Una mirada psi sobre el colapso ambiental
Josep Maria Panés Pol Rius

El psicoanalista español analiza la catástrofe climática como un síntoma de época y advierte sobre un sistema que convirtió al consumo y la satisfacción inmediata en un mandato. Freud, Lacan y la negación como respuesta social.

16 de agosto de 2026 

Hay algo profundamente paradójico en la crisis climática: nunca hubo tanta información disponible sobre el deterioro del planeta y, sin embargo, los seres humanos siguen avanzando en una dirección que saben destructiva. Saben que el calentamiento global se acelera, que los recursos naturales no son infinitos, que la biodiversidad se pierde y que las consecuencias ya forman parte de la vida cotidiana. Pero saber no alcanza. ¿Qué es eso que los hace mirar hacia otro lado, postergar las decisiones y sostener formas de producción y consumo que ponen en riesgo las condiciones mismas de la vida?

En La locura del progreso. Un psicoanalista escribe sobre el cambio climático (Xoroi Edicions), el español Josep Maria Panés propone abordar esa contradicción desde un lugar poco habitual: el psicoanálisis. Su hipótesis es que la crisis ecológica no puede comprenderse solamente como un problema científico, tecnológico o político. También es un síntoma de época, una manifestación de un funcionamiento social atravesado por el “sin límite”: producir más, consumir más, acumular más, crecer indefinidamente en un planeta que, por definición, tiene límites.

Desde Freud y Lacan, Panés pone en diálogo conceptos como pulsión de muerte, deseo, angustia, goce y malestar en la cultura con la emergencia climática. El capitalismo contemporáneo, sostiene, no se limita a ofrecer objetos para satisfacer necesidades: produce una insatisfacción permanente y convierte el consumo en una vía privilegiada de satisfacción pulsional. El problema es que esa lógica no solo agota a los sujetos, sino también los recursos del planeta. La devastación ambiental y el deterioro de los lazos sociales serían dos caras de una misma dinámica.

Uno de los conceptos centrales del libro es el “no querer saber”. No se trata de ignorancia ni de falta de información: frente a una realidad que resulta demasiado angustiante, aparece una resistencia subjetiva a saber aquello que obliga a los sujetos a modificar su manera de vivir.

El desafío no consiste en encontrar una fórmula mágica que permita salvar al planeta desde el consultorio. El propio autor advierte sobre los límites del aporte del psicoanálisis. Se trata, más modestamente y a la vez de manera radical, de intentar comprender qué mantiene a los seres humanos atados a una lógica que amenaza con destruir aquello de lo que dependen para vivir. Y de recuperar, frente al fatalismo, la posibilidad de poner un límite allí donde el capitalismo parece haber convertido el “más” en un mandato permanente.

-En La locura del progreso plantea que el cambio climático puede leerse como un síntoma. ¿Qué permite ver el psicoanálisis allí donde otros discursos -científicos o políticos, por ejemplo- parecen no alcanzar?

-Es una gran pregunta que toca con lo que a mí me motivó a pensar, reflexionar y a escribir sobre el tema y a plantearlo en estos términos. Ante la gravedad del cambio climático y la crisis ecológica y la incapacidad política ciudadana, también de la ciencia, de responder adecuadamente, pensé que el psicoanálisis podía aportar alguna luz para entender por qué no hacemos algo ante probablemente la crisis más grave que enfrenta la humanidad. Lo ha dicho António Guterres, Secretario General de Naciones Unidas, lo han dicho científicos, un montón de gente… Entonces, la idea de que eso es un síntoma en el sentido que es algo que escapa a la racionalidad, es algo que juega por fuera de las intenciones conscientes, de los ideales.

Los científicos pueden proclamar sus constataciones, presentarnos sus curvas de evolución del CO2, de la temperatura, pero parece que somos sordos a eso, parece que la vida cotidiana lo engulle todo. Y, entonces, me había llevado a pensar que hay algo de la lógica del síntoma, en el sentido de que hay un goce oculto, un goce que opera más allá de la voluntad consciente del sujeto, que estaba operando también en la actitud colectiva ante la cuestión del cambio climático.

-Vincula la crisis ecológica con un funcionamiento sin límite de la pulsión. ¿Cómo se articula esa lógica pulsional con el modelo capitalista contemporáneo?

-No digo nada que no hayan dicho ya Freud, Lacan, Miller. Lacan en los finales de los 60, principios de los 70, ya decía prácticamente esto. El gran público argentino (en Europa, incluso en Francia, hoy en día por desgracia no se puede decir que el psicoanálisis esté en el gran público) conoce sobre todo al Lacan clínico. Pero el Lacan que analiza no solo el malestar en la cultura, sino los callejones sin salida, habló del discurso capitalista, lo comparó con la psicosis en el sentido de un funcionamiento sin límite, condenado a un exceso que, por una parte, promueve el estilo adictivo en todos nosotros: más consumo, más trabajo y, por lo tanto, más destrucción, más devastación ecológica.

