El manifiesto de Palantir, de 22 puntos, publicado en la red social X el 18 de abril (lee los anexos) y destacado por los algoritmos de la empresa de Elon Musk, puede que no parezca nada nuevo. Recoge las ideas que lleva defendiendo desde hace quince años uno de sus fundadores, Peter Thiel, y resume en gran parte el libro The Technological Republic, publicado en febrero de 2025 y escrito conjuntamente por el presidente de la empresa, Alex Karp, y por Nicholas Zamiska, su asesor jurídico.
Pero no es exactamente lo mismo publicar un libro bajo el nombre de un autor que elaborar un manifiesto, es decir, un programa simplificado en forma de hoja de ruta política, desde la cuenta oficial de una empresa.
De hecho, esta empresa tecnológica, especializada en el mantenimiento del orden, la inteligencia y la seguridad, y gran beneficiaria de la guerra en Irán, ha publicado un texto importante sobre el ocaso del neoliberalismo. Demuestra que, para sobrevivir, el capitalismo rentista debe hacerse con el control de la renta suprema: el Estado. Y, para ello, necesita tanto desacreditar la legitimidad democrática de este último como sustituir la servidumbre voluntaria de la democracia por una obediencia temerosa.
El primer mensaje que transmite su manifiesto es que Palantir se ha convertido en un actor político, con ambiciones y objetivos. Todo lo demás se deriva de ahí: la política ya no es privilegio exclusivo de una clase de ciudadanos o ciudadanas aparte ni de la propias ciudadanía, sino que es el terreno de juego de las empresas y, en particular, de las tecnológicas.
Y si la política es un sector en el que un grupo tecnológico puede actuar a cara descubierta, es porque la propia función del capital tecnológico está cambiando. A partir de ahora, su vocación es aspirar al control del Estado, que es el objetivo principal de la acción política.
No son Alex Karp o Peter Thiel quienes quieren hacerse con la Casa Blanca al estilo de un Donald Trump, no; es el propio capital tecnológico el que quiere controlar el Estado, para convertirlo en una herramienta en sus manos. Quiere situarse a la vanguardia de un nuevo capitalismo de Estado. No un capitalismo en el que el Estado cumple la función de ayudar al capital o actuar en su lugar, sino aquel en el que el propio capital se convierte en el Estado, donde las funciones del Estado se convierten en medios de acción con vistas a la acumulación de ese propio capital.
Los detalles de este manifiesto deben leerse desde esta perspectiva: un cambio de régimen fundamental en el que el Estado debe ponerse a disposición de un grupo capitalista. Un cambio así supone, evidentemente, un cambio radical en la legitimación del poder. El manifiesto de Palantir intenta construir esta nueva legitimidad.
La legitimidad política del capital tecnológico
Esta legitimidad se construye de dos formas: de forma afirmativa y de forma negativa. En el punto 3 del manifiesto, Palantir, parafraseando al filósofo Jürgen Habermas (antiguo profesor de Alex Karp, quien confesó haber fundado Palantir tras haber sido rechazado por él), proclama:
La decadencia de una cultura o de una civilización (…) solo será preservada si esa cultura es capaz de generar crecimiento económico y seguridad para el público.
Este es el punto de partida del pensamiento de Palantir. La legitimación del poder proviene ahora de esta doble fuente: la acumulación y la seguridad. Dos pilares que, según el manifiesto, solo puede proporcionar el capital tecnológico basado en la IA.
Es él quien puede crear armas para sustituir la disuasión nuclear por la disuasión mediante IA (punto 12), es él quien puede garantizar la carrera armamentística de la IA sin tener que pasar por interminables debates éticos y políticos (puntos 5 y 7), y es él, por último, quien puede poner la IA al servicio de la seguridad pública (punto 17).
Por último, es este capital, encarnado por Palantir, el que es capaz de producir verdadera tecnología, aquella que puede influir en la sociedad, escapando a la “tiranía de las aplicaciones” criticada en el punto 2, es decir, de una investigación tecnológica de bajo coste, pero también de bajo rendimiento, que se ha convertido en una especie de rutina.
