Mientras el gigante asiático reduce al mínimo la dependencia de Norteamérica y busca socios en todos los continentes, Estados Unidos se apoya en los empresarios fintech y el poder del conglomerado militar. Europa quiere orden y mejores leyes para el sector.
25 de julio de 2026. En noviembre de 2022, cuando se popularizó el uso de la inteligencia artificial a partir del lanzamiento de ChatGPT, solo algunos pocos sospechaban la revolución que se avecinaba. En el presente, los gobiernos del mundo y los magnates de las compañías tecnológicas redefinen las reglas teniendo como eje a la IA. Trump y Xi Jinping echan mano de su ingeniería estatal y, con perspectiva geopolítica, procuran sacarle el jugo a los algoritmos. Europa, por su parte, observa en la IA una oportunidad y también un riesgo, por lo que pretende estar a la vanguardia en materia de derechos y ética antes de que sea demasiado tarde. En paralelo, magnates como Jeff Bezos, Elon Musk, Sam Altman y Mark Zuckerberg buscan liderar el galope de este cambio y reconfiguran su rol como publicitarios y como diplomáticos de peso.
Mientras Estados Unidos parece prepararse para los 100 metros llanos, China sabe que la carrera de la IA se asemeja mucho más a un maratón. Proclama una tecnología de código abierto (el software se puede compartir y modificar con libertad), ante la propuesta cerrada y más costosa que ofrecen los gigantes tecnológicos de Silicon Valley. También pretende alinearse con nuevos socios alrededor del mundo y cubrir todo el segmento del proceso productivo que involucra a la inteligencia artificial, desde los insumos al sistema listo para usar.
Trump sabe que China ya puso quinta y que no tiene intenciones de apretar el freno. El temor, de hecho, se le nota en cada discurso. Hace 72 horas, el presidente norteamericano señaló que “el objetivo de Estados Unidos es dominar el futuro” y subrayó que la IA es “algo más grande que Internet”. Luego agregó: “Llevamos ventaja sobre China. Queremos mantener esa ventaja. Estados Unidos nunca se conforma con el segundo puesto“.
Como Trump ve en la estrategia planificada de China una amenaza a su hegemonía, le solicita una nueva reunión a Xi Jinping, a celebrarse en septiembre. En simultáneo, Estados Unidos también mueve sus fichas y recuesta el desarrollo de la IA en dos campos que dominó históricamente: las finanzas y el militar, con la doctrina de la seguridad nacional –otra vez– de fondo.
Tres modelos, tres historias, tres coreografías
Si hubiera que sintetizarlo, podrían delimitarse tres posturas con respecto al desarrollo irrefrenable de la IA. La especialista en tecnopolítica, Natalia Zuazo, lo resume así: “Por un lado, está la estrategia de China, que quiere consolidarse como proveedor de la cadena de valor de la IA, desde los chips semiconductores, hasta toda clase de infraestructura que se necesite para dejar de depender por completo de Estados Unidos. En ese sentido, el plan de Xi Jinping es a largo plazo”. Y continúa: “China busca ser proveedora de países (como Brasil, Rusia y Cuba) con los que busca alinearse y además fortalecer el liderazgo de los Brics, que hoy son las naciones que más crecen en el mundo”.
Al mismo tiempo, con su lema de código abierto, China llama a participar de una revolución de la IA que se teje de manera inclusiva y colectiva. El propio Xi Jinping apuntó de manera reciente: “El desarrollo de la IA no debe ser la actuación en solitario de un solo país”, sino “una sinfonía de colaboración mundial”. Uno de los ejemplos conocidos internacionalmente es DeepSeek, un servicio de IA eficaz, barato y de acceso irrestricto.
Por su parte, Estados Unidos apuesta al vínculo de la IA con el mercado, las finanzas y la militarización. La especialista continúa con su análisis: “Norteamérica desarrolló un modelo en que el Estado se une a las empresas tecnológicas en dos sentidos. En primer lugar, en términos de finanzas: los fondos de inversión están involucrados en todos los desarrollos tecnológicos, fundamentalmente en data centers. En segundo lugar, fomenta una complementación estratégica en términos militares”.
