Líneas de falla en una nueva época de crisis: Rivalidad imperial, autoritarismo y resistencia

[El ascenso de Trump al poder no surgió de la nada, sostiene Ashley Smith. Es una manifestación de la nueva era sumida en múltiples crisis. La versión original de este artículo ha aparecido como documento de discusión para la convención del Colectivo Tempest prevista para este verano. Esperamos compartir más documentos sobre el tema en los próximos meses.]

Hemos entrado en una nueva época del capitalismo mundial. Se caracteriza por diversas crisis, la rivalidad imperial, el nacionalismo autoritario y fenómenos de resistencia episódicos y explosivos desde abajo. Los meses de desgobierno de la administración Trump ha llevado a un punto culminante todos estos rasgos, en particular con su guerra contra Irán. Esta guerra a puesto fin definitivamente el orden imperial de globalización librecambista propiciado por Washington y construido dentro de su bloque después de la segunda guerra mundial, para luego ampliarlo a todo el mundo después de la guerra fría. Ahora EE UU es un Estado imperialista depredador que prima sus propios intereses frente a sus aliados nominales, rivales, poderes regionales y países sometidos.

El ascenso de Trump al poder, como el de otros nacionalistas autoritarios, no surge de la nada. Los éxitos electorales de la derecha son consecuencia de las múltiples crisis del capitalismo y de la incapacidad de los partidos del sistema para superarlas. Su fracaso ha propiciado la polarización política a la derecha y a la izquierda. Dado el declive de la izquierda revolucionaria y la incapacidad de los partidos reformistas para cumplir lo que prometen cuando gobiernan, la nueva derecha, en forma de nacionalismo autoritario, ha sido la principal beneficiaria. Sin embargo, su programa de austeridad, fanatismo y culpabilización de alguna minoría de la población también ha dejado de abordar las crisis sistémicas del capitalismo, socavando su capacidad para asegurar su hegemonía e imponer una gobernanza estable. A resultas de ello, la inestabilidad política se ha instalado en el mundo entero.

Esta situación ha desencadenado oleadas sucesivas de resistencia desde abajo. Sin embargo, hasta ahora esta resistencia ha sido esporádica y no ha sabido imponerse, en gran medida debido a la desintegración de las organizaciones de clase, sociales y políticas necesarias para sostener la lucha y plantear una alternativa a los partidos del establishment y a la derecha. No obstante, estas luchas abren oportunidades para reconstruir la infraestructura de la resistencia, cohesionar a una minoría combativa y reconstruir una izquierda revolucionaria para el siglo XXI.

La crisis global del capitalismo

El capitalismo se ve sacudido por múltiples crisis sistémicas, desde el cambio climático hasta la migración masiva y pandemias como la de la COVID. Las otras dos, que son las más importantes para configurar nuestra nueva época, son la crisis económica global y el resurgimiento de la rivalidad interimperialista. La crisis económica de 2008 desencadenó la Gran Recesión, que puso fin al largo auge neoliberal que comenzó en la década de 1980.

Aunque el capitalismo sobrevivió, su recuperación se ha caracterizado por una baja rentabilidad y un crecimiento lento, salpicado de recesiones y recuperaciones débiles. Los núcleos del sistema, desde EE UU hasta Europa y Japón, crecen a un ritmo modesto o se encuentran estancados. En lo que respecta a EE UU, solo la inversión masiva de las empresas de alta tecnología en centros de datos de IA y la burbuja bursátil que la acompaña han mantenido el crecimiento de la economía. Pero eso está ahora en peligro como consecuencia de la guerra con Irán. Incluso China, que fue clave para la recuperación mundial tras la Gran Recesión, ha visto cómo su crecimiento caía del 10 % anual en la década de 2000 a menos del 5 % en la actualidad.

La inflación tras la recesión provocada por la COVID ha obligado a EE UU y a Europa a mantener tipos de interés relativamente altos, lo que ha frenado la inversión y el crecimiento. Por otro lado, la sobreinversión, la competencia feroz y la baja rentabilidad han alimentado la deflación en China, lo que ha obligado a sus empresas a buscar lugares rentables para invertir a nivel internacional a través de la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda (NRS), al tiempo que exportan sus productos excedentes y, con ello, socavan la competencia en todas partes.

La combinación de los altos tipos de interés estadounidenses y el dumping chino ha desencadenado una doble crisis en el Sur Global. En primer lugar, los altos tipos de interés han golpeado duramente a los países endeudados, que ahora se enfrentan a la perspectiva de otra crisis de deuda como la que sufrieron en la década de 1980. Los acreedores ya están exigiendo medidas de austeridad a los gobiernos del Sur Global. En segundo lugar, las exportaciones de Pekín han socavado la base manufacturera nacional del Sur Global, reduciéndola a la exportación de materias primas a China para la expansión en curso de este país.

Por lo tanto, nos encontramos en una recesión mundial. Esta continuará hasta que una crisis más profunda elimine todo el capital no competitivo de la economía mundial. Hasta la fecha, los principales Estados capitalistas han impedido que esto ocurra. Han rescatado las empresas que consideran demasiado grandes para quebrar, por temor a quiebras masivas y a una depresión al estilo de la década de 1930. Esto ha sostenido a las llamadas empresas zombis. Estas son tan poco rentables que se ven obligadas a solicitar cada vez más préstamos para pagar los intereses de los préstamos existentes. De este modo, el sistema apenas avanza a paso de tortuga.

A su vez, las clases dominantes han impuesto medidas de austeridad a la clase trabajadora, recortando el gasto en bienestar social y atacando los salarios y las prestaciones. Con ello, la desigualdad de clases se ha agravado en todo el mundo. Al mismo tiempo, los Estados han recurrido al proteccionismo y a otras políticas de “empobrecimiento del vecino” para proteger sus capitales nacionales frente a otros Estados y sus capitales.