El otro día, en una charla que se hizo en Barcelona, me di cuenta de una cosa: en 1972 se publicó el llamado “Informe Meadows”, que encargó el Club de Roma a un equipo de científicos del MIT de Massachusetts. En 1971 publicaron ese informe haciendo una proyección con los medios técnicos que tenían entonces. Y se viene cumpliendo durante décadas lo que figura del aumento del efecto invernadero, el aumento de la temperatura, los efectos meteorológicos extremos, la incidencia sobre la producción de alimentos.

-¿Y Lacan, qué señaló al respecto?

-Lacan, que era alguien muy atento, no solo a los clásicos, a la psiquiatría, a la ciencia, sino también a la política, yo creo que en el 72 leyó el “Informe Meadows”, porque poco después hizo una manifestación, una serie de consideraciones sobre el sin límite, la inviabilidad del capitalismo, apuntando a esta cuestión de que está gobernado como la pulsión, en bruto, cuando la pulsión no está gobernada por el deseo. El capitalismo funciona según ese sin límite de la pulsión que puede convertir cualquier pulsión en pulsión de muerte. Lacan captaba esta cuestión del sin límite en el funcionamiento del capitalismo y expresaba: “Yo no critico el capitalismo, es lo más astuto que se ha inventado. Va deprisa, deprisa, deprisa… Lo único que está destinado a estallar”. Tiene esa ironía que destilaba.

-Retomando a Freud, usted habla del cambio climático como una posible manifestación de la pulsión de muerte. ¿Cómo se expresa hoy esa dimensión destructiva en la vida cotidiana?

-Este lado adictivo -que Jacques-Alain Miller ha señalado mucho-, esta adicción a la producción, a la acumulación de plusvalías que gobierna el discurso capitalista, nos ha hecho a todos adictos: adictos del trabajo, del sexo, del dinero, de los juegos. Y la adicción es una máquina que está gobernada por la pulsión de muerte. Yo no he trabajado mucho en adicciones, pero colegas que lo han hecho tienen muy claramente esa percepción de este punto. En la clínica de las adicciones uno percibe la pulsión de muerte en acto. Percibe que la pulsión trabaja para un más allá de los intereses del sujeto, para una cosa acéfala, un siempre más, que no tiene en cuenta ni la supervivencia del individuo.

Creo que la cuestión de la pulsión de muerte se ve también en otra cuestión que Lacan señaló desde los años 60, en el Seminario La ética del psicoanálisis: la función del desecho. Él decía: “Qué especie extraña, insensata, que llena su entorno de desechos indestructibles que en lo material hacen la vida imposible y en lo simbólico nos impiden respirar. Esta acumulación de objetos que produce y que nos impone el sistema capitalista nos ahoga, nos impide respirar, en todos los sentidos”. Eso es también la acción de la pulsión de muerte.

-Y en el libro subyace una idea: sabemos lo que ocurre, pero aún así no actuamos. ¿Cómo explica el psicoanálisis esta negación colectiva frente a una amenaza tan evidente?

-Hoy me recordaba una persona que esa expresión ya la usó el psicoanalista francés Dominique-Octave Mannoni: el ya lo sé, pero la denegación, la desmentida. Hago referencia a este no querer saber, poniéndolo en relación con una afirmación de Lacan: hay tres pasiones fundamentales. El amor y el odio son muy obvias, pero la tercera es sorprendente, la ignorancia, el no querer saber. Que no es sólo no querer enterarse de cierto conocimiento, sino es negar apasionadamente cosas que uno ya ha visto, pero tiene que negarlas porque confrontan algo insoportable, algo de los límites de la existencia humana, de esto que llamamos en psicoanálisis “castración”: no todo es posible, no viviremos siempre, la felicidad es algo escaso y pasajero, en el mundo y en la vida de las personas hay mucho dolor. Esta idea de que no todo es posible.

-¿El negacionismo climático no es sólo una estrategia política, también responde a mecanismos psíquicos más profundos?

-Claro, el problema es que hay una complicidad oculta muy potente porque sabemos que desde los años 70 se publica ese informe, pero veinte años antes las grandes compañías petroleras tenían informes exhaustivos sobre los efectos de la quema de combustibles fósiles, y cómo eso tendría efectos a lo largo de décadas. Y se dedicaron a invertir muchísimo dinero para promocionar el negacionismo. Lo que pasa es que del otro lado encontraron una humanidad deseosa de creerse esas mentiras: “Bueno, no es para tanto”, “la ciencia ya lo solucionará”, porque todo el mundo prefería pensar el “efecto Papá Noel”, del que hablaba Lacan también: “Ya pasará algo fantástico que lo solucionará”. No, no pasará algo fantástico.

-Una especie de procrastinación colectiva, ¿no?

-Exacto, muy intensa porque implica no sólo dejarlo para mañana, sino ignorarlo, no querer saberlo, y entonces cualquier cosa sirve para tapar la evidencia. En España y en Francia estamos teniendo unos incendios espantosos. En toda la costa atlántica de Francia han tenido un invierno de inundaciones con unos costes ecológicos y humanos tremendos, y ahora vienen los incendios. Estos mega incendios de sexta generación, contra los que es imposible luchar cuando se han desencadenado. Es una desgracia anunciada desde hace décadas. Está yendo mucho más deprisa de lo que los especialistas pronosticaban.