La IA de EE. UU. se exporta a otros países para tareas de vigilancia, actividades policiales y militares, con Palantir a la cabeza. En el presente, la compañía de Peter Thiel constituye el principal proveedor de servicios tecnológicos del Pentágono y asiste a las fuerzas de seguridad en materia de análisis de datos orientados al espionaje, la vigilancia y la guerra. El tecnocontrol –postulado como concepto por pensadores como Byung Chul Han, Yuval Harari y otros– se materializa en ejemplos como este.
Si los efectos de la IA en la vida de las personas aún están por verse, será necesario establecer regulaciones que mantengan a raya su poder de fuego. Bajo esta premisa, se incorpora el tercer actor: Europa. Zuazo explica que el viejo continente quiere ubicarse como “el faro de los derechos”. Así lo detalla: “Es la que dice cómo tiene que avanzar la IA en términos éticos, en cuanto a la mitigación de impactos negativos y de regulación. Si bien la Ley de IA de la Unión Europea comenzó muy fuerte y muy rápido, en el último tiempo la UE cedió a las presiones y aumentó la moratoria para la adecuación de las empresas a las nuevas reglas. Cedió, básicamente, ante la idea de que demasiada presión regulatoria conspira contra la innovación, lo cual obviamente es falso porque China tiene más regulación y no para de crecer”.
Así es cómo Europa, fiel a una tradición más reguladora, quiere ser pionera en monitorear los efectos que la IA podría tener sobre las sociedades. Ubicarse como árbitro en medio de la revolución no es una mala idea cuando se advierte la desventaja marcada con los otros competidores. Estados Unidos sigue una línea más emparentada con el pulso de su propia historia, vinculada a la libertad de innovación para las empresas locales, proteccionismo y el relato de la seguridad nacional que todo lo justifica. China, por último, encabeza la carrera y, al fuerte control puertas adentro, suma la planificación a largo plazo. Por eso, funda redes de cooperación regional y quiere alianzas por todo el mundo.
Más competencia, más diplomacia
Más allá de que Estados Unidos, China y Europa poseen su propio modelo de desarrollo para la IA, en la práctica, el escenario geopolítico es dinámico y los competidores pueden volverse socios de la noche a la mañana.
El encuentro de mayor relevancia internacional en la materia se produjo días atrás en China. Allí, representantes de 29 países dieron el sí para conformar la World Artificial Intelligence Cooperation Organization (WAICO). Una organización intergubernamental independiente que tendrá su sede en Shanghái y tiene el desafío de construir una IA “beneficiosa”, “segura” y “justa” para las naciones del Sur Global. Participan de la nueva organización Rusia, Brasil, Cuba, Venezuela y Serbia, entre otros.
La reunión, a la que asistió el propio secretario de Naciones Unidas, António Guterres, se puede entender como la institucionalización del gigante asiático como rector de la geopolítica tecnológica. Desde WAICO, se impulsarán normas de gobernanza global, la homogeneización de estándares técnicos, así como las pautas de colaboración internacional para que la llamada revolución marche pareja en las diferentes latitudes. Además, Pekín promueve centros internacionales de cooperación en IA, que tendrán sede en el sudeste asiático, África, Latinoamérica y el Caribe.
Durante mayo, Trump y Xi Jinping se reunieron con el desafío de coordinar mejor sus esfuerzos y sincronizar, sobre todo, sus mercados vinculados a la IA. No obstante, el resultado de la reunión no fue el esperado. Quizás por este motivo, el presidente norteamericano anunció un nuevo encuentro que se realizará en Washington el 24 de septiembre. Ambos mandatarios se invitan, se miden y se juran una lucha cuerpo a cuerpo hasta el final.
Entre estos dos imperios, el mundo entero aún aguarda señales que le permitan comprender el fenómeno que se esconde detrás de tanto humo.


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