El retorno de la rivalidad interimperial

Así, la recesión mundial está intensificando la segunda crisis clave: la rivalidad interimperial, especialmente entre las dos mayores economías del mundo, EE UU y China. Washington ya no controla el orden mundial unipolar como lo hacía tras la guerra fría. El largo auge neoliberal generó nuevos centros de acumulación de capital, desde China hasta Rusia, pasando por una serie de potencias regionales.

El intento de EE UU de defender su hegemonía, cada vez más cuestionada, mediante las guerras en Afganistán e Irak, resultó contraproducente, cosechando derrotas desastrosas. Además, la Gran Recesión golpeó duramente a EE UU, Europa y Japón, en contraste con China, que utilizó una inversión estatal masiva para mantener a flote su economía y, de este modo, la expansión de todas sus economías tributarias, desde Rusia hasta Australia y Brasil.

Estos acontecimientos condujeron al declive relativo de EE UU frente a sus rivales, especialmente China, dando paso al actual orden mundial multipolar asimétrico. EE UU sigue siendo la mayor economía, cuenta con el ejército más potente y la mayor influencia geopolítica. El dólar sigue siendo la moneda de reserva mundial, el país dispone de un imperio de 800 bases militares en el extranjero y utiliza ese poder para intimidar a aliados y rivales y a los llamados Estados rebeldes.

Pero ya no carece de rivales. China es ahora un competidor potencial de igual a igual, mientras que Rusia, con su vasto arsenal nuclear y su economía capitalista basada en los combustibles fósiles, es una potencia regional desmesurada con pretensiones globales. En este contexto, las potencias regionales aprovechan los conflictos entre las grandes potencias para defender sus propios intereses. Irán, por ejemplo, lideró el llamado Eje de la Resistencia, que utilizó para construir una influencia imperial regional contra EE UU, los Estados árabes e Israel.

Ante este nuevo orden, las sucesivas administraciones estadounidenses han abandonado la estrategia de Washington de la posguerra fría de controlar el capitalismo mediante la incorporación de todos los Estados a un orden mundial neoliberal de globalización librecambista. Con su “giro a Asia”, Obama tomó la iniciativa de plantar cara a China recrudeciendo la competencia entre grandes potencias.

En su primer mandato, Trump consagró la rivalidad entre grandes potencias como la nueva gran estrategia de Washington, señalando específicamente a China y Rusia. Su política exterior de “America First” antepuso lo que él percibía como intereses estadounidenses a los de amigos y enemigos por igual. Comenzó a abandonar el libre comercio en favor del proteccionismo, en particular mediante el aumento de los aranceles a China. Pero las divisiones internas de su administración, la hostilidad hacia los aliados tradicionales, la propensión a cerrar acuerdos transaccionales con rivales y la incompetencia general impidieron su aplicación coherente.

La administración Biden mantuvo el enfoque de Trump con respecto a las grandes potencias, pero abandonó el unilateralismo. En su lugar, intentó reconstruir la estructura de alianzas de Washington, especialmente la OTAN, y unir a sus vasallos contra China y Rusia en defensa del llamado orden internacional basado en reglas. Acompañó esto con un proteccionismo estratégico frente a Pekín y una política industrial encaminada a asegurar el dominio estadounidense en las industrias de alta tecnología, especialmente los microchips, cuya producción quería trasladar de Taiwán a territorio estadounidense.

Biden aprovechó la guerra imperialista de Rusia contra Ucrania para movilizar a la OTAN en apoyo de la lucha de liberación nacional ucraniana. Su objetivo no era defender el derecho de Ucrania a la autodeterminación, sino debilitar a Rusia. Sin embargo, su administración desacreditó fatalmente sus pretensiones de apoyar el derecho internacional, los derechos humanos y a las naciones oprimidas al defender, financiar y armar la guerra genocida de Israel en Gaza.

Oleadas de resistencia

La recesión mundial, las crecientes rivalidades interimperialistas y otras crisis sistémicas del capitalismo se han combinado para desestabilizar las sociedades de todo el mundo. Estas condiciones han desencadenado oleadas de resistencia desde abajo por parte de diversas clases, desde la pequeña burguesía hasta la clase trabajadora y el campesinado. Los movimientos han sido políticamente heterogéneos, abarcando todo el espectro, desde revueltas de derechas de la pequeña empresa hasta levantamientos de trabajadores y oprimidos.

Lo más importante para la izquierda han sido las luchas sociales y de clase progresistas en todo el mundo, desde las revoluciones de la Primavera Árabe en Oriente Medio y el norte de África hasta la revuelta de los docentes de los Estados Republicanos de EE UU, Black Lives Matter y la solidaridad con Palestina. Estos movimientos han sido los más masivos desde la década de 1960 y tienen un contenido de clase más parecido a los de la década de 1930, expresando la rabia contra las profundas desigualdades económicas y sociales de nuestra época.

Sin embargo, todos ellos se han visto obstaculizados por las debilidades heredadas del anterior período de derrota y retroceso. Estas incluyen desde el colapso de la izquierda revolucionaria hasta el fuerte descenso de la densidad sindical y el retroceso de los movimientos sociales, que han pasado de ser organizaciones basadas en la afiliación a ONG financiadas a base de subvenciones, con todas sus cadenas doradas.

A resultas de ello, la clase trabajadora y los pueblos oprimidos se han lanzado a la lucha desprovistos de infraestructuras de disidencia de clase, sociales y políticas. Esto ha influido en el carácter de los movimientos actuales. Tienden a surgir aparentemente de la nada y a crecer de forma explosiva, desafiando al capital y al Estado. Sus reivindicaciones suelen ser de carácter negativo, como el lema de la Primavera Árabe, que era “el pueblo quiere la caída del régimen”, y carecen de una alternativa positiva. En palabras de un analista, son revoluciones sin revolucionarios.

