Educar para la emergencia climática

Estamos conscientes de la realidad que se teje ante nuestros ojos, la grave crisis ambiental y de la urgencia mundial por un cambio radical. Esto como tarea histórica nos converge a posicionarnos de forma clara, pues vivimos en la misma casa donde impera una injusta distribución de recursos, donde el mercado impone su forma de consumo poniendo precio a toda forma de vida, donde la cultura es la del despojo, donde se invade y se aniquila.

Pensar la emergencia actual es pensar una relación permanente entre el trauma y el síntoma que nos abraza. ¿Qué es lo que podemos definir como problema fundamental? y ¿dónde se pierde lo que se presenta como síntoma?, manifestaciones de una patología que aun siendo atendidas no curan de raíz la problemática.

Ante esto, la emergencia debe rebasar el estatus de búsqueda del síntoma para verla directo como una enfermedad agresiva que mata todas las células sociales y descompone el territorio y la vida, el núcleo partero de la gran crisis es el sistema capitalista. Es imperioso rebasar los discursos amigables con el planeta, pues radicalizar las propuestas es un acto de congruencia, es praxis revolucionaria.

Definir al enemigo es plantar cara a las contradicciones. ¿Son los popotes ecológicos, botellas biodegradables, no ponernos desodorante o bañarnos en cinco minutos las soluciones más aventuradas que nos atrevemos a plantear? ¿Y quienes no tienen agua? ¿Y los que no cuentan con más botella que el cuenco entre las manos? ¿Y los que huelen a bencina, a pobreza, a fango, los que huelen a hambre? ¿Los que se bañan en los ríos o en las cloacas? Sólo dimensionando el tamaño del enemigo es posible diseñar estrategias para plantarle cara.

Una educación diferente se plantea en sus sentidos y principios desde abajo, sin miramientos morales; por ello pasar del discurso a la acción para incomodar con nuestra rebeldía es ser activos en nuestras propuestas, revistiéndolas de carácter popular y con significado de clase. Desde la cooperación y la construcción de conocimientos ponderan nuevas trincheras de mayor sentido histórico y político alimentadas por una filosofía del trabajo como motor y la profundidad del acto cotidiano como muestra de la praxis. Es así como desde los lugares donde habitamos los miserables de la Tierra, alzamos la bandera por una pedagogía que responda de manera puntual como contradicción sistémica ante la crisis ambiental.

Ante la situación vivida, ¿cómo actuamos? ¿Qué se hace como escuela para las denuncias públicas en beneficio de la comunidad y la naturaleza? ¿Cómo llegar a la coherencia total ante el cambio climático?

La praxis no es una tarea tan sencilla, como trata de hacerlo ver el discurso oficialista, ni es una tarea deparada para unos cuantos, los que no espantan tanto con su fealdad. No son los pequeños cambios los que estructuran las transformaciones radicales, no basta con el ejercicio individual y pretencioso de suponer que “soy yo aquí” deteniendo el cambio climático; por el contrario, debemos partir de una base que encuentre en la praxis no un ejercicio teórico-académico que nos posicione como el estandarte ante la defensa de los derechos de todos, sino que la resistencia colectiva representa sentarse a decidir cuál es ese futuro mejor que esperamos, en qué condiciones materiales lograríamos alcanzarlo y cuáles son las principales trabas que hoy impiden emprender rumbo en la búsqueda de un camino al costado de éste que sin la menor oposición nos arrastra al abismo del consumo y la cosificación de la vida toda.

Es urgente dejar al mundo como ajeno y ser parte de él, impulsando un cambio cultural con el conocimiento científico y la técnica como eje transversal, con emotividad y actitud revolucionaria; sólo así podemos hablar de romper los paradigmas paralizantes. Como colectivos, rescatemos los espacios públicos, nuestros campos y tierras, trabajemos para emanciparnos, de forma colectiva construyamos una nueva forma de pensar. Valoramos todos los esfuerzos y experiencias compartidas, desde la creación de huertos urbanos, reducción de la huella ecológica, la herbolaria, compostaje, uso de las tres erres, capacitación docente, cuidado de los ecosistemas y recursos hídricos, el rescate de la milpa, hasta la lucha contra las trasnacionales y grandes poseedores del capital que con sus fábricas explotan al obrero y destruyen el entorno. Un espacio alternativo debe romper con la ingenuidad y la hipocresía, generando un cambio de discurso y acciones más congruentes actuales y progresivas, porque el cambio no se hace sin escuela, pero al ver a la escuela como único factor sería ilusorio pensar que ello podría tener grandes proporciones.

¡Fuera las posturas de pesimismo paralizante! Cambiar al mundo significa apropiarse de él, de las aulas, las calles, los campos, los sueños y las convicciones revolucionarias que arrebatan a los otros lo que ya tantas veces nos han arrebatado. Para asegurar que nuestra relación con la libertad no sea como siervos más que como sus poseedores, es necesario deshacernos de esa cárcel que se carga a todos lados, la venda que nos impide ver la lucha de clases, pero cuando no nos queda fuerza para retirarnos la propia, nos arrancamos unos a otros el velo. Alentemos a la organización desde los inquietos, insumisos y siempre creativos, como en el reciente 32 Encuentro de Educación Alternativa que nos reunimos el 2 y 3 de abril 2023, en la primaria Concepción Meléndez, de Parral, Chihuahua ( https:rededucacionalternativa.blogspot.com).

Por Eliud Salinas, en colaboración con Efrén Alderete, Laura Portillo, del Colectivo Freinet Parral, Chihuahua

Información adicional

Autor/a: Eliud Salinas
País: México
Región: Norteamérica
Fuente: La Jornada

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