivo engendra mesianismos y caudillismos que buscan o pretenden encarnar la voluntad general, arrojándose a sí mismos la potestad de ser la voz autorizada para hablar de lo profano y lo divino, supeditar las aspiraciones colectivas a intereses particulares. El caudillo/mesías de derecha tiene la solución a los problemas de seguridad y el del mal llamado centro tiene la superioridad moral por hacer y seguir sin hacer nada, y el de izquierda fagocita el proyecto emancipatorio. Estos personajes se miden y sustentan sus aspiraciones por la cantidad de votos que aspiran, los cuales interpretan como autoadulaciones y un contrato de sumisión para con sus personas. Por tal motivo votar, como argumenta históricamente el pensamiento anárquico, no es alzar la voz, sino un acto de abdicación mediante el cual se delega la soberanía a un representante que, tras la elección, se desconecta de las realidades barriales y territoriales.
Una realidad que aún no ha sido suficientemente problematizada es que mientras las personas se desgastan en el teatro electoral, la soberanía real ha sido secuestrada. Dado que, como señala Mbembe3, evidencia que el ejercicio democrático institucional es una fachada frente al gobierno privado indirecto, donde corporaciones y entidades financieras dictan las políticas públicas, financian las campañas y ejercen una necropolítica implacable. Estos poderes supranacionales deciden quién vive, quién muere, quién trabaja y quién es desechable en la maquinaria del capital, operando muy por encima de las urnas.
Ante ese problema, apostar por la democratización no se consolida en el sufragio, sino en la materialización de un quehacer subvertido y en la organización colectiva en el diario vivir que desborda las lógicas burocráticas. Aunque tácticamente no se pueda prescindir inmediatamente del Estado para exigir garantías mínimas, el horizonte estratégico reside en la construcción de autonomías y recuperar y potenciar la capacidad de agencia que ya teníamos en nuestros territorios. Como señala Zibechi4, la acción colectiva debe forjar contra-poderes anclados a los territorios que dispersen el mando y devuelvan las decisiones a la comunidad. Al operar desde la democracia directa y bajo figuras organizativas no delegativas , los movimientos sociales asumen la tarea histórica de confrontar los poderes financieros, ubicando el imperativo categórico de la vida en el centro absoluto del debate.
1 Maldonado, C. E. (2018). Política + Tiempo = Biopolítica: Complejizar la política. Ediciones desde abajo.
2 Poulantzas, N. (2005). Estado, poder y socialismo (F. Claudín, Trad.). Siglo XXI Editores. (Obra original publicada en 1978).
3 Mbembe, A. (2011). Necropolítica, seguido de Sobre el gobierno privado indirecto (E. Falomir Archambault, Trad.). Editorial Melusina. (Obra original publicada en 1999 y 2006).
4 Zibechi, R. (2007). Autonomías y emancipaciones: América Latina en movimiento. Fondo Editorial de la Facultad de Ciencias Sociales (UNMSM) y Programa Democracia y Transformación Global.
* Historiador e integrante del semillero de investigación Conflicto y Acción Colectiva de la Universidad de Antioquia.




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