Eso los hace vulnerables de muchas maneras. Los Estados y los capitales pueden aplastarlos con la fuerza bruta, tal como hicieron los regímenes en todo Oriente Medio y el norte de África. También pueden cooptarlos, como hizo la Fundación Ford con líderes clave de Black Lives Matter. Los partidos reformistas también pueden canalizar los levantamientos hacia el callejón sin salida de los intentos electorales de utilizar el Estado capitalista para superar las crisis sistémicas y las desigualdades. Los movimientos también pueden disiparse en la desmoralización ante las dificultades de obtener victorias frente a la intransigencia del Estado y del capital.

Dicho esto, cada vez más activistas han extraído de estas experiencias la lección de que es necesario construir organizaciones de clase, sociales y políticas más sólidas, capaces de sostener luchas por reivindicaciones positivas y reformas en el camino hacia el cambio de sistema.

Polarización política hacia la derecha y la izquierda

Las crisis del capitalismo global y las oleadas de resistencia han intensificado la polarización política hacia la derecha y la izquierda. Los diversos regímenes y partidos de las clases capitalistas no ofrecen soluciones ni a los problemas insolubles del sistema ni a las reivindicaciones populares. Los regímenes antidemocráticos han recurrido a un autoritarismo creciente para imponer su dominio en países como China y Rusia. En las democracias burguesas, un electorado indignado ha votado en contra de los partidos tradicionales del capital, buscando alternativas tanto a la derecha como a la izquierda.

El principal beneficiario de esta polarización ha sido la derecha, por razones obvias. La izquierda revolucionaria es demasiado débil para ofrecer una alternativa. La izquierda reformista se ha subido al carro de la resistencia para ganar cargos electos en varios países, pero, limitada por la crisis del capitalismo y la intransigencia de la clase capitalista, su estrategia electoral no ha podido llevar a cabo reformas que mejoren la vida de la gente. En el mejor de los casos, han administrado el capitalismo neoliberal con rostro humano o, en el peor, han incumplido sus promesas y se han vuelto contra su base en la clase trabajadora. Los ejemplos de esto son innumerables, desde la traición de Syriza a la clase trabajadora griega hasta el colapso de la Marea Rosa en América Latina.

Los políticos nacionalistas autoritarios han cosechado los frutos de la decepción con el establishment y los partidos reformistas. Los partidos de extrema derecha representan, en el mejor de los casos, a una minoría del capital, pero son principalmente una expresión de la radicalización pequeñoburguesa. Han encontrado una base en sectores atomizados, derrotados y desmoralizados de la clase trabajadora. De este modo, los regímenes nacionalistas autoritarios se han multiplicado por todo el mundo, desde Putin en Rusia hasta Modi en India, Orbán en Hungría, Kast en Chile, Milei en Argentina y, por supuesto, Trump en EE UU.

Sin embargo, sus soluciones de guerra de clases, intolerancia y búsqueda de chivos expiatorios, especialmente las personas migrantes, tampoco han logrado resolver las crisis del sistema ni atender las quejas populares masivas, desde su propia base pequeñoburguesa hasta las clases populares mucho más amplias. Por lo tanto, tampoco han sido capaces de establecer regímenes estables e incluso algunos han sido expulsados del poder. Por ejemplo, los votantes húngaros destituyeron recientemente a Orbán. Los Estados autoritarios también se han enfrentado a la resistencia de las bases, así como a otras fuerzas. El presidente Xi Jinping se enfrentó a un levantamiento masivo contra su brutal política de “cero COVID”, y Vladimir Putin se enfrentó a un intento de golpe de Estado por parte del Grupo Wagner.

En las democracias burguesas, cuando la nueva derecha se ha enfrentado a crisis gubernamentales, algunos gobernantes se han visto tentados a recurrir al autoritarismo, como Bolsonaro en Brasil, quien intentó organizar un golpe de Estado tras perder las elecciones para mantenerse en el poder. Fracasó. En realidad, pocas democracias han caído hasta ahora en tales intentonas. En cambio, los viejos partidos capitalistas han aprovechado el fracaso de los reformistas y de la derecha para volver al poder, a menudo adoptando elementos del programa de los nacionalistas autoritarios, especialmente sus ataques contra las y los migrantes.

Pero esa triangulación no hace más que confirmar los argumentos de la derecha, dándoles un nuevo impulso. Con la inestable dominación burguesa, los Estados en general se están volviendo más autoritarios, imponiendo el orden mediante la coacción, no el consentimiento. Al mismo tiempo, se están volviendo más agresivos en el plano internacional, en particular las grandes potencias imperiales.

El nacionalismo autoritario de Trump

La administración Trump forma parte de este patrón global del auge de una nueva derecha. La victoria de Trump en las elecciones de 2024 fue culpa exclusiva del Partido Demócrata y de su compromiso con el capitalismo y el imperialismo. La administración Biden no abordó las crisis del sistema, presidió el empobrecimiento de los trabajadores a través de la inflación y llevó a cabo deportaciones masivas. En el extranjero intensificó el conflicto interimperialista y respaldó la guerra genocida de Israel en Gaza.

Trump se aprovechó de la decepción con los Demócratas, pero aun así solo logró venció a Harris por los pelos, habiendo convencido a alrededor de la mitad de quienes se molestaron en ir a votar, apenas un 33 % del electorado total. Al igual que otros nacionalistas autoritarios, no representa un consenso capitalista, sino a una camarilla de multimillonarios y una pequeña burguesía radicalizada. Y, en el mejor de los casos, en las elecciones de 2024 obtuvo un mandato débil.

Pero eso no hace que su administración sea menos despiadada. A diferencia de su primer mandato, Trump cuenta ahora con un programa coherente en el Proyecto 2025 y un gabinete unificado de aduladores que, a pesar de sus diferencias, apoyan a su líder sin cuestionarlo, incluidos sus impulsos más descabellados. Están implementando de forma agresiva su proyecto nacionalista autoritario.