Según Alex Karp, el capital tecnológico puede sentar las bases de un nuevo crecimiento promoviendo nuevas ganancias masivas de productividad, inaccesibles a la lógica de las aplicaciones. Pero este salto económico no puede darse en el marco de un mercado competitivo globalizado.
La crítica al capitalismo democrático
Es la otra cara de la legitimidad que reivindica Palantir: se basa en la crisis de legitimidad del capitalismo democrático. Desde hace tiempo, el propio Peter Thiel subraya que la sociedad democrática es un obstáculo para el desarrollo del capital tecnocrático.
Las exigencias democráticas frenan constantemente las posibilidades que ofrece el capital tecnológico. La “sociedad de la deliberación” tan querida por Jürgen Habermas se presenta aquí como el mal absoluto: construye falsos debates como el de cuestionarse el uso militar de la IA (punto 5), “psicologiza” la política al obligar a interiorizar visiones de “personas” a las que “nunca podríamos conocer” (punto 10), desprecia a los multimillonarios (punto 16), favorece la “prudencia” en la política en detrimento de la determinación (punto 19) y relativiza la superioridad de las culturas donde reina la acumulación y que han producido “maravillas” (punto 21).
“Debemos resistir la tentación de un pluralismo vacío y sin sentido”, resume el punto 22 a modo de conclusión.
Como corolario, la crítica se extiende hasta el capitalismo neoliberal que ha acompañado a esta sociedad democrática, y cuya forma más pura rechaza Palantir: la multinacional globalizada sometida a la competencia internacional. El capital que pretende meterse en política es aquí nacional: en el punto 1, Palantir presenta su compromiso como el pago de una “deuda moral” con el país que permitió que surgiera el sector tecnológico. Silicon Valley tiene una “obligación positiva de participar en la defensa de la nación”, y el capital tecnológico debe tomar el poder para luchar contra un “enemigo”, nunca nombrado pero omnipresente.
La era de la multinacional ha llegado, pues, a su fin. El capital debe asumirse estadounidense porque debe convertirse en Estados Unidos. Y en eso, no se le permite que la competencia o el mercado le distraigan de su ambición política. “Deberíamos aplaudir a quienes intentan construir allí donde el mercado no ha sabido actuar”, resume el punto 16: para construir, hay que eludir el mercado. Y la mejor forma de eludirlo es fusionarse con el Estado.
Es precisamente por eso que el Estado democrático, tradicionalmente considerado obeso, debe desaparecer (punto 8). Porque, sobre todo, debe dejar de regular la acción del capital: “Los funcionarios no tienen por qué ser nuestros sacerdotes”. Evidentemente, detrás de esta frase hay, en primer lugar, una crítica al aspecto moralizante del Estado democrático, que es un elemento central de la crítica nietzscheana a la modernidad que hace Palantir.
Se considera a la democracia como el régimen de los débiles que utilizan la moral y la transparencia para dominar a los fuertes. Es en esta lectura de La genealogía de la moral, de Friedrich Nietzsche, donde hay que entender el punto 9 sobre la falta de indulgencia hacia los poderosos, que “podría dejarnos una galería de personajes al mando de los que nos arrepentiremos”, o también los daños de la transparencia de la vida pública (punto 17).
Pero detrás de esta denuncia de los “funcionarios-sacerdotes”, también se retoma la crítica libertaria al Estado neoliberal que quería regular los mercados y establecer normas para ellos. Para Palantir, esa regulación es imposible porque el Estado no es económicamente viable (“Cualquier empresa que pagara a sus empleados como el Gobierno federal paga a los funcionarios tendría dificultades para sobrevivir”, punto 8).
El mundo de la noche, la violencia y la muerte
Una vez proclamada esta legitimidad, Palantir despliega su programa. El capital tecnológico en el poder va a construir un mundo a su servicio. La guerra, la única actividad claramente rentable para la IA en la actualidad, vuelve así a estar en la agenda. Se rechaza el soft power como una debilidad: le toca el turno al hard power (punto 4), tanto en el extranjero como dentro de la propia sociedad estadounidense, donde “Silicon Valley debe desempeñar un papel en la lucha contra la delincuencia violenta” (punto 17).
