Escudo de la Américas
Efe

25 de septiembre de 2026

“Debemos asegurar el control de nuestros propios oleoductos, nuestros recursos de tierras raras y nuestros corredores comerciales agrícolas”. En medio de las teatralizaciones, las provocaciones, las afrentas y las bravatas de los mandatarios que año tras año se dan cita en la cumbre de las Naciones Unidas, la intervención de Donald Trump en la reunión cerrada del Escudo de las Américas del pasado martes no podría haber sido más diáfana y cristalina.

Se trató, ni más ni menos, que de una declaración de principios por parte de la dirección continental de una alianza supuestamente creada para combatir al narcotráfico en todas sus expresiones, pero en la que, al mismo tiempo, se revelaba una de las máximas aspiraciones del gobierno de los Estados Unidos. Sobre todo, por el énfasis colocado en la defensa de lo “nuestro”, lo que torna inevitablemente sospechosas las aparentes buenas intenciones planteadas desde la Casa Blanca.

“Usted nos avisa y nosotros los retiramos, o usted mismo los retira. Prefiero aún más esa opción. Pero si no puede, lo haremos por usted”. Como si se tratara de un “Rappi” dedicado al combate del narco, Trump ofreció lo que podría ser asumido como su fórmula cooperativa, prácticamente desinteresada, aunque en el fondo, su discurso se encaminaba en otra dirección: no son los terroristas ni los traficantes los principales problemas para los gobiernos latinoamericanos.

Por lo que, en su alocución, el gobernante estadounidense asegurarba a sus contrapartes latinoamericanos que “Poseen una riqueza natural inmensa, quizás la mayor del mundo, y no pueden permitir que potencias extranjeras hostiles se apoderen de ella; eso es impensable. Si eso sucede, su país desaparecerá. Una vez que ocurra, será muy difícil recuperarse”.

La advertencia fue evidente y, aunque no tenga un nombre definido, todos sospecharon de quién se trataba. Y no proviene precisamente del narcotráfico. El fondo del pensamiento trumpeano es directo, no reconoce ambigüedades, más allá de si en el medio muta o, incluso, se contradice con lo afirmado en un inicio. Como antes fue Rusia, para los países latinoamericanos hoy China debería ser considerada como la amenaza por antonomasia.

Como si se tratara de relaciones feudales en pleno siglo XXI, el señor está dispuesto a brindar seguridad a sus vasallos a cambio de lealtad. Pero, aún más, de riquezas estratégicas. Porque, finalmente, “Los recursos de las Américas siempre deben pertenecer a los pueblos de las Américas. Estados Unidos está deseoso de trabajar con ustedes para lograr este objetivo y fortalecer a todas nuestras naciones”. El nuevo acuerdo por el que la Argentina de Javier Milei ofrecerá al gobierno norteamericano infraestructura, energía y minerales críticos existentes en el noroeste de su territorio y en el codiciado yacimiento de Vaca Muerta es, apenas, un ejemplo de lo que se viene.

Frente a las críticas y rechazos que genere, no se puede negar que el Escudo de las Américas, el principal producto ideológico de la ultraderecha estadounidense, está logrando sus principales objetivos para expandir la búsqueda y apropiación de recursos naturales a toda la región, bajo el pretexto de la lucha en común contra el crimen y el delito, todo ello resumido en “la violencia de los cárteles, la migración descontrolada y la injerencia extranjera”.

Bajo la guía ideológica de Trump, el grupo hoy luce más consolidado que en marzo pasado, cuando fue anunciado su surgimiento y su programa inicial. De aquel momento a esta parte, el Escudo se ha ampliado a catorce al incorporar a los nuevos gobiernos de la ultraderecha de Chile, Colombia y Perú que, en esta ocasión, hicieron además su presentación formal ante el resto del grupo, aprovechando su masiva presencia en la asamblea de las Naciones Unidas.

Como si fuera poco, en la reunión del 22 de septiembre también estuvieron presentes aquellos gobiernos de lo que podría ser definido como el nuevo “club de amigos” del Escudo: Guatemala, Jamaica, Belice y Bahamas, cuyos mandatarios y representantes también asumieron la guerra contra el “narcoterrorismo” como su propia condición de posibilidad y hasta de existencia.