En Estados Unidos han desatado una guerra de clases: han rebajado los impuestos a los ricos, han despedido a funcionarios públicos, han despojado al resto de la población de sus derechos sindicales, han recortado drásticamente el bienestar social y han desregulado la economía. Lo están llevando a cabo mediante tácticas clásicas de divide y vencerás, culpando a los oprimidos y convirtiéndolos en chivos expiatorios, especialmente a las y los inmigrantes, de los fracasos del sistema. Ha destinado 85.000 millones de dólares al presupuesto de la migra ICE para los próximos cuatro años con el fin de contratar y desplegar a miles de nuevos agentes para ocupar ciudades y detener a cientos de miles de migrantes, recluirlos en nuevos campos de concentración y deportarlos a sus países de origen.

En un arrebato de irracionalidad, Trump también está vengándose del Estado profundo, recortando partes enteras de la burocracia gubernamental esenciales para la reproducción del capitalismo, como el Instituto Nacional de Salud, y para la gestión del imperialismo estadounidense, como el Departamento de Estado. En lugar de gestores profesionales, está nombrando a mercenarios de la derecha, ideólogos y lacayos.

Ha extendido este asalto también a la esfera privada, apuntando, por ejemplo, a la educación superior de élite, que forma a futuros ejecutivos, científicos, profesionales y gestores públicos, el personal esencial para el capitalismo y su Estado. Realmente parece querer “volver a hacer estúpida a América”.

Desmantelando el orden imperial

En el extranjero, en gran medida desafiando a la clase capitalista y a los gestores públicos, Trump ha desmantelado todo el orden que EE UU construyó tras la segunda guerra mundial y expandió a nivel mundial tras la guerra fría. El proyecto de su administración no es aislacionista, sino de dominación depredadora en pos de su concepción de los intereses estadounidenses tanto frente a aliados como a rivales. Los representantes de Trump expusieron esto en su Estrategia de Seguridad Nacional, su Estrategia de Defensa Nacional y una serie de discursos de JD Vance y Marco Rubio.

Su objetivo declarado es hacer que EE UU vuelva a ser grande (Make America Great Again) poniendo a EE UU primero (America First), abandonando definitivamente todo el proyecto de sus predecesores de controlar el capitalismo global. En materia geopolítica se está retirando de organismos multilaterales como la ONU y la Organización Mundial de la Salud, que Estados Unidos creó para controlar el mundo. Trump incluso ha recortado drásticamente la financiación de programas de ayuda humanitaria como USAID, que solían granjearle al país el apoyo de países del Sur Global. Los ha tachado de planes de asistencia social corruptos, abandonando en esencia cualquier uso del poder blando.

En materia económica, ha abandonado la globalización librecambista, estableciendo un régimen comercial proteccionista tanto contra aliados como contra rivales. Pero se ha topado con una oposición internacional y nacional. China, a diferencia de la mayoría de los demás Estados, plantó cara a su administración, impuso restricciones devastadoras a sus exportaciones de tierras raras procesadas y no dejó a Trump más remedio que rebajar sus aranceles.

En  EE UU, la clase capitalista y la propia base pequeñoburguesa rural de Trump le han obligado a concederles excepciones. Y el Tribunal Supremo ha fallado en contra de su uso de la Ley de Poderes de Emergencia Internacional para imponer sus aranceles, lo que ha obligado a la administración a dar marcha atrás y utilizar otros poderes con el fin de mantener el nuevo proteccionismo.

Por último, en el frente militar, la administración ha redoblado su apuesta por el poder duro, elevando el presupuesto del Pentágono a más de un billón de dólares. Y ahora Trump propone aumentarlo a 1,5 billones de dólares. Al mismo tiempo, su régimen ha renunciado a mantener el orden mundial. Exige que sus aliados nominales en Europa y Asia asuman la carga de su propia seguridad para que Estados Unidos pueda centrarse en forjarse una esfera de influencia en América Latina mediante una cruda diplomacia de las cañoneras, con el único fin descarado de obtener beneficios económicos.

El objetivo de su nueva “Doctrina Donroe” es someter la región a su dominación, aplastar a los oponentes y expulsar a China. Trump ya ha intimidado a Panamá para que se retire de la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda (NRS) de China, ha perpetrado un golpe de Estado en Venezuela para hacerse con el control de su petróleo, ha amenazado con apoderarse de Groenlandia para establecer bases y reclamar los recursos del Ártico, y ha impuesto un bloqueo brutal a Cuba, amenazándola con un cambio de régimen para abrirla al capital inmobiliario estadounidense.

Si bien esa esfera de influencia es la máxima prioridad de Trump, tiene otras tres: Europa, Asia y Oriente Medio. En Europa apoya a la extrema derecha para restaurar la “civilización blanca” y el orgullo imperialista, presionando a la UE para que desregule y presionando a la OTAN para que aumente su gasto militar y gestione su propia seguridad, incluso frente a Rusia. Prácticamente ha traicionado a Ucrania, cediendo a Moscú su antigua esfera de influencia en Europa del Este.

En Asia ha declarado que pretende mantener el statu quo actual con China, pero también ha insinuado que podría llegar a un acuerdo con Pekín para concederle una esfera de influencia. Y en Oriente Medio respalda a Israel para acabar con Hamás en Gaza, imponer allí una paz depredadora y desmantelar el resto del llamado Eje de la Resistencia, incluida su sede en Irán. Después de eso, Trump quiere ampliar los llamados Acuerdos de Abraham para normalizar las relaciones entre Israel y los regímenes de la región, todo ello bajo el yugo de EE UU, no de China ni Rusia.

La supervivencia del más despiadado

Con este proyecto, la administración Trump ha dejado claro al mundo que ha abandonado el llamado orden basado en reglas para promover sin tapujos sus intereses económicos particulares. Está estableciendo un nuevo desorden mundial donde la fuerza hace la ley, las grandes potencias luchan por el predominio y los débiles, en palabras de Tucídides, “sufren lo que deben”.