Para garantizar ese orden, Palantir recurre a viejos trucos: la defensa de la civilización. Así pues, resulta irónico ver que en un texto que aboga por la destrucción de todos los contrapoderes democráticos, en los puntos 13 y 14 justifica este endurecimiento del poder en nombre de la defensa de los “valores progresistas” y de la “paz extraordinariamente larga” basada en el “poder estadounidense”.
Esta fachada no es más que la máscara de un nacionalismo radical. Como supuesta vanguardia de la cultura occidental que ha producido “avances vitales”, Estados Unidos debería emprender la lucha contra las culturas externas “regresivas y disfuncionales” (punto 21). Y es el capital tecnológico el que debe asumir el mando de las operaciones. El retorno del capital a la nación se traduce en un retorno a la jerarquía de las culturas.
También es en este supremacismo donde hay que entender la voluntad de rearmar a Alemania y Japón (punto 15): se trata de poner fin a una “sobrecorrección” heredada del final de la Segunda Guerra Mundial. Y esto no es fruto del azar. Tanto la Alemania nazi como el Imperio japonés justificaban su militarismo en nombre de la defensa de la civilización. Palantir se inscribe abiertamente, aunque de forma indirecta, en esa línea.
Se podría discutir largo y tendido sobre si este texto tiene o no un carácter fascista. Pero lo que es seguro es que defiende un mundo en el que la democracia se vacía de sentido y no es más que una bandera que justifica una política de dominación y depredación. El discurso de la salvación de la civilización es un clásico de la extrema derecha que permite reconstruir una unidad política en torno a la nación, la religión (punto 20) y una élite combativa.
Alex Karp y los suyos quieren convertir el mundo en un lugar detestable, basado en la superioridad de los capitalistas tecnológicos, la discriminación y la guerra. Quieren una sociedad militarizada donde no haya alegría y la amenaza sea constante. Es el mundo oscuro, de la violencia y de la muerte.
¿Contra qué luchar?
Los neoliberales y los centristas se indignan, con razón, ante este manifiesto que los apunta directamente. Pero, ante un horizonte así, su proyecto de sociedad no sirve para nada. Sin duda, siempre se puede pensar que, ante un plan así, el neoliberalismo de un Emmanuel Macron es el mal menor. Es un argumento que se usará masivamente en los próximos meses y años.
Pero esa resistencia es un mal baluarte. Porque es olvidar que esos monstruos no surgen de la nada. Son el producto directo del neoliberalismo y de su fracaso. Son las políticas aplicadas en los años 80 las que permitieron el nacimiento de esos grupos tecnológicos que se han escapado de sus creadores y que pretenden deshacerse de ellos.
También es olvidar que tales monstruosidades prosperan, sin duda, gracias al fracaso del capitalismo democrático y de la promesa neoliberal de prosperidad. Lo único cierto en este manifiesto es que la sociedad surgida de la contrarrevolución neoliberal ya no tiene mucho que ofrecer a la gente; por eso, este tipo de texto puede tener el impacto político que tiene.
Por último, es olvidar que los propios neoliberales están inmersos activamente en un giro hacia lógicas autoritarias, discriminatorias y represivas. El doble mandato de cinco años que está llegando a su fin lo ha demostrado bastante en lo que respecta a Francia. Quienes se presentan como resistentes a los desvaríos de Palantir bien podrían no ser más que una versión edulcorada de los mismos, aunque solo sea porque nunca cuestionan la lógica del capitalismo, que es precisamente lo que está en juego aquí.
Para contrarrestar a Palantir, no solo hay que tomarse en serio el peligro que representa este actor, sino también atacar las raíces del problema: el carácter profundamente destructivo de la lógica capitalista. Para salvar la democracia, el medio ambiente y la sociedad, es necesario combatir el principio fundamental que ahora la ataca de frente.
6/05/2026
Traducción: viento sur


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