Hay un salto cualitativo a partir de 2023 en todos los parámetros de cambio climático y de crisis ecológica. Y entonces, ¿cómo es que eso no sale en primera página de todos los noticieros? ¿Cómo es que eso no abre todas los telenoticias? Seguramente hay líneas editoriales porque los medios de comunicación, en general, están gobernados por redes de intereses también, hay pocos que opinan con libertad, y se dirigen a un público que prefiere que le cuenten milongas: “Bueno, no es para tanto, exageran, ya se solucionará. Y pensemos en otra cosa”. Esta cuestión de no dejarse traumatizar, no aceptar lo que duele tanto plantear: ¿Cómo será la vida dentro de cinco años? ¿Cómo vivirán las próximas generaciones?.

-¿Qué lugar ocupa la angustia en esta dificultad para reaccionar?

-Yo creo que es el motor de esa dificultad, porque si digo que evitamos dejarnos traumatizar, quiere decir que evitamos confrontarnos con algo que nos angustia profundamente. El trauma es verse enfrentado a algo que excede nuestras capacidades de comprensión, de respuesta, que no tenemos marcos de referencia para situarnos ante eso, algo que excede las coordenadas de nuestro mundo y lo vivimos como una amenaza. La cuestión de la angustia creo que es el motor muchas veces ignorado, porque la capacidad para no dejarnos traumatizar, para distraernos, para usar esos discursos tranquilizadores, adormecedores, es muy grande. Entonces, no llega a manifestarse la angustia.

-¿Hay angustia?

-Sí, hay una angustia muy grande que en Francia, en línea con la historia de sua ciudadanía, se está transformando en movimiento político. Hay una especie de consigna global de que hay que politizar la crisis climática. Es decir, hay que ponerla sobre el tapete, en la agenda política, como una prioridad absoluta y exigir a los gobiernos que se ocupen, que tomen medidas más allá de los grupos de presión a los que obedecen. Esa angustia cuando aflora, desestabiliza, hace daño psíquicamente, pero también puede ser un motor para decir “Despertemos”.

-Y a diferencia de otros enfoques que apuestan por soluciones técnicas o normativas, su propuesta apunta a interrogar el deseo. ¿Qué implicaría concretamente reorientar el deseo en términos psicológicos?

-Lacan hizo una analogía entre la plusvalía de Marx y su concepto del plus de gozar, que viene a ser una manera de nombrar esta errancia de la satisfacción en el ser humano que siempre quiere, de esa manera acéfala, más. Tiene que haber un plus en el gozar. Y él decía, jugando con la terminología política, “Eso nos hace proletarios de nuestro inconsciente, de nuestras modalidades de goce”. Entonces, yo planteaba -tampoco soy original en ese sentido-, que las cosas que uno puede hacer individualmente ante esta catástrofe, son muy pocas. Hay que hacer cosas a nivel macro, pero hacer cosas a nivel individual sí que quizá nos permite desabonarnos un poco de esta adicción a la que el discurso capitalista tiende a engancharnos, hacernos un poco menos proletarios de los mandatos de nuestro inconsciente, de nuestro superyó que nos empuja a este colapso. Estar menos encadenados a ese goce para el que trabajamos. Y ya sabemos que el antídoto para el goce es el deseo, es reencontrar algo de un deseo propio que ayude a organizar la vida con más sentido y poniendo un poco de límite a esta dimensión que acaba siendo muy superyoica, porque no es el goce del disfrutar y del principio del placer, es un goce que al final siempre acaba arruinando la vida del sujeto.

-El libro propone evitar tanto el fatalismo como los proyectos irrealizables. ¿Dónde ubicaría hoy un punto de intervención posible?

-No sé si hay un punto intermedio. El psicoanálisis no apuesta por ninguna opción ideológica concreta ni tiene una versión ideal de la sociedad que proponer o promover, pero sí tiene una brújula para detectar las idealizaciones que velan la realidad. Contribuye a esta tarea de evitar que sigamos creyendo en soluciones imposibles, en soluciones ideales, en mentiras como todas estas estrategias: “Vamos a invertir cantidades astronómicas en secuestrar carbono, CO2 y, entonces, limpiaremos la atmósfera”, “Vamos a electrificar toda la producción mundial y el PIB seguirá creciendo”. No, no puede ser. Solo se puede electrificar un veintipico por ciento de la necesidad de energía mundial. Por tanto, si no hay una reducción del volumen global de la economía, esta máquina de envenenar la atmósfera, los mares, los campos de cultivo, no se va a parar.

El psicoanálisis puede contribuir, por un lado, a un cierto despertar, a señalar que estamos tomados por esta posición de no querer saber y que, por lo tanto, hay que llamar a la necesidad de un esfuerzo consciente para despertar y para descreer de esos engaños que nos cuentan. Que hay que hacer un esfuerzo para sustraernos a ese empuje adictivo y que no hay que creer en esas milongas que nos proponen como soluciones mágicas.

Información adicional

Josep Maria Panés y “La locura del progreso”
Autor/a: Oscar Ranzani
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Fuente: Página12

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