Aunque otras potencias como la UE puedan añorar el orden basado en reglas, no tienen más remedio que adaptarse a la presión de EE UU y otras grandes potencias para acatar sus reglas de “el más fuerte se queda con todo”. En un impresionante discurso en el Foro Económico Mundial, el primer ministro canadiense Mark Carney expuso el nuevo desorden global en términos contundentes. Hizo un elogio fúnebre del antiguo orden basado en reglas. Aunque reconoció que siempre fue una farsa, argumentó que al menos existían algunas restricciones políticas y económicas para las grandes potencias.

Sin embargo, señaló, Trump ha arrasado con todo y las llamadas potencias medias como Canadá deben reconocer ese hecho y responder en consecuencia; de lo contrario, “no estarán en la mesa, sino en el menú”. Le guste o no, argumentó Carney, Canadá tiene que anteponer sus intereses imperiales. Ya está impulsando ese proyecto, aumentando el presupuesto militar de su país, reclamando derechos sobre el Ártico y cerrando acuerdos económicos con rivales de EE UU como China. Otros aliados de EE UU están haciendo lo mismo. En un ejemplo impactante, Dinamarca llegó a hacer planes para desplegar sus tropas en Groenlandia y volar las pistas de su aeropuerto para detener una eventual invasión estadounidense.

Todos los Estados están adaptándose a la lucha de Trump por la supervivencia del más despiadado. La UE, la OTAN y los distintos Estados, especialmente Francia y Alemania, no confían en EE UU y reconocen que no tienen más remedio que trazar su propio camino. Las potencias europeas están desafiando a EE UU con el cierre de acuerdos comerciales con China y América Latina, aumentando sus presupuestos militares e imponiendo austeridad a los trabajadores con recortes del gasto social, los salarios y las prestaciones. Rusia ya ha establecido una economía de guerra para sostener su invasión imperialista de Ucrania. En Asia, Japón está haciendo lo mismo. También China, el principal rival de Washington. Nos encontramos, por tanto, en medio de una nueva carrera armamentística mundial.

Irán: un punto de inflexión en la historia mundial

El llamado “orden basado en reglas” ya estaba hecho trizas con el inicio de la guerra imperialista de Rusia en Ucrania y el genocidio de EE UU e Israel en Gaza. Y ahora, con su guerra contra Irán, Trump ha destruido lo que quedaba de él. Eufórico por el éxito del secuestro de Maduro en Venezuela y la conversión de los restos de su régimen en un siervo del imperialismo estadounidense, Trump pensó que él e Israel podrían hacer lo mismo en Irán. En cambio, el tiro le ha salido por la culata, ya que Teherán ha respondido lanzando una guerra regional.

Aunque EE UU e Israel iniciaron esta guerra juntos, tienen objetivos bélicos diferentes. Trump buscaba una solución al estilo de Venezuela; quería encontrar una figura en el régimen que desempeñara el papel que Delcy Rodríguez desempeñó en Caracas y llegara a un acuerdo para sobrevivir a cambio de obedecer los dictados de EE UU. Esperaba que un régimen iraní reconfigurado se uniera entonces a los Acuerdos de Abraham junto con los Estados árabes y normalizara las relaciones con Israel.

En cambio, Netanyahu pretende destruir todo el régimen, balcanizar el país y aniquilar a sus aliados para garantizar que ninguno pueda desafiar la hegemonía regional de Israel. Así, como admitió Trump, Israel socavó el objetivo de Washington al matar a los líderes iraníes con los que Washington esperaba llegar a un acuerdo. Como era de esperar, Israel ha combinado su guerra relámpago en Irán con una nueva ofensiva contra Hezbolá en el Líbano, que se suma a su genocidio en curso en Gaza y a la expansión de los asentamientos en Cisjordania. Su objetivo es forjarse su propio mini-imperio: el Gran Israel.

Por supuesto, Israel presionó a Trump para que iniciara la guerra, pero no le engañó para que lo hiciera. La cola no mueve al perro. Incluso Netanyahu ridiculizó esa idea en una entrevista con Sean Hannity. Cuando Hannity dijo: “Hay gente que dice: ‘Vaya, el primer ministro de Israel lo arrastró a esto’”, Netanyahu se rió. “Eso es ridículo”, dijo. “Donald Trump es el líder más fuerte del mundo. Hace lo que cree que es correcto para EE UU.”

Así, Trump desató la guerra por sus propias y estúpidas razones. No es un títere de Israel. Pero cometió un error de cálculo catastrófico. Irán no es Venezuela; es un régimen teocrático curtido en mil batallas, con una base leal entre una minoría de la población. Ha librado una guerra regional y ha aplastado repetidamente todos los levantamientos democráticos de sus trabajadores y de los pueblos oprimidos. Y se había preparado minuciosamente no solo para sobrevivir a una guerra de EE UU e Israel, sino también para lanzar un contraataque devastador.

Consecuencias catastróficas

Cuando Trump inició esta guerra, Irán resistió el asalto y respondió lanzando misiles y drones contra Israel, todos los Estados árabes e incluso potencias de la OTAN. Atacó a Turquía y las bases británicas en Chipre y Diego García. Y cerró el estrecho de Ormuz, cortando el suministro de petróleo y gas natural al mundo. Esto provocó una espiral alcista de los precios de los combustibles fósiles, amenazando el crecimiento económico mundial y desencadenando la inflación: la pesadilla capitalista de la estanflación.

Y el peligro para la economía mundial podría agravarse mucho más si el conflicto se intensifica. Cuando Israel atacó el yacimiento de gas natural de Irán, Teherán respondió atacando la planta de procesamiento de gas natural licuado (GNL) de Catar en Ras Laffan, que suministra a Asia gran parte de su GNL. Eso provocó que Trump le dijera a Israel que se abstuviera de nuevos ataques. Pero el daño puede que ya esté hecho. Catar informa de que tardará entre 3 y 5 años en reparar su enorme planta. Un analista afirmó que esto conducirá al escenario del Armagedón: la mayor crisis del petróleo y gas natural de la historia.

Pero el impacto de la guerra será aún mayor que eso. Contrariamente a los estereotipos, la importancia de la economía de la región para el mundo va mucho más allá de los combustibles fósiles. Los Estados del Golfo se han transformado en centros industriales y en polos del turismo internacional, deltransporte marítimo comercial y del capital financiero. La interrupción de todo esto será devastadora para el sistema y, lo que es más importante, para la clase trabajadora y el campesinado del mundo.

La guerra y el cierre del estrecho están bloqueando la exportación de la industria de fertilizantes de la región. Esto provocará escasez y hará subir los precios de los fertilizantes justo cuando comience la temporada de siembra en los próximos meses en todo el planeta. Es posible que los agricultores del Norte Global puedan asumir los costes y acaparar la mayor parte del suministro, pero los del Sur Global quedarán excluidos del mercado por los precios, sufrirán escasez y obtendrán menores rendimientos de sus cosechas. La combinación del aumento de los costes de los fertilizantes y del combustible provocará un repunte de los precios de los alimentos en el Norte Global y hambrunas en el Sur Global.

La guerra también está bloqueando la exportación de todo tipo de subproductos de combustibles fósiles que son esenciales para la economía mundial. Por ejemplo, las plantas de estos países producen nafta, uno de los componentes clave para la fabricación mundial de plástico, que las empresas utilizan para casi todo, desde envases hasta coches y aviones de combate. Otro ejemplo es el helio. Es esencial para la fabricación de microchips, sin los cuales la economía de alta tecnología actual no puede funcionar.

Además, los puertos y aeropuertos de la región son centros neurálgicos esenciales tanto para los viajes internacionales como para el tránsito comercial. Su interrupción está causando todo tipo de problemas en la economía mundial. Incluso si el estrecho de Ormuz se reabre junto con los aeropuertos, las empresas ya desconfiarán de ellos como centros fiables para el transporte y el comercio, lo que pone en tela de juicio sus enormes inversiones, infraestructuras y rutas comerciales y de viaje.

Por último, los Estados del Golfo, como los Emiratos Árabes Unidos, Catar y Arabia Saudí, se han convertido en importantes centros del capital financiero internacional. Han utilizado sus fondos para invertir en todo tipo de cosas, pero especialmente en centros de datos de IA, no solo en su región, sino también en EE UU. Ahora, las empresas dudarán de la seguridad de los centros de datos en los Estados del Golfo. Y estos tendrán que abandonar sus inversiones internacionales y utilizar su capital para reconstruir su propia infraestructura. Tal revés socavará el auge de los centros de datos estadounidenses y podría reventar la burbuja de la alta tecnología, el principal pilar del crecimiento del capitalismo estadounidense. Así, la guerra está trastornando todo el sistema.

La lógica de la escalada

Trump se ha topado así con la mayor crisis imperialista desde Irak y, potencialmente, con una mucho peor. EE UU, Israel e Irán estaban atrapados, hasta el alto el fuego, en una lógica de escalada sin un final claro a la vista. El régimen iraní se enfrentaba a una amenaza existencial y está dispuesto a luchar hasta la muerte. Por lo tanto, amplió la guerra para obligar a los Estados de toda la región y del mundo a presionar a EE UU e Israel para que la detuvieran y evitaran otra. Sin duda, estarán decididos a fabricar armas nucleares tras la guerra para disuadir cualquier ataque futuro.

Los contraataques de Irán obligaron a  EE UU e Israel a responder, postergando lo que Trump esperaba que fuera una victoria rápida. Así, al igual que el aprendiz de brujo, Trump perdió el control de una guerra que se intensificaba cada vez más. Y su decisión de imponer su propio bloqueo del estrecho de Ormuz para cortar las exportaciones iraníes ha agravado el daño que el conflicto está causando a la economía mundial.

Ante esta crisis, Trump cedió y aceptó un alto el fuego sin haber logrado ninguno de sus objetivos. El régimen iraní se mantiene en el poder, sigue contando con arsenales nucleares, conserva una importante capacidad de misiles y drones para amenazar con ataques en la región, y ha prometido seguir apoyando a sus aliados regionales en Irak, Líbano y Yemen.

En este momento, el estrecho de Ormuz sigue bloqueado, las negociaciones están estancadas y la economía mundial se encuentra al borde de una crisis aún mayor. El régimen iraní cree claramente que puede aguantar el enfrentamiento durante más tiempo que EE UU. Aunque está claro que Trump quiere llegar a un acuerdo, no puede aceptar uno que humille aún más a EE UU. Mientras tanto, Israel clama por continuar la guerra en Irán y el Líbano.

Pase lo que pase, EE UU se encuentra en medio de una crisis económica, geopolítica y militar que se está extendiendo. La economía mundial ha quedado devastada. Nadie en la región puede confiar ahora en EE UU. Todas sus bases militares y sistemas de defensa no han protegido a sus vasallos, como Arabia Saudí, sino que los han convertido en objetivos militares. Y ningún régimen se arriesgará a normalizar las relaciones con Israel en contra de los deseos de las masas de la población de la región, que ahora están furiosas con EE UU e Israel. Eso pone en peligro los Acuerdos de Abraham de Trump.

Trump ha echado a perder las relaciones con todos los aliados de Washington, a quienes mantuvo en la ignorancia sobre sus planes de iniciar la guerra. Ahora, con EE UU en crisis, ninguno de ellos ha aceptado rescatar a Trump. Todos se han negado a unirse a su guerra y a enviar buques para abrir el estrecho de Ormuz. En este momento, quieren mantenerse al margen y se han vuelto cada vez más críticos con la guerra. El comentario del canciller alemán de que Irán había humillado a EE UU llevó a Trump, en un ataque de ira, a amenazar con retirar todas las tropas de Washington de Europa, poniendo en peligro toda la alianza de la OTAN.

Peor aún, para EE UU la guerra de Trump ha beneficiado a los principales rivales de Washington, Rusia y China. En un intento desesperado de bajar los precios de los combustibles fósiles, Trump suavizó las sanciones a las exportaciones de petróleo de Rusia. Putin ha conseguido así una victoria, asegurándose los fondos que tanto necesita para apuntalar su economía en crisis. Eso le permitirá intensificar su guerra imperialista contra Ucrania. Trump suavizó las sanciones a Rusia a pesar de que esta está ayudando a Irán proporcionándole inteligencia militar. Consciente de su ventaja, Putin llegó incluso a ofrecer suspender el intercambio de inteligencia si EE UU dejaba de hacer lo mismo con Ucrania.

China se alegra de ver a EE UU empantanado en otra guerra catastrófica más. Aunque ha perdido el petróleo y el gas natural de Irán, por ahora puede recurrir a sus enormes reservas de combustibles fósiles y ampliar los contratos para obtener más suministros de Rusia, consolidando aún más su “amistad sin límites”. Pero China no es inmune a las consecuencias de la guerra. Tendrá dificultades para conseguir materiales clave para su industria manufacturera, la recesión mundial debilitará sus mercados de exportación ‒que son su principal motor de crecimiento continuo‒ y a los países endeudados con ella les resultará cada vez más difícil devolver sus préstamos, lo que pondrá en apuros al capital financiero chino.

La intensificación de la crisis interna de Trump

La guerra de Trump intensificará su crisis política interna. Ya profundamente impopular, ahora se enfrenta a divisiones en su liderazgo del movimiento Make America Great Again (MAGA), con figuras como Tucker Carlson oponiéndose a la guerra. También ha alejado a sectores de su base que votaron por él, creyendo ingenuamente que Trump mantendría a EE UU al margen de las “guerras eternas”. Sin un final a la vista, esta guerra condena al Partido Republicano a la derrota en las próximas elecciones de mitad de mandato, si estas son libres y justas. Los Demócratas se harán con la Cámara de Representantes, posiblemente con el Senado, paralizarán el Congreso con audiencias, bloquearán toda la legislación e intentarán destituir a Trump y a miembros de su gabinete.

Trump lo sabe. Por eso, está recurriendo a medios cada vez más autoritarios para mantener el poder. Está intentando amañar las elecciones mediante el rediseño de circunscripciones electorales y la inhabilitación de sectores de votantes, más recientemente con la Ley Save America, que privaría de facto del derecho al voto a millones de personas. El Tribunal Supremo también ayudó a Trump con su reciente fallo que anuló el mapa electoral de Luisiana, que otorgaba a los votantes negros la mayoría en dos distritos. Su decisión vacía de contenido la Ley del Derecho al Voto, con el riesgo de volver a una supremacía electoral blanca que no se veía desde la era Jim Crow. En un peligroso precedente, Luisiana ya ha suspendido las elecciones primarias para permitir una redistribución de distritos que beneficie al Partido Republicano.

En una señal aún más inquietante, algunos miembros de la derecha, como Bannon, han defendido que Trump despliegue a los agentes de ICE en los colegios electorales. Trump ya ha tanteado el terreno desplegando a los agentes de ICE en los aeropuertos de todo el país. Así, las normas de la democracia burguesa estadounidense penden de un hilo. Para que nadie piense que se trata de una exageración, tres nuevos estudios han revelado que Estados Unidos se está deslizando hacia una autocracia a una velocidad asombrosa.

Ante esta crisis en espiral, el Partido Demócrata pasó el último año prácticamente escondido. Adoptaron la “estrategia del zarigüeya” de James Carville: hacerse los muertos ante un depredador. Mientras que figuras atípicas como Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez agitaban a favor de la acción contra la clase multimillonaria, los demócratas del establishment aguardaron su momento, con la esperanza de que Trump se agotara y desacreditara al Partido Republicano para poder arrasar en las elecciones de mitad de mandato. Entonces podrían encontrar algún nuevo abanderado corporativo como Gavin Newsom o JB Pritzker, o peor aún, recurrir a la genocida Kamala Harris, para recuperar la Casa Blanca en 2028 y restablecer el statu quo ante.

A decir verdad, el Partido Demócrata no hizo prácticamente nada para resistirse a Trump hasta la huelga masiva de Minneapolis contra el ICE. Solo entonces cuestionaron la financiación de ICE y del Departamento de Seguridad Nacional. Sin embargo, al igual que han hecho con la policía, no exigieron la abolición de la brigada de matones racistas de ICE, sino que sus agentes llevaran cámaras corporales, recibieran más formación y dejaran de llevar máscaras. ¡Con esas reformas, han prometido conceder más financiación a ICE! Eso no debería sorprender a nadie, ya que los Demócratas han financiado el Departamento de Seguridad Interior (DHS) con miles de millones desde su creación en 2003. Y, bajo Obama y Biden, utilizaron ICE y la Patrulla Fronteriza para deportar a millones de personas.

Su supuesta oposición a la catastrófica guerra de Trump contra Irán ha sido aún más patética. ¿Por qué? Porque comparten con el Partido Republicano la determinación del imperialismo estadounidense, desde la revolución iraní de 1979, de derrocar la República Islámica. Así pues, sus objeciones iniciales fueron de carácter procedimental: que Trump no había justificado la guerra, no había obtenido el apoyo del Congreso en virtud de la Ley de Poderes de Guerra y no tenía ningún plan ni objetivos claramente definidos. Y su principal preocupación es que la estúpida guerra de Trump ha debilitado al imperialismo estadounidense y su capacidad para hacer frente a China y Rusia.

Aunque algunos reformistas del partido han denunciado la guerra, siguen atrapados en un partido imperialista, que es a la vez reaccionario e incapaz de actuar en un momento de emergencia. A resultas de ello, a pesar de que es probable que los Demócratas ganen las elecciones de mitad de mandato, si estas se celebran con normalidad, siguen siendo profundamente impopulares y no ofrecen soluciones a las crisis del sistema ni a las reivindicaciones populares.

En la resistencia hay esperanza

A diferencia del Partido Demócrata, la clase trabajadora y la población oprimida se han levantado contra Trump, generando una resistencia masiva y heterogénea. Algunas de sus corrientes son anteriores a la presidencia de Trump, como el movimiento de solidaridad con Palestina, que persiste a pesar de la represión estatal y la hostilidad de las fuerzas liberales y sionistas. La mayoría de las demás corrientes se han visto impulsadas por los implacables ataques sociales y de clase de Trump, en particular por la guerra de ICE contra los inmigrantes. Todo ello convergió en Minneapolis, culminando en una huelga y una protesta masiva que obligaron a Trump a dar marcha atrás, a despedir al comandante de la Patrulla Fronteriza, Greg Bovino, a degradar a la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, y a retirar a cientos de agentes de ICE y de la Patrulla Fronteriza.

Ese levantamiento contra ICE se basó en una infraestructura de resistencia desarrollada y forjada a lo largo de las últimas dos décadas. Se formó durante la revuelta por el asesinato de George Floyd, la lucha sindical y las huelgas, las luchas por los derechos de los inmigrantes y las campañas de justicia climática lideradas por indígenas. Pero la mayor parte del país carece de esta infraestructura de resistencia. E incluso allí, la minoría militante y la izquierda revolucionaria siguen siendo pequeñas, como en otros lugares. Esto dificulta la organización y la política de la resistencia.

No obstante, la lucha está forjando nuevas organizaciones y una nueva izquierda. Las dos principales corrientes organizadas de la resistencia nacional son Indivisible y May Day Strong. Indivisible fue fundada por dos organizadores del Partido Demócrata que concibieron explícitamente el proyecto como un medio para movilizar a su base en la lucha y luego canalizarla hacia las elecciones para derrotar a Trump y a los Republicanos. Se trata, por tanto, de una formación frentepopulista, que asocia la clase trabajadora y la población oprimida a un partido capitalista con la esperanza de conseguir reformas liberales.

Indivisible ha organizado tres manifestaciones masivas bajo el lema “No Kings”. Sin embargo, debido a sus vínculos con el Partido Demócrata, ha tendido a excluir a los activistas solidarios con Palestina y se ha mostrado reacia incluso a incluir la oposición a la guerra contra Irán. Su estrategia consiste en convertir los millones de personas que acuden a sus manifestaciones en activistas a favor de los Demócratas de cara a las elecciones de mitad de legislatura y a las presidenciales de 2028. Sin embargo, como sabemos por amarga experiencia, los Demócratas no son una alternativa para la gran mayoría. La gente que participa en esas manifestaciones está abierta a ideas y estrategias mucho más radicales.

La otra formación, May Day Strong, fue impulsada por el Sindicato de Docentes de Chicago. Ha reunido a sindicatos, grupos de defensa de los derechos de las y los inmigrantes, otras organizaciones de movimientos sociales y ONG en un posible frente unido de las fuerzas de la clase trabajadora. Incluye a Indivisible y a otra formación liberal, 5051, y está limitada por los horizontes de la burocracia sindical de izquierda. No obstante, ha vuelto a poner el Primero de Mayo en el mapa, ha animado a las escuelas de solidaridad a preparar a los sindicatos para organizar huelgas políticas contra Trump y ha impulsado el lema “ni trabajo, ni colegio, ni compras” para el Primero de Mayo de este año.

May Day Strong ofrece a la izquierda un vehículo nacional para impulsar el argumento a favor de una huelga general que desafíe al régimen cada vez más autoritario de Trump. Su modelo explícito es la huelga surcoreana que bloqueó un golpe de Estado y derrocó al gobierno. Dicho esto, no existe en todas las ciudades y pueblos. Tampoco es inmune a la cooptación por parte de los Demócratas a través de la alianza de la burocracia sindical con el ala reformista del partido. Y es una señal ominosa que Indivisible desempeñe un papel tan destacado en su seno. No obstante, May Day Strong es una orientación estratégica importante para la izquierda revolucionaria en la construcción de la resistencia. Nuestro reto es cómo forjar formaciones locales similares alineadas con la coalición nacional. Es nuestra mejor oportunidad para agitar a favor de una acción masiva e independiente de la clase trabajadora para derrocar el régimen de Trump.

El renacimiento de la izquierda revolucionaria

Esta nueva época de crisis, rivalidad imperialista, autoritarismo y resistencia está abriendo un espacio para la construcción de una nueva izquierda socialista. De hecho, todas las organizaciones políticas están pasando ahora del reformismo al neostalinismo y al socialismo revolucionario. La lucha está en marcha para dar forma a la política, las estrategias y las tácticas de una nueva generación para una época de crisis y lucha de clases.

Tempest sostiene que la tradición del socialismo desde abajo constituye la mejor manera de luchar aquí y ahora en el camino hacia el socialismo internacional. Nuestro objetivo es plasmar esta política en una organización con secciones que eviten las trampas del micropartido que ha paralizado a nuestros antecesores: la uniformidad ideológica, el sectarismo, el ultraizquierdismo y la construcción de una organización aislada de la lucha viva. Únete a nosotros para construir una organización socialista, forjar nuevas infraestructuras de resistencia, cohesionar a una minoría militante y, finalmente, fundar un partido revolucionario. Son tareas ambiciosas, pero necesarias en nuestros tiempos apocalípticos.

10/05/2026

Ashley Smith

Tempest

Traducción: viento sur

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Desorden global
Autor/a: Ashley Smith
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Fuente: Viento Sur

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