Por sobrados motivos, ni México, ni Brasil, ni Uruguay, ni Nicaragua, ni Cuba ni tampoco varias naciones caribeñas han sido invitados a unirse a la coalición. Al contrario, y en distinta medida, todas ellas conforman un frágil y poco cohesionado frente interpretado desde el trumpismo triunfante como una serie de fortalezas a ser arrebatadas al enemigo mediante una guerra planteada tanto en términos políticos como, principalmente, económicos e ideológicos.

Como resultado de la cumbre del Escudo, un total de 24 cárteles, bandas carcelarias y grupos de narcotráfico fueron catalogados como “Organizaciones Terroristas Extranjeras”, en un número creciente que demuestra la fortaleza de la política estadounidense y, al mismo tiempo, el interés por inmiscuirse directamente en el territorio de aquellas naciones a las que pretende socorrer, a un costo excesivamente alto.

Frente a cualquier duda, la expresión “Los cárteles son el ISIS del hemisferio occidental”, pronunciada como en un descuido por Trump, sin duda, repercutirá en la defensa de un bloque cada vez más cohesionado de gobernantes que coinciden en su política común de combate a la inseguridad promoviendo, justamente, una mayor inseguridad y asegurando, de paso, la entrega de sus riquezas estratégicas a quien se presenta como su principal guardia y su único salvador.

Hasta este momento, ya son cinco los países (Ecuador, Colombia, Honduras, Jamaica y Guatemala) que han autorizado a las fuerzas estadounidenses a realizar operaciones militares conjuntas contra grupos armados en su propio territorio. Además, y bajo este nuevo paradigma de seguridad, la “nueva” Colombia de Abelardo de la Espriella (foto, visita de Marco Rubio) recibirá en los próximos años más de mil millones de dólares como asistencia militar por parte de Estados Unidos, que también vigilará de cerca la actuación de China en “zonas calientes” de la región como Ecuador y, sobre todo, Panamá y Perú.

Mientras tanto, Venezuela se presenta hoy como un insospechado laboratorio político para poner a prueba las antiguas lealtades frente a las nuevas (e imprevistas) circunstancias. En medio de los altamente redituables acuerdos petroleros, y sin mayor margen de autonomía, el gobierno de Delcy Rodríguez también se sumó de manera informal al Escudo de las Américas en su colaboración con el ejército estadounidense contra el alto mando del Tren de Aragua.

La avidez de Estados Unidos no es nueva y está presente en prácticamente toda la historia de América Latina, incluso, desde antes de la creación de la Doctrina Monroe, en 1823. Más allá del tiempo transcurrido desde entonces, nuestra época es de una violenta dinámica de asedio y de conquista, en la que los regímenes voluntariamente sometidos se pliegan al agravio y la provocación en contra de aquellos otros gobiernos de la misma región, hermanos en historia y en una cultura en común, que todavía se atreven a resistir la reiterada embestida proveniente del norte. Porque no es azaroso que el cónclave de gobernantes aliados haya sido convocado a sólo días de las elecciones presidenciales en Brasil y frente a las continuas amenazas contra Cuba y México.

Cuesta imaginar en el pasado una época como ésta, en la que un mayoritario conjunto de gobiernos latinoamericanos, de raigambre democrática y surgidos de elecciones populares, operen apenas como apéndices funcionales y serviles del poderío estadounidense, en una triste combinación de resignación, pragmatismo y fatalismo, en la que, supuestamente, no sólo no habría otra alternativa posible, debido a que ésta sería, en realidad, la única alternativa válida y legitima.

Sin duda, la amenaza de Trump de utilizar su poderío militar para alinear a una región históricamente reactiva frente al poder de los Estados Unidos dice más sobre el carácter de sus pueblos y naciones, sobre sus ambiciones, sus luchas y sus resistencias, que sobre la dócil naturaleza de la mayoría de gobiernos serviles y genuflexos que hoy la representan.

Información adicional

Opinión
Autor/a: Daniel Kersffeld
País:
Región: América
Fuente: Página12

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