El recorte como acto de libertad
El holandés Johan Cruyff (izquierda). Foto Ap

Cuando Garrincha recibía el balón por la banda derecha, algo se detenía. No era una pausa táctica: era un sujeto decidiendo, en tiempo real y por cuenta propia, qué hacer con una libertad que nadie más en la cancha –ni su entrenador, ni el rival, ni el sistema táctico que lo rodeaba– controlaba del todo. “La alegría del pueblo” no jugaba desde un plan: jugaba desde el instinto de quiebre repetido, casi ritual, que desordenaba una y otra vez la geometría del partido. 

Esa estirpe del desborde individual –Maradona y su conducción imposible, Ronaldinho y su repertorio inagotable de quiebres, Jairzinho desbordando por la banda camino al título de 1970, Zico inventando espacios donde no los había– encarna algo que hoy resulta casi arqueológico: un margen de autonomía creativa dentro del juego colectivo, un espacio de indeterminación que el equipo entero dependía, en última instancia, en respetar. 

Ese margen se ha reducido de manera notable. El futbol de élite que se juega en el Mundial de 2026 –el de la posesión-presión, el del posicionamiento milimétrico calculado por analítica de datos, el de las instrucciones que llegan a la banca en tiempo real vía auriculares– ha ido sustituyendo buena parte de la decisión individual por el movimiento prediseñado. 

El futbolista contemporáneo cuenta, paradójicamente, con menos espacio de improvisación en la cancha que el de hace cuatro o cinco décadas: más preparación física, más recursos tecnológicos, más ciencia aplicada al rendimiento, pero un margen de invención radicalmente más estrecho. 

El recorte que rompe el orden del juego por decisión propia se ha vuelto un gesto más escaso, algo que los sistemas tácticos actuales tienden a encauzar antes que a celebrar. Dentro de esa misma estirpe hay, sin embargo, una figura que merece mención aparte, porque encarna una paradoja reveladora: Johan Cruyff. 

Nadie hizo más que él por instalar la idea del futbol como sistema –el futbol total holandés, con sus posiciones intercambiables, su presión colectiva coordinada, su subordinación del talento individual a una estructura de conjunto pensada como un todo orgánico–. Y sin embargo, ese mismo Cruyff fue intérprete libre, creativo y autor de uno de los quiebres individuales más recordados de la historia del futbol, el giro que lleva su nombre, ejecutado casi como una firma personal en pleno Mundial de 1974: un instante de invención pura, no programable, dentro del sistema que él mismo había ayudado a construir. 

El padre del futbol colectivo fue también, en ese instante, el heredero de Garrincha. La paradoja no es una contradicción a resolver, sino un recordatorio: incluso el sistema más depurado necesita, para ser memorable, el instante en que alguien decide desviarse de él. No es descabellado ver en esta tensión un eco lejano de algo que ocurre también en otros terrenos donde el trabajo intelectual se ha vuelto crecientemente sujeto a evaluación estandarizada y métricas de desempeño. 

Ahí también parece reducirse, aunque de forma menos visible, el espacio para la pregunta no programada, para el camino de investigación que se decide explorar por cuenta propia y no porque un indicador externo lo premie. Sin exagerar el paralelo –son mundos distintos, con lógicas y consecuencias diferentes–, el recorte y la pregunta no autorizada comparten algo de familia: ambos son gestos de sujetos que se resisten, aunque sea parcialmente, a ser enteramente calculables. 

Conviene ser cuidadoso, sin embargo. No se trata de una nostalgia romántica por el “genio” individual –esa mitología liberal que exalta al creador solitario por encima del trabajo colectivo merece la misma desconfianza en la cancha que en cualquier otro ámbito–. El futbol de sistema no es, por sí mismo, un empobrecimiento: ha producido un juego más rápido, más colectivo, en muchos sentidos más vistoso, y el propio Cruyff es la prueba de que sistema e invención no son necesariamente enemigos. 

El problema no es el sistema como tal, sino la pregunta de cuánto margen de indeterminación está dispuesto a tolerar antes de que la eficiencia colectiva se convierta en una forma de disciplinamiento. Y pese a todo el aparato de control, la creatividad individual sigue apareciendo. Basta un partido cualquiera de este Mundial para comprobarlo: un jugador que decide, contra toda instrucción recibida por el auricular, intentar algo que nadie planeó, y que en ese instante devuelve al juego algo que ningún sistema táctico puede programar de antemano.

Esos destellos –cada vez más raros, quizás, pero no extintos– son la prueba de que ningún esquema, por sofisticado que sea, logra clausurar del todo la capacidad de un sujeto de sorprender. Mientras ese margen exista, por pequeño que sea, el futbol –como cualquier otro terreno humano organizado en sistemas– conservará algo irreductible: la posibilidad de lo inesperado.

02 de julio de 2026

Información adicional

Autor/a: Imanol Ordorika
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Fuente: La ]